Enana entre gigantes

El otro día estuve conversando con un amigo que me decía que no entendía muy bien mi enfermedad. Podía comprender, me contaba, que una persona quisiera estar más guapa o más delgada, pero no que se le fuese la vida en ello. Yo no supe darle una contestación rápida en ese momento, y creo que es bastante compleja la cosa como para nombrar causas, situaciones, o factores predisponentes, como les gusta a los médicos decir…

Pero quizás pueda transmitirle desde aquí una sensación que he tenido muchas veces en mi vida. Un sensación de no sentirme especial para nadie. Una sensación de prescindible, de indiferencia, de pasar desapercibida ante los demás.  De estar en un grupo de personas y pensar que no aporto nada, sintiéndome una enana entre gigantes. Pensando todo lo que podría ser y no soy. Sintiendo, coraje por no ser mejor en muchos aspectos, y miedo, de ser yo misma.

Y, es verdad. En esa época, cuando adelgazaba, no cambiaban mis amigos, ni mis cualidades o defectos; ni siquiera me encontraba mejor. No era eficaz. Pero era el recurso que tenía, el que conocía. Y el que usaba.

Wanted

Hace un tiempo, bastante años ya, decidí que era muy bueno eso de estar rodeada de gente, y de personas, y que cuantos más, mejor. Decidí que ésta era la fórmula mágica de mi felicidad, para no sentirme sola, para vivir un montón de experiencias y no perderme nunca nada.

También llegué a la conclusión de que, para que estas personas no me abandonasen, no podía fallarles. Y claro, esto suponía no decirles que no nunca, no enfadarme con ellos, y evitar a toda costa que ellos se enfadasen conmigo. Suponía estar dispuesta siempre para todos/as, y estar pendiente de no dejar a nadie de lado.

Pero parece que mi fórmula mágica tenía fallos…y entonces empecé a rodearme de mucha gente, con todos y con ninguno a la vez. Porque cuando se intenta rodear algo muy grande no se puede alcanzar con los brazos.

Y empecé a sentir  la obligación de cuidar a mis amistades, perdiendo así todo el sentido de la palabra amistad. Empecé a no saber quiénes eran mis amigos de verdad, ni tan siquiera, quién era yo en realidad. Era capaz de amoldarme a lo que los demás quisiesen de mí.

Y yo, que quería estar en todas partes, no estaba en ninguna. Teniendo a gente maravillosa a mi lado, yo buscaba más. No sé muy bien qué había perdido, quizás a mí misma.

Abre los ojos

La otra noche, tumbada en mi cama, cerré los ojos y me puse a recordar…

…recordé, y al recordar, sentí. Sentí dentro de mí una conocida sensación de angustia y de desesperanza. Algo me preocupaba mucho, muchísimo, y me daba mucha rabia. Todos estos días atrás pasando hambre, midiendo cada trozo de comida, deseando que llegase la hora de comer para engañar a mi estómago y tomarme algo…y ahora todo a la mierda.

Todo a la mierda por un momento de descontrol, no sé cómo me ha podido pasar otra vez. Me he quedado sola, he sentido hambre, o gula, o no sé que era…y he empezado a picar, pero al final he comido un montón. Y ahora me doy asco. Me da mucha rabia ser tan débil. Me juro y perjuro que ya no me va a pasar más.

Ahora no puedo parar de darle vueltas a la cabeza contando y recontando lo que me he comido. Calculando las comidas que me voy a tener que saltar a partir de ahora para compensar. Y todavía me queda una tarde entera por delante. A ver qué coño hago, porque no quiero salir de la cama. Y lloro, lloro de impotencia, de agobio, de pensar que mi vida es así…

…y de repente abrí los ojos. Me sentí aliviada, todo eso era mi pasado, mi vida ya no es así.

Pienso, luego insisto

Del orden de 40.000 a 50.000. Ésta es la cifra que han estimado los científicos: una persona adulta elabora en un día unos 40.000-50.0000 pensamientos distintos. Ante esto, yo me pregunto: 1.- ¿Cómo leches habrán estudiado esto?, 2.- ¿Qué hago yo con tantos pensamientos en mi cabeza?
Cuando me detengo a pensar…me da pena. Me da pena desperdiciar tiempo y energía en pensamientos que no me conducen a nada: pensamientos que dan vueltas en mi cabeza y son siempre lo mismo; pensamientos que asaltan mi cabeza a lo largo del día, insistentemente, y no los despisto ni aunque me ponga a cantar (¿sólo yo he utilizado esta técnica?); pensamientos pesimistas de que no voy a conseguir algo, o pensamientos machacantes de por qué he hecho algo en el pasado, y podríamos seguir.
Al fin y al cabo… ¿no pienso yo lo que quiera? ¿no se supone que soy yo la dueña de mis pensamientos? Joder, no sé se puede cambiar de vida, quizás no esté al alcance de muchos, pero desde luego, se puede cambiar el modo de verla, y de vivirla:
Pensar en los aspectos positivos de las personas que nos rodean, de nuestras vidas, de nosotros/as mismo/as; confiar en que somos capaces de lo que nos proponemos; aceptar nuestros errores.
¿Pues sabéis qué os digo? Yo voy a empezar ya…Y confío en que puedo conseguirlo.

