Y Hasta Siempre

Este mes -febrero de 2015- se cumplen 5 años desde que me dieron el alta.

Y vaya 5 años. Madre mía.

Geniales y únicos, como los que me quedan por vivir.

El título habla por sí solo, es mi momento de dejar el blog, siento que he dicho lo que tenía decir. Aunque siempre se puede aportar más, en ocasiones hay que poner un límite, y este es el mío.

Os quería dar las gracias. A todos. A los que leyeron y a los que leerán, a los que dieron el paso y se enfrentaron a sus miedos, a los que tomaron las riendas y se dijeron:

JODER, ME MEREZCO ALGO MEJOR.

Todos tenemos nuestras zonas oscuras. Todos tenemos nuestros fantasmas con los que luchar. Todos, sin excepción, debemos aprender a aceptarnos como somos sin renunciar a una vida plena.

Allá va mi último consejo:

Un vida. Solo una.

Un puñado de años.

Todo dependerá de lo que hagas con ellos.

Deja de esconderte y permítete BRILLAR.

Porque has nacido para eso.

A POR TODAS. Y hasta siempre.

Rosa.

PD. ¿Todavía te preguntas si se puede? Sal de esto y respóndete a ti mismo.

No más estigmas: pide tu vida de vuelta YA

Como muchos sabréis, hace años que me curé.

Actualmente no se trata de un pulso entre la comida y mis emociones, es más bien entre mi vida profesional y personal, ¿pero no es acaso lo mismo? Todo lo que aprendí durante dos años de terapia, lo pongo en práctica durante mi vida diaria, porque una vez sales allá fuera, los problemas siguen llegando, y depende de ti cómo te los tomes.

Quizá ahora estáis tan metidos en la enfermedad, que no os deis cuenta de que hay una vida allá afuera reclamando ser vivida, una vida de verdad. Y esa vida real no es siempre maravillosa. También se llora y se patalea, pero por cosas que merecen ser lloradas y pataleadas (y luego solucionadas con madurez).

A veces se me ocurre pensar lo CÓMODO que es el trastorno alimentario, o una depresión, o cualquier estado mental en el que nos bloqueemos y nos obliguemos a vivir de la manera que creemos que nos ha tocado vivir, en vez de luchar por la vida que sabemos que nos merecemos (aunque lo sepamos muy dentro y muy hondo en algunos momentos).

Pues sí, es muy cómodo.

Muy cómodo levantarte todos los días y llorar por no tener un cuerpo perfecto o porque nos sentimos inferiores al de al lado o por cualquier otra cosa que se os ocurra (que si tenemos un trabajo de mierda, que si no nos valoran en nuestro grupo de amigos, o somos infelices en pareja, etc, etc, etc.).

Qué cómodo simplemente quejarse y dejar pasar los días sin mover un dedo, pero frustrándonos porque TODO SIGUE IGUAL.

Ay, amigos, es que que quizá las cosas empiecen a cambiar cuando demos algún paso, ¿no creéis?

Desde que salí de la clínica hace un puñadito de años ya, me han pasado cosas maravillosas, cosas mágicas, con las que jamás soñé. Algunas buenas, otras malas, pero ninguna de ellas hubiera sido posible, si me hubiera echado al cuello el estigma de enferma, de cómoda y de conformista.

Así que BASTA ya. La lucha empieza ahí fuera. La lucha empieza hoy.

Pedid vuestra vida de vuelta.

¡Que no te engañen, tú también eres una mujer real!

Cada vez hay más campañas de “respeta tu cuerpo” y de “eres perfecto tal como eres”. Y lo que veo, es que siempre que aparece algo así, se generan una serie de comentarios de los que vengo a hablar hoy aquí.

Normalmente en esos anuncios aparecen mujeres con sus curvas y sus imperfecciones, y siempre hay alguien que comenta rápidamente que no deberían sentirse a gusto con su “gordura” cuando eso es tan peligroso como ser feliz estando “en los huesos”. Yo no estoy a favor de la obesidad ni mucho menos, es una enfermedad con la que hay que tener mucho cuidado, pero sí estoy a favor del respeto, del vive y deja vivir.

Gordos o delgados, lo que es injusto es que te intenten definir por tu peso, que te insulten por la calle, que te vejen y te menosprecien; que te llamen vaca o que te llamen palo de escoba, que se rían de tus piernas o de tus costillas. De eso deberían tratar las campañas, no solo de respetar nuestro cuerpo, sino de respetar el de los demás.

