Aliento de esperanza, las páginas de este cuaderno

Hace unas semanas Rosa, nuestra compi de blog, me propuso participar en un proyecto que incluía la participación de blogers aportando su grito de esperanza ante los TCA. No tenía demasiado tiempo para desarrollar una gran idea, pero sí ganas de colaborar, así que se me ocurrió algo sencillo. Pensé en algo particular, en esa libreta que siempre llevo conmigo en la mochila o el bolso, donde anoto pensamientos, experiencias y vivencia. Pensé que si la enfermedad me hubiera consumido o me sumergiera en ella ninguno de estos habría existido, o bien porque no me hubiera concedido tiempo para escribirlos o seguramente porque no los habría experimentado ni mi mente habría estado en condiciones de atención y observación suficiente para haberlos creado, disfrutado o meditado.

De algún modo toda aquella colección de escritos, de recuerdos y memorias, de invención y realidad, conformaban innegablemente la intransferible historia de mi vida.

Si yo no la escribiera, si yo no la viviera, si me hubiera dejado vencer por la enfermedad, nadie escribiría esta historia, reflejo del vacío las páginas de este cuaderno permanecerían eternamente en blanco…

El dolor


Cuando a nuestro alrededor las cosas tiemblan nuestros pies sobre el suelo se tambalean y sentimos esa inseguridad infantil ante el cambio. El último abuelo que me quedaba, quien nos unía a la primera generación, se ha ido. He sobrellevado todo con mucha entereza desde el momento en que mi hermano atravesara la puerta con un llanto a lágrima viva y lo consoláramos. No es que me duela menos, no es que esté ocultando mi tristeza y vaya a explotar de un momento a otro, es que como le dije cuando espetó que la vida era una mierda: “Yo no me siento maldita por haberlos visto morir a todos; yo me siento bendita por haberlos conocido siendo como han sido tan particulares e increíbles cada cual a su modo”. Lo difícil viene ahora, cuando la ausencia hace tan tangible la presencia huida.

Me asusto cada vez que mi madre llora en la cocina o continúa suspirando a menudo profundamente. Una se da cuenta de cómo intentamos llenar ese vacío y mantenerla entretenida. A veces parece un error, que queremos evitar el dolor a toda costa cuando lo mejor es dejarlo escapar.

Una causa similar era la principal que me avocaba a mi y, juzgo, a todos a la enfermedad. Porque de algún modo intentas llenar tu mente de pensamientos que sí, que son insanos y tienen una base material, pero lo ocupan todo de tal modo que te alejan del dolor, que te impiden pensar en lo verdaderamente importante y doloroso.

De ahí procedían las manipulaciones, tus requerimientos de atención, del deseo de que nadie pensara en el dolor, del deseo de que nada fuera dolor, del deseo de que no existiera el dolor. Así, poco a poco, avocada a desaparecer, tragada por el dolor que desde dentro te consumía bajo tu intento de simular que no existía.

Tengo que dejar que llore, tengo que permitirme también yo llorar, porque si el dolor no sale fuera se queda dentro y es indiscutible esta afirmación. No puedo probarlo científicamente, la experiencia me dice que es así…

La superSandra

Recuerdo algunos de los dibujos que hice durante el tratamiento. Me sorprendía analizarlos junto al grupo de autoayuda y los profesionales. Por ejemplo, uno fácilmente legible, consistía en un camino más o menos recto que se perdía entre dos montañas -el futuro- acompañado de unos arbustos, uno de los cuales era negro y simbolizaba la enfermedad. Estaba en una de las etapas finales del tratamiento trabajando como si el final tuviese la forma del principio en aceptar que aquel episodio había tenido cabida y un lugar en mi vida.

A pesar de que le dije a la terapeuta con sinceridad que aceptaba la horrible etapa que había resquebrajado toda mi vida, hoy me cuestiono si no era yo la astuta que respondía sencillamente la respuesta correcta. Dentro de lo malo -más tarde trabajaría sobre el perfeccionismo-, al inicio del tratamieto, el deseo de ser la paciente perfecta hizo que me pusiera las pilas y no deseara quedarme atrás mientras quienes componían el grupo de autoayuda avanzaban.

Si hoy me pregunto todo esto es porque me siento orgullosa de haber superado la enfermedad habiendo contribuido la experiencia a forjar mi talante, mi aprendizaje, el conocimiento sobre la psicología humana que tengo ahora y que tanto me ayuda en mi día a día; pero una parte de mí se muestra escéptica a que los otros puedan comprenderlo. Soy la que soy en parte por mi pasado (quizá para despertar la potencialidad de ser hube de atravesar la puerta del dolor), pero a veces me siento…

¿avergonzada como si pudieran juzgarme superficialmente?

¿culpable como si aquello hubiese sido exclusiva elección mía?

.

Para profundizar en la causa sigo una cadena de razonamientos.

1. Si hoy me pregunto todo esto es también porque C. quiere saberlo todo. Y el día que le diga que tuve anorexia, que dejé de comer, me da pánico pensar que juzgará que aquello se trató de un capricho incomparable al dolor que él atravesara, que traicioné a la Sandra más vital de ahora, que entre la vida y la muerte a la segunda iba de cuajo, que pude jamás conocerle.

