Hay algunos días | Jeannet

Hay algunos días en que no riego mis plantas y a veces estos días se vuelven varios y ellas se quedan olvidadas y sin flores por un rato. Luego llegan días en que, aunque no con muchos ánimos, me convenzo a mi misma de que la vida continua y el mundo no se detiene, ellas necesitan agua y las riego, luego, sin darme cuenta cómo, estos días también se vuelven varios y comienzan a haber risas, vuelvo a ver con mis ojos los colores de sus flores y a disfrutar el olor de la tierra cuando se moja y me siento bien por no haberlas olvidado y dejado secar, por darnos a ambas una oportunidad.

Entonces pienso que esto me sucede tantas veces, con tantas cosas no solo con las plantas, a veces creo con mi vida misma. Me doy cuenta de que aunque el ánimo no sea bueno y sienta que no hay mucha esperanza para mi debo darme la oportunidad de hacer las cosas, así, sin pensarlas mucho y entonces decido continuar con mi tratamiento, le doy a mi cuerpo nutrientes y salgo y me río y disfruto respirar y abrazar. Quien sabe, tal vez algún día sin darme cuenta el agua llegue tan profundo que haya flores de nuevo todos los días y regarlas deje de significar un esfuerzo para convertirse en algo que disfrute.

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Más allá del miedo, la libertad | Osi

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Una de las manifestaciones más contundentes de la dignidad humana es el ejercicio de la libertad.

La admiro como valor fundamental que hace avanzar al individuo y al conjunto, la respeto cuando se trata de otros, la añoro cuando un colectivo no la puede practicar (sea por cuestiones ideológicas, discriminatorias, o de Derechos Humanos)… pero me olvido cuando se trata de mi.

Puedo decidir sobre mis próximos pasos, conducir mis deseos, adoptar voluntariamente una postura, salir a la calle sin que nadie me diga cuándo y cómo. Aun a veces inadvertido, es fantástico contar con este estatus. Entonces, ¿por qué construir una cárcel particular?

Desde que tengo uso de razón no me he sentido legitimada para opinar libremente, para contar lo que hacía bien, para decidir mi camino y manifestar con serenidad a qué quería dedicar mi vida. Pese a ello, mis cualidades afloraban entre esa prudencia mal entendida. No estaba ejerciendo mi libertad, pero mis capacidades salvaban esa parte y a ojos del resto todo marchaba estupendamente.

No supe explicar cómo me sentía ni conseguí pedir ayuda a tiempo para trabajar perfeccionismo, voluntariedad e inseguridad, y entonces perdí la facultad natural de obrar sin hacerme daño. No podía satisfacer el escalón más bajo de la pirámide de Maslow y adquirí la condición de esclava de la enfermedad.

En mi cabeza sólo había dos pensamientos que podía escuchar con claridad diariamente:

1. “Nunca serás lo suficientemente buena”.
2. “No te mereces comer”.

A partir de aquí, sólo me quedaba actuar en consecuencia:

1. No defraudar.
2. No comer.

¿A costa de mi libertad? Sí.

Entregué mi tiempo, mi intelecto, mis relaciones, y lo más importante: mi salud.

Se acabó decidir por mí misma qué y cuánto comer, salir a la calle cuando quisiera o pasar tiempo sola en casa. Todas ellas decisiones valiosas y apreciadas por cualquiera que desgraciadamente ya no dependían de mí.

Y frente a esta desdicha, aquí el mensaje: Se puede recuperar. Trabajo duro y muchos momentos de flaqueza, pero una recompensa muy por encima de tus expectativas.

Pequeñas grandes manifestaciones de libertad:

  • * El día que sales a cenar y nadie pide por ti, sino que eliges de la carta.
  • * Ese momento de intimidad personal en que llegas a casa y pasas la tarde sola escribiendo.
  • * Aquel paseo que diste, sin más, en que sentías el aire en la cara y volviste a casa sana y salva, sin desorientarte.
  • * El viaje que pudiste hacer porque “tenías permiso” y no estabas sujeta a la estancia en el Centro.

