Detrás de las palabras

La semana pasada me propusieron desde la clínica asistir a una de las sesiones de un curso sobre TCA que se impartía en la Escuela Superior de Hostelería. Mi aportación iría tras la ponencia de psicólogos y psiquiatras para así poder hacer hacer llegar a los oyentes un caso real desde una propia paciente. Estaba algo nerviosa al principio pero al final todo fue bien; les conté cómo se siente alguien que intenta tomar las riendas de su vida a través de la comida (ya sabéis, la impotencia, el control…) y me sorprendió que estuvieran tan interesados en hacerme preguntas sobre el tema. Al terminar la sesión incluso se acercaron para saludarme, darme las gracias y repetirme varias veces lo valiente que era, dijeron que les había sorprendido la vivencia en primera persona de alguien que hubiera sufrido un TCA.

Todo esto me ha hecho pensar en los mitos, mentiras y obviedades que se pasan por alto que rodean este tipo de enfermedades. Ya no me refiero sólo -que también- a que las únicas imágenes que se asocien a un transtorno como este sean las de chicas con un bajo peso extremo (que son las que más llaman la atención) sino a que a veces, más que desde la ignorancia desde el no haberlo vivido personalmente, tendemos a olvidar que detrás de una terminología hay personas que SE SIENTEN MUY MAL. Sí, como en cualquier otra enfermedad, personas que sienten y que sólo han podido afrontar su vida desde un punto de vista enfermo. Intenté hacerles ver que durante el TCA aparentemente yo parecía una persona de lo más normal, una persona fuerte, viva, que llevaba adelante muchos proyectos que no tenían por qué salir mal, pero que en realidad el problema estaba dentro.

Una vez le dije a una compañera en su terapia que no sintiera culpable por estar enferma, le pregunté algo que a mí misma me sirvió para darme cuenta de que no era culpa de nadie: ¿Si hubieras podido vivir tu vida de manera sana y distinta lo hubieras hecho? Ella me respondió que y en esa respuesta iba implícito algo muy obvio. Un enfermo lucha por curarse, no estamos hablando de caprichos, a nadie le gusta vivir sufriendo, ¿verdad?.

Cuento todo esto porque antes de entrar en el centro ABB veía los TCA como enfermedades para gente muy específica (modelos, artistas, gente muy delgada…); si hubiera sabido que nadie está a salvo de algo así quizá hubiera dudado, hubiera pensado que todo lo que me pasaba encajaba en el perfil.

Quizá hubiera necesitado algo más de información, como la que os estoy dando ahora a vosotros. Ojalá os sirva para abrir algo más los ojos.

¡Muchos muchos ánimos, de verdad!

 

La vuelta al cole

 
Si hay algo que ha marcado mi personalidad durante los años de TCA ha sido mi auto-exigencia, una obsesión horrible por ser la mejor en todo aquello que hacía, y eso incluía los estudios. A los 9 años me sentía muy sola en clase y descubrí lo reafirmada que podía estar si destacaba sacando buenas notas. Aunque me sintiera algo excluida (todos eran chicos excepto otra niña y yo) hacía todo lo posible por ser la más simpática y amable con mis compañeros y si le sumaba las palmaditas en la espalda por parte de mis profesores los días se me hacían más llevaderos. En eso basaba toda mi felicidad, en parecerles simpática y lista a los demás. Aunque luego llegó más en serio el tema de sentirme bien a través de mi cuerpo hoy quiero hablaros de cómo es igual de peligroso basar tu bienestar en una sola cosa.

Porque no somos un par de adjetivos, somos muchísimo más. Somos virtudes y defectos. Pero por aquel entonces yo ni siquiera me había planteado algo así. Sentirme bien implicaba que los demás me vieran bien, no que yo me sintiera bien conmigo misma. Lo estudios fueron desde entonces una enorme preocupación. Claro que en mi vida había cosas maravillosas, hubo muchas risas y muchos momentos buenos… Pero algo fallaba, algo que había dentro de mí.

La exigencia me trajo muchísima competitividad y frustración. Siempre tenía que acabarlo todo la primera, siempre tenía que ser la más eficaz. Daba igual si con ello sacrificaba mi tiempo, si me ponía nerviosa. Lo importante era levantar la mano la primera, que me conocieran (para bien o para mal). En la universidad la cosa fue a más -quizá porque también fue a más el síntoma-. Ahora estoy en 3º de carrera y el año pasado (en segundo) ya estaba en la clínica ABB, pero cuando empecé la carrera aún no sabía que estaba enferma. Todo lo veía como un reto, pero no como ahora, eran retos obsesivos. Quería que los profesores recordaran mi nombre y que mis compañeros supieran que yo era una gran amante de la literatura con lo que luego me sentía obligada a sacar mejor nota que ellos. Cuando hacía un examen y salían las notas miraba persona por persona para comparar mi nota con la de los demás, daba igual si les conocía o no… Me machacaba por no conseguir destacar. Era un maldito sinvivir.