Cada vez que veo aquello de “mujeres reales” mostrando a un grupo homogéneo de chicas de piel tersa entraditas en carnes me pregunto qué han hecho el resto de mujeres de otros pesos y alturas para no merecer ese calificativo. En mi familia tenemos de todo: mujeres adultas con una 34 hasta más maduras con una 48, y dentro de esa gama de tallas y formas hay mucha belleza y muy distinta, toda ella REAL.

No se trata de hacer apología de la obesidad ni de celebrar nuestros michelines o nuestra falta de ellos, se trata de estar SANO y ser FELIZ, de no dejar que un montón de numeritos nos impidan vivir sin ser juzgados por el resto y por nosotros mismos.

Dejemos que hablen de números los médicos, que nos aconsejen y nos cuiden, que para eso están los profesionales, pero no permitamos que gente aburrida y sin amor propio intente destrozar nuestra autoestima. Lo he dicho mil veces: ESO NO NOS DEFINE.

Y ahora, hazme un favor: ¡PELLÍZCATE! ¿Duele? ¡Ves, tú también eres real, que no te engañen!

mujeres de todos los tamaños y pesos

¡MUJERES REALES!

El infierno de ir a la playa…

Sé que para muchos de vosotros llega la época del terror absoluto. La época del bikini, de la carne a la vista, de creer que el resto va a contemplar vuestras imperfecciones con lupa, de exponeros demasiado o de taparos hasta las cejas, de pasar calor, de recordaros que odiáis vuestros brazos o muslos, vuestra piel demasiado blanca…

Quizá hoy haga un sol espectacular, el cielo esté azul, tengáis la playa cerca o unas ganas terribles de daros un chapuzón en la piscina con vuestros amigos. Pero no, no estáis allí con ellos, sino frente al espejo, apretando con ambas manos vuestra carne en distintos puntos y maldiciendo la celulitis, las varices o incluso las estrías y cualquier tipo de vello que no sea rubio platino.

Lleváis la ropa de baño puesta y os preguntáis cómo vais a poder salir así, ¡¿cómo podréis andar por la arena con esas piernas tan horribles sin que nadie sienta asco?! Y así seguís durante horas, llenando vuestra mente de horribles pensamientos que os acompañarán durante todo el camino hacia la playa.

Probablemente, cuando caminéis por la arena tras salir del agua, os acordaréis de la visión del espejo y miraréis al suelo sabiendo (creyendo saber) que TODOS os observan. El camino se hará eterno y solo desearéis llegar a la sombrilla para envolver vuestro cuerpo en una enorme toalla, un vestido, un pareo, unos pantalones, cualquier cosa que os haga sentiros seguros. Uf, la tortura ha terminado.

Vamos, que un maravilloso día de playa se convierte en un horrible camino al matadero. ¿De verdad queréis pasar así el resto de vuestros veranos? ¿Tenéis idea de lo que os estáis perdiendo? 

O quizá no hayáis vivido algo así todavía. Quizá la anorexia o la bulimia no os impiden ir a la playa, de hecho os encanta ir, sobre todo a mediodía, y os embadurnáis con aceite de oliva de cocinar durante horas, porque tenéis que estar morenos a toda costa, sin protección, dañando vuestra piel. Y luego iréis a correr por el paseo marítimo hasta que no podáis más, para quemar el helado y la cervecita. Y así todos los días del verano, sin tener nunca suficiente, pendientes de cada gesto de aprobación ajeno.

Dejadme deciros que tanto unos como otros estáis atrapados y sin libertad para disfrutar del verdadero verano. Mismo infierno con distinto panorama. Misma tensión.

Si os sentís identificados pensad que esta vez puede ser diferente; con esfuerzo, paciencia y mucha ayuda.

Tu autoestima no depende de nadie, ¿entendido?

Yo cada vez tengo más claro que cuidar la autoestima es un trabajo a jornada completa. Hay personas que por suerte no han tenido que preocuparse apenas por ello, que han crecido sintiéndose muy seguros de sí mismos (¿genes, educación, circunstancias, experiencias positivas, entorno poco hostil?), y es que los primeros años de nuestra vida son los más importantes en cuanto a desarrollar amor por uno mismo.

Pero vamos, que si estás leyendo esto seguramente no sea tu caso, probablemente tengas baja autoestima y te pases el día criticando todo lo que haces (por dentro… ¡o incluso menospreciándote ante los demás!). Qué vida más triste. Sé que lo es porque también era la mía.