Una parte fundamental para retornar esa libertad es la ayuda. En mi caso se convirtió en un salvavidas, y lo sigue siendo. Podría decir que las personas que me acompañan en casa, en el trabajo, en mi tiempo libre, me ayudan a ejercerla. A veces queriendo, y otras sin querer.

Como si de un ejercicio de responsabilidad se tratara, no desaprovechemos la oportunidad de ser libres, nosotros que tenemos el viento a favor.

Hoy toca escuchar Free Like a Bird, de John Lennon.

Cena de Fin de Año | Nadia

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¡Hola!

Espero que hayáis pasado un Fin de Año genial.

Mi Fin de Año empezó cuando me levante el día 31. Pasaron muchas cosas en muy pocas horas, que quiero compartir con vosotros.

El día 31 cuando me desperté, me sentí muy nerviosa, ya que sabía que tenía que desayunar, comer, merendar y luego cenar fuerte en un restaurante. Sí, algo normal, cinco comidas al día, una de ellas fuerte… Pero no como cuando hay una comida familiar.

Después de merendar me entraron tantos nervios que lloré. No es malo llorar, pero sí que creo que es malo cuando lloras y sigues igual de mal luego… Así que me armé de valor y fui a hablar con mi madre.

Hablar con ella, es una cosa que me cuesta muchísimo. Con ella puedo hablar de cualquier cosa sin problemas menos de cómo me siento o lo que me preocupa. Hablar de eso es… Muy difícil para mí. El por qué no lo tengo muy claro. Supongo que anticipo respuestas o reacciones. Y porque a veces, siento sus nervios cuando le cuento las cosas, o se enrolla a hacerme comparaciones que ella ve que tienen parecido y yo no, y a mi eso me pone aún más nerviosa y al final no le cuento las cosas.
Esto no quiere decir que siempre se ponga nerviosa o que siempre me haga comparaciones. A veces sí que me ha ayudado. Pero a veces, sólo necesito que me escuche y que no me diga nada. Pero bueno… No fue el caso del día de Fin de Año.

Empecé a contarle que llevaba todo el día “rallada” por la cena, que aún así, me sentía orgullosa por haber hecho todas las ingestas bien (aunque costosas), y que para mí, eso ya era un logro. Pero que la cena… Se me había atravesado y ahí estaba, con unos nervios en el cuerpo que no podía con ellos.

Le conté que mi cabeza solo pensaba en restringir y comer poco, en comer normal y dejarme llevar por un día (automáticamente cuando pensaba esto, la anorexia salía y los pensamientos de “Nadia, así no te vas a mantener nunca”; “así te convertirás en obesa y será sólo por tu culpa”, etc.), o comer normal e ir al baño a vomitar.

Tuve suerte, de que la cena fuera servida toda en platos individuales, ya que otro de mis miedos, era dejarme llevar, y perder el control y atracarme. Así que cuando vi que los platos eran completamente individuales, sentí mucho alivio, la verdad.
Cuando me pusieron el plato delante y empecé, ya no sentí ese alivio… Me sentí aún más nerviosa que durante todo el día. Cogí el teléfono y le hablé por WhatsApp a una de mis amigas. Ella, tuvo anorexia y está 100% curada desde hace años. Le comenté cómo me sentía, y la charla que tuve con mi madre y la decisión de dejarme llevar por un día, que automáticamente cuando vi el plato, esa idea en mi cabeza cambió.

Me tranquilizó como nadie nunca me había calmado (supongo porque ella también pasó esos momentos, y me entendía de cabo a rabo lo que le decía). Le dije, que eran las primeras Navidades en las que estaba dispuesta a hacerlo relativamente bien (y digo relativamente, ya que no puedo pretender enfrentarme y hacerlas 100% bien el primer año que me pongo a ello) y ella me comentó que también estuvo en ese punto, y que ella intentaba disfrutar.

Cuando le dije mi miedo de perder el control, ella me dijo que no podía perderlo, que las raciones de los restaurantes son normales (aunque yo no lo vea así), y que encima, estaban individualmente. Que intentara disfrutar de la gente y que no me centrara en la comida. Me dijo que me quería y se desconectó.

