Aquéllos (no tan maravillosos) años

Cómo pasa el tiempo!

El otro día acudí a mi cita de revisión de los 6 meses tras el alta. Ignoro si han cambiado de ambientador, pero lo cierto es que nada más entrar por la puerta de ABB, ese olor me transportó a innumerables recuerdos. Todo me resultaba melancólicamente familiar.

Aún recuerdo cuando yo acudía a la valoración (previo al ingreso, donde mi conciencia sobre mi situación y mi enfermedad dejaba mucho que desear…), y me indicaban las primeras pautas que debía cumplir. ¡Que tenía que suspender temporalmente el alcohol! Bueeeno, eso sería que sólo podía beber vinitos y cervezas, que total, eso es lo más normal, no? ¡Que tenía que abandonar temporalmente el ejercicio físico? Bueeeeno, opté por aparcar mi bici en la calle de atrás en vez de en la puerta del centro, a ver si así no había problema.

Poco después los terapeutas me plantearon el ingreso en el centro. Yo, un ser obsesionado en aquélla época por conocer gente a toda costa, no estar nunca sola, y no parar, me pareció una idea cuanto menos… acertadísima. “Mira qué verano más bueno”, me dije a mi misma. Me habían dicho que conviviría con gente de distintas edades, compartiríamos los momentos de comida, con actividades diarias. Macho, un Gran Hermano pero con más intimidad!

Pero el mundo de Yupi se desvaneció con mi primer día allí. E hice uso de la famosa frase:”No pinto nada en esa secta. Yo no estoy tan mal como ellas/os” (que después pude descubrir que decía todo paciente de ABB en su primer día)

No os exagero si os digo que pensaba que mi mundo se acababa allí, que vivir aquéllo era incompatible con vivir la vida que yo deseaba, que nunca podría ser la que yo quería.

Hoy, tras tres años y media de aquéllo me siento una persona muy afortunada. He tenido una oportunidad fantástica para curarme, y que siento, que he aprovechado. A veces lloro, muchas veces dudo, con frecuencia me agobio; pero en general me siento Feliz. Tengo una vida de lo más normal, he acabado mi carrera de medicina y ahora a por las oposiciones, con mi pareja, mis amigos. MI familia.

Merece la pena! No me puedo cansar de repetirlo!

Me declaro culpable

Hace relativamente poco, mi cabeza era un juicio constante. Y lo peor es que siempre salía el mismo veredicto: yo era culpable.

Me sentía culpable si no realizaba las obligaciones que yo misma me asignaba, ya fuese estudiar, o participar en casa, ¿qué iban a pensar mis padres?  Me sentía culpable si no salía con mis amigos la noche del viernes porque iba a fallarles y a dejarlos tirados, ¿qué iban a pensar? y…¿contarían conmigo la próxima vez?

Daba igual la decisión que tomase: si finalmente elegía salir, ¿es que nunca estoy en casa?

Jamás la Justicia funcionaba tan rápido…pero sin embargo mi cabeza sí. Vivía en una constante estado de intranquilidad, por vivir pendiente de no fallar, por vivir de-pendiente de los demás.

Aún hoy en día , me traslado e intento colarme en la mente del otro, imaginando qué piensa de mí. “¿Les habré caído bien a tus amigos?”- Le comentaba el otro día a mi chico. “No sé por qué te preocupa tanto eso. A mí me importa más que la gente me caiga bien a mí”, me contestó él, y yo me tuve que reír.

Pero vivir a expensas de la opinión de los demás es muy arriesgado, porque nunca vas a estar tranquila completamente; muy sacrificado, porque nunca vas a gustar a todo el mundo; y muy absurdo, porque dejas de ser tú misma. Sí, yo también soy vaga muchas veces y no muevo un dedo en mi casa. O simplemente elijo salir con unos amigos en vez de con otros porque me apetece más. Primero tengo que conocerme y aceptar cómo soy, incluyendo los aspectos negativos que no me gustan.

