Rupturas y duelos

Dejar atrás una ciudad es dejar atrás una vida. Amigos, amor, música, fiestas, soledad, paisajes, trabajo, aprendizajes y experiencias diferentes a las que se pueden vivir si uno se queda encerrado en casa.

Igual que justo después de una ruptura amorosa, hoy que dejo definitivamente París sólo me vienen a la cabeza los buenos momentos vividos aquí. Y me llena de nostalgia. ¿Y si hubiera hecho las cosas de otra forma, cómo habría salido todo? Me pasa un poco lo mismo que cuando pienso en mi ex.

Coger un avión, autobús o tren e irse no es suficiente para separarse de las raíces echadas, igual que por dejar a una pareja no se deja de quererla. Si hoy puedo decirme a mi misma, “si hubiera sabido que iba a pasar esto, no habría hecho aquello”, es porque he aprendido cosas. Entonces no hubiera podido actuar de forma diferente, ahora podría. Y eso significa que las cosas salieron exactamente como tenían que salir.

A veces quiero convencerme de que siempre viviré en Barcelona porque me da miedo tener que dejar otro trocito de mi corazón en otro lugar del mundo. Igual que después de una ruptura pienso que no quiero estar nunca más en pareja para no volver a sufrir una separación.

Permitirme sentir esta nostalgia, tristeza y dolor es la única forma de superarlos. No me gustan, quisiera arrancarme los sentimientos que me duelen como si me extirpara un tumor, pero no se puede. Así que estaré nostálgica, triste y dolida hasta que se me pase. Y entonces seré más fuerte.

Au revoir Paris.

A veces no me quiero

A veces pienso que soy invisible. Que soy como un mueble, que a la gente de mi alrededor le da igual si estoy allí o no. Mejor dicho, soy como un mueble que está en medio del paso, fuera de lugar, molesta.

A veces pienso que los demás no tienen ningún interés en estar conmigo, que no les aporto nada, que si no estuviera yo, ellos estarían mejor.

A veces me parece que hay gente que tiene ganas de estar conmigo. Entonces desconfío… Por qué iban a querer estar conmigo? Vienen a hablar conmigo, pero con qué interés? Seguro que quieren aprovecharse de mi de alguna forma u otra.

A veces me parece que no, que en realidad no se quieren aprovechar de mi. Parece que realmente no les molesta hablar conmigo, no estan a disgusto. Entonces pienso, bueno, tampoco te emociones, seguramente no volverán a hablarte, ha sido una vez y ya está. Seguramente no tienen a nadie mejor con quien estar.

A veces me doy cuenta de que pasan los años y hay gente que sigue hablando conmigo, aunque yo tenga la sensación de que no les aporto nada. Vivo con el miedo a que me dejen de hablar. Pero mirándolo fríamente, si llevan cinco, seis, ocho o doce años a mi lado, tal vez quiere decir que puedo dejar de sufrir por el miedo a que me dejen.

A veces pienso y me doy cuenta de que parece que a la gente le aporto algo. Que algunos me consideran una persona de confianza con quien pueden compartir lo que sienten sin ser juzgados. Que se divierten conmigo, o que simplemente les gusta estar a mi lado en silencio, porque sí.

A veces me doy cuenta de que la Júlia que ellos ven no es la misma que veo yo. Yo veo mis cualidades, pero les quito importancia para centrarme en los defectos que tengo que cambiar, que son muchos, sobre todo en comparación a los demás. Los que me quieren ven a Júlia con sus virtudes y sus defectos, como cualquier ser humano. No es perfecta, pero bueno, quién lo es? No le cambiarían nada porque así es y así la quieren y si fuera diferente, entonces no sería ella.

A veces me doy cuenta de que busco la perfección en cada cosa que hago. En cada frase que digo quiero parecer la más inteligente, en cada consejo que doy quiero ser la amiga más empática, en cada trabajo que hago tengo que deslumbrar al profesor, en cada fiesta quiero ser la más guapa, cada entrada de este blog tiene que ser la mejor escrita de todas, cada instante de mi vida tendría que ser de plena felicidad hollywoodiense. Vivo persiguiendo algo que no existe. Y por eso estoy cansada, por eso a veces siento que me faltan fuerzas.

Espero que llegue un día en que sienta que lo que tengo me basta. Me gustaría poder sentarme a descansar y disfrutar del paisaje que tengo delante, en lugar de seguir corriendo siempre en busca de uno mejor.

 

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Consiguiendo la tranquilidad

Hace 5 meses que decidí dejar París y volver a Barcelona. Los motivos? Me sentía sola, atrapada en mi cabeza, en mis planes, en mi intento de controlarlo todo y toda la gente de mi alrededor y a mi misma y a mi cuerpo y sus funciones básicas, y cuanto más intentaba controlar las cosas, más se me escapaba todo de las manos. Cada vez tenía más insomnio y más ansiedad y más miedo. Miedo a quedarme sola, a que mi pareja me dejara, a quedarme sin dinero, a quedarme sin amigos, a suspenderlo todo, y por encima de todo miedo a seguir viviendo con miedo durante toda la vida.

