Así es la vida

 

Hay un momento durante el tratamiento en el que realmente crees que cuando salgas de la clínica serás una especie de super-mujer sin errores, sin problemas, sin miedos y con unas habilidades especiales que te harán salir airosa de cualquier situación. Obviamente eso no es así. Os lo digo porque no quiero que al leer mi blog os llevéis una idea equivocada. Me curé de un trastorno alimentario. Es decir, no tengo bulimia y he aprendido a quererme y a afrontar la vida desde un punto de vista sano, tanto en la comida como en las relaciones personales. Pero sigo teniendo problemas, algunos más graves que otros, algunos tonterías que le afectan a uno más si tiene un día sensiblón…

Todo esto viene a que el irme de Erasmus, aunque os dijera que mi nerviosismo es como es de cualquiera, no quita también que me entren miedos, que me pregunte a mí misma si encajaré, si haré amigos, si todo va a ir bien… Hablando mal, estoy cagada, pero sé que pasará en cuanto esté allí.

Por otra parte, ha pasado algo que ha hecho que una amistad muy cercana a mí se rompa y lo estoy pasando mal. En estos casos veo cómo he cambiado. He llorado mucho y he estado un par de días fastidiada sin ganas de hacer nada, con una tristeza horrible. Pero sé que si estuviera todavía enferma me hubiera dejado llevar por la pena, por comer demasiado o dejar de comer, por no salir a la calle… Y ahora ya no soy así. Vale, he llorado y estoy mal, porque soy un ser humano con sentimientos, pero ya no me culpabilizo por todo. Sé que si siguiera enferma seguramente me hubiese machacado y hecho daño, tanto física como psicológicamente, haciéndome pagar el haber perdido a una amiga o cualquier otro problema. Pero ya no. Por eso os animo, como siempre, a que si leéis esto y queréis  afrontar vuestra vida (por muy llena de problemas que esté, como la de cualquiera)  de una manera más sana, pidáis ayuda a vuestra familia, amigos o a vuestros médicos.

 Porque de nada vale quedarse atascados en ese pozo negro sabiendo que no vivimos más de 100 años, la verdad.    

Nuevas experiencias

Ya os dije que me marcho de erasmus en septiembre. Es una idea que siempre me había llamado la atención. Vivir nuevas experiencias, conocer gente de todas partes del mundo. Me encanta.

Pero cuando estaba enferma me podía el miedo. Me hice una lista de cosas que debería tener para poder irme a una aventura de ese calibre. Primero de todo tenía que perder peso, claro, el suficiente para entrar en un par de tallas menos, o tres, o cuatro, porque ya sabéis que con el TCA nunca es suficiente. Bajas una talla pero siempre quiere más. Más control. Luego quería ponerme morenísima. Negra, vamos. Me imaginaba con un moreno espectacular. Si hacía falta iba a comprarme un montón de bonos de rayos UVA. Porque no solo tenía que estar delgada sino que tenía que estar muy morena. Y además, también me iba a poner extensiones en el pelo o trencitas, quería un pelo larguísimo.

Porque claro, para hacer amigos hay que estar físicamente perfecta, ¿verdad?

Pienso en todo esto y me entra mucha impotencia. Seguro que si os pregunto a todos si buscáis rodearos de amigos únicamente guapos diréis que no, que en la amistad existen otros valores mucho más importantes. Pero a la hora de exponeros vosotros mismos ante un grupo de gente nueva el miedo al rechazo es tan grande que os agarráis a vuestro cuerpo, a vuestro atractivo.

Yo creo que lo he repetido ya muchas veces. Pero lo repito de nuevo. Lo perfecto es basar nuestra felicidad en muchas cosas. Nuestra simpatía, lo divertidos que somos, lo cabezotas, lo auténticos, lo llorones, lo guapos (también, por qué no, nuestra belleza sí importa). Pero cada cosa en su justa medida. Si de todo lo que he dicho solo nos quedamos con la belleza, si es el único “valor” que consideramos importante en nosotros mismos… entonces estaremos expuestos a sentirnos deprimidos y con baja autoestima siempre;, qué lástima ser solo guapo o solo listo, con lo complejos -por suerte- que somos los seres humanos y todo lo que podemos enriquecernos los unos a los otros.