Dejarse llevar y ser uno mismo para mí ha supuesto muchas veces hacer cosas que a los demás no les ha gustado, incluso enfados (que para mí eran un mundo). Pero nada ha sido tan catastrófico. Todo es más real, más humano. Me siento yo misma.

¿Merece la pena curarse?

Dice un refrán que “Sarna con gusto no pica”, y algo parecido pensaba yo cuando estaba metida de lleno en la Bulimia Nerviosa.

A veces pensaba que era un suplicio pasar hambre; y cada vez que me daba un atracón quería desaparecer del mundo sin dejar rastro.

Notaba que mi rigidez para hacer las cosas me hacía perderme muchas de ellas, y que mi miedo a fallar me hacía no intentar.

Pero también pensaba que todo esto me compensaba, que era un coste que estaba dispuesta a pagar. Para mí, curarme era coger peso, perder mi tesoro más preciado.

Siempre pensé que si engordaba no podría ser feliz, que me sentiría aún más inferior al resto del mundo, que los demás no me valorarían. Era, por tanto, un “pequeño” sacrificio que había asumido: debía estar a dieta el resto de mi vida.

Cuando una/o está metida/o en la enfermedad, es muy fácil plantearte si realmente merece la pena curarse. Es un cambio demasiado grande, que asusta, y mucho.

Pero hoy, muy cerca ya de firmar mi alta de tratamiento, puedo afirmar que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida.

Porque no se trata de una simple dieta, sino de tu salud física, mental y social; porque hipotecar una vida sí es un coste demasiado elevado; porque sentirte gorda/o no es la causa de sentirte inferior, sino la consecuencia.

Supongo que aquéllo que se escapa de nuestro control o de nuestro conocimiento asusta, al menos a mí me pasa. Pero hay que intentarlo. Confiar en que se puede vivir mejor. Me gustaría gritarlo y que llegase a mucha gente: Merece la pena curase.

Ya nos lo cantaba Fito: “Sé que soy mucho más guapa cuando no me siento fea”

Hoy en día me preocupa mi físico. Me preocupa que me salgan granitos en la cara, me gusta estar morenita en verano, y pienso que he comido más de lo normal en la boda a la que fui.

Hace un tiempo, me obsesionaba mi físico (aunque no lo quisisera reconocer).

Hay una cita de Antonio Gala que decía que “la Felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante”. Y en mi caso, la obsesión por un peso y por una imagen que dar, fue tan importante que no me permitía ser feliz.

Lo malo es cuando algo (y me atrevería a decir también alguien), se convierte en el centro de tu vida, en tu prioridad con respecto a todo lo demás. En tu modo de vida. En tu motor para vivir. En tu objetivo para seguir viviendo.

Lo malo de las obsesiones es que nunca se agotan. Siempre va a existir alguien más guapo/a, más delgada/o, más moreno/a. Hasta dónde llegar, entonces?

Cuando un peso es tan importante, y de él “dependen tantas cosas”, como la felicidad, nunca va a ser el perfecto. Siempre se puede mejorar, y… lo que a mí más me angustiaba: en cualquier momento lo puedo perder. Yo perdí las dimensiones: una minucia parecía una inmensidad donde ahogarme.

Pero existe otra forma de ver (me). Otra forma sin necesidad de cambiarme. Darme cuenta de que soy un conjunto, no un centímetro más aquí o allá; que hay tantas cosas que atraen en esta vida: la sonrisa, los gestos, el tono de voz (gracias Raúl por Teatro!!!); que NADIE es perfecto, y que yo no pretende serlo; y que nada es tan catastrofista como para hacerme que no me levante de la cama.

((Gracias, miles de gracias a los que me leeis. Y perdones por haber estado tan ausente del blog))

Nada más imperfecto que el perfeccionismo

Lo he pensado miles de veces: soy una persona muy poco eficiente, y eso me molesta.