Lo he pasado mal durante estos meses. He estado muy triste, tan triste que no quería salir de la cama ni quería comer ni quería hablar ni quería ver a nadie, sólo quería sentarme en la ducha durante horas, como si el agua caliente fuese a fundir mi cuerpo para llevárselo por el desagüe. He sentido que ya no podía más y que no iba a poder nunca y que nunca iba a estar bien.

En estos meses no he estado sola. Mi terapeuta me ha dado mucha confianza, me ha hecho sentir que estaba allí para lo que necesitase, al ritmo que yo lo necesitase y que no me iba a presionar ni a juzgar. Me alegro infinitamente de que Raquel me pusiera con él, no hubiese podido tener un terapeuta mejor.

Mi madre tampoco hubiese podido portarse mejor conmigo. Me ha dejado mi espacio, mi tiempo para estar mal y estar tirada en la cama hecha un trapo. Ni presión, ni miradas de reproche. Me ha acompañado en este proceso, observándome de cerca pero respetando mi ritmo y mis decisiones. Me ha dado todo el cariño, la comprensión y la ayuda que podía darme. Una vez más, gracias por todo Mami, lo digo más sinceramente que nunca. Creo que nuestra relación ha salido muy reforzada de este episodio y eso no tiene precio.

Hoy le decía a mi terapeuta que estoy mejor de lo que nunca había estado. Tuve un momento parecido cuando por fin conseguí estar bien con la comida y el cuerpo, pero fue distinto. Me sentía eufórica, como si hubiese llegado al final de una carrera. Ya está no? Estoy curada! Ahora la vida va a ser de color rosa! Y para celebrar que era la nueva Júlia curada y todopoderosa me fui a París a hacer mis sueños realidad.

Ahora me siento más serena. Estoy contenta y tranquila (parecen adjetivos tan corrientes pero ay! qué difícil es conseguirlos!) pero sé que tengo que ir con cuidado para no volver a pegármela. A veces el hecho de estar bien me pone presión, pienso que ya nunca más puedo estar mal, porque ahora ya he llegado a la meta y tengo que ser la campeona siempre. Pero eso es muy poco realista, y a lo que me lleva es a no escuchar las alarmas cuando suenan, sino a ignorarlas y esperar que dejen de sonar. Y entonces viene cuando me la pego y pienso, pero qué hago mal? Si yo era perfecta y todo me iba muy bien!

Parece que SuperJúlia ha quedado atrás y espero que no vuelva, porque me trae muchos dolores de cabeza.

PD: Os dejo un vídeo que representa cómo se siente una persona con Trastorno Obsesivo Compulsivo y ansiedad. No tengo TOC pero muchos días me he sentido así, y creo que much@s chic@s con TCA también (cambiad el 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, por “he comido demasiado doy asco estoy gord@”)

https://www.youtube.com/watch?v=fuii8_No1Cs

Padres y madres, no cedáis ante los ruegos de la enfermedad

Yo había llegado a pedirle llorando a mi madre que me diera un cigarro o un trozo de pan porque me moría de ansiedad. Le pedía que me dejara salir a la calle sola un rato, le decía que no haría nada malo. Ante sus negativas lloraba, me enfadaba, gritaba, me daban crisis de ansiedad, me tiraba por el suelo y hasta llegué a amenazarla con suicidarme. Ahora, desde la distancia quiero decirle GRACIAS mamá por haber aguantado el tipo. Gracias por no ceder ante las peticiones de la enfermedad, que no eran las mías.

Sé que para los padres tiene que ser muy duro ver a su hij@ sufrir. Muchos quieren encontrar una cura instantánea, algo que les quite ese dolor tan grande a sus niñ@s. Desgraciadamente no lo hay. Puede parecer que un pedazo de pan o un cigarro no hacen daño a nadie (¡tampoco es que se esté dando un atracón!) pero en realidad tienen mucha importancia. La enfermedad te dice que eso te va a hacer sentir bien, que te va a quitar el malestar. Pero la curación pasa por hacer las cosas de forma diferente. Y aunque un trozo de pan no sea un atracón, tiene el mismo significado: quitarse el dolor con comida y eso NO puede ser.

Lo mismo para l@s que tienen tendencia a la restricción. No era mi caso, pero estuve en casa de una chica, enferma muy grave de anorexia, que siempre pedía dejarse una parte minúscula de la cena y que no se quería tomar su vaso de agua. La chica se enfadaba, lloraba, gritaba, chantajeaba, y su madre cedía. Lo miro desde la situación de la madre y la entiendo. Ella pensaba, “que más da que se deje media cucharadita de arroz, si no va a tener ninguna diferencia en su peso, y a la pobre ya le cuesta lo suficiente comer. Y el agua, tampoco le va a hacer recuperarse, mejor nos ahorramos el drama”.

Entiendo que una persona sana piense eso, pero los tres granitos de arroz y el vaso de agua tenían mucha importancia. Aquella chica se sentía segura porque no se había acabado todo el plato entero. Físicamente no tenía ninguna diferencia, pero psicológicamente si. Ella sentía que así iba a engordar menos y se quedaba tranquila, otra vez gracias a los mecanismos de la enfermedad. El vaso de agua le hinchaba la barriga, algo que para una persona sana ni se nota, pero a ella le hacía sentir como un globo enorme.