Pero entonces, ¿qué hacemos? ¿Podemos mejorarla? ¡Pues claro! Pero veréis, tengo comprobado que cuesta muchísimo y el camino es largo, y no solo eso, sino que, como ya he dicho antes, es un trabajo permanente y a jornada completa. Desde luego, yo no soy la misma persona que hace unos años. Básicamente, porque me importa mucho menos lo que piensan los demás, porque para mí ese es el EPICENTRO de todo, de la que fue mi enfermedad y de la que probablemente sea la vuestra. Lo que piensan los demás. Toma ya, no es moco de pavo.

Cuánto poder le damos a esos pensamientos ajenos.

Lo que pensaban mis cuidadoras de la guardería, mis compañeros de colegio, mis padres, mis abuelos, lo que pensaban al llegar a un instituto nuevo, en la calle, en el gimnasio, en la playa, lo que pensaban las vendedoras de la tienda de turno, la vecina, el novio de fulanita, los profesores de la universidad, los compañeros de trabajo…

¡PERO CUÁNTAS VOCES (EN TU CABEZA) DICIÉNDOTE LO POCO QUE VALES!  ¿CÓMO NO VAS A PONERTE ENFERMO ASÍ? Joder, si es que es el mecanismo de tortura más refinado de todos los siglos, porque JAMÁS DE LOS JAMASES vas a ser capaz de controlar todo lo que piensan o dicen de ti, así que es un arma poderosa con la que destrozar ese amor propio del que trata esta reflexión.

Paraos a pensar un momento, ¿cómo puede ser que lo que piensen los demás sea la base de algo que llamamos AUTO-ESTIMA? ¿Estamos locos o qué? Cuando me di cuenta de esto empezó a mejorar todo. Han pasado años, e incluso ahora a veces me sorprendo a mí misma permitiendo que opiniones ajenas mermen mi autoestima. Todos tenemos un mal día, aunque por suerte yo cuento con muchos buenos, pero cuando ocurre algo así lo corto en seco y me recuerdo que ESO NO ME DEFINE.

La opinión de los demás no debe definir quién eres. NO PUEDE.

Ahí tienes tu cuerpo perfecto

Párate un momento a pensar que tienes el cuerpo que deseas, cierra los ojos e imagínate con ese cuerpo que tanto quieres y por el que tanto estás sufriendo. Vale, ya lo tienes, imagínate que de verdad está ahí, por fin lo has conseguido. Quédate un rato con los ojos cerrados creyendo que es cierto. Un rato largo, saboréalo.

¿Te sientes mejor? ¿De verdad? Porque me juego lo que quieras a que después de 2 o 3 minutos seguirás teniendo los mismos problemas que antes. Problemas escondidos bajo esos pequeños rituales a los que ya te estás acostumbrando, como pesarte todos los días, comprarte una talla menos o esconder la comida. Si de verdad conseguir el cuerpo que queremos fuera el verdadero objetivo de todo este juego macabro llegaríamos a la meta muy rápido, pero no es así, esto es un círculo vicioso del que nunca podrás salir. Deja de mentirte, de creer que puedes pararlo cuando quieras. Tu cuerpo se irá debilitando día tras día, podrás adelgazar todo lo que quieras, podrás luchar para intentar cambiar tu constitución o creer que estás a punto de llegar al cuerpo que buscas, pero jamás será un cuerpo sano.

¿Quieres sentirte realmente feliz? Empieza a mimarlo y a cuidarlo, quiérelo, aunque si estás aquí leyéndome seguramente necesites un poco de ayuda, así que no lo dudes y pídela.

Reflexión sobre la sociedad

Cuando estaba enferma solía preguntarme cómo se sentirían las chicas delgadas con cuerpos perfectos cuando se miraban al espejo. Me daban envidia, me las imaginaba felices, sonriendo, en fiestas, vistiendo lo que querían, saliendo con quien querían, teniendo trabajos perfectos, con sonrisas blancas, dientes alineados, un pelo que nunca se encrespaba, un bronceado natural, sin celulitis, con las uñas cuidadas, siempre bien depiladas, oliendo genial…

Poco más y me las imagino ganando la lotería.

No sé quién me metió en la cabeza esa idea, no sé de dónde salió. A veces me molesta escuchar que los TCA son culpa de cómo funciona la sociedad, de la publicidad, los cánones de belleza sin sentido, de la exaltación y la apología de la delgadez, de los retoques fotográficos y las mentiras de Hollywood. Siempre he estado en contra de ese pensamiento diciendo que si fuera así todos estaríamos enfermos, pero no todo el mundo cae en un trastorno alimentario aunque viva rodeado de vallas publicitarias con chicas de Victoria’s Secret en bikini y chicos con cuerpos de gimnasio anunciando perfumes de Dolce&Gabbana.