Disfruté, reí, canté, bailé… Hacía tiempo que no disfrutaba así. Y todo se lo debo a ella, que supo que decirme en el momento adecuado.

Otra cosa que le comenté antes de que se fuera fue: “Vale, hoy disfruto, confío y me lo paso bien. Pero… ¿mañana qué?”.

Su respuesta, copiada directamente de WhatsApp es: “Vive el momento, no pienses en mañana si no en disfrutar hoy. Es lo normal ;). Mañana ya veremos, suelta el control”.

No me hizo falta al día siguiente pensar en nada. Me sentía bien igual.

Me siento muy orgullosa por este gran pasito que he dado.

Un beso a todos y, ¡feliz Año Nuevo!

Pequeño cuento de Navidad | Sara

tumblr_ljpr73hw291qb5yh7o1_500_largeHoy me asomo por aquí para contaros una cosa que me pasó la semana pasada y que no tiene que ver con la enfermedad pero que espero os llene de buenos sentimientos.

El viernes por la mañana encontramos una cartera en la calle. Cuando la abrí tenía documentación de una mujer y 3 niños pequeños, 2 décimos de lotería y 350 euros. Llamé a la policía para poner la denuncia y al rato vinieron a recogerla. Hicimos un acta de entrega y se la llevaron.

Un par de horas después entró por la puerta de la empresa una mujer preguntando por mí. Me dijo que era la dueña de la cartera. Me contó que estaba en la comisaría poniendo la denuncia cuando llegaron los Policías, que pidió los datos de la persona que se la había encontrado y que le dijeron que sólo podían decirle el nombre de pila. Vino a buscarme para traerme un regalo, muestra de agradecimiento que demuestra que las buenas acciones generan buenas acciones, y los buenos sentimientos siempre vienen de vuelta.

También me contó, con lágrimas en los ojos, que había perdido la cartera en un despiste porque su marido ha muerto hace unos meses y se ha quedado sola con sus 3 hijos, que están siendo unas Navidades muy complicadas, que acababa de sacar dinero para los Reyes y que ha sido maravilloso ver que entre tantas cosas difíciles como le han pasado estos meses por fin le pasaba algo bueno.

Creo que es importante reflexionar sobre hechos como éste, sobre la cadena de acciones: la mujer que se encontró la cartera en la puerta de la empresa y me la dió, yo que la cogí y llamé a la Policía, ellos que rellenaron el acta para que la entrega fuera oficial y el dinero llegara a su destinataria y la mujer que como muestra de agradecimiento quiso cerrar el círculo.

Para terminar el año creo que está bien como enseñanza dejar de ampararnos en “para que otro se lo quede me lo quedo yo, no voy a ser más tonto” y dar el paso al frente. No sabemos la historia que puede esconderse tras una cartera.

Historia de un chico con anorexia | Jacob

unnamedHola, soy Jacob.

Siempre, desde mi infancia, he sentido que no encajaba en ningún círculo social.

Demasiado tímido, con bastante sentido del ridículo y cohibido procuraba agradar a los demás.

No sabía qué hacer para ser “normal” (evitar el nerviosismo y actuar de forma espontánea y natural), para poder estar cómodo, como debía ser, con niños de mi edad.

Año tras año, lejos de mejorar, mis relaciones con los demás carecían de vitalidad. Comencé a pensar que el problema no solo era exclusivamente mío sino que era yo, que nunca sería suficiente y que jamás satisfaría las expectativas que se cernían sobre mí, ni siquiera las propias.