Los estudios son un buen ejemplo de ello. A veces no sé si me voy a preparar un examen, o voy a realizar una tesis doctoral de la asignatura en cuestión. Mi método de estudio es muy pormenorizado, necesito comprenderlo todo, y mirarlo todo. Me cuesta trabajo saltarme temas y priorizar, o jugármela a la “ruleta rusa”. Necesito tiempo, ya que soy incapaz de mirarme temas nuevos el día antes, y…lo que es peor, necesito saber que voy a aprobar para presentarme a un examen.

Dicho esto, comprenderéis por qué, aunque esté en 6º de carrera, me queden tantas asignaturas de años anteriores. Y no creáis que no intento cambiarlo…me encantaría…pero es que me cuesta la misma vida.

Hacer las cosas de un modo que no es el mío, de un modo con el que no me siento segura…upfff.

Intentar hacer las cosas perfectas es absurdo. Absurdo porque nunca se puede conseguir, y eso frustra. Absurdo porque conduce a pérdida de tiempo y de esfuerzo. Absurdo porque es un método rígido, que cuesta cambiarlo y que no te permite adaptarte a las situaciones.

Intentar el perfeccionismo es aburrido, para el que lo intenta y para el que está al lado. Y sobre todo, es agotador.

A ver si consigo enterarme, porque me resulta muy frustrante cuando abandono las cosas, o ni las intento, no vaya a ser que no me salgan como yo quiero.

Queridas cenicientas, los príncipes salen ranas

Durante años, estuve soñando con tener novio. Aunque, paradójicamente, nunca tuve uno.

El amor se encuentra, no se busca. Eso escuchaba. Pero lo cierto es que yo me esforzaba por encontralo, ya que equiparaba la idea de tener pareja con la felicidad, el sentirme más segura y acompañada, el sentirme querida y especial.

En otra ocasión, leí que La belleza que enamora, rara vez coincide con la belleza que atrae. Tampoco estaba dispuesta a asumirlo. Yo tenía muy claro el prototipo de hombre que me gustaba, tanto físicamente, como de personalidad. Y no iba a cambiarlo, porque tenía clarísimo que sólo él me podía hacer feliz.

Cuando entré en el centro ABB, uno de mis terapeutas me comentó una vez “vos buscás a tu otro yo. Una pareja no es un espejo” Y no podía entender por qué no. Yo tenía mentalmente muy estructurada mi idea de relación feliz, ideal…utópica.

Ahora tengo a una personita muy especial a mi lado. Podemos llamarle novio, incluso. Somos algo parecido al día y la noche. Nos diferenciamos en gustos musicales, gustos de ropa, edad, forma de vida… Pero cuando estoy con él lo paso muy bien, y me hace sentir muy bien. Pienso (y siento) que nuestras diferencias se complementan.

Ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que estuve buscando mi príncipe inventado. Era una forma más de no mojarme, de no implicarme en mi vida. Porque…siendo sincera…a veces los sentimientos dan miedo.

 

 

 

 

Pensar, decidir y actuar (que no es poco)

El otro día estaba yo sentada en mi ordenador leyendo una lista infinita de cursos y asignaturas de libre configuración para ver en cuál me matriculaba este año. Y ya que mi intención es acabar la carrera este curso, estaba obligada a coger una cantidad de créditos de libre que a nadie se lo recomiendo…

El caso es que me vi, agenda en mano, cuadrando los cursos entre exámenes y horarios, decidiendo qué es lo que más me gustaba, y todo esto dentro del plazo establecido. Os parecerá mentira viniendo de la boca de una chica de 23 años que llega hasta 6º de Medicina, pero…era la primera vez que lo hacía!

Yo misma me planteé qué es lo que había hecho hasta ahora: dejarme llevar. Dejarme llevar significa preguntarle a algún amigo mío qué iba a coger él y pedirle que me matriculase a mí también. Significa no enterarte, o no querer enterarte de los plazos de las preincripciones, ni de la web desde donde lo gestionas; significa no pensar qué es lo que más te gusta; no decidir por ti misma; no organizarte.

