Osi

Soy paciente en recuperación del centro Previ de Valencia.

La vida es un regalo | Osi

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La vida es un regalo. ¿Cuántas veces lo hemos leído, escuchado y verbalizado? Es difícil cuantificar los tópicos, porque resuenan en tan diversos contextos que una pierde la cuenta, oiga.

¿Cuántas veces lo hemos repetido en nuestra cabeza? Seguramente algunas menos. Sin alharacas, pero con una pincelada de voluntad de convencimiento.

¿Cuántas veces nos lo hemos creído hasta el punto de transformar esa voz interna en una conducta, que desemboque en un hábito, que constituya un modo de vida? Esto es el más difícil todavía, el punto álgido de la toma de conciencia conjugada con el amor por uno mismo.

Creo que el estándar sociológico de la mayoría de la población arrojaría un generalizado aprecio por la vida. Lo habitual es andar esquivando a la muerte y no al revés. Pero si la coyuntura no me es favorable, o si, para el caso que nos atañe, estoy enferma de anorexia, la estima por el regalo se torna un poco difusa.

Entonces comienzo a moverme en un umbral de pobreza emocional que a veces me empuja a querer ser invisible, y otras a mantenerme en un rol de desahucio vital por elección.

Sé por experiencia lo que es quererse tan poco como para pedir a gritos salir de tu cuerpo, pero también sé que siempre hay una oportunidad para subirse al tren de la perspectiva.

Hay muchas formas de coger distancia y asignar valores ponderados a las parcelas de nuestra vida. Paradójicamente (o no) la mía ha sido a través del sufrimiento.

Cuando mi síntoma estaba a raya, comenzaba a disfrutar de la cotidianidad, y a aceptar mi cuerpo tal y como es empecé a sentirme peor que nunca físicamente. Quería pensar que no era nada, pero a la vuelta de la esquina me esperaba una nueva enfermedad. Al principio, un jarro de agua helada. Pasado un tiempo, un cambio en mi escala de valores.

De repente me entraron ganas ingentes de poder andar, trotar e ir en bici. Y había momentos que no podía. Y lo echaba (y lo echo) de menos. Ya no añoro mi cajita de no comer porque la he cambiado por la cajita de exprimir el regalo de la vida.

Y ahora individualizo momentos y les doy un valor proyectado. Si hoy estoy en el hospital sé que mañana estaré mejor. Y saldré a dar un paseo con mis amigas con una sonrisa y dando gracias por ese momento-regalo.

Para mí fue un refuerzo sobre mi argumento y un reencuentro personal ver la peli “Del Revés”. Sentí que todo encajaba cuando la película explica desde la más absoluta coherencia que las emociones positivas y negativas actúan como un todo que se sustenta mutuamente. Que sin la tristeza no llegaríamos a la alegría y viceversa.

Una vez más me doy cuenta de que la sensibilidad que va conmigo y que me hizo vulnerable al TCA también me ha hecho crecer en amor a la vida y a los que están en ella. No me siento enferma, me siento privilegiada.

Más allá del miedo, la libertad | Osi

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Una de las manifestaciones más contundentes de la dignidad humana es el ejercicio de la libertad.

La admiro como valor fundamental que hace avanzar al individuo y al conjunto, la respeto cuando se trata de otros, la añoro cuando un colectivo no la puede practicar (sea por cuestiones ideológicas, discriminatorias, o de Derechos Humanos)… pero me olvido cuando se trata de mi.

Puedo decidir sobre mis próximos pasos, conducir mis deseos, adoptar voluntariamente una postura, salir a la calle sin que nadie me diga cuándo y cómo. Aun a veces inadvertido, es fantástico contar con este estatus. Entonces, ¿por qué construir una cárcel particular?

Desde que tengo uso de razón no me he sentido legitimada para opinar libremente, para contar lo que hacía bien, para decidir mi camino y manifestar con serenidad a qué quería dedicar mi vida. Pese a ello, mis cualidades afloraban entre esa prudencia mal entendida. No estaba ejerciendo mi libertad, pero mis capacidades salvaban esa parte y a ojos del resto todo marchaba estupendamente.