Es a base de beberse el vaso de agua y ver que no engordas hasta el infinito que las creencias falsas respecto a la comida desaparecen. Es a base de comerse el plato entero cada día, pasarlo mal, pero ver que al fin y al cabo no te has vuelto obes@ cómo tu esperabas, que te das cuenta de que la enfermedad te miente. Pero si cada dia te dejas ese poquito, por irracional que parezca, llegas a asociar el hecho de no haberte vuelto obes@ con el hecho de haber dejado 3 granitos de arroz cada día. (No es una exageración, me acuerdo de otras chicas que contaban granos de arroz, guisantes, lentejas, etc.).

Como padre o madre es importante recordar que quién te está pidiendo eso no es tu hij@, es la voz de la enfermedad, que no quiere soltarl@. Lo mejor que puedes hacer por ell@ es aguantar verla sufrir, para demostrarle que la quieres y que por ello no vas a dejar que la enfermedad l@ domine. Hazlo por él/ella, porque ahora no puede hacerlo por si mism@.

Mantén la calma, se firme pero sin culpabilizar al/la enferm@ por montar dramas por cosas que pueden parecer absurdas. Aunque pueda crear mal ambiente en casa, no lo hace para fastidiar. Muéstrale a tu hij@ que no vas a hacer caso de esas peticiones por muy dramátic@ que se ponga. Y a la vez, demuéstrale que estás a su lado y que l@ quieres, dale cariño, porque lo necesita.

Si cedes cuando se enfada, llora, grita, amenaza, etc., lo único que vas a conseguir es que se repitan los dramas cada vez, porque el/la enferm@ se da cuenta de que le sirven para conseguir lo que quiere. Si no cedes, al final verá que no sirve de nada y dejará de hacerlo.

Por otro lado, es importante comentar estas cosas con el terapeuta al día siguiente. Y sobre todo intentar mantener la normalidad dentro de lo posible. Por ejemplo, a mi me daba mucha rabia que mi madre me mirase con pena todo el santo rato. Me pongo en su lugar y debe ser desgarrador ver que tu hija lo está pasando tan y tan mal, pero yo odiaba que se me tratase de enfermit@.

Firmeza para marcar límites cuando la enfermedad saca su cabeza de monstruo, cariño y la máxima normalidad posible (dentro de lo que permiten la situación y las pautas) el resto del tiempo. Poco a poco irá mejorando y se verán los resultados. Tened muy presente que el papel de los padres es determinante en el tratamiento.

¿A quién escuchas, a tu hij@ o a su enfermedad?

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Foto: Hay muchas semillas en tu [su] mente. Cuáles decides regar hoy?

Me quiero mucho (bullying 1)

El programa sobre bullying emitido ayer en TV3 (podéis verlo aquí, aunque está sólo en catalán) me removió las entrañas. Ver a esos chicos y chicas (much@s con TCA) decir que llegaron a sentir que eran una mierda, que se autolesionaron y que quisieron cambiar su físico para ser aceptad@s me duele, porque me veo a mi misma en ell@s.

Yo sufrí bullying desde los 13 hasta los 16 años. Construí una máscara de chica fuerte y madura que pasa de lo que le digan los demás y que no le importa no tener amigos. Pero la verdad es que vivía con miedo a ir al colegio y en permanente estado de alerta, atenta para ver por dónde me iba a caer la próxima humillación. Intentaba estar preparada para poner cara de “no he oído ese insulto que todo el instituto acaba de escuchar”.

Si no pedí ayuda era por miedo a que eso sólo agravase la situación. De hecho fue lo que pasó cuando conté en mi casa lo que sucedía: mi madre fue a hablar con el colegio y se organizó una reunión con los padres de uno de los chicos que me acosaba, el líder. Todo quedó en advertencias, no se tomaron medidas y el bullying se volvió más intenso. Se dio a entender, o así lo entendí yo a partir de entonces, que no había más solución que que yo me enfrentase a ellos o que los ignorase. Yo no me veía capaz de plantar cara a 4 chicos sin ningún tipo de apoyo y opté por ignorarlos. “Ya se cansarán”, me decía la gente.

Pues durante casi 4 años no se cansaron y estuve “ignorándolos” cada día. “Ignorando” que cada día me tiraran a la cabeza bolitas hechas con de papel de aluminio del bocadillo mientras bajaba las escaleras, que me rompieran el estuche, que me robaran el MP3 y el móvil, que me escupieran, que les dijeran a los otros que no se juntaran conmigo, que me amenazaran con pegarme a la salida y que intentaran convencer a otros para que lo hicieran, que me llamaran gorda, mora, deforme, monstruo y por encima de todo fea. Fea, fea, fea, fea, fea, fea, fea… Un día tras otro esa palabra se fue haciendo un lugar bien grande en mi cerebro.

Uno de los chicos que aparecían en el documental decía que le dolieron más los insultos que los golpes. Las heridas físicas se curan rápido, pero las psicológicas quedan abiertas durante mucho tiempo. Cuando en bachillerato dejaron de acosarme, yo ya me había acostumbrado a hacerme bullying a mi misma. A decirme “Júlia, eres fea, gorda, deforme, rara, eres un monstruo, nadie quiere estar contigo, tus amigas sólo están a tu lado porque les das pena, no le importas a nadie, no tienes nada bueno, eres una mierda”. Cada día me repetía eso y me alejaba de la gente de mi alrededor.