Y lo peor, para mí al menos, era la sensación de dependencia de los otros para todo, ya que yo no me sentía capaz de ocuparme de mis propios asuntos. Sentía que yo nunca me enteraba de nada y que no servía para ciertas cosas.

Lo cierto es que hoy por hoy, me obligo a llevar agenda porque soy un desastre; mis amigos me tienen que recordar los cumpleaños de los demás porque se me olvidan; y la página de la universidad se me va cada vez que empiezo a hacer la matrícula. Pero soy capaz de pedir ayuda para estas cosas, y soy capaz de volverlo a intentar. Ahora, pienso, decido, actuo.

No mueras por una dieta

Aquí os dejo un anuncio que se emitió en cines ingleses para sensibilizar sobre trastornos de la conducta alimentaria.

Recomiendo a aquéllos que lleven un día triste que lo aplacen para mañana, ya que esto no ayudará a mejorarlo.

http://www.youtube.com/watch?v=JYWqkIfHGhQ

Porque la salud no es negociable

Decía un anuncio que hay cosas que el dinero no puede comprar. Y yo creo que se refería, entre otros, a la salud.

Nos venden cereales especiales que, no sólo se desayunan, también hay que cenarlos, y así bajas un montón de tallas. Nos venden barritas de algo parecido a alpiste que por lo visto te la tomas y no hace falta que comas, porque ésa era tu comida.Nos lo venden y seguiremos comprando porque somos consumidores y ellos empresas.

Pero lo que me resulta indignante son centros especializados donde profesionales (de la estética, por supuesto, no de la salud) te orientan para que puedas adelgazar y alcanzar el cuerpo universalmente ideal. Y hablo desde la experiecia, refiriéndome a sitios como Naturhouse.

Recuerdo cuando fui hace unos 4 años, totalmente obsesionada por adelgazar, con un peso bastante normal, incluso dentro de la delgadez. Y aún recuerdo mejor el dinero invertido en las sesiones, las infusiones, los diuréticos, y un largo etc. A nadie le extrañó nada, nadie hace un control psicológico, nadie pregunta nada. Si pagas, no hace falta.

Esto, por supuesto, es sólo mi opinión. Sencillamente, escribo desde la preocupación como futura profesional sanitaria; desde el enfado como consumidora; y desde la indignación como paciente de bulimia nerviosa.

Autoestima

Hay ciertas palabras que de tanto usarlas parece que pierden su significado, verdad? Y creo que AUTOESTIMA es una de ellas. Pero la palabra lo dice muy clarito: auto-estima. Y quererse, y valorarse, y sentirse capaz y válido.

Y todo esto está genial, pero también me gustaría hablar de la otra parte de la autoestima que he aprendido en el centro ABB. La parte de conocerse a uno mismo, saber quién eres de verdad, sin comparaciones, saber qué te gusta. Y… más difícil todavía: aceptarte, incluso la parte negativa.

Antes de entrar en el centro, yo tenía el autoestima a la altura de mi dedo gordo del pie. Cuando salía con mis amigos a una discoteca, me torturaba pensando en que la gente tenía vidas interesantes y yo no, en que los demás eran graciosos y yo no. Y, bueno, no hablemos del ritmazo y los tipazos que tenían las chicas, todas menos yo.

Pero es que yo quería ser la más guapa del lugar. Yo quería que los chicos me mirasen en la discoteca, y ser LA MÁS simpática, LA MÁS divertida. Yo quería ser …ideal. Cuando se tienen listones tan altos, nunca se llega. Querer lo imposible es frustrarse en el camino.

He de aceptarlo, mi oído y mi ritmo van por caminos diferentes, pero aún así me divierte bailar. Y nunca soy  la más guapa de la discoteca (al menos para  mí), pero me siento guapa. Aceptarme tal y como soy….me ha costado. Y que se vean mis defectos…aún me cuesta.

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