Yo en septiembre me iré de erasmus quizá con un poco de nervios, como todo el mundo, pero no voy a inventarme una fachada ni voy a centrarme en mi físico. Voy a ser yo misma.

Pero eso no lo hubiera conseguido sin un poquito de ayuda. La misma que espero que cogáis si no os sentís bien con vosotros mismos. Especialistas, amigos, familia. Solo hay que pedir ayuda.

Un empujoncito. Ya solamente puede ir a mejor, ¿no creéis?

FELICIDADES

Quería dedicar estas palabras a todos aquellos que dais uno de los pasos más importantes: el primero.

Felicidades. De corazón os felicito por plantaros delante de vuestros padres, pareja, amigos, de algún especialista, por poneros delante de sus narices y pronunciar esas palabras que en la cabeza parecen una locura pero al formularlas se os hace un nudo en el estómago porque son pura verdad: “Necesito ayuda” o “No sé qué me pasa” o “Ya no puedo más”. Gracias por escuchar los consejos y lanzaros al vacío confiando que la vida no es obsesión y castigo, por creer que hay algo más que os estáis perdiendo. De verdad, gracias.

Llenaos de orgullo porque habéis ganado ya la primera batalla y eso es un golpe durísimo para la enfermedad.

Y también te doy gracias a ti, seas quien seas y aunque no te conozca, a ti que no te has decidido todavía a dar ese paso, porque sé que mañana al levantarte quizá veas las cosas de un modo distinto o recuerdes vagamente esto que te digo y descuelgues un teléfono o escribas una carta o llames a un amigo y entonces sientas que mis palabras también son para ti.

Continue leyendo »

Celebraciones…

Este sábado tengo una boda, es una de esas bodas importantes de personas maravillosas; no he podido evitar recordar otra de esas bodas. Fue hace dos años, antes de entrar en ABB. Recuerdo el miedo que me daban las bodas (o cualquier otra reunión en la que la gente tiende a lucir vestido y sonrisa nuevos), en esa boda lo pasé fatal. Pero fatal de verdad, como en todas las anteriores.

Recuerdo que hacía mucho calor y yo no pude quitarme el abrigo, no pude ni desabrocharlo. Comí pendiente de los demás, creyendo que todos estaban mirándome, pendientes de cómo estaba engordando por segundos. Una total pesadilla, como siempre. Llegó la hora del baile y yo me quedé sentada, sin poder moverme, todavía con mi abrigo puesto, ardiendo de calor y de vergüenza. Mi novio consiguió que me lo quitara y yo le pedí que nos quedáramos un rato sentados, para que yo me fuera acostumbrando a tener los brazos desnudos, pensaba que si salía a bailar todo el mundo los vería, brazos enormes, horribles y asquerosos. Porque claro, mis brazos eran más interesantes que el baile de apertura de los novios que yo me perdí y que la maravillosa fondue de chocolate a la que me avergonzaba acercarme por si me señalaban con el dedo. Bailé poco y triste, con las lágrimas en los ojos y en una esquina.

Por suerte, todo aquello acabó. Ahora me cuesta entender cómo era incapaz de quitarme un abrigo si tenía calor, me cuesta entender cómo podía pasarme las horas imaginando qué pensarían los demás de mis brazos, de mi vestido o de mi cara. Si en algún momento alguien piensa algo… ¡que lo piense! ¿Acaso no pensamos todos, no tenemos una opinión? Si yo pienso que a esa chica la queda fatal el vestido que lleva es un pensamiento que se me va de la cabeza a los dos segundos, no me importa en absoluto, así que al resto de seres humanos les ocurre lo mismo, ¿os dais cuenta?.

Estos últimos dos meses estoy cambiando, mentalmente (¡sí, más!), ahora que estoy curada hay cuestiones de mi vida que jamás me había planteado, entre ellas la muerte o la fragilidad del ser humano. No es algo de lo que os vaya a hablar -no quiero aburriros y tampoco es el tema de este blog- pero me está ayudando mucho a madurar, a darme cuenta de que lo importante en la vida no lo descubres pensando en si estás gorda o en si te vas a morir mañana, porque ambas cosas no forman parte de la VIDA REAL. Lo importante se descubre VIVIENDO, y para eso lo primero que hay que hacer es… CURARSE, así que ya sabéis, a pedir ayuda cuanto antes.

