Archivo mensual: septiembre 2009

La vuelta al cole

 
Si hay algo que ha marcado mi personalidad durante los años de TCA ha sido mi auto-exigencia, una obsesión horrible por ser la mejor en todo aquello que hacía, y eso incluía los estudios. A los 9 años me sentía muy sola en clase y descubrí lo reafirmada que podía estar si destacaba sacando buenas notas. Aunque me sintiera algo excluida (todos eran chicos excepto otra niña y yo) hacía todo lo posible por ser la más simpática y amable con mis compañeros y si le sumaba las palmaditas en la espalda por parte de mis profesores los días se me hacían más llevaderos. En eso basaba toda mi felicidad, en parecerles simpática y lista a los demás. Aunque luego llegó más en serio el tema de sentirme bien a través de mi cuerpo hoy quiero hablaros de cómo es igual de peligroso basar tu bienestar en una sola cosa.

Porque no somos un par de adjetivos, somos muchísimo más. Somos virtudes y defectos. Pero por aquel entonces yo ni siquiera me había planteado algo así. Sentirme bien implicaba que los demás me vieran bien, no que yo me sintiera bien conmigo misma. Lo estudios fueron desde entonces una enorme preocupación. Claro que en mi vida había cosas maravillosas, hubo muchas risas y muchos momentos buenos… Pero algo fallaba, algo que había dentro de mí.

La exigencia me trajo muchísima competitividad y frustración. Siempre tenía que acabarlo todo la primera, siempre tenía que ser la más eficaz. Daba igual si con ello sacrificaba mi tiempo, si me ponía nerviosa. Lo importante era levantar la mano la primera, que me conocieran (para bien o para mal). En la universidad la cosa fue a más -quizá porque también fue a más el síntoma-. Ahora estoy en 3º de carrera y el año pasado (en segundo) ya estaba en la clínica ABB, pero cuando empecé la carrera aún no sabía que estaba enferma. Todo lo veía como un reto, pero no como ahora, eran retos obsesivos. Quería que los profesores recordaran mi nombre y que mis compañeros supieran que yo era una gran amante de la literatura con lo que luego me sentía obligada a sacar mejor nota que ellos. Cuando hacía un examen y salían las notas miraba persona por persona para comparar mi nota con la de los demás, daba igual si les conocía o no… Me machacaba por no conseguir destacar. Era un maldito sinvivir.

Está genial preocuparse por los estudios y por nuestro futuro pero como todo hay que considerarlos una parte más de nuestra vida, no un todo. Hay algo que me ha servido muchísimo y es conocer mis propios límites, saber cómo funciono. Por eso yo no empiezo a estudiar tres meses antes, porque no podría, estudio lo que puedo y punto. Y la frase de “es que si me pongo más sacaría unas notazas…” me la guardo, porque antes la decía cada dos por tres pero ahora sé que los resultados no dependen de lo que podría o no llegar a conseguir, lo que importa es lo que consigo y sentirme a gusto con ello.

[Hoy ha sido mi primer día de clase… y puedo decir que pese a los nervios el balance ha sido positivo, quiero aprovechar al máximo mis años universitarios, ¡me lo merezco!

Y estés haciendo lo que estés haciendo… ¡TÚ TAMBIÉN!]

 

 

Impotencia…

Cuando te recuperas de un TCA no sólo dejas de hacer conductas extrañas con la comida, no sólo aceptas tu cuerpo, que dentro de tu escala de valores pasa a ser solamente un factor más para sentirte bien contigo mismo. Hay muchísimas cosas que cambian y dos de ellas -al menos en mi caso- son la empatía y la asertividad.

Pero empatía y asertividad reales, no esos paripés de “soy el paño de lágrimas de medio mundo y me encanta que se vea” o “yo entiendo perfectamente a los demás pero los demás no me entienden a mí”, no me refiero a los montajes de los que nos rodeamos cuando estamos enfermos y que vamos proclamando por todos lados porque ni nosotros mismos nos los creemos.

Me refiero a dejarse llevar, a ser uno mismo.

Cuento esto como preludio de otro tema: la impotencia que se siente cuando ves que alguien está metido en este infierno. Sobretodo la impotencia de haber salido de allí y ver como alguien se niega a ver la realidad. La empatía te ayuda a entender cómo se siente, a ver que no tiene conciencia de enfermedad (nadie la tiene al principio), a entender también que va a rechazar la ayuda que le ofreces hasta que toque fondo…

Aún así a mí siempre se me hace un nudo en el estómago cuando veo que alguien basa su vida en este cúmulo de mierda… en ese quitarse calorías del cuerpo, en hacer ver que es feliz cuando se siente fatal, en malgastar tanto tiempo precioso -porque es precioso- en algo tan irreal como hacer de un plato de comida los problemas de una vida entera.

Sí, lo sé, yo pasé por ahí. Y por eso mismo digo que es irreal. Ahora conozco la otra cara de la moneda, pero durante mucho tiempo pensé que lo que me pasaba no era para tanto, que yo no estaba enferma aunque algo no cuadrara, ¿meterme en una clínica? ¿Dejar mi “día a día” para luchar contra algo ajeno a mí? ¡Qué locura!

Ojalá alguien me hubiera zarandeado hace años y me hubiera dicho:

“TU VIDA NO ES ESTA. PIDE AYUDA”.

Quizá no hubiera hecho caso, seguramente esas palabras me hubiesen entrado por un oído y me hubieran salido por otro, quién sabe. Y a hace años me refiero a cuando empecé con esto, porque se empieza poco a poco y va a más, siempre lo repito, no te das ni cuenta porque lo integras en tu vida pero crece y crece… Y una cosa os digo, esto no remite por arte de magia (y si remite luego vuelve con más fuerza, que también me ocurrió en su momento).