Dicen los expertos

Leía el otro día un artículo en el que los expertos decían que el ser humano tiende por naturaleza a la búsqueda de su propia felicidad. Esto suponía que, incluso el cooperante que se va al Congo (ahora que está muy de moda con esto del coltán) a atender a los afectados de la guerra, hace dicha tarea porque le reporta satisfacción y aporta sentido a su vida.
Realmente apoyo esta teoría, pues de lo contrario, no sería capaz de explicar qué motiva a este tipo a hacer labores tan arriesgadas y altruistas. Pero esto no impide que la labor que realiza, su valentía, sus valores y convicciones, sean dignas de admiración y de agradecimiento, al menos para mí.
Algo similar he pensado a veces con los terapeutas que nos tratan en el centro ABB, al que asisto. Es cierto que son profesionales, su trabajo consiste en ayudarnos a curarnos. Cobran por ello. Pero incluso los trabajos se pueden hacer de una manera humana y cercana, con interés y dedicación, que no se firma en el contrato. Incluso los pacientes pueden sentirse apoyados y acogidos por sus terapeutas. E, igual que el cooperante que se fue al Congo, es para mí de agradecer.
Desde aquí, muchas gracias.

Deja la PREOCUPA- pasa a la -ACCIÓN

En muchas ocasiones, demasiadas, quizá, imagino mi vida maravillosa. Se me ocurren muchos planes para hacer, gente a la que podría llamar, lugares que visitar. Me fijo en bares que me resultan curiosos y los apunto mentalmente para ir. Sin embargo, cuando me planteo hacerlos, siempre pienso “hoy no, mejor mañana”. Y mañana, tal vez no haya estudiado lo suficiente, o tal vez piense que estoy cansada, así que de nuevo utilizo mi frase “hoy no, mejor mañana”

Está muy bien tener proyectos en la vida, ilusiones, planes para el futuro. Considero que esto forma parte de una vida sana. Pero yo no me implico, no los llevo a cabo, yo sólo monto “castillos en el aire”. Yo no asumo esa responsabilidad, la de elegir, o la de equivocarme; yo no me comprometo, no vaya a ser que, al hacerlo, no salga como yo soñaba.

Un poeta decía, en su época romana, eso de “Carpe diem Quam minimum credula postero” (aprovecha el día, no confíes en mañana). Gabriel García Márquez escribió algo así como “todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin
saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.” Ahora, un cantautor de mi ciudad, Alfonso del Valle, canta “Que no te coja el soñar, con miedo a las alturas. Que no te coja el vivir sin ganas, sin locuras.” Y parece que yo, aún, no me he enterado.

Érase que se era

Érase que se era un cuento al revés
Con un principio singular
Y un final para imaginar

Había una princesa, pero era diferente
Era rubia de bote, con alguna arruga en la frente
Con las uñas por limar, y harta de tacones
Se ponía todos los días los mismos pantalones

Había un príncipe, por supuesto,
Algo escaso en eso de ser apuesto
Del grupo de los culones
Le daban miedo las alturas y los dragones

En este cuento no hay hada
(La princesa, sola se guiaba)
Tampoco hay malvada
(Aquí nadie esclavizaba)

A la princesa no le gustaban las perdices,
Ni las manzanas,
Estaba harta de tanto rollo de sanas

Quería un trabajo fuera de castillos
Ya no soportaba a más pajarillos
El príncipe decía que se quedaba en el hogar
A él le iba eso de cocinar

Colorín, colorado, este cuento no ha terminado
Pero nadie sabe el final, como harás imaginado.

Nota de la autora: lo siento a todos aquellos amantes de la poesía. Mis conocimientos en la materia están entre “nada” y “muy poco”, de modo que me imagino que habré destrozado en un momento varios recursos literarios.

El físico no importa… en el país de los ciegos

Circulan entre nosotros típicos tópicos que, me atrevo a suponer, todos hemos afirmado alguna vez: “La belleza está en el interior”, “El físico no importa”.

Sin embargo, algo en mí se despierta cuando veo una peli de Brad Pitt, y no precisamente me gustan sus manos; o cuando me giro para ver un chico en la calle; y no precisamente me gusta la marca de sus botines.

Si bien, hay todo un abismo entre esto, la “normalidad”, y una mente enferma (con enferma me refiero a un TCA). En la escala de valores de una persona, hay una serie de prioridades en las que un cuerpo diez, o una cara bonita, no ostentan el primer lugar, como en una persona enferma. Entender que, ni la belleza física ni la delgadez son sinónimos de éxito profesional, felicidad, respeto, o satisfacción personal, supone un descubrimiento para una persona con TCA, o por lo menos lo fue para mí.

Entender que, tras esta obsesión por el cuerpo y la comida hay un refugio donde se esconden sentimientos de soledad o angustia, miedos o baja autoestima, es comprender esta enfermedad.

Ahora, iré a ver a mi vecina para que me cuente que está haciendo la dieta de la piña. Todos sabemos que a ella lo que le encanta son las cervecitas y las tapitas a media tarde, por eso, nunca la cumple. Afortunadamente, en su escala de valores está mucho antes la diversión, los amigos, y el relax, que un cuerpo algo más delgado.

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