2. Si sé realmente que no me juzgará de ese modo, entonces soy yo la que me estoy juzgando, la que me recrimino, la que se da cuenta verdaderamente que el temor es el de destruir el ideal de Sandra, la imagen que en silencio todos construimos, miedo a aceptar mis debilidades.

3. En conclusión una se da cuenta de que jamás exige a los demás tanto como a sí misma. Y ese es el origen de la discordia.

El curso de los días

En la exposición fotográfica Ozymandias de la galería Wabi Sabi me encontré hará unas semanas con una antigua profesora de mi instituto. La vi de lejos admirando unas cajitas xilografiadas de madera y rápidamente también ella me reconoció. Demostró como siempre mientras hablamos su envidiable humor, pero hubo un tiempo en que la atmósfera de liberación que la rodea ahora se apagó y su lugar lo ocupó la negra esfera de su alcoba, la que contenía el lecho en que cada noche una nueva pesadilla le daba la bienvenida bajo la almohada. Se llevó viendo a su hija consumida por un TCA desde los 14 a los 27 años. Decía que cuando al fin su pequeña se recuperó fue ella quien tuvo que ir al psicólogo porque tenía los ojos llenos de enfermedad. Recuerdo cómo esas palabras se quedaron resonando en mi cabeza aquel día. Era como si esas palabras trajeran una brisa helada consigo (“tenía los ojos llenos de enfermedad”, de enfermedad de tantos años acostumbrada a mirar a su hija como a una enferma). Era una brisa tal como la que penetraba en mi casa cuando estábamos levantando una nueva estancia junto al salón y ese invierno de obras por las ventanas y huecos penetraba el viento helado que reflejaba la desolación de cada uno de nosotros, los moradores, los habitantes, por la muerte de mi padre.

Hay que añadir que Milagros Infante había acogido durante un año en su casa a una chica belga que padecía una anorexia exacerbada. Cuando se refería a la joven lo hacía con ternura e inteligencia, pero a la vez horrorizada por las reminiscencias de su hija, por los episodios en que  la dulce francófona se encorvaba hacia adelante o agachaba hacia el suelo dejando ver su completo caparazón óseo bajo la cutánea transparencia de su espalda, un caparazón que más que defensivo parecía horadado por la fragilidad.

Ambas mantienen aún una esporádica correspondencia que le revela a Milagros que la joven no ha mejorado. Es por eso que se ha animado a enviarle un cuento que escribió a ella dirigido y que os traslado:

“Había una vez una joven princesa que vivía en un lugar maravilloso, un pequeño castillo rodeado de árboles, fuentes y ríos situado en una ciudad con su puente romano, sus calles empedradas, con gatos suaves, sus tilos en la plaza al lado del befroi, su biblioteca de las ilusiones, sus hornos de pan y su fábrica de chocolate.

Esta princesa era amiga de un dragón juguetón que tenía poderes especiales y al cual le pidió un deseo inocente. La princesa quiso detener el tiempo y no seguir creciendo; tal vez solo quería pasarse el resto de sus días jugando en el patio del castillo con su mullido dragón que siempre la obedecía en todo. El dragón le concedió el deseo y ella se quedó encerrada en su pequeño cuerpo.

Pasaron las estaciones sobre el paisaje y ella siempre era una princesa adolescente. Conoció a otras doncellas e incluso hizo viajes con ellas y disfrutaba con lo que veía, pero nada la complacía plenamente. Cuando volvía a su castillo al lado del río, se enfadaba y ni ella misma sabía de dónde provenían esos enfados tontos. Se enfadaba tanto que hasta se le olvidaba la existencia del dragón.

Sus padres adoraban el recuerdo de su hija amorosa anterior al hechizo. Estaban orgullosos de la inteligencia de la joven princesa, que cada año empalidecía más, y la enviaron a estudiar a las universidades más prestigiosas con la esperanza de que encontrase la fórmula que restara el efecto.

La vida exterior se desarrollaba según las leyes conocidas, las abadías y colegiatas alzaban afanosamente sus muros, los jardines aromáticos apenas exhalaban olor, los campesinos y pescadores seguían con sus faenas y las lavanderas habían olvidado sus canciones, por todas partes se respiraba una quietud interior, un silencio de espera. El río, el valle, los pájaros, la vida familiar, las nubes se quedaron detenidas esperando el desenlace de esta contienda. Su precioso reino permanecía dentro de una campana de cristal con el aire quieto esperando retornar al movimiento. […] Las gentes del lugar olvidaron la verdadera naturaleza de la princesa , sin embargo los parientes y amigos buscaron y consultaron hasta los magos de las tierras más lejanas buscando un remedio al malestar de su querida niña.