 

¡Feliz 2010!

Cada 1 de enero lo mismo.
¿Cuántas veces escribí mis propósitos de año nuevo de la misma manera?
Todos empezaban así.

Este año me propongo…
-ADELGAZAR.

Pues bien.

Este año me propongo…
-SER FELIZ.

Ah, no, que ya lo soy.
¡¡Pues en ese caso me propongo irme de Erasmus a Polonia a conocer a muchísima gente!!

Feliz año a todas aquellas personas que nos leéis.
Espero que vuestro propósito de año nuevo sea CURAROS y dar cada día un pasito más.
Y para ello os mando muchísimo, muchísimo y muchísimo ánimo.

Rosa.

Firmando el alta

 
Puedo decir que ya soy ex-paciente de ABB.
Echando la vista atrás y sabiendo que voy a firmar mi alta por fin, me doy cuenta de todo lo que he aprendido. En el fondo yo no he cambiado, lo ha hecho mi manera de ver el mundo, mi filosofía de vida. Todavía recuerdo que en una de las terapias (una de tantísimas en las que reaccioné así al principio) me eché a llorar. Diego, uno de mis terapeutas, me preguntó por qué lloraba y yo no pude menos que responderle que en ese momento se me venía a la mente una cuesta muy alta, altísima, por la que yo no podía trepar. Así veía el tratamiento cuando tomé conciencia de enfermedad. Me dije: “Madre mía, lo que me espera…” cuando comprendí que no sólo mi extraña relación con la comida y con mi cuerpo entraba en juego. Comprendí también que si quería curarme, que si quería salir de ese TCA, debería ir poco a poco. Pero claro, yo siempre había ido corriendo a todas partes. Así que intenté no ponerme límite de tiempo y dejarme llevar. Y funcionó.
Os puedo asegurar que en apenas dos años estoy totalmente recuperada y eso que llevaba haciendo síntoma 8 años seguidos antes de entrar en ABB (y sintiéndome mal conmigo misma toda una vida…). ¿Qué quiero decir con esto? Pues que está más claro que el agua que si uno se propone salir de la anorexia, de la bulimia o del trastorno por atracón PUEDE hacerlo. Pero repito, hay que QUERER. Sé que cuando más se quiere es cuando se ha tocado fondo y cualquier cosa es mejor que vivir en una paranoia constante pero ojalá alguien lea esto ahora mismo, alguien que todavía no ha tocado fondo y piense: “Voy a pedir ayuda”. Siempre lo digo: cuanto antes mejor.
Hablaba antes de filosofía de vida; muchas veces se ve en reportajes personas enfermas de TCA hablar de que la enfermedad es su estilo de vida, como si fueran una tribu urbana. Es gracioso -irónicamente gracioso- que yo en su momento pensara lo mismo. Pensaba: “qué más les dará a los demás, yo soy feliz así”. Y ahora lo veo tan ILÓGICO. Me resulta tan incomprensible…

¿Por qué?

Es que se está TAN BIEN así: curada.

 

Por favor, no os perdáis esta sensación de seguridad, de tranquilidad, de LIBERTAD.

 

 

Detrás de las palabras

La semana pasada me propusieron desde la clínica asistir a una de las sesiones de un curso sobre TCA que se impartía en la Escuela Superior de Hostelería. Mi aportación iría tras la ponencia de psicólogos y psiquiatras para así poder hacer hacer llegar a los oyentes un caso real desde una propia paciente. Estaba algo nerviosa al principio pero al final todo fue bien; les conté cómo se siente alguien que intenta tomar las riendas de su vida a través de la comida (ya sabéis, la impotencia, el control…) y me sorprendió que estuvieran tan interesados en hacerme preguntas sobre el tema. Al terminar la sesión incluso se acercaron para saludarme, darme las gracias y repetirme varias veces lo valiente que era, dijeron que les había sorprendido la vivencia en primera persona de alguien que hubiera sufrido un TCA.