No supe explicar cómo me sentía ni conseguí pedir ayuda a tiempo para trabajar perfeccionismo, voluntariedad e inseguridad, y entonces perdí la facultad natural de obrar sin hacerme daño. No podía satisfacer el escalón más bajo de la pirámide de Maslow y adquirí la condición de esclava de la enfermedad.

En mi cabeza sólo había dos pensamientos que podía escuchar con claridad diariamente:

1. “Nunca serás lo suficientemente buena”.
2. “No te mereces comer”.

A partir de aquí, sólo me quedaba actuar en consecuencia:

1. No defraudar.
2. No comer.

¿A costa de mi libertad? Sí.

Entregué mi tiempo, mi intelecto, mis relaciones, y lo más importante: mi salud.

Se acabó decidir por mí misma qué y cuánto comer, salir a la calle cuando quisiera o pasar tiempo sola en casa. Todas ellas decisiones valiosas y apreciadas por cualquiera que desgraciadamente ya no dependían de mí.

Y frente a esta desdicha, aquí el mensaje: Se puede recuperar. Trabajo duro y muchos momentos de flaqueza, pero una recompensa muy por encima de tus expectativas.

Pequeñas grandes manifestaciones de libertad:

  • * El día que sales a cenar y nadie pide por ti, sino que eliges de la carta.
  • * Ese momento de intimidad personal en que llegas a casa y pasas la tarde sola escribiendo.
  • * Aquel paseo que diste, sin más, en que sentías el aire en la cara y volviste a casa sana y salva, sin desorientarte.
  • * El viaje que pudiste hacer porque “tenías permiso” y no estabas sujeta a la estancia en el Centro.

Una parte fundamental para retornar esa libertad es la ayuda. En mi caso se convirtió en un salvavidas, y lo sigue siendo. Podría decir que las personas que me acompañan en casa, en el trabajo, en mi tiempo libre, me ayudan a ejercerla. A veces queriendo, y otras sin querer.

Como si de un ejercicio de responsabilidad se tratara, no desaprovechemos la oportunidad de ser libres, nosotros que tenemos el viento a favor.

Hoy toca escuchar Free Like a Bird, de John Lennon.

Lo que siento se llama… | Osi

unnamedHace algún tiempo una compañera de viaje a la que leía en este blog escribió un post revelador. Dicen que aquello que vivimos adquiere sentido al ponerlo en relación con nuestro contexto personal, y así fue para mi aquella vez.

Podría decirse que vivía una época en la que mi cabeza era una tormenta de arena, incapaz de ponerle nombre a mis sentimientos. Vivía angustiada durante la mayor parte del día, mientras mis pensamientos campaban a sus anchas enfatizando la culpa, la falta de voluntariedad, o la imperfección de mis actos.

Con la ayuda de las terapeutas he ido comprendiendo que es saludable poner etiquetas a lo que sientes, y poco a poco voy aprendiendo la técnica, corriendo esas tupidas cortinas que no dejaban entrar el sol. Ahora sé registrar situaciones con boli y papel, sé identificar su intensidad, sus causas y efectos, sus manifestaciones físicas internas y externas. Y al final del ejercicio, puedo ponerle nombre a mi sentimiento, que en ocasiones es miedo, en otras es ansiedad, y en algunos casos tristeza. A partir de ahí, tengo mejores herramientas para gestionar mi malestar, y puedo optar por la toma de decisiones o emprender la acción opuesta a lo que siento.

Es importante contar con un plano objetivo en el que moverse. Un marco de referencia que nos permita actuar sin hacernos daño cuando nuestra mente no es capaz de ello. En mi día a día siento grandes deseos de volver a “mi cajita”, ese lugar del que hablaba la autora del post que leí. Un entorno capaz de aliviar mi malestar más inmediato, y que me da la razón cuando no quiero comer, no me puedo vestir o no me veo con fuerzas de mirarme al espejo. Sin embargo, entrar en “la cajita” tiene sus riesgos, y dimensionarlos en el pico de síntoma a veces es complicado. Por eso, puede ayudarnos tener un protocolo que nos permita seguir pasos preestablecidos, y que genere auto-instrucciones que nos orienten.

