Irene X la preciosa chiquilla que no me conoce pero lo parece.

Estoy mirando por la ventana, nadie puede verme cuando yo miro por la ventana. Ese es mi súper poder.

Esa es mi supervivencia, la más grande de todas las vividas.
Estoy mirando por la ventana, ojalá las ventanas miren con nostalgia algún día a través de mí. Cambiar los papeles y leernos nuestros propios libros.  Mi ventana y yo, cuentacuentos de niños sin pesadillas porque no duermen.

Le estoy pidiendo respuestas a una ciudad que atardece rojo sanguina, la pobre. Bastante tiene con lo suyo, pero necesito que sostenga un momento lo mío.

En realidad se puede o debería mirar con nostalgia cualquier cosa. Un clavo, un alfiler, una tarta, una camiseta roída por los conciertos…  Qué más da, si mirar con nostalgia es mirar a otra parte, pero la gente siempre mira con nostalgia por las ventanas.  Imagino que porque debe dar un vértigo terrible hacerlo solo.

Ventanas de coches, aviones, hoteles y grandes almacenes.   Las ventanas, qué olvidadas están las ventanas.  La luz al exterior. Todo lo que no está dentro.  Ellas que compiten con el paisaje, que lo sostienen mientras las miramos esperando algo.   Que se dejan dibujar corazones después del frío y la tormenta, a veces incluso mensajes que no leerá nadie salvo el que los escribe. Y que se perderán impacientes en ellas para siempre.

Cuánto soporta una ventana.

Cuando una puerta se cierra, la ventana lleva tiempo esperando que la mires.  Somos idiotas y descuidados.

Y yo miro por mi ventana, porque nadie puede verme cuando yo miro por la ventana.  Y pienso en lo bello de tener una conversación profunda donde nadar a mariposa sin ahogarme.   De ventana a suicida. De partícipe de la religión de los medio alegres, de los siempre felices forzados.  De los que ya no quieren volver a estar tristes, como si no fuese un sitio acogedor en el que perforar la nostalgia sin que te vea nadie.    Integrada a un rito emocional que dictaron los casi perfectos, los nunca perfectos del todo, los nunca nadie.     Los cobardes, los que sólo miran por la ventana para saber qué tiempo hace, sin pensar en el que ha pasado.

Sonrío, porque tú no me quieres triste.  Y porque esto es lo más triste que me han dicho en la vida.
Me ensucio las lágrimas con las manos llenas de clavos de una cruz donde nunca muero. Y pienso en si alguna vez lo hiciste. Quererme. Quererme en todas las formas y colores, como el  que siempre compra las mismas zapatillas con distintos estampados.

Qué estúpida, ni siquiera me atrevo a preguntarme si todavía lo haces de alguna manera.  De todas formas, ¿para qué querría yo saber algo así?
¿Quién querría confirmar que un jardín es un cementerio, que una naranja no es rosa chicle o que un punto fuerte es una debilidad?

Saber en general, ¿para qué?

La ventana no sabe, no contesta.

Y ni siquiera tú puedes verme cuando yo miro por la ventana, porque donde miro: tú ya no estás.   Y todo lo vivido parece una película que rodé cuesta abajo mientras rechazabas ser protagonista, en la que me he quedado sola tratando de entender el final.

Por eso cierro esta puerta, para seguir mirando por la ventana sin destrozar la madera que necesitarás tocar algún día.

Por eso y porque nadie puede verme cuando yo miro por la ventana.

Ese es mi súper no poder mirar el resto.

Esa es mi súper muerte,

la más grande de todas las vividas.

Irene X.

Pero ahora me pregunto esto es bueno o malo si no sabes parar de mirar por tu ventana….

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