Pero claro, cuando alguien te hace ver que quizá estés enferma ni se te ocurre escucharle, es más fácil girar la cara hacia otro lado y decir:

“No necesito ayuda, es que yo soy así”

(y entonces yo preguntaría: así cómo, ¿enferma?)

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Una última pregunta…

¿VALE LA PENA SEGUIR… FINGIENDO?

Antes y ahora

 

Llega septiembre, vuelve la rutina, las clases, poner el despertador a las 7… Eso me hace pensar en mi vida, en la vida que tengo ahora y aunque las comparaciones son odiosas no puedo evitar comparar la “rutina” de hace un par de años con mi rutina actual, llena de constancia, de imprevistos, de tranquilidad y de esfuerzo. Por eso hoy quiero mostraros parte de lo que era mi vida antes y de lo que es ahora, para que comprendáis que no hay que conformarse porque puede existir algo mejor a vuestro alcance.

2006.

Me levanto. Me miro al espejo, qué asco. Me peso, qué asco. Vaso de agua caliente (doblemente asco, ¿servirá como ponía en esa web?). No sé qué ponerme, qué agobio. Me voy de compras como todas las mañanas. Hoy no desayuno, me encanta no tener hambre por las mañanas, eso me anima. Ropa, ropa, ropa. ¿Me está mirando mal la dependienta? Claro, piensa que estoy gorda. Pues me llevo esta falda aunque no me vaya bien, ya me cabrá dentro de unos días. Qué asco de gente hay por el mundo. Me estoy poniendo nerviosa. 13h, voy hacia el trabajo. Alguien me dice que estoy más delgada, ¡toma ya! Qué bien. No como nada. Me siento a trabajar, no paro ni un momento, quiero ser la mejor, me estoy mareando, toca descanso. Miro la máquina de snacks, joder, qué hambre. Qué mal… no quiero tener hambre… Sólo unas patatas, venga, pero dando un paseo… Ansiedad, no puedo parar. Culpabilidad. Me siento otra vez a trabajar. ¿Por qué lo he hecho? Ahora que iba tan bien con la dieta… No sé para qué hago dieta, siempre estoy igual. Me doy asco, de verdad. 21h, salgo de trabajar, subo al piso compartido, me escondo para que no me vea nadie, me da vergüenza que me vean comer, que me vean ir al baño, que me vean en general. Intento hacer algo de ejercicio en mi cuarto, cuando pierda un poco más de peso iré a un gimnasio, ahora no, se reirían de mí. Me acuesto, lloro… hago un repaso de todas las cosas que necesito arreglar, que necesito conseguir. ¿Aprobaré el bachillerato a distancia? No quiero pensar en eso… perder peso, sí, esa es la clave. Frustración. Si estuviera delgada no habría problemas… Mañana será otro día, mañana no como. Lo prometo.

2009

Me levanto. Me lavo la cara y medio dormida me preparo el desayuno. Mi tostadita con aceite y mi zumo, miro la televisión. Me pongo la ropa deportiva y voy a mi gimnasio, una horita de aeróbicos y a relajarme en la piscina. Libertad, tranquilidad. Me tomo algo, recargando pilas para estudiar, examen la semana que viene. ¡Qué agobio! Buff, qué nervios. Ay, ay, ay… remoloneo un rato, no me gusta estudiar pero me pongo a repasar, me voy tomando descansos para no sobrecargarme. Haré lo que pueda. Hora de comer, en la facultad con mis compañeros o en casa con mi novio. Qué rico todo y qué risa el programa este que se mete con los famosos. ¿Siesta? No sé, no sé. Repaso un poco más y luego paseo con Álex. Me encanta esa cazadora, a ver cómo me queda. Demasiado estrecha, no la quiero. Perdona, ¿tienes otra talla? ¡Qué cinturón más chulo! Paseo, paseo. Vuelta a casa. Te toca a ti hacer la cena, no a ti. Venga, yo la hago. Vemos una peli juntos. Me acuesto, no pienso, simplemente sonrío y me duermo.

 

Sí, mi vida giraba antes en torno a la comida, pero no os confundáis, que por mi mente pasaran esos pensamientos no significaba que ante los demás pareciera una persona bastante normalita, siempre aparentando. Lo peor de esta enfermedad es que cada vez va a más y el control que al principio tranquiliza luego se vuelve un absoluto infierno. Lo típico de “yo puedo sola” , “no es para tanto”  o “yo soy así” pasa factura tarde o temprano, desgraciadamente.

Ahora sé que prefería pensar en mi cuerpo antes que en mi sentimiento de inferioridad, en mi miedo de no sentirme capaz de enfrentarme a sacar un curso, a conocer gente nueva, a ser yo misma. Es decir, ahora sé que pensaba que me quería poco por fuera pero en realidad lo que me pasaba es que no me gustaba por dentro. Por eso ahora todo es distinto, porque el trabajo que he hecho en el centro ha sido -y sigue siendo- largo pero me ha permitido conocerme y aceptarme.

Si alguna persona que lo haya leído ha pensado que desearía que su vida dejara de ser tan angustiante y que dejara de girar en torno al control con el cuerpo y la comida me gustaría que pensara también que sólo uno mismo puede empezar a dar forma a ese cambio. Pero todo proceso tiene un principio y en este caso es pedir ayuda.

Mucho ánimo. 

 

 

 

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