Así surgió el disgusto con mis esfuerzos, que distaban de lograr mis objetivos. Así empecé a fijar mi atención en mis faltas, carencias y defectos. Lo que, en un principio, fue una manía derivó en una obsesión que afectó no solo a mi actitud, pensamientos y estado anímico sino también a mis hábitos alimenticios, a mi salud. Quién diría que yo, amante del chocolate y los dulces, llegaría a rechazarlos por querer perder peso. Más de una vez me habían llamado gordo. Incluso a mi madre le habían comentado que, últimamente, me veían con algunos kilos de más. Poco a poco, inconscientemente y sin buscarlo, restringí mi apetito excluyendo alimentos a los que, jamás, a pesar de su escaso valor nutricional, me habría negado. Cada vez ampliaba más el cerco. Soy homosexual, sí: pertenezco al 95% de ese 10% de chicos afectados por la anorexia. El espejo y mi mente eran ahora dos infiernos que, paralelos, emitían al unísono palabras ofensivas. Me cansé de escuchar cómo me repetía una y otra vez que no era más que un inútil, un indeseable, la última (o ni siquiera ninguna) opción. El vacío al que era sometido y el de mi interior, la cosificación, mi escasa autoestima, mis sentimientos de culpabilidad, la soledad, la marginación, mi fobia social… caí en la anorexia. Recurrí a una psicóloga que apenas dio importancia a mis problemas con la comida. Mi familia estaba desesperada. La frustración que experimentaban, materializada en algún que otro reproche, era una presión que, asfixiante, no podía soportar mi organismo cada vez más debilitado. Perdido, desubicado y desorientado, en un mundo en el que parecía no haber sitio para mí, me propuse indagar en mis emociones melancólicas. Me pregunté si había algo por lo que luchar, algo que perseguir, algo por lo que mereciera la pena esforzarse. Es paradójico que los momentos de mayor oscuridad sean los que mayor lucidez aportan. Paradójico pero cierto. Fue entonces cuando tomé la determinación de que salir de la anorexia, superar la depresión y combatir mi ansiedad social dependía de mí. Decidí empuñar mis armas y emprender el camino hacia la reconstrucción, la recuperación y la sanación. A día de hoy, continúo en el campo de batalla.

Puede que te sientas atrapado/a en un pozo sin fondo en el que, contradictoriamente, creas que no puedes caer más bajo. Aun así, cada hora, cada minuto y segundo es una nueva oportunidad para intentarlo y conseguirlo. Es duro, difícil y complicado pero se trata de tu cuerpo, de tu integridad física y psíquica, de ti. Como más de una vez, y con mucha razón, he oído decir, “si tú no lo haces por ti, ¿quién lo hará?”.

Gracias, Jacob, por esta maravillosa presentación y… ¡bienvenido a 1espejo1000ventanas!

Ahora que llega la Navidad… | Luna

animals-wishing-happy-winterAhora que llega la Navidad casi se me había olvidado cómo la vivía antes. ¡Qué rápido olvidamos el sufrimiento! Y es bueno, tampoco hay por qué estar siempre recordando, aunque a veces no está de más pararnos un poco y dar las gracias por lo que tenemos.

Así que aprovecho para deciros que sé que son fechas complicadas, que yo misma no las disfruté durante muchos años: las comidas en familia, el “tener que estar contenta”, el que llegaran momentos para buenos propósitos que nunca era capaz de cumplir… y muchas cosas que seguro reconocéis.

Pero también os digo que las cosas cambian, que se puede volver a disfrutar de estas preciosas fiestas, salir ilusionada a comprar los regalos y reunirse con las personas que queremos.

 

Lluvia | M.S.

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Hoy es unos de estos dias en los que la lluvía no deja de caer, en el que parece que debes ponerte triste porque el tiempo es lo que manda, porque la oscuridad del cielo apaga la luz que te lleva a comerte el mundo. NEGAOS A PASAR TODO EL DÍA ASÍ!!!! Cualquier dia, puede ser increible si tu asi lo decides.

Esta mañana de camino para el trabajo me he encontrado con una amiga, que conoce bien de cerca esta enfermedad. hablando un poco de cómo nos va, ella me ha dicho algo que me ha impactado muchisimo: “ya me he acostumbrado a vivir así”.

¿De verdad creeis que alguien puede acostumbrarse a vivir una vida de sufrimiento, de dolor, de tristeza y apatía? Yo os aseguro que no, o por lo menos creo que nadie debería tener una vida así, y menos conformarse con tenerla.