Con todo, hay situaciones de verdadero desconcierto mental. Recuerdo mis crisis, esos momentos -cada vez más inusuales- en que no soy dueña de mi misma, en que la culpa se apodera hasta el punto de no recordar dónde estoy, qué hay a mi alrededor o cuánto tiempo ha pasado desde que me senté en el suelo a llorar. En esos momentos necesitamos la ayuda de una persona serena que pueda tomar las riendas y sacarnos de la desorientación, para después preguntarnos qué nos ha llevado al estado del que venimos. Seguro que podemos aprender de ello y evitar que la próxima vez alcance una fase tan avanzada.

Hay un mensaje que siempre recuerdo y que quiero compartir: Los pasos hacia delante cuestan mucho, pero son una apuesta segura, pues nos acercan a la curación. Los pasos que nos aíslan en “la cajita” son sencillos y atrayentes, pero nos hacen enfermar aún más y destruyen muy rápido lo consolidado.

Por ello, en los momentos de flaqueza merece la pena pararse a coger aire y elegir. Sé que pasa muy a menudo, que no se puede bajar la guardia y que el desgaste es evidente, pero como me dijo un amigo una vez: todos te esperamos en el lado sano con los brazos abiertos. YES, YOU CAN!

Un abrazote.

¡Gracias a Osi por este segundo post!

La belleza… ¡algo más! | Osi

Siempre me ha apasionado escribir. Diría que cualquier vivencia cotidiana puede convertirse en la candidata ideal para reflexionar sobre papel. Sin embargo, por primera vez encuentro la forma de dar a conocer uno de mis topics favoritos del que hablo frecuentemente en el tratamiento, unido a la oportunidad de compartirlo con un grupo de personas de sensibilidad especial. Bonita combinación que me hace feliz.

Me inquieta el concepto de belleza que impera en el mundo que nos rodea. Sus connotaciones, sus acepciones, sus usos. Sesgados en algunos casos, estereotipados en otros, hostiles en muchos de ellos. Ardua tarea la de reconducir el término hacia otros derroteros más reales, más humanos, más próximos a valores de bien-estar. ¿Cómo alejarnos de la materialidad y la cosificación, y acercarnos al sentir, al respetar, al admirar pequeños grandes quehaceres? ¿Qué tal si fuéramos capaces de encontrar la belleza en las cosas por lo que intrínsecamente son, y no exclusivamente a través de lo que estéticamente representan?

Una mirada de ternura, un gesto de complicidad, un abrazo de amigo, un choque de manos, un beso a un bebé, un aplauso cargado de entusiasmo, un chapuzón veraniego, un salto de alegría… Todas son conductas personales cargadas de calidad emocional. Y pese a ese gran valor que atesoran, a veces no somos capaces de ver lo que representan sino que nos quedamos en la capa superficial de lo que nuestros ojos ven. En si esta o aquella tiene cuerpo para lucir lo que lleva, en si somos más feos o guapos que tal o cual persona, o en que tengo que ponerme la crema milagrosa que moldea mi cuerpo.

Detrás de eso, hay todo un mundo de sentimientos, ideas, emociones, que por definición, son mucho más valiosas. Dignas de respeto.

La industria de lo que pobremente llamamos “belleza” no ayuda a poner esto en valor. Por eso creo importante democratizar esta reflexión, y empezar por cambiar algunos paradigmas bajo los que hemos echado el ancla.

¿Podemos halagar a una niña diciéndole que tiene un nombre precioso, que está muy sana o que es una campeona, en lugar de enfatizar lo guapa que es? Podemos.

¿Podemos apreciar la belleza en personas y sus actos que no necesariamente cumplan los estándares socialmente aceptados? Podemos.

¿Podemos emplear cremas que hidraten nuestro cuerpo, que lo protejan del sol, que huelan bien, que nos hagan sentir confortables, más allá de los centímetros que reduzcan? Podemos.

Sin duda podemos hacerlo. Y sobre todo, debemos.

Dejemos un legado basado en sentimientos y no en apariencias.

Un abrazo. Osi.

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Osi es paciente en recuperación del centro Previ de Valencia y ha querido colaborar con esta reflexión sobre la belleza. ¡Gracias, Osi!

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