Roles cambiados
Jueves, 30 de Julio de 2009 por Rosa López
Mañana llegan mi padre y mi hermana a Huelva para pasar una semana en Portugal con nosotros, ¡qué ganas tengo! El título del post es exactamente lo que me ocurría con Cristina, mi hermana de 15 años (y la única que tengo). Me he pasado muchos años tratándola como una hija, y todavía más desde que mis padres se separaron. No lo hacía por altruismo, por horrible que suene ahora sé que no sólo la cuidaba porque la quería -¿acaso una hermana no puede cuidar también?-, lo hacía porque así me sentía bien, me gustaba ese papel, me gustaba controlar algo más.
Poco a poco nuestra relación, la relación que habíamos tenido desde pequeñas, se fue yendo al traste. Pasamos de reírnos juntas a que yo le echara broncas y ella me rehuyera. Y a eso había que sumarle lo mal que la trataba en algunas ocasiones por culpa de la comida, pues cuando yo estaba en épocas restrictivas y veía que ella comía algún alimento “prohibido” para mí me ponía de los nervios y la trataba mal, muy mal. Sé que es duro y aunque antes me sentía muy culpable ahora veo que poco podía hacer yo en esos momentos para parar esos comportamientos tan enfermos, sin ayuda es imposible.
Cuando entré en el tratamiento no pensaba ni por asomo que iba a tratar ningún tema familiar, no veía nada fuera de lugar excepto la separación de mis padres… pero claro, como yo decía constantemente que todo lo tenía superado es normal que pensara que esos temas no se iban a mover jamás. Cuando empecé a hablar sobre mi madre -tema del que ya escribiré más adelante- empezaron también a salir cosas sobre Cristina. En mi primer verano en el centro me fui de vacaciones a una casa rural con ella, con mi padre y con Álex. Tuve que llamar a una niña del centro porque mi hermana me acababa de decir: “Sólo vienes a Barcelona a joderme la vida”. ¿Y sabéis qué? Que en el fondo tenía algo de razón, eso me lo hizo ver mi compañera de grupo -ahora amiga-, me dijo que para dos veces que veía al año a mi hermana no hacía falta que la riñera por todo. Y es ahí cuando empecé a darme cuenta de mi rigidez; trataba a Cristina como una madre, incluso a mi propia madre como una madre, todo tenía que ser perfecto, una familia feliz y perfecta sin que nadie se comportara de mala manera (¡Pon la toalla en su sitio! ¡Cómete todo el plato!). Como digo, se juntaba el control con la ansiedad y con la necesidad de sentir que yo era indispensable para los demás, otro pilar más de mi vida: siempre una familia estable…
Me ha encantado volver a forjar una amistad con Cristina, dejarla de ver como a una hija me ha dado un abanico de posibilidades. Ahora ella sabe que puede contar conmigo, me llama y me envía mensajes y yo hago exactamente lo mismo, cuando nos apetece. Somos muy distintas pero me encanta aunque se meta en líos y sea una respondona, es genial.
Es otra de las inconveniencias de la enfermedad, ¿no creéis?: no nos deja valorar lo que tenemos delante de nuestras narices, algo tan sencillo como un lazo familiar o de amistad nos puede hacer inmensamente felices y no nos damos cuenta… Para conseguirlo sólo hay que abrir los ojos y, como he oído muchas veces en el centro, “dejar de mirarnos la barriga para mirar hacia adelante”.
Ohhh yo sé que a que compañera llamaste jajaj. nada sólo decirte que me encanta leerte, porque cada palabra que leo hace que venga tu voz a mi cabeza
En primer lugar felicitaros, porque gracias a vosotr@s 1espejo1000ventanas se consolida como plataforma de lucha contra los TCA en la red, con más de 300.000 visitas…
También comentaros que por petición de los usuarios se crea un blog del profesional, como espacio de reflexión para una mejor compresión de los TCA.
Un fuerte abrazo.