No se si será por mi inconformismo, o será por mi incapacidad de aceptar que alguien quiera rendirse, o porque me revelo contra las injusticias de la vida…. Pero quiero intentar trasnmitir que son muchos años ya viviendo así, que nos lo debemos, nos debemos el ser felices, el desfrutar de un día de sol, o un día de lluvia, que aunque no lo creamos tenemos la suficiente fuerza para seguir luchando. Luchar hasta que llegue el día, el cual, por muy negro que esté el cielo, por mucha lluvia que te empape de arriba abajo, por mucho frio que haga, tu lo sentirás como un día luminoso y calentito, en el que el tiempo ni tu problemas diarios serán capaces de estropearte aquello que llevas años buscando, TUS GANAS DE VIVIR!!!!! Siente el frio en tu cara, salta en un charco, canta bajo la lluvia pero deja de lamentarte, porque solo tenemos, aquello que buscamooos!

No os confermeis con una vida unidos al demonio de la enfermedad, conformaros con aquella vida acompañados de algo que te haga FELIZ!!!

Érase una vez… | M. S.

il_340x270.582508818_k2oiAsí es como comienzan todos los cuentos de Disney, todas aquellas historias que desde pequeños nos cuentan, nos hacen ver, nos hacen leer… yo ilusa de mi, creía que la mía era o sería una producción más de la gran empresa productora.

Todas esas historias que sin darnos cuenta nos muestran un mundo irreal, una realidad en la que todo es posible, en donde conseguir aquello que sueñas o anhelas está al alcance de nuestra mano. Pero QUE GRAN MENTIRA!!

Así me he sentido siempre, o se ha sentido una parte de mi, como una princesita rodeada de belleza, de vestidos ideales, de grandeza, de poder, de amigos y familiares; toda mi vida debería ser maravillosa, como la de cualquier princesita Disney:

– futuro de ensueño en el que las expectativas cada vez eran mas y mas gigantes.
– mansión inderrumbable, en la que ni el viento, ni la lluvia, ni un lobo feroz me despojaría de ella.
– un príncipe azul que me amaría tanto, como lo amaría yo a él, con el que nunca tendría problemas, y con el que siempre estaría de acuerdo, feliz, y con el que formaría una gran familia.
– un cuerpo perfecto con el que todos mirarían al pasar, y nadie dudaría en envidiarme ni un segundo.
– una belleza interminable que nunca envejecería.
– un trabajo de Hollywood, con el que siempre sería la protagonista, la líder, y la que más dinero ganaría.
– unos amigos para toda la vida, de esos que se llaman todos los días y se anteponen ante cualquier cosa.
– una familia feliz, que siempre estaría unida, y la cual la antepondríamos antes nuestras propias vidas.

En fin, una vida más irreal que la irrealidad misma. y no es que ahora este enfadada porque mi vida no vaya a llegar a ser así, o que no será todo lo que esperaba. Al contario estoy bastante contenta de tener pies en la tierra, y por fin saborear lo que es la vida real, con los ojos bien abiertos… pero cuesta tanto aceptarlo y eso me crea decepción. Es el no quererme despegar de esa cantidad de mentiras, de falsedad y de mera apariencia lo que me tienta, en mis momentos más débiles, a seguir preguntándome, ¿será posible?

Desde hace unos meses hasta ahora, estoy recorriendo un camino con muchos baches, agujeros, y es que día tras día estoy derrumbando esa muralla del castillo que me mantenía atrapada del exterior del reino, tanto de los campesinos que eran o valían mucho menos que yo, como de los villanos que querían despojarme de mi infinito poder.

Y reconozco que no es fácil, cuando es una misma la que debe quitar ladrillo a ladrillo aquella fortaleza que me ha costado, literalmente una vida construir. Pero y yo me pregunto, ¿de qué sirve estar encerrada en el lejano reino de la hipocresía si ello implica lo vivir la vida?

Ahora sé que no es la vida que quiero tener, que no quiero buscar la perfección en todo lo que haga, ni quiero tener un trabajo que no me permita tener vida más allá de las cuatro paredes de la oficina, y que me asfixie y estrangule hasta consumirme y convertirme en un robot de fábrica.