Está genial preocuparse por los estudios y por nuestro futuro pero como todo hay que considerarlos una parte más de nuestra vida, no un todo. Hay algo que me ha servido muchísimo y es conocer mis propios límites, saber cómo funciono. Por eso yo no empiezo a estudiar tres meses antes, porque no podría, estudio lo que puedo y punto. Y la frase de “es que si me pongo más sacaría unas notazas…” me la guardo, porque antes la decía cada dos por tres pero ahora sé que los resultados no dependen de lo que podría o no llegar a conseguir, lo que importa es lo que consigo y sentirme a gusto con ello.

[Hoy ha sido mi primer día de clase… y puedo decir que pese a los nervios el balance ha sido positivo, quiero aprovechar al máximo mis años universitarios, ¡me lo merezco!

Y estés haciendo lo que estés haciendo… ¡TÚ TAMBIÉN!]

 

 

Impotencia…

Cuando te recuperas de un TCA no sólo dejas de hacer conductas extrañas con la comida, no sólo aceptas tu cuerpo, que dentro de tu escala de valores pasa a ser solamente un factor más para sentirte bien contigo mismo. Hay muchísimas cosas que cambian y dos de ellas -al menos en mi caso- son la empatía y la asertividad.

Pero empatía y asertividad reales, no esos paripés de “soy el paño de lágrimas de medio mundo y me encanta que se vea” o “yo entiendo perfectamente a los demás pero los demás no me entienden a mí”, no me refiero a los montajes de los que nos rodeamos cuando estamos enfermos y que vamos proclamando por todos lados porque ni nosotros mismos nos los creemos.

Me refiero a dejarse llevar, a ser uno mismo.

Cuento esto como preludio de otro tema: la impotencia que se siente cuando ves que alguien está metido en este infierno. Sobretodo la impotencia de haber salido de allí y ver como alguien se niega a ver la realidad. La empatía te ayuda a entender cómo se siente, a ver que no tiene conciencia de enfermedad (nadie la tiene al principio), a entender también que va a rechazar la ayuda que le ofreces hasta que toque fondo…

Aún así a mí siempre se me hace un nudo en el estómago cuando veo que alguien basa su vida en este cúmulo de mierda… en ese quitarse calorías del cuerpo, en hacer ver que es feliz cuando se siente fatal, en malgastar tanto tiempo precioso -porque es precioso- en algo tan irreal como hacer de un plato de comida los problemas de una vida entera.

Sí, lo sé, yo pasé por ahí. Y por eso mismo digo que es irreal. Ahora conozco la otra cara de la moneda, pero durante mucho tiempo pensé que lo que me pasaba no era para tanto, que yo no estaba enferma aunque algo no cuadrara, ¿meterme en una clínica? ¿Dejar mi “día a día” para luchar contra algo ajeno a mí? ¡Qué locura!

Ojalá alguien me hubiera zarandeado hace años y me hubiera dicho:

“TU VIDA NO ES ESTA. PIDE AYUDA”.

Quizá no hubiera hecho caso, seguramente esas palabras me hubiesen entrado por un oído y me hubieran salido por otro, quién sabe. Y a hace años me refiero a cuando empecé con esto, porque se empieza poco a poco y va a más, siempre lo repito, no te das ni cuenta porque lo integras en tu vida pero crece y crece… Y una cosa os digo, esto no remite por arte de magia (y si remite luego vuelve con más fuerza, que también me ocurrió en su momento).

Pero claro, cuando alguien te hace ver que quizá estés enferma ni se te ocurre escucharle, es más fácil girar la cara hacia otro lado y decir:

“No necesito ayuda, es que yo soy así”

(y entonces yo preguntaría: así cómo, ¿enferma?)

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Una última pregunta…

¿VALE LA PENA SEGUIR… FINGIENDO?

Antes y ahora

 

Llega septiembre, vuelve la rutina, las clases, poner el despertador a las 7… Eso me hace pensar en mi vida, en la vida que tengo ahora y aunque las comparaciones son odiosas no puedo evitar comparar la “rutina” de hace un par de años con mi rutina actual, llena de constancia, de imprevistos, de tranquilidad y de esfuerzo. Por eso hoy quiero mostraros parte de lo que era mi vida antes y de lo que es ahora, para que comprendáis que no hay que conformarse porque puede existir algo mejor a vuestro alcance.

2006.