Hoy quiero viajar en el tiempo e ir a ver a la Júlia de hace 10 años. Va a 2º de ESO y está sentada en clase, haciendo ver que nada le afecta porque ella es de acero blindado. Me acerco a ella y la abrazo. Permito que se deje caer sobre mí y que llore en mi hombro, porque sólo necesita sentir la cercanía y la calidez de otro ser humano, alguien que le diga que todo saldrá bien. Júlia, eres una chica estupenda, guapa, inteligente, capaz, independiente, divertida, llena de amor para dar y digna de recibirlo todo. Deja de hacerte la fuerte y pide ayuda para que alguien pare esta situación. Tú no puedes arreglarla sola, déjate ayudar. Todo saldrá bien y podrás ser una persona normal, porque de hecho ya lo eres. No eres un monstruo.

No vas a estar sola. Yo estoy aquí y no me voy a ir. Te quiero mucho. Me quiero mucho.

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Me quiero mucho.

PD: no creo que lleguen a leerlo, pero me gustaría felicitar a todas las personas que han participado en el documental por su valentía. Y especialmente al chico que acosó a otros. Es difícil hablar del bullying desde el papel de víctima, pero aún más desde el de agresor. La víctima es socialmente aceptada, el agresor no, y sin embargo este también sufre. Pero de esto hablaré en mi próximo post.

Seguir cuando sientes que no puedes más y que nada tiene sentido

Tal como expliqué en mi historia, estoy pasando por un momento complicado desde hace unos meses. Estas últimas dos semanas están siendo especialmente duras porque tengo que enfrentarme a cosas que me dan miedo o que me duelen. Muchos días me siento perdida, desorientada y sola. A veces siento que todo va a salir mal y que nada tiene sentido. Pero no me queda más opción que seguir adelante. Aunque yo esté mal, el reloj no se para. No, si me entierro debajo del edredón y no salgo, tampoco.

Hace poco leí en alguna parte algo que me gustó mucho y que quiero compartir con vosotros. Me sirvió para relativizar un poco el momento que vivo ahora. Y mirando atrás, me parece una buena metáfora del tratamiento para salir de un TCA.

Hablaba sobre la transformación de las semillas en árboles. Para que el cambio se produzca, la cáscara de la semilla se resquebraja. Luego se rompe y lo que hay en el interior empieza a crecer y a salir hacia fuera. ¿Te imaginas que de pronto tu cuerpo se abre en dos y tus tripas empiezan a salir? Yo si fuera semilla me moría de un infarto.

Los cambios son desconcertantes y aterradores. Mientras suceden no llegamos a entenderlos y no podemos ni imaginar a dónde nos van a llevar. Pero lo que a veces parece caos, destrucción y descontrol es un proceso que nos va a traer cosas mucho más grandes y bonitas de lo que nuestra mente nos permite anticipar.

Cuando estaba enferma y hundida en el pozo siempre escuchaba Stop Crying Your Heart Out, la canción de Oasis. Traduzco (a mi manera) el estribillo:

Cuando todas las estrellas desaparezcan, intenta no preocuparte, algún día las verás. Simplemente coge lo que necesites y sigue tu camino y deja de llorar.

Estas palabras me ayudaban a seguir aunque nada tuviera sentido. Me servían para decirme que el hecho de que no viera las estrellas en ese momento no quería decir que no existieran. Que aunque no viera la luz al final del túnel, algún día llegaría a verla.

“Coge lo que necesites y sigue tu camino”. Coge la ayuda de tu familia, de tus amig@s, de tu terapeuta. Utiliza todas las armas que puedan ayudarte a seguir adelante, y “deja de llorar”. Evidentemente esto último no hay que tomarlo literalmente, ¡es muy importante llorar si lo necesitas! Pero cuando hayas soltado todas esas lágrimas, toca recomponerse y seguir luchando.

¡Ánimo y adelante, adelante, adelante!

http://youtu.be/dhZUsNJ-LQU

“Me querré curar cuando esté más enferm@”

Pensando en la entrada que escribí sobre las 5 mentiras que te impiden soltar la enfermedad, se me ocurrió que me olvidé de una bastante importante. La de no estoy suficientemente enferm@. Me quiero curar pero aún no, porque primero quiero tocar fondo.

No sé si es algo que os pasa u os ha pasado, pero a mi y a otras chicas de mi grupo nos pasaba. Yo sentía que mi TCA era un poco de broma, un TCA de segunda. Nunca estuve en infrapeso, mi IMC siempre se ha mantenido en un rango normal. Además jamás vomité, ni una sola vez, porque me daba mucho asco y no me salía. Mis síntomas eran la restricción (que nunca fue extrema), la toma de laxantes y pastillas y los atracones. Y una obsesión con la comida que no me dejaba hacer ni pensar en nada, mi cerebro se convirtió en una máquina de contar calorías y no tenía espacio para mucho más.