Que tampoco quiero amores de barra con los que lo único que me ate, sea el no querer sentirme sola, no quiero príncipes azules con castillos encantados, solo quiero a alguien que me haga compañía, que me enseñe a disfrutar de lo una de dar un paseo, de una caricia o un simple beso, sin esperar grandes cosas de mi.

Que no quiero obsesión por un cuerpo extremo, ni por una belleza que no envejezca. Quiero cuidarme, pero para sentirme sexy y bien conmigo misma, y gustarme a mi, pero no a los demás.

Que no quiero tener mucho dinero, si eso va a implicar no darle el valor que cuesta ganarlo.

Todo esta lucha para demoler esas paredes, me hace sentir bien conmigo misma, se que lo necesitaba, que era vital para poder seguir adelante en el ahora, y crear una nueva vida, a partir de ahora crear una nueva vida con todo lo aprendido en la anterior. Y será una nueva vida porque siento que debe morir esta parte de mi para poder seguir adelante, disfrutando del ahora, del presente y de mi, y sin dejar de soñar en lo que creía que sería mi cuento de hadas.

Y se que si no es así, me creeré una fracasada porque nunca alcanzaré el y comieron perdices y vivieron felices… claro está, al estilo del que yo pensaba que sería.

Y eso es lo que quiero un final que diga: “…y m comerá perdiz y vivirá feliz”…. Sin tener que implicar a otra persona, o que para alcanzar esa final debe tener todo lo que quiera en el momento que quiera y en la cantidad que quiera; porque ya no existe la varita mágica del hada madrina, ahora existo yo y mi vida, tal y como yo quiera vivirla.

Aunque en estas palabras haya ciertos toques de ironía, para mi creo que son las más sinceras palabras que jamás me podría hacer dicho. Todo esto me esta haciendo tanto daño, darme cuenta de todo esto me esta resultando difícil. Me asaltan tantos miedos, tantas preguntas, de qué es lo que realmente quiero, de qué es lo que voy a recorrer.

El descontrol antes me aterrorizaba, me desequilibraba, pero claro la enfermedad estaba ahí como válvula de escape, como colchón de seguridad. El síntoma, acudir a mis padres y hacerme la débil, y sobretodo someterme a un hombre, me adormecían y no me dejaban ver todo esto. Era como una droga que me quitaba en cierta medida el sufrimiento de ver la realidad.

Pero ahora, donde ya no hay nada de eso, donde soy yo contra mi misma, sin síntoma, sin el auxilio de mis padres, sin hombres a los que someterme, me hace sentir ese realidad en cada poro de mi piel, y escuece, escuece mucho.

Ya solo puede decir que después de escribir esto, veo lo importante que es para mi, porque después de tratar el tema familiar, aquí estaba lo más arraigado de mi, las consecuencias de mi enfermedad, y lo que me ha mantenido conectada a ella.
Tengo muchos miedos, pero a la vez mucha ilusión de que todo cambie, de que soy otra persona diferente, de sentir fuerza para emprender un nuevo camino, mi camino de la vida.

Gracias, M., por esta preciosa reflexión.

La importancia del grupo | Luna

many hands together: group of people joining hands
Hoy me animo a participar en este blog colaborativo con algunas dudas, porque muchas personas en mi entorno no saben que estuve en tratamiento. A pesar de eso, la posibilidad de hacerlo puntualmente y desde un cierto anonimato me ha animado a dar el paso.

Hay tantas cosas de las que me gustaría hablaros… pero de entre ellas hoy me gustaría hablaros del importante papel que “mi grupo” jugó en mi tratamiento. Cuando llegué, mi grupo fue el que me dio esperanzas no sólo con sus palabras sino sobre todo con su ejemplo, fueron mis compañeras las que me acogieron, las que vinieron a mi casa en innumerables ocasiones y las que me abrieron las puertas de las suyas. Con ellas experimenté algunas cosas por primera vez y volví a hacer algunas que hacía años que había olvidado. Luego, cuando empecé a sentirme mejor, ellas fueron las testigos de mis descubrimientos, de mis alegrías y de mis “atascos”. Algunas empezaron a ser amigas, otras siguieron siendo compañeras. Por encima de todo, tuviéramos más o menos afinidad, sabíamos que estábamos allí para ayudarnos y que el grupo no sería el mismo sin cada una de nosotras, con nuestras peculiaridades… nos sabíamos responsables de nuestro propio proceso. Más adelante, cuando empecé a estar realmente bien, ayudar a quienes iban llegando se convirtió en un estimulante, en una forma positiva de redirigir mi energía.

