Archivo mensual: julio 2009

Roles cambiados

 

Mañana llegan mi padre y mi hermana a Huelva para pasar una semana en Portugal con nosotros, ¡qué ganas tengo! El título del post es exactamente lo que me ocurría con Cristina, mi hermana de 15 años (y la única que tengo). Me he pasado muchos años tratándola como una hija, y todavía más desde que mis padres se separaron. No lo hacía por altruismo, por horrible que suene ahora sé que no sólo la cuidaba porque la quería -¿acaso una hermana no puede cuidar también?-, lo hacía porque así me sentía bien, me gustaba ese papel, me gustaba controlar algo más.

Poco a poco nuestra relación, la relación que habíamos tenido desde pequeñas, se fue yendo al traste. Pasamos de reírnos juntas a que yo le echara broncas y ella me rehuyera. Y a eso había que sumarle lo mal que la trataba en algunas ocasiones por culpa de la comida, pues cuando yo estaba en épocas restrictivas y veía que ella comía algún alimento “prohibido” para mí me ponía de los nervios y la trataba mal, muy mal. Sé que es duro y aunque antes me sentía muy culpable ahora veo que poco podía hacer yo en esos momentos para parar esos comportamientos tan enfermos, sin ayuda es imposible.

Cuando entré en el tratamiento no pensaba ni por asomo que iba a tratar ningún tema familiar, no veía nada fuera de lugar excepto la separación de mis padres… pero claro, como yo decía constantemente que todo lo tenía superado es normal que pensara que esos temas no se iban a mover jamás. Cuando empecé a hablar sobre mi madre -tema del que ya escribiré más adelante- empezaron también a salir cosas sobre Cristina. En mi primer verano en el centro me fui de vacaciones a una casa rural con ella, con mi padre y con Álex. Tuve que llamar a una niña del centro porque mi hermana me acababa de decir: “Sólo vienes a Barcelona a joderme la vida”. ¿Y sabéis qué? Que en el fondo tenía algo de razón, eso me lo hizo ver mi compañera de grupo -ahora amiga-, me dijo que para dos veces que veía al año a mi hermana no hacía falta que la riñera por todo. Y es ahí cuando empecé a darme cuenta de mi rigidez; trataba a Cristina como una madre, incluso a mi propia madre como una madre, todo tenía que ser perfecto, una familia feliz y perfecta sin que nadie se comportara de mala manera (¡Pon la toalla en su sitio! ¡Cómete todo el plato!). Como digo, se juntaba el control con la ansiedad y con la necesidad de sentir que yo era indispensable para los demás, otro pilar más de mi vida: siempre una familia estable

Me ha encantado volver a forjar una amistad con Cristina, dejarla de ver como a una hija me ha dado un abanico de posibilidades. Ahora ella sabe que puede contar conmigo, me llama y me envía mensajes y yo hago exactamente lo mismo, cuando nos apetece. Somos muy distintas pero me encanta aunque se meta en líos y sea una respondona, es genial.

Es otra de las inconveniencias de la enfermedad, ¿no creéis?: no nos deja valorar lo que tenemos delante de nuestras narices, algo tan sencillo como un lazo familiar o de amistad nos puede hacer inmensamente felices y no nos damos cuenta… Para conseguirlo sólo hay que abrir los ojos y, como he oído muchas veces en el centro, “dejar de mirarnos la barriga para mirar hacia adelante”.

 

Por fin verano

Antes me pasaba la vida viviendo en el pasado y en el futuro y ahora creo que no hay nada como el presente, como el día de hoy, así que aunque sea el primer post quiero contaros lo más inmediato. Y lo más inmediato es el verano -el antes temido verano-.

Ojalá hubiera sabido que un verano de verdad era así, tan divertido. Normalmente antes no solía ir a la playa ni a la piscina, y si iba era tapada hasta al cuello y comparándome con todas las chicas a kilómetros a la redonda. Me encanta nadar, no sabéis cuánto, me encanta la arena, el sol… pero yo me encantaba bien poco, así que prefería quedarme en casa y dar largas a todos mis amigos.

Pues bien, este año el verano empezó con un baño nocturno en San Juan y ha seguido con visitas constantes a la playa y recorriéndome muchas piscinas. Y en agosto llegará lo mejor: Barcelona, mi gente. Quién me lo iba a decir a mí… puedo quitarme la ropa en dos segundos, quedarme en bikini tan tranquila, tomar el sol, comer lo que quiera… Es todo tan “normal”. Antes odiaba esa palabra y ahora me encanta, “tan normal… tan sano”.

Estoy completamente segura de que jamás hubiera podido disfrutar así sino hubiera entrado en el tratamiento. Ya el verano pasado fue bueno, aunque difícil por tantas pautas y tantos cambios. Pero valió la pena, igual que ahora vale la pena seguir ahí, porque siento que cada vez queda menos. Es gracioso como antes veía el tratamiento como una carrera, hablaba de “llegar a la meta”, pero me equivocaba; no hay meta. O al menos yo no la veo, me siento bien y no necesito metas que me corroboren que eso es cierto.

Espero que podáis disfrutar de un verano libre y sencillo como el que tenéis en mente.
O que al menos luchéis por conseguirlo.

¡Yo me voy a echar otro chapuzón, que aquí en el sur hace mucha caló!

 Scroll hacia arriba