Me levanto. Me miro al espejo, qué asco. Me peso, qué asco. Vaso de agua caliente (doblemente asco, ¿servirá como ponía en esa web?). No sé qué ponerme, qué agobio. Me voy de compras como todas las mañanas. Hoy no desayuno, me encanta no tener hambre por las mañanas, eso me anima. Ropa, ropa, ropa. ¿Me está mirando mal la dependienta? Claro, piensa que estoy gorda. Pues me llevo esta falda aunque no me vaya bien, ya me cabrá dentro de unos días. Qué asco de gente hay por el mundo. Me estoy poniendo nerviosa. 13h, voy hacia el trabajo. Alguien me dice que estoy más delgada, ¡toma ya! Qué bien. No como nada. Me siento a trabajar, no paro ni un momento, quiero ser la mejor, me estoy mareando, toca descanso. Miro la máquina de snacks, joder, qué hambre. Qué mal… no quiero tener hambre… Sólo unas patatas, venga, pero dando un paseo… Ansiedad, no puedo parar. Culpabilidad. Me siento otra vez a trabajar. ¿Por qué lo he hecho? Ahora que iba tan bien con la dieta… No sé para qué hago dieta, siempre estoy igual. Me doy asco, de verdad. 21h, salgo de trabajar, subo al piso compartido, me escondo para que no me vea nadie, me da vergüenza que me vean comer, que me vean ir al baño, que me vean en general. Intento hacer algo de ejercicio en mi cuarto, cuando pierda un poco más de peso iré a un gimnasio, ahora no, se reirían de mí. Me acuesto, lloro… hago un repaso de todas las cosas que necesito arreglar, que necesito conseguir. ¿Aprobaré el bachillerato a distancia? No quiero pensar en eso… perder peso, sí, esa es la clave. Frustración. Si estuviera delgada no habría problemas… Mañana será otro día, mañana no como. Lo prometo.

2009

Me levanto. Me lavo la cara y medio dormida me preparo el desayuno. Mi tostadita con aceite y mi zumo, miro la televisión. Me pongo la ropa deportiva y voy a mi gimnasio, una horita de aeróbicos y a relajarme en la piscina. Libertad, tranquilidad. Me tomo algo, recargando pilas para estudiar, examen la semana que viene. ¡Qué agobio! Buff, qué nervios. Ay, ay, ay… remoloneo un rato, no me gusta estudiar pero me pongo a repasar, me voy tomando descansos para no sobrecargarme. Haré lo que pueda. Hora de comer, en la facultad con mis compañeros o en casa con mi novio. Qué rico todo y qué risa el programa este que se mete con los famosos. ¿Siesta? No sé, no sé. Repaso un poco más y luego paseo con Álex. Me encanta esa cazadora, a ver cómo me queda. Demasiado estrecha, no la quiero. Perdona, ¿tienes otra talla? ¡Qué cinturón más chulo! Paseo, paseo. Vuelta a casa. Te toca a ti hacer la cena, no a ti. Venga, yo la hago. Vemos una peli juntos. Me acuesto, no pienso, simplemente sonrío y me duermo.

 

Sí, mi vida giraba antes en torno a la comida, pero no os confundáis, que por mi mente pasaran esos pensamientos no significaba que ante los demás pareciera una persona bastante normalita, siempre aparentando. Lo peor de esta enfermedad es que cada vez va a más y el control que al principio tranquiliza luego se vuelve un absoluto infierno. Lo típico de “yo puedo sola” , “no es para tanto”  o “yo soy así” pasa factura tarde o temprano, desgraciadamente.

Ahora sé que prefería pensar en mi cuerpo antes que en mi sentimiento de inferioridad, en mi miedo de no sentirme capaz de enfrentarme a sacar un curso, a conocer gente nueva, a ser yo misma. Es decir, ahora sé que pensaba que me quería poco por fuera pero en realidad lo que me pasaba es que no me gustaba por dentro. Por eso ahora todo es distinto, porque el trabajo que he hecho en el centro ha sido -y sigue siendo- largo pero me ha permitido conocerme y aceptarme.

Si alguna persona que lo haya leído ha pensado que desearía que su vida dejara de ser tan angustiante y que dejara de girar en torno al control con el cuerpo y la comida me gustaría que pensara también que sólo uno mismo puede empezar a dar forma a ese cambio. Pero todo proceso tiene un principio y en este caso es pedir ayuda.

Mucho ánimo. 

 

 

 

Roles cambiados

 

Mañana llegan mi padre y mi hermana a Huelva para pasar una semana en Portugal con nosotros, ¡qué ganas tengo! El título del post es exactamente lo que me ocurría con Cristina, mi hermana de 15 años (y la única que tengo). Me he pasado muchos años tratándola como una hija, y todavía más desde que mis padres se separaron. No lo hacía por altruismo, por horrible que suene ahora sé que no sólo la cuidaba porque la quería -¿acaso una hermana no puede cuidar también?-, lo hacía porque así me sentía bien, me gustaba ese papel, me gustaba controlar algo más.