Sé que es difícil. Para mí precisamente la llegada al grupo fue lo más complicado al principio: sentirme tan expuesta, tener que hablar con ellas… no tener casi momentos de soledad. Sin embargo luego mereció tanto la pena, que sé que un tratamiento individual nunca habría podido ser lo mismo.

¡Gracias, Luna, por tus palabras!

Lo que siento se llama… | Osi

unnamedHace algún tiempo una compañera de viaje a la que leía en este blog escribió un post revelador. Dicen que aquello que vivimos adquiere sentido al ponerlo en relación con nuestro contexto personal, y así fue para mi aquella vez.

Podría decirse que vivía una época en la que mi cabeza era una tormenta de arena, incapaz de ponerle nombre a mis sentimientos. Vivía angustiada durante la mayor parte del día, mientras mis pensamientos campaban a sus anchas enfatizando la culpa, la falta de voluntariedad, o la imperfección de mis actos.

Con la ayuda de las terapeutas he ido comprendiendo que es saludable poner etiquetas a lo que sientes, y poco a poco voy aprendiendo la técnica, corriendo esas tupidas cortinas que no dejaban entrar el sol. Ahora sé registrar situaciones con boli y papel, sé identificar su intensidad, sus causas y efectos, sus manifestaciones físicas internas y externas. Y al final del ejercicio, puedo ponerle nombre a mi sentimiento, que en ocasiones es miedo, en otras es ansiedad, y en algunos casos tristeza. A partir de ahí, tengo mejores herramientas para gestionar mi malestar, y puedo optar por la toma de decisiones o emprender la acción opuesta a lo que siento.

Es importante contar con un plano objetivo en el que moverse. Un marco de referencia que nos permita actuar sin hacernos daño cuando nuestra mente no es capaz de ello. En mi día a día siento grandes deseos de volver a “mi cajita”, ese lugar del que hablaba la autora del post que leí. Un entorno capaz de aliviar mi malestar más inmediato, y que me da la razón cuando no quiero comer, no me puedo vestir o no me veo con fuerzas de mirarme al espejo. Sin embargo, entrar en “la cajita” tiene sus riesgos, y dimensionarlos en el pico de síntoma a veces es complicado. Por eso, puede ayudarnos tener un protocolo que nos permita seguir pasos preestablecidos, y que genere auto-instrucciones que nos orienten.

Con todo, hay situaciones de verdadero desconcierto mental. Recuerdo mis crisis, esos momentos -cada vez más inusuales- en que no soy dueña de mi misma, en que la culpa se apodera hasta el punto de no recordar dónde estoy, qué hay a mi alrededor o cuánto tiempo ha pasado desde que me senté en el suelo a llorar. En esos momentos necesitamos la ayuda de una persona serena que pueda tomar las riendas y sacarnos de la desorientación, para después preguntarnos qué nos ha llevado al estado del que venimos. Seguro que podemos aprender de ello y evitar que la próxima vez alcance una fase tan avanzada.

Hay un mensaje que siempre recuerdo y que quiero compartir: Los pasos hacia delante cuestan mucho, pero son una apuesta segura, pues nos acercan a la curación. Los pasos que nos aíslan en “la cajita” son sencillos y atrayentes, pero nos hacen enfermar aún más y destruyen muy rápido lo consolidado.

Por ello, en los momentos de flaqueza merece la pena pararse a coger aire y elegir. Sé que pasa muy a menudo, que no se puede bajar la guardia y que el desgaste es evidente, pero como me dijo un amigo una vez: todos te esperamos en el lado sano con los brazos abiertos. YES, YOU CAN!

Un abrazote.

¡Gracias a Osi por este segundo post!

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