Mi historia

Yo no recuerdo con exactitud cuando empecé a enfermar. Lo que sí recuerdo es de bien pequeña sentirme inferior a mis compañeros, que mis padres preferían a mi hermano, sentirme muy sola, ser muy responsable, a veces me mordía a mi misma y verme gorda. Y, aunque tenía todas esas inseguridades, amigos no me han faltado nunca.

Cuando empecé tercero de la ESO mi madre, que siempre había trabajado de profesora en el mismo colegio que yo, y mi hermano se cambiaron a otros centros educativos. Este año recuerdo que tenía muchos dolores de barriga, sobretodo después de comer, y empecé de tirar comida. En seguida mi tutor habló conmigo y paré el síntoma.

Al año siguiente, me cambiaron de colegio y fuí al que trabajaba mi madre. Los dolores de barriga volvieron, a menudo tenía que marcharme de clase porqué no los aguantaba pero con omeopatía bajaron mucho la intensidad.

En el verano de primer de bachillerato a segundo, empecé a hacer mucho deporte pero lo tuve que dejar porqué enfermé de mononucleosis y me pasé todo el verano durmiendo en el sofá, con manta y jersey polar viendo las Olimpiadas. Con la mononucleosis adelgacé y vi que me era muy fácil no comer. Cuando me recuperé, empezaba el siguiente curso, segundo de bachillerato. Este año era el de la selectividad, yo no necesitaba nota pero aún así quería sacar la mejor nota del curso, no podía fallar a mis padres y a mis profesores. Al mismo curso me subieron al primer equipo de baloncesto, para mí implicó que tenía que demostrar a todos que su decisión era buena, que yo tenía en el nivel para estar en ese equipo, e incluso de ser de las mejores. Todas esas exigencias se juntaron con una mala experiencia con un chico, con problemas que han habido siempre en casa y con el diagnóstico de Alzheimer de mi abuela. Todo eso me llevó otra vez a los dolores de barriga. Estuve mucho tiempo haciéndome pruebas de celiaquía y había temporadas que comía con gluten y otras que no. Por fiestas de Navidad, la historia con aquel chico terminó, la gente de mi alrededor lo sabía pero les hice creer que a mi me daba igual.
No recuerdo bien el momento en el que empecé pero se que fue de golpe: empecé a restringir, a hacer deporte siempre que podía, los mordiscos aumentaron y a vomitar. Aún así, a parte de los vómitos, lo demás lo veía muy normal, yo sabía que comía menos que los demás pero me autoconvencía de que yo no lo necesitaba. Inconscientemente mi objetivo fue ser una mujer perfecta, y para mí la perfección en aquel momento consistía en no tener necesidades: ni comida, ni sueño, ni amigos, ni pareja, ni cariño, ni ayuda, ni sentir, etc. Me fuí encerrando en mi misma, pero delante de la otra gente me mostraba todo lo bien que podía.

No recuerdo muy bien todo lo que hacía ni lo que me pasaba en esa época. Lo que sí que recuerdo son momentos de desear desmayarme para que alguien se diese cuenta de que no podía soportarlo más.
En verano me pillaron un vómito. Mi madre me preguntó si vomitaba y exploté, las dos estabamos convencidas de que el único problema eran los vómitos, llegamos a la conclusión de que yo vomitaba cuando estaba nerviosa pero no había ningún aspecto estético.

El día 10 de setiembre, cumplía 18 años y empecé en el grupo de valoración. Solo éramos dos chicas. Contamos un poco nuestra historia y resultó ser las dos deportistas, de la misma edad y de Terrassa, ahora es de mis mejores amigas.
Las tres semanas que estuve en valoración las recuerdo como si no las viviera en primera persona, había empezado la universidad y me daba realmente igual, me hicieron dos fiestas de cumple y los odié para hacerme un pastel, lo único que podía sentir era asco hacia mí, rabia hacia la terapeuta por no dejarme hacer baloncesto, muchísima tristeza y ganas de ir muriéndome.

El 7 de octubre empecé hospital de día en ABB. Recuerdo entrar y alucinaba porqué la gente se daba abrazos, me preguntaban como estaba, me decían que sin comer no podría ser feliz (¿Quien puede ser feliz comiendo? Lo único que me satisfacía a mi era cada día que conseguía comer menos y menos, comer era imposible que me hiciese ser feliz, además, yo no quería ser feliz, yo era una chica triste y lo sería siempre). Al principio de ingresar fue muy duro, hacía síntoma en cuanto podía, no podía soportarme, creía que en 2 semanas estaría obesa. Recuerdo decirle a mi terapeuta que cuanto en dos semanas no pasara por las puertas que se arrepentiría de haberme hecho comer tanto. Mi distorción aumentó de tal manera que creía que no entraba ni en el coche. Yo no quería curarme, solo quería que me dejaran adelgazar pero nadie me hacía caso (¡Por suerte!), me sentía muy superficial por querer adelgazar y muy culpable de que mis padres tuvieran que cuidarme. Aunque fue muy duro, gracias a las compañeras que conocí allí, de las cuales me he llevado buenas amistades, las terapeutas, mis padres y mi hermano, mis amigas, mi equipo de baloncesto y yo podía remontar mi vida.

Con el tiempo volví a disfrutar de pasar ratos con mis amigas, incluso de cenas con ellas, pude empezar a coger más confianza con mi família y pude conocerme mucho más a mi misma con defectos, pero también con virtudes. La experiencia en hospital de día fue una experiencia muy dura pero por otra parte le agradezco a la anorexia haberme permitido conocerme tanto a mi y haber conocido a gente que ahora es muy importante para mí.

A los nueve meses pasé a Etapa 2 y aún sigo en ella.

Ahora me considero una persona muy feliz, tengo unas amigas excepcionales (las que conservo y las que he hecho en el centro), una família que se que me quieren y que yo también los quiero mucho y con una pareja que me hace muy feliz y con la que puedo ser yo misma con total libertad.

La enfermedad a sido la peor y a la vez la mejor cosa que me ha pasado nunca, porqué gracias al tratamiento he aprendido cosas de mí y de los de mi alrededor que me han ayudado a ser feliz, cosa que no era desde bien pequeña.

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