Poco a poco nuestra relación, la relación que habíamos tenido desde pequeñas, se fue yendo al traste. Pasamos de reírnos juntas a que yo le echara broncas y ella me rehuyera. Y a eso había que sumarle lo mal que la trataba en algunas ocasiones por culpa de la comida, pues cuando yo estaba en épocas restrictivas y veía que ella comía algún alimento “prohibido” para mí me ponía de los nervios y la trataba mal, muy mal. Sé que es duro y aunque antes me sentía muy culpable ahora veo que poco podía hacer yo en esos momentos para parar esos comportamientos tan enfermos, sin ayuda es imposible.

Cuando entré en el tratamiento no pensaba ni por asomo que iba a tratar ningún tema familiar, no veía nada fuera de lugar excepto la separación de mis padres… pero claro, como yo decía constantemente que todo lo tenía superado es normal que pensara que esos temas no se iban a mover jamás. Cuando empecé a hablar sobre mi madre -tema del que ya escribiré más adelante- empezaron también a salir cosas sobre Cristina. En mi primer verano en el centro me fui de vacaciones a una casa rural con ella, con mi padre y con Álex. Tuve que llamar a una niña del centro porque mi hermana me acababa de decir: “Sólo vienes a Barcelona a joderme la vida”. ¿Y sabéis qué? Que en el fondo tenía algo de razón, eso me lo hizo ver mi compañera de grupo -ahora amiga-, me dijo que para dos veces que veía al año a mi hermana no hacía falta que la riñera por todo. Y es ahí cuando empecé a darme cuenta de mi rigidez; trataba a Cristina como una madre, incluso a mi propia madre como una madre, todo tenía que ser perfecto, una familia feliz y perfecta sin que nadie se comportara de mala manera (¡Pon la toalla en su sitio! ¡Cómete todo el plato!). Como digo, se juntaba el control con la ansiedad y con la necesidad de sentir que yo era indispensable para los demás, otro pilar más de mi vida: siempre una familia estable

Me ha encantado volver a forjar una amistad con Cristina, dejarla de ver como a una hija me ha dado un abanico de posibilidades. Ahora ella sabe que puede contar conmigo, me llama y me envía mensajes y yo hago exactamente lo mismo, cuando nos apetece. Somos muy distintas pero me encanta aunque se meta en líos y sea una respondona, es genial.

Es otra de las inconveniencias de la enfermedad, ¿no creéis?: no nos deja valorar lo que tenemos delante de nuestras narices, algo tan sencillo como un lazo familiar o de amistad nos puede hacer inmensamente felices y no nos damos cuenta… Para conseguirlo sólo hay que abrir los ojos y, como he oído muchas veces en el centro, “dejar de mirarnos la barriga para mirar hacia adelante”.

 

Por fin verano

Antes me pasaba la vida viviendo en el pasado y en el futuro y ahora creo que no hay nada como el presente, como el día de hoy, así que aunque sea el primer post quiero contaros lo más inmediato. Y lo más inmediato es el verano -el antes temido verano-.

Ojalá hubiera sabido que un verano de verdad era así, tan divertido. Normalmente antes no solía ir a la playa ni a la piscina, y si iba era tapada hasta al cuello y comparándome con todas las chicas a kilómetros a la redonda. Me encanta nadar, no sabéis cuánto, me encanta la arena, el sol… pero yo me encantaba bien poco, así que prefería quedarme en casa y dar largas a todos mis amigos.

Pues bien, este año el verano empezó con un baño nocturno en San Juan y ha seguido con visitas constantes a la playa y recorriéndome muchas piscinas. Y en agosto llegará lo mejor: Barcelona, mi gente. Quién me lo iba a decir a mí… puedo quitarme la ropa en dos segundos, quedarme en bikini tan tranquila, tomar el sol, comer lo que quiera… Es todo tan “normal”. Antes odiaba esa palabra y ahora me encanta, “tan normal… tan sano”.

Estoy completamente segura de que jamás hubiera podido disfrutar así sino hubiera entrado en el tratamiento. Ya el verano pasado fue bueno, aunque difícil por tantas pautas y tantos cambios. Pero valió la pena, igual que ahora vale la pena seguir ahí, porque siento que cada vez queda menos. Es gracioso como antes veía el tratamiento como una carrera, hablaba de “llegar a la meta”, pero me equivocaba; no hay meta. O al menos yo no la veo, me siento bien y no necesito metas que me corroboren que eso es cierto.

Espero que podáis disfrutar de un verano libre y sencillo como el que tenéis en mente.
O que al menos luchéis por conseguirlo.

¡Yo me voy a echar otro chapuzón, que aquí en el sur hace mucha caló!

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