Todo esto me ha hecho pensar en los mitos, mentiras y obviedades que se pasan por alto que rodean este tipo de enfermedades. Ya no me refiero sólo -que también- a que las únicas imágenes que se asocien a un transtorno como este sean las de chicas con un bajo peso extremo (que son las que más llaman la atención) sino a que a veces, más que desde la ignorancia desde el no haberlo vivido personalmente, tendemos a olvidar que detrás de una terminología hay personas que SE SIENTEN MUY MAL. Sí, como en cualquier otra enfermedad, personas que sienten y que sólo han podido afrontar su vida desde un punto de vista enfermo. Intenté hacerles ver que durante el TCA aparentemente yo parecía una persona de lo más normal, una persona fuerte, viva, que llevaba adelante muchos proyectos que no tenían por qué salir mal, pero que en realidad el problema estaba dentro.

Una vez le dije a una compañera en su terapia que no sintiera culpable por estar enferma, le pregunté algo que a mí misma me sirvió para darme cuenta de que no era culpa de nadie: ¿Si hubieras podido vivir tu vida de manera sana y distinta lo hubieras hecho? Ella me respondió que y en esa respuesta iba implícito algo muy obvio. Un enfermo lucha por curarse, no estamos hablando de caprichos, a nadie le gusta vivir sufriendo, ¿verdad?.

Cuento todo esto porque antes de entrar en el centro ABB veía los TCA como enfermedades para gente muy específica (modelos, artistas, gente muy delgada…); si hubiera sabido que nadie está a salvo de algo así quizá hubiera dudado, hubiera pensado que todo lo que me pasaba encajaba en el perfil.

Quizá hubiera necesitado algo más de información, como la que os estoy dando ahora a vosotros. Ojalá os sirva para abrir algo más los ojos.

¡Muchos muchos ánimos, de verdad!

 

La vuelta al cole

 
Si hay algo que ha marcado mi personalidad durante los años de TCA ha sido mi auto-exigencia, una obsesión horrible por ser la mejor en todo aquello que hacía, y eso incluía los estudios. A los 9 años me sentía muy sola en clase y descubrí lo reafirmada que podía estar si destacaba sacando buenas notas. Aunque me sintiera algo excluida (todos eran chicos excepto otra niña y yo) hacía todo lo posible por ser la más simpática y amable con mis compañeros y si le sumaba las palmaditas en la espalda por parte de mis profesores los días se me hacían más llevaderos. En eso basaba toda mi felicidad, en parecerles simpática y lista a los demás. Aunque luego llegó más en serio el tema de sentirme bien a través de mi cuerpo hoy quiero hablaros de cómo es igual de peligroso basar tu bienestar en una sola cosa.

Porque no somos un par de adjetivos, somos muchísimo más. Somos virtudes y defectos. Pero por aquel entonces yo ni siquiera me había planteado algo así. Sentirme bien implicaba que los demás me vieran bien, no que yo me sintiera bien conmigo misma. Lo estudios fueron desde entonces una enorme preocupación. Claro que en mi vida había cosas maravillosas, hubo muchas risas y muchos momentos buenos… Pero algo fallaba, algo que había dentro de mí.

La exigencia me trajo muchísima competitividad y frustración. Siempre tenía que acabarlo todo la primera, siempre tenía que ser la más eficaz. Daba igual si con ello sacrificaba mi tiempo, si me ponía nerviosa. Lo importante era levantar la mano la primera, que me conocieran (para bien o para mal). En la universidad la cosa fue a más -quizá porque también fue a más el síntoma-. Ahora estoy en 3º de carrera y el año pasado (en segundo) ya estaba en la clínica ABB, pero cuando empecé la carrera aún no sabía que estaba enferma. Todo lo veía como un reto, pero no como ahora, eran retos obsesivos. Quería que los profesores recordaran mi nombre y que mis compañeros supieran que yo era una gran amante de la literatura con lo que luego me sentía obligada a sacar mejor nota que ellos. Cuando hacía un examen y salían las notas miraba persona por persona para comparar mi nota con la de los demás, daba igual si les conocía o no… Me machacaba por no conseguir destacar. Era un maldito sinvivir.

Está genial preocuparse por los estudios y por nuestro futuro pero como todo hay que considerarlos una parte más de nuestra vida, no un todo. Hay algo que me ha servido muchísimo y es conocer mis propios límites, saber cómo funciono. Por eso yo no empiezo a estudiar tres meses antes, porque no podría, estudio lo que puedo y punto. Y la frase de “es que si me pongo más sacaría unas notazas…” me la guardo, porque antes la decía cada dos por tres pero ahora sé que los resultados no dependen de lo que podría o no llegar a conseguir, lo que importa es lo que consigo y sentirme a gusto con ello.