Pero poco a poco estoy cambiando mi manera de ver el mundo. Creo que sí, que esta sociedad sí nos empuja a sentirnos esclavas (más a las mujeres que a los hombres, aunque cambia a pasos agigantados), a sentir que debemos ser PERFECTAS, que desde que a mediados del siglo pasado bombardearan a la mujer norteamericana con publicidad de chicas rubias de cintura estrecha, pelo perfecto y sonrisa eterna esperando al marido en casa, hasta el día de hoy en el que te anuncian cámaras fotográficas con anuncios en los que aparecen grupos de chicos y chicas altos, delgados, rubios, a la moda y con dinero, es imposible no ceder ni un poco a ese ideal de perfección, a creer que si nuestras vidas o nuestros cuerpos se alejan de esos modelos somos unos fracasados.

Una reflexión que necesitaba compartir con vosotros. Creo que por el bien de nuestra salud mental es mejor alejarse de esa publicidad tan “hecha para soñar” que en realidad daña nuestros valores más humanos y nos convierte en robots que ansían ser tan rubios, ricos, delgados y guapos como ellos.

De recaídas y piedras

Os voy a ser sincera, a veces no soporto haber tenido un TCA, no soporto que sea un especie de estigma. Que sí, que me ha hecho crecer muchísimo, me ha permitido ayudar incluso a otras personas, pero si me dieran a elegir, por supuesto, escogería no haberlo tenido. Os cuento esto porque llevo ya tiempo con una vida muy ajetreada, con nuevos trabajos que cada vez van subiendo de nivel, con eventos sociales que hacen que me exponga a la opinión pública, con entrevistas constantes, con reuniones, momentos duros, elecciones, con fechas límite. Con retos. Retos que me impiden tener una estabilidad emocional.

¿Sabéis lo que creo? Que si en vez de estar en Madrid luchando tanto estuviera en mi casa de Huelva con mi pareja, mi perrita, mi terracita y mis paseos por el parque, sin nuevas situaciones diarias a las que enfrentarme, seguramente no me sentiría psicológicamente tan vulnerable como para tener miedo a una recaída. Pero no es así, me enfrento casi semanalmente a cosas que hace años me hubieran aterrado y alguna vez se me ha pasado por la cabeza que si fui capaz de caer en esto, puedo volver a caer de nuevo. No os preocupéis, yo misma me responderé, porque ahora sé que ese camino no tiene salida, no te lleva a ninguna parte y lo único que consigue es apartarte de la gente a la que quieres, anularte como persona y evitar que avances en todo lo que te propongas. Todo lo que yo no quiero.

Así que sí, que tuve bulimia, que las recaídas son posibles, que mi vida a día de hoy es un poco complicada pero que yo prefiero pensar que hay muchas manos a las que agarrarme antes que tropezar una segunda vez con una piedra tan grande.

Cómo decirle a tus padres que tienes TCA

Bulimia, anorexia, trastorno por atracón, cualquier TCA que te esté consumiendo…

Muchas de las personas que me escriben me dicen que son incapaces de decirle a alguien de confianza que tienen un TCA. En esos mensajes se repiten siempre las mismas frases: “Voy a defraudarles”, “tengo miedo de que no lo entiendan”, “me da vergüenza”, “no quiero que me juzguen”.

Pues bien, os diré un par de cosas, las mismas que suelo responder. Esas personas a las que queréis, vuestros amigos, vuestros padres, hermanos, etc. seguirán con sus vidas se lo contéis o no, mientras vosotros os quedáis estancados llevando un lastre demasiado pesado del que jamás os podréis deshacer sin ayuda. Por otro lado, imaginad POR UN SEGUNDO, que vuestro mejor amigo o vuestra hermana, por ejemplo, os cuenta lo que le está ocurriendo, os cuenta que tiene miedo a engordar, que es incapaz de llevarse un pedazo de comida a la boca, que llora por las noches tras darse atracones de comida, que se hace daño ante el espejo, que siente que no está viviendo su vida plenamente. De verdad, ¿qué pensaríais? ¿Os sentiríais DEFRAUDADOS? ¿En serio? ¿Dejaríais de lado a esa persona? De verdad, pensadlo.

Ir a un especialista para recibir orientación y diagnóstico ya es un paso duro, lo mejor es tener a tu lado a alguien en quien confíes para no salir corriendo de la consulta. Puede parecer exagerado, pero si no hubiera tenido a mi novio conmigo la primera vez que subí en ascensor hacia la clínica ABB, hubiese dado media vuelta. Pero una vez allí, con un profesional frente a mí describiéndome exactamente lo que me ocurría, me alegré de haberle contado a mi novio que necesitaba ayuda, me alegré de que él me hubiera acompañado.