Sin embargo, no sentía que yo entrara dentro de la categoría de anorexia ni de bulimia, sentía que mi TCA no era serio y que no merecía ser ayudada, porque había fracasado en la enfermedad. Comparaba mis síntomas con los de las demás constantemente para reafirmar esa idea. Se me ocurrió que para merecer ayuda, antes tenía que emplearme más en empeorar para desarrollar un TCA “de verdad”, porque con esos síntomas de pacotilla, ningún psicólogo me iba a tomar en serio. Lo mío no era enfermedad, era capricho, una niñatada para llamar la atención.

Curiosamente, las chicas con las que yo me comparaba y admiraba por lo enfermas que estaban pensaban exactamente lo mismo. “Si que me quiero curar, pero antes quiero tocar fondo”. Si ellas vomitaban tantas veces, se comparaban con otra que vomitaba más, si estaban tan delgadas que dolía verlas, se comparaban con otra que lo estaba aún más, o decían que sólo les faltaba perder uno o dos kilos más.

La pura verdad es que nunca sientes que hayas tocado fondo, porque siempre puedes estar peor. Me gusta la expresión tocar fondo porque me parece muy ilustrativa. El TCA es como un pozo, y en un pozo sólo puedes ir en dos direcciones: hacia la luz o hacia el fondo. Cerca del fondo todo está negro, no ves nada ni nadie a tu alrededor aunque los tengas cerca, no te ves a ti misma, porque todo está oscuro. El tratamiento de un TCA consiste en escalar hacia la luz.

Cuesta trabajo, pero a medida que vas avanzando sientes el calor más cerca y el camino se hace cada vez menos duro. Esperar a estar más hundid@ en el pozo para pedir ayuda no tiene ningún sentido, porque cuanto más te adentras en la oscuridad, más difícil es salir de ella. Si quieres curarte, cada paso que das hacia el fondo es un paso más que tendrás que dar en la otra dirección. Más vale emplear toda tu energía y toda tu rabia en salir del TCA, porque tarde o temprano tendrás que hacerlo.

Me gustaría poder decir que un TCA es un pozo sin fondo, pero no es así. Tocar fondo significa acabar en el cementerio. Disculpad la crudeza del post, pero me parece que hay que decir las cosas por su nombre. Un TCA es una enfermedad con una tasa de mortalidad importante y no hay que tomarlo a la ligera.

Tal como han escrito muchas de mis compañeras de blog, un TCA es muchísimo más que el síntoma. Si estas obsesionad@ con la comida, si necesitas controlarla excesivamente, o si se te escapa del control, si te sientes mal dentro de tu cuerpo, si tienes baja autoestima, si vomitas o ayunas ni que sea muy ocasionalmente… Tienes un problema y no hace falta esperar a que sea más grave, busca ayuda ahora, te garantizo que un profesional, si es bueno, te tomará en serio y te dará la atención que merece tu caso.

Y si estás empeñad@ en tocar fondo, por favor, empieza desde hoy a utilizar toda esa energía y toda esa rabia para empezar a caminar en la otra dirección, que en el otro lado no es que se viva mejor, es que simplemente se vive.

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Al 2015 le pido…

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Este año…

…Quiero ser menos autoexigente en mi día a día, en mis relaciones y en mis objetivos académicos y profesionales.

…Quiero dejar de adaptar mi vida a las expectativas de los demás. Quiero hacer lo que YO quiera sin estar cuestionándome y pidiendo permiso todo el rato.

…Quiero aprender a descansar, a tomarme tiempo para mi, para relajarme y mimarme. Que no sea algo puntual que me permito cuando ya no puedo más, quiero que sea un hábito!

…Quiero aprender a ser yo misma en mis relaciones familiares, de amistad y de pareja. Quiero dejar de adaptarme a las expectativas de los demás por el miedo a que me rechacen o me abandonen.

…Quiero empezar a vivir en el presente y dejar de planificar el futuro para sentirme segura. Quiero dejar de controlarlo todo porque es muy cansado, quiero dejar fluir las cosas!

…Quiero divertirme más y esforzarme menos!

Espero que el 31 de diciembre de 2015 pueda mirar esta lista y ver que he avanzado ni que sea un poquito!

Y también espero que en 2015 vuestros deseos se hagan realidad, que podáis acabar el año un poco más en paz con vosotr@s mism@s.

¡Paso a pasito se aprende a bailar bonito!

FELIZ 2015

5 mentiras que te impiden soltar la enfermedad

imposibleUna de las cosas que hace más difícil curarse de un TCA es que muchas veces el/la enferm@ no quiere curarse, o sólo quiere a medias. Hablo de esas dos vocecillas que tenemos en la cabeza, la buena y la mala, la que te dice que luches y la que te dice que no, la sana (la tuya) y la de la enfermedad, la que te dice la verdad y la que te miente. La batalla diaria entre estas dos voces es emocionalmente agotadora. ¿Te imaginas que tienes a dos personas, una pegada a cada oreja, gritándote a la vez que hagas cosas totalmente opuestas, durante todo el día? Así se siente una persona con TCA (o así me sentía yo por lo menos), sientes que te estás volviendo loc@.

En muchos momentos ni siquiera llegamos a oír la voz sana porque la enfermedad nos domina. Si puedes oírla ¡te felicito! Valóratelo mucho, es un paso muy importante. Ahora que la oyes, toca hacerle caso. ¿Cuáles son las mentiras que te frenan a la hora de escuchar tu voz sana? Para mí eran estas.