[Hoy ha sido mi primer día de clase... y puedo decir que pese a los nervios el balance ha sido positivo, quiero aprovechar al máximo mis años universitarios, ¡me lo merezco!

Y estés haciendo lo que estés haciendo... ¡TÚ TAMBIÉN!]

 

 

Impotencia…

Cuando te recuperas de un TCA no sólo dejas de hacer conductas extrañas con la comida, no sólo aceptas tu cuerpo, que dentro de tu escala de valores pasa a ser solamente un factor más para sentirte bien contigo mismo. Hay muchísimas cosas que cambian y dos de ellas -al menos en mi caso- son la empatía y la asertividad.

Pero empatía y asertividad reales, no esos paripés de “soy el paño de lágrimas de medio mundo y me encanta que se vea” o “yo entiendo perfectamente a los demás pero los demás no me entienden a mí”, no me refiero a los montajes de los que nos rodeamos cuando estamos enfermos y que vamos proclamando por todos lados porque ni nosotros mismos nos los creemos.

Me refiero a dejarse llevar, a ser uno mismo.

Cuento esto como preludio de otro tema: la impotencia que se siente cuando ves que alguien está metido en este infierno. Sobretodo la impotencia de haber salido de allí y ver como alguien se niega a ver la realidad. La empatía te ayuda a entender cómo se siente, a ver que no tiene conciencia de enfermedad (nadie la tiene al principio), a entender también que va a rechazar la ayuda que le ofreces hasta que toque fondo…

Aún así a mí siempre se me hace un nudo en el estómago cuando veo que alguien basa su vida en este cúmulo de mierda… en ese quitarse calorías del cuerpo, en hacer ver que es feliz cuando se siente fatal, en malgastar tanto tiempo precioso -porque es precioso- en algo tan irreal como hacer de un plato de comida los problemas de una vida entera.

Sí, lo sé, yo pasé por ahí. Y por eso mismo digo que es irreal. Ahora conozco la otra cara de la moneda, pero durante mucho tiempo pensé que lo que me pasaba no era para tanto, que yo no estaba enferma aunque algo no cuadrara, ¿meterme en una clínica? ¿Dejar mi “día a día” para luchar contra algo ajeno a mí? ¡Qué locura!

Ojalá alguien me hubiera zarandeado hace años y me hubiera dicho:

“TU VIDA NO ES ESTA. PIDE AYUDA”.

Quizá no hubiera hecho caso, seguramente esas palabras me hubiesen entrado por un oído y me hubieran salido por otro, quién sabe. Y a hace años me refiero a cuando empecé con esto, porque se empieza poco a poco y va a más, siempre lo repito, no te das ni cuenta porque lo integras en tu vida pero crece y crece… Y una cosa os digo, esto no remite por arte de magia (y si remite luego vuelve con más fuerza, que también me ocurrió en su momento).

Pero claro, cuando alguien te hace ver que quizá estés enferma ni se te ocurre escucharle, es más fácil girar la cara hacia otro lado y decir:

“No necesito ayuda, es que yo soy así”

(y entonces yo preguntaría: así cómo, ¿enferma?)

____________________________________

Una última pregunta…

¿VALE LA PENA SEGUIR… FINGIENDO?

Antes y ahora

 

Llega septiembre, vuelve la rutina, las clases, poner el despertador a las 7… Eso me hace pensar en mi vida, en la vida que tengo ahora y aunque las comparaciones son odiosas no puedo evitar comparar la “rutina” de hace un par de años con mi rutina actual, llena de constancia, de imprevistos, de tranquilidad y de esfuerzo. Por eso hoy quiero mostraros parte de lo que era mi vida antes y de lo que es ahora, para que comprendáis que no hay que conformarse porque puede existir algo mejor a vuestro alcance.

2006.