Os pensáis que defraudaréis a los que os rodean porque vosotros mismos os tenéis en un pedestal. En vuestra cabeza resuenan frases como “no me lo esperaba de ti”, “parecías tan normal”, “eso son tonterías”. No os equivoquéis, no son las frases de vuestros seres queridos, son las vuestras, vosotros mismos os juzgáis, pero ellos, en la gran mayoría de los casos, os tenderán la mano, os apoyarán y os facilitarán ese duro camino hacia la curación.

Así que la próxima vez que estéis a punto de contarle a alguien que necesitáis ayuda y empiecen a resonar todas esas frases en vuestra mente, acordaros de mí, recordad que yo también pasé por ese miedo y lo superé, cuando se lo conté a mis padres, a mis amigos, a mi familia… Y si yo pude, ¿por qué no vais a poder vosotros?

¿Miedo a pasear por la calle? ¿Me están mirando?

¡Hola a todos!

A veces pienso en cuánto me gustaría escribiros más a menudo, pero bueno, aquí estoy. La verdad es que bastante contenta porque en cuatro meses en Madrid he avanzado muchísimo y estoy a punto de entrar en una de las revistas de primera línea en la que quiero trabajar.

Hoy quería hacer un ejercicio de memoria de lo que suponía salir a la calle estando enferma. Se me olvidan las cosas, la verdad, pero quiero hacer un esfuerzo por si os sentís identificados. Recuerdo ir por la calle y compararme con prácticamente cualquier chica, comparaba las piernas sobre todo, pensaba si eran más o menos gordas que las mías y si me venían de frente pensaba que irremediablemente estas chicas estaban pensando lo horrible que yo era. Es muy fuerte, lo sé. Cuando iba con mi novio era TERRIBLE, le preguntaba constantemente: “¿Esa está menos o más que yo? ¿Menos, verdad?” O bien “Jo… yo quiero ser así…”, cuando veía a una chica esbelta y atractiva. Sinceramente, vaya mierda de vida. ¿En serio pensaba que eso era la vida real? ¿En serio pensaba que los demás se tomaban la molestia de dejar a un lado sus pensamientos y centrarse en mí pensando en sus cabezas lo horrible y gorda que se suponía que yo era? Pues sí, en ese momento lo pensaba.

Por otro lado, recuerdo mis inicios en la enfermedad, aunque por aquel entonces ni se me había pasado por la cabeza que yo pudiera estar enferma. A los 15 años iba con unos pantalones muy apretados, recuerdo que eran acampanados, se llevaban allá por el 2000. La moda era la moda y las chicas íbamos casi todas con camisetas cortas, así que andaba por la calle metiendo tripa, pero amigos, no metiendo un poco de tripa, no, AGUANTANDO LA RESPIRACIÓN. De verdad que cuando lo he recordado casi me echo a reír. Cuando pasaba por algún reflejo me miraba de reojo (no fuera a ser que me vieran mirándome o algo parecido) y me venía abajo. Eso también me pasaba en las tiendas, iba tan peripuesta y era pasar por un espejo y hundirme en la miseria. ¿Esa era yo? ¡Qué horror! Y la verdad es la siguiente: me sentía TAN MAL por dentro que yo misma veía ese dolor en mi aspecto. Por eso se dice siempre que cuando alguien es feliz se ve radiante y atractivo. En cambio, yo me sentía mal por muchos motivos.

Angustiante, ¿verdad? Pero no penséis que yo lo sentía como algo tan horrible, era el pan de cada día, lo tenía normalizado. Es ahora cuando pienso en esto que se me hace en parte un nudo en el estómago y pienso lo remotamente distinta que era mi concepción de una vida real. Ahora ando por la calle tan tranquila, os lo aseguro, y es lo que quiero que os quede claro. AHORA ANDO TRANQUILA, TRAN-QUI-LA, sin comparaciones, sin culpabilidad, sin ralladas mentales, simplemente siendo yo yendo de un lado para otro, y con la de reuniones que tengo desde que soy freelance nada más me faltaría ir pensando en “tonterías” (ya me entendéis).

Así que si en algún momento habéis ido por la calle y habéis sentido algo de lo que he escrito recordad que se puede cambiar, OS LO PROMETO. ¿Cómo? Pues nada de varitas mágicas, aquí toca lo de siempre: currar, trabajar duro, así que ya sabéis. Meta: paseos tranquilos.

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