1. “Es imposible”
Durante casi todo tratamiento pensé que nunca me iba a curar. Lo veía muy lejano. Escuchaba los testimonios de chicas que lo habían superado y pensaba “me alegro mucho por ti, pero a mi esto no me va a llegar nunca. Yo no voy a poder”. Miraba a mis compañeras de grupo y, aunque lo estuvieran pasando mal, estaba convencida de que ellas lo conseguirían, pero yo no.

Si sientes eso, piensa, ¿por qué yo no? ¿Qué tengo yo de diferente? Puede que esta pregunta dispare a la voz enferma: “yo no puedo porque no soy capaz, porque soy débil, porque esto forma parte de mí y no es algo que se pueda cambiar, porque soy una gorda y siempre tendré ansiedad” …y así podría seguir todo el día. Esa es la voz enferma y diga lo que diga, NO TIENE RAZÓN. La enfermedad quiere seguir alimentándose de ti y te dirá lo que haga falta para que no la dejes. La voz sana dice: “yo no soy diferente de l@s chic@s del grupo. Si otr@s han podido, yo también puedo, y me lo merezco”. Lo que me lleva a la siguiente mentira.

2. “No me lo merezco”
Las personas con TCA castigan su cuerpo, su mente y su alma constantemente. En mi caso, yo creía que me merecía autoinfligirme castigos porque era mala. Sentía que había algo dentro de mí que hacía daño a las otras personas (esta “maldad” es algo de lo que hablaré más en otro post). La realidad es que esta es otra mentira que te cuenta la enfermedad para engañarte y que no la sueltes, porque ella vive a costa de ti. ¿Crees que hay alguien que se merezca tanto sufrimiento cómo el que provoca un TCA? Absolutamente nadie, y tú no eres ninguna excepción. La anorexia/bulimia/otro tipo de TCA está robándote tu salud y tu tranquilidad, te aleja de las personas que quieres y hace que te maltrates. Te mereces vivir san@, feliz y tranquil@. Pégale una buena patada al TCA y que se vaya a la mierda.

3. “Sin el TCA no soy nadie”
Much@s de nosotr@s nos apegamos a la enfermedad porque sentimos que nos da una identidad y nos hace especiales. Eso tiene mucho que ver con la necesidad de llamar la atención (que no es algo malo, ver punto 4), pero también con el hecho de que llevamos tanto tiempo viviendo enferm@s que ya no podemos imaginar otra forma de vivir. La enfermedad ocupaba mi mente las 24 horas de cada día del año. Y pensaba, “si la suelto, ¿qué es lo que va a llenar ese vacío? ¿Quién será Júlia sin la bulimia?”.

El TCA me servía para no pensar en cosas que me dolían desde hacía mucho tiempo (os las iré contando poco a poco) y que no sabía cómo manejar. Dejar el síntoma significó ver aflorar todas esas emociones que no había “digerido”. Supongo que para mi cerebro, la idea “soy gorda” era mucho más tangible y fácil de entender que “mi padre me abandonó” o “me siento totalmente sola”.

Con la ayuda de mi terapeuta, de mis compañeras, de mi familia y de mis amigas, pude trabajar todos esos sentimientos que estaban escondidos y bloqueados. El camino lo recorrí yo, pero sin ayuda no hubiese podido hacerlo. Y durante ese proceso, el vacío de la enfermedad se fue llenando con cosas que jamás hubiese podido imaginar. Descubrí a esa completa desconocida que era yo misma: mis virtudes, mis defectos, mis intereses, mis aficiones. Descubrí todo lo que me podían aportar las relaciones con mi familia y mis amigos. El agujero negro de la bulimia fue reemplazado poquito a poco por muchas cosas de colores.

4. “Si no estoy sintomátic@ nadie me va a prestar atención”
Muchas veces sentí celos de chicas nuevas en el grupo, o de compañeras que tenían anorexia y estaban en un peso muy bajo (yo siempre estuve en normopeso), o de las que dañaban su cuerpo más que yo. Yo sentía que las terapeutas se preocuparían más por ellas que por mí, porque ellas estaban peor que yo. Esta mentira de la enfermedad me llevó muchas veces a dar pasos hacia atrás, a “rebelarme” contra las pautas, a hacerme daño a misma y ponerme en situaciones peligrosas. No era yo la única, y a veces aquello parecía un concurso de a ver quién está más enferma.

Si tenemos un TCA es porque necesitamos llamar la atención. Eso no es algo malo, quiere decir simplemente que necesitamos atención y ayuda (cómo todos las personas humanas, nadie es Super(wo)man), pero no sabemos pedirlas. Entonces nuestro cuerpo acaba gritando “¡socorro!”. Curarse de un TCA significa aprender a pedir esa ayuda verbalmente, de una forma sana. Tus terapeutas valorarán que en lugar de utilizar el síntoma te atrevas a acercarte a ell@s y expresar que algo no va bien, te escucharán y te ayudarán. No, no eres egoísta por pedir ayuda, ni débil, ni nada de lo que pueda decirte la enfermedad. Eres valiente y madur@.