Me levanto. Me miro al espejo, qué asco. Me peso, qué asco. Vaso de agua caliente (doblemente asco, ¿servirá como ponía en esa web?). No sé qué ponerme, qué agobio. Me voy de compras como todas las mañanas. Hoy no desayuno, me encanta no tener hambre por las mañanas, eso me anima. Ropa, ropa, ropa. ¿Me está mirando mal la dependienta? Claro, piensa que estoy gorda. Pues me llevo esta falda aunque no me vaya bien, ya me cabrá dentro de unos días. Qué asco de gente hay por el mundo. Me estoy poniendo nerviosa. 13h, voy hacia el trabajo. Alguien me dice que estoy más delgada, ¡toma ya! Qué bien. No como nada. Me siento a trabajar, no paro ni un momento, quiero ser la mejor, me estoy mareando, toca descanso. Miro la máquina de snacks, joder, qué hambre. Qué mal… no quiero tener hambre… Sólo unas patatas, venga, pero dando un paseo… Ansiedad, no puedo parar. Culpabilidad. Me siento otra vez a trabajar. ¿Por qué lo he hecho? Ahora que iba tan bien con la dieta… No sé para qué hago dieta, siempre estoy igual. Me doy asco, de verdad. 21h, salgo de trabajar, subo al piso compartido, me escondo para que no me vea nadie, me da vergüenza que me vean comer, que me vean ir al baño, que me vean en general. Intento hacer algo de ejercicio en mi cuarto, cuando pierda un poco más de peso iré a un gimnasio, ahora no, se reirían de mí. Me acuesto, lloro… hago un repaso de todas las cosas que necesito arreglar, que necesito conseguir. ¿Aprobaré el bachillerato a distancia? No quiero pensar en eso… perder peso, sí, esa es la clave. Frustración. Si estuviera delgada no habría problemas… Mañana será otro día, mañana no como. Lo prometo.

2009

Me levanto. Me lavo la cara y medio dormida me preparo el desayuno. Mi tostadita con aceite y mi zumo, miro la televisión. Me pongo la ropa deportiva y voy a mi gimnasio, una horita de aeróbicos y a relajarme en la piscina. Libertad, tranquilidad. Me tomo algo, recargando pilas para estudiar, examen la semana que viene. ¡Qué agobio! Buff, qué nervios. Ay, ay, ay… remoloneo un rato, no me gusta estudiar pero me pongo a repasar, me voy tomando descansos para no sobrecargarme. Haré lo que pueda. Hora de comer, en la facultad con mis compañeros o en casa con mi novio. Qué rico todo y qué risa el programa este que se mete con los famosos. ¿Siesta? No sé, no sé. Repaso un poco más y luego paseo con Álex. Me encanta esa cazadora, a ver cómo me queda. Demasiado estrecha, no la quiero. Perdona, ¿tienes otra talla? ¡Qué cinturón más chulo! Paseo, paseo. Vuelta a casa. Te toca a ti hacer la cena, no a ti. Venga, yo la hago. Vemos una peli juntos. Me acuesto, no pienso, simplemente sonrío y me duermo.

 

Sí, mi vida giraba antes en torno a la comida, pero no os confundáis, que por mi mente pasaran esos pensamientos no significaba que ante los demás pareciera una persona bastante normalita, siempre aparentando. Lo peor de esta enfermedad es que cada vez va a más y el control que al principio tranquiliza luego se vuelve un absoluto infierno. Lo típico de “yo puedo sola” , “no es para tanto”  o “yo soy así” pasa factura tarde o temprano, desgraciadamente.

Ahora sé que prefería pensar en mi cuerpo antes que en mi sentimiento de inferioridad, en mi miedo de no sentirme capaz de enfrentarme a sacar un curso, a conocer gente nueva, a ser yo misma. Es decir, ahora sé que pensaba que me quería poco por fuera pero en realidad lo que me pasaba es que no me gustaba por dentro. Por eso ahora todo es distinto, porque el trabajo que he hecho en el centro ha sido -y sigue siendo- largo pero me ha permitido conocerme y aceptarme.

Si alguna persona que lo haya leído ha pensado que desearía que su vida dejara de ser tan angustiante y que dejara de girar en torno al control con el cuerpo y la comida me gustaría que pensara también que sólo uno mismo puede empezar a dar forma a ese cambio. Pero todo proceso tiene un principio y en este caso es pedir ayuda.

Mucho ánimo. 

 

 

 

Older Posts »