La vida es un regalo | Osi

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La vida es un regalo. ¿Cuántas veces lo hemos leído, escuchado y verbalizado? Es difícil cuantificar los tópicos, porque resuenan en tan diversos contextos que una pierde la cuenta, oiga.

¿Cuántas veces lo hemos repetido en nuestra cabeza? Seguramente algunas menos. Sin alharacas, pero con una pincelada de voluntad de convencimiento.

¿Cuántas veces nos lo hemos creído hasta el punto de transformar esa voz interna en una conducta, que desemboque en un hábito, que constituya un modo de vida? Esto es el más difícil todavía, el punto álgido de la toma de conciencia conjugada con el amor por uno mismo.

Creo que el estándar sociológico de la mayoría de la población arrojaría un generalizado aprecio por la vida. Lo habitual es andar esquivando a la muerte y no al revés. Pero si la coyuntura no me es favorable, o si, para el caso que nos atañe, estoy enferma de anorexia, la estima por el regalo se torna un poco difusa.

Entonces comienzo a moverme en un umbral de pobreza emocional que a veces me empuja a querer ser invisible, y otras a mantenerme en un rol de desahucio vital por elección.

Sé por experiencia lo que es quererse tan poco como para pedir a gritos salir de tu cuerpo, pero también sé que siempre hay una oportunidad para subirse al tren de la perspectiva.

Hay muchas formas de coger distancia y asignar valores ponderados a las parcelas de nuestra vida. Paradójicamente (o no) la mía ha sido a través del sufrimiento.

Cuando mi síntoma estaba a raya, comenzaba a disfrutar de la cotidianidad, y a aceptar mi cuerpo tal y como es empecé a sentirme peor que nunca físicamente. Quería pensar que no era nada, pero a la vuelta de la esquina me esperaba una nueva enfermedad. Al principio, un jarro de agua helada. Pasado un tiempo, un cambio en mi escala de valores.

De repente me entraron ganas ingentes de poder andar, trotar e ir en bici. Y había momentos que no podía. Y lo echaba (y lo echo) de menos. Ya no añoro mi cajita de no comer porque la he cambiado por la cajita de exprimir el regalo de la vida.

Y ahora individualizo momentos y les doy un valor proyectado. Si hoy estoy en el hospital sé que mañana estaré mejor. Y saldré a dar un paseo con mis amigas con una sonrisa y dando gracias por ese momento-regalo.

Para mí fue un refuerzo sobre mi argumento y un reencuentro personal ver la peli “Del Revés”. Sentí que todo encajaba cuando la película explica desde la más absoluta coherencia que las emociones positivas y negativas actúan como un todo que se sustenta mutuamente. Que sin la tristeza no llegaríamos a la alegría y viceversa.

Una vez más me doy cuenta de que la sensibilidad que va conmigo y que me hizo vulnerable al TCA también me ha hecho crecer en amor a la vida y a los que están en ella. No me siento enferma, me siento privilegiada.

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