5. “Si no controlo la comida engordaré hasta el infinito”
Dejar de controlar la comida es imperativo para curarte. Tener un TCA (en la mayoría de los casos) implica una distorsión de la imagen que te lleva a ver tu cuerpo de una forma muy diferente de cómo es en realidad. Yo pensaba que mis caderas tenían un michelín con una forma extraña, monstruosa y deforme, digna del circo de los horrores, que yo llamaba “la Cosa”. “La Cosa” fue objeto de muchas terapias y si hubiera podido me la hubiese arrancado. Me gustaría poder enseñaros mis caderas para que vierais que al fin y al cabo “la Cosa” no existía más que en mi cabeza.

El objetivo de los psiquiatras, médicos y terapeutas no es engordarnos hasta la obesidad, aunque a veces la enfermedad nos lo haga creer. Estar en sobrepeso no es sano y ellos lo saben, así que no te van a conducir a eso. Y si así es como te ves, trata de recordar que lo que tus ojos ven no es real, es lo que el TCA quiere que veas, porque no quiere que lo sueltes.

Es normal que algunos días gane tu voz y otros días gane la de la enfermedad. El tratamiento (cómo la vida) está lleno de altibajos. Sigue luchando cada día y un día te despertarás y sentirás que hoy es un poco menos difícil que ayer. Y más adelante, otro día te darás cuenta de que ya no oyes la voz de la enfermedad, que la lucha ha terminado. Un día podrás descansar de esta batalla, comer con toda tranquilidad, mirar tu cuerpo y decir “madre mía, ¡pero que buen@ estoy!”

¿Qué otras mentiras te dice la enfermedad? ¿Qué te dice tu voz sana? ¡Cuéntamelo en los comentarios!

Feliz Navidad y fuerza para estos días tan duros para las personas enfermas y sus familias.

Mi historia

portada blog

Mi historia empieza el día en que nací. Ese día mi padre no estaba en el hospital para darme la bienvenida al mundo. Mi madre y él se separaron oficialmente cuando yo tenía 2 años, pero la realidad es que nunca estuvo presente, a parte de sus visitas anuales en las que poco teníamos que decirnos.

He tenido complejos físicos desde que tengo uso de razón. Recuerdo que con 6 años miraba las piernas de mi mejor amiga y pensaba ¡“qué delgaditas! y mira las tuyas qué gordas”. Mi cuerpo se desarrolló antes que el de las niñas de mi edad, muy pronto tuve pecho y les sacaba una cabeza y media a todos. Me sentía como un gigante, enorme, fea, grotesca. Me sentía diferente y ridícula.

A los 12 años empecé a tener ansiedad con la comida y desde entonces mi peso fluctuó constantemente hasta los 17. Subir de peso, hacer dieta, tener ansiedad otra vez, el cuento de nunca acabar.

La ESO fue una etapa muy dura para mí. Un grupo de chicos me hacía bullying. Me apodaron “la fea” y cuando me cruzaba con ellos hacían ver que se asustaban de ver mi aspecto horrible. Que te griten “¡FEA!” a la salida del instituto, delante de todo el colegio, casi a diario, es una humillación difícil de superar y más a esa edad. Gorda, monstruo, deforme… escuchar esos adjetivos que yo ya me había adjudicado en mi preadolescencia hizo que aún se grabaran más en mi concepción de mi misma.

Como no veía nada bueno en mí no pensaba que los demás pudiesen verlo. Me aislaba socialmente, pensando que nadie querría estar con alguien tan horrible como yo. Para no arriesgarme a ser rechazada, yo rechazaba antes a los demás y me quedaba sola convenciéndome de que eso era lo que quería. Durante varias épocas no tuve amigos y fingía estar enferma para evitar ir al instituto. Estaba deprimida y pasé periodos en los que lloraba todas las noches al acostarme sin saber por qué.

Mi TCA empeoró mucho durante el verano entre 1º y 2º de bachillerato. Recuerdo perfectamente el detonante: después de pasar el día con mis primos en la piscina, mi tío me mandó las fotos que nos había hecho y al ver mi cuerpo en bikini sentí rabia, asco, odio, vergüenza. Pensé “¿cómo se te ocurre enseñar eso, no tienes conciencia de lo gorda que estás?”. Obviamente ahora puedo deciros que mi cuerpo era (y es) totalmente normal y ni siquiera tenía sobrepeso, pero mi visión estaba totalmente distorsionada.

En ese momento decidí que tenía que tomar medidas drásticas para arreglar lo que yo veía como una monstruosidad. Mi gran idea (mi gran autoengaño) fue lo siguiente: “actuaré como una anoréxica hasta conseguir bajar al peso que quiero, y luego pararé, porque tampoco quiero estar esquelética. Tienes que convertir bajar de peso en tu único objetivo, sólo así lo lograrás”. Empecé a mirar páginas pro-ana y pro-mía para “aprender”, a contar cada caloría de mi dieta restrictiva, a tomar laxantes y pastillas para adelgazar (que no sirven para perder peso ni para NADA amig@s, es el timo de la estampita y además dañan vuestros órganos).

Cuando llegué al peso que a mí me parecía correcto imponer a mi pobre cuerpo, decidí normalizar mi alimentación, pero fue imposible. Habiendo pasado tanto tiempo de restricción, al permitirme comer más perdía el control y me daba atracones. Al principio una vez a la semana, al final era cada día y a veces dos al día. Después de cada atracón sentía repugnancia hacia misma. Me miraba al espejo y podía VER como mis piernas y mis caderas se hinchaban, mi visión de mi cuerpo estaba completamente distorsionada.

En aquella época no podía hacer nada porque mi cerebro era como un motor encendido e iba a gran velocidad. No paraba nunca de pensar en comida y contar calorías, no podía mantener la atención en nada. No podía tener una conversación porque no podía escuchar a la gente cuando me hablaban, no podía leer ni una sola línea, no podía ver una película, no podía escribir. Yo, la estudiante modelo que sacaba casi todo excelentes, dejé los exámenes en blanco. Cada segundo de cada minuto de cada uno de mis días se convirtió en una pesadilla horrible que no le deseo ni a mi peor enemigo.

Me resistía a creer que estaba enferma porque no estaba en bajo peso y porque había sido yo misma, conscientemente, quién había decidido empezar una dieta super restrictiva, y creía que la gente con TCA no era consciente de su enfermedad. “No vales ni para eso, ni siquiera eso lo haces bien”, me decía. Pero por otro lado veía que los atracones escapaban a mi control, así que decidí buscar ayuda y llegué al Centro ABB de Barcelona.

Durante el tiempo que pasé en el grupo valoración terapéutica (el grupo en el que un@ empieza y que sirve para valorar cual es el tratamiento más adecuado para el/la paciente) todo empeoró aún más. Tenía tanta ansiedad que no podía estar quieta en un lugar, sentía que tenía que irme YA, era como si tuviera una bomba dentro del pecho que me iba a explotar. Eso me llevaba a levantarme de pronto en medio de clase, coger la puerta e irme a casa a darme un atracón. Mi vida estaba totalmente fuera de control. Empezaron las crisis de ansiedad, las autolesiones, golpeaba las cosas y a mi misma, pensé muchas veces en suicidarme. Quería apagarme para poder descansar, porque cada minuto era una agonía.

El 26 de enero de 2009, con 17 años, empecé en hospital de día y tras un tiempo de boicotear mi tratamiento, las cosas empezaron a mejorar. Al principio me comparaba con las demás y me decía que yo no estaba tan enferma como ellas y no merecía ayuda, así que hacía cosas para empeorar y “estar enferma de verdad”. Me resistía a confiar en las chicas del grupo y no explicaba las cosas que me hacían sentir mal porque decía que eran chorradas y que la gente tenía problemas serios, yo no. Me pasaba las terapias diciendo que yo era una mierda, que no tenía ninguna cualidad y que nadie iba a querer estar conmigo porque yo no tenía nada que ofrecer.

Después mucho trabajo hecho durante el tratamiento, puedo decir que soy una persona nueva y que me cuesta reconocer a esa Júlia que se odiaba tanto a si misma. La Júlia de hoy se quiere y es consciente de todas las cualidades que tiene: es trabajadora, tenaz, divertida, cariñosa, inteligente, empática, comprensiva, fuerte, sincera, entusiasta, creativa, leal y por encima de todo, muy valiente. Mi físico? Acepto mi cara y mi cuerpo, y no sólo eso, ME GUSTAN. Nunca pensé que diría eso, nunca pensé que podría vencer la enfermedad. Nunca. Pero lo conseguí, y tú también puedes y podrás.

A parte de contar mi historia quiero explicar por qué he decidido participar en 1espejo1000ventanas y cuales son los objetivos de mi blog.

En julio de 2012 me fui a vivir a París yo sola. Allí me han pasado muchas cosas, algunas buenas, otras malas, algunas muy buenas y otras muy malas. Últimamente había entrado en una espiral de autoexigencia que me ha agotado física y emocionalmente y en noviembre de 2014, a los 23 años, he vuelto a vivir a Barcelona con mi madre. He empezado un nuevo tratamiento en ABB con un nuevo terapeuta para trabajar aspectos de mí misma (mi autoexigencia, la falta de confianza en mí misma, mi relación con los demás, aspectos de mi pasado) que aún necesito pulir para sentirme mejor. Sin embargo, aunque estoy pasando por un momento de crisis personal, no he recaído ni he tenido ningún problema con la comida, lo cual me llena de orgullo.

A veces me cuesta ver la capacidad que tengo para cambiar las cosas, recordar de dónde vengo, relativizar lo que siento hoy y ver la solidez del trabajo que hice con la comida, el cuerpo, mi concepto de mí misma y mi forma de relacionarme. Así que quiero que mi blog sirva para dos cosas. Por un lado, para recordar cómo era la Júlia enferma y valorar la enooorme cantidad de cambios que hice. Cuando un@ está bien, acaba olvidando lo mal que estuvo. Y por otro lado, quiero dar esperanza y ayuda a tod@s aquell@s que lo estáis pasando mal. Iré compartiendo con vosotros la historia de mi enfermedad, mi tratamiento y mi vida estando curada. Los comentarios y sugerencias son más que bienvenidos!

Gracias por leerme. Se puede vivir san@, feliz y libre, se puede vencer un TCA. ¡TÚ PUEDES Y TE LO MERECES!

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