La vida seguía y hasta el patio del castillo llegaban los ecos de otras vidas con sol y alegría. Hasta que un día, en el que ya casi todos habían olvidado, la princesa escuchó primero un murmullo y luego una canción hecha del sonido de los pájaros, de las voces melosas de los gatos que ella acariciaba, una canción que traía el ruido de las hojas que caen en circulo, con el silencio de las noches estrelladas, y el suave susurro de las lenguas extrañas una canción que decía tú puedes, tú puedes, tú puedes…

Y a partir de ese día un nuevo sentimiento se posó en el corazón de la princesa que no quería crecer. Y aunque por fuera no se notaba la diferencia y seguía siendo la princesa de formas delicadas y ojos profundos, la canción ya estaba en su corazón y se sintió capaz de vivir su vida de cualquier manera, sin pensar lo que quería o no quería ….. Solo vivir. De esta forma tan sencilla se deshizo el hechizo y empezó su nueva vida. Se había tomado demasiado en serio sus propios deseos. No pasó nada especial, ni se festejaron torneos de celebración. La fiesta era ella misma que aprendió a mirarse con los ojos de los que la querían.”


Ojalá sea así y este cuento le acerque a la joven su canción, su cuerpo deje de ser una prisión y se de cuenta de que las cosas que más quisimos pudimos olvidarlas, que en el espejo su reflejo intenta desprenderse de la cegadora venda ante sus ojos, pero que sólo a ella responderán sus manos. Que el invierno pase y se libere de la perpetuidad, que la primavera llegue con sus flores aunque deban estas resurgir del polvo, que el otoño rete a la supervivencia enfrentándose a la caída de sus hojas con nacimientos nuevos y nuevamente, cuando el invierno retorne, que seamos las hogueras donde otros se aproximan en busca de cobijo, que en las noches heladas otras hogueras ardan, y que todo siga por siempre su ciclo natural sin que nosotros destruyamos la belleza del curso de los días.

Fotografía tomada de: arriba Wabi Sabi; abajo http://chestchest.tumblr.com

Frente a la desesperación

Hay muchas historias tristes y desoladoras en el mundo. A veces tenemos que callar. Una no puede ser la heroína y salvadora universal, pero al menos intentas tratar el tema sin arrogancia alguna, con la humildad de la fortuna no ganada sino concedida.

En mitad de toda vida hay desesperación. Siempre están quienes la alimentan en silencio o quienes piensan que cargarla a sus espaldas en soledad sin involucrar a nadie es meritorio, medalla de fuertes y de valientes. Luego te enteras de que un joven amigo se ha suicidado. La noticia es monstruosamente desesperanzadora. Te embarga un sentimiento de pérdida de esperanza en la vida a la vez que un sentimiento de supervivencia ante la seguridad de aún conservar la propia.

Recuerdo ahora una leyenda india que me leyeron una vez: Un viejo Cherokee estaba hablándole a su nieto sobre la vida.

“Hay una batalla teniendo lugar en mi interior… es una pelea terrible entre dos lobos. Un lobo representa el miedo, la ira, la envidia, la pena, el arrepentimiento, la avaricia, la arrogancia, la culpa, el resentimiento, la inferioridad… El otro lobo es la alegría, la paz, el amor, la esperanza, generosidad y serenidad, la humildad, la benevolencia, la amistad, la verdad y la fe.”

“Esa misma lucha tiene lugar en el interior de toda persona como en tu corazón”

Y el nieto preguntó: “¿Y cual de los dos lobos ganará?”

Y el anciano Cherokee respondió: “Aquel al que alimentes”


El reto en cada individuo es escoger la actitud que no le enferme, le permita relacionarse con los demás, vivir. En mi caso, por ejemplo, siempre fui una persona muy dada a la introspección y gracias a que fomenté mis capacidades sociales fui capaz de evolucionar de un modo estable y equilibrado ambas dimensiones de mi vida. Si nos pertrechamos de optimismo e ilusión, no solo nos beneficiaremos, sino que todos aquellos que nos rodean se dejarán arrastrar por ese ánimo que vistamos. El duelo humano es elegir cada día, lo que equivale a renunciar a aquello que no se elige.

Regresando al tabú que rodea al suicidio lo más aterrador de todo resulta el silencio, la absoluta necedad e ignorancia ante el estado de este compañero que jamás aparentó tener ningún problema, y que si tenía ansiedad, depresión o adicciones, estos tres elementos motivadores de conductas suicidas, pensamos que era en magnitud proporcional a las nuestras ante las desalentadoras perspectivas laborales como existenciales con las que cada cual lidia.

Siempre hay una salida, es lo que hay que tener en cuenta ante los momentos de mayor debilidad. La vida es lo más valioso que tenemos, un regalo que no podemos comprar y hay que emplear cada segundo de ese reloj que grabado en nuestras nucas no vemos en realizar el proyecto personal que hemos escogido renunciando, como dije, a otros muchos proyectos porque la sabiduría reside en saber y ser capaces de elegir, y entonces emplear nuestra energía en descubrir hacia donde nos conduce dicha elección y sus subsiguientes, qué podemos aprender, conocer, ofrecer…

La semana pasada predominaron los días grises que lejos de entristecerme me relajaron. Las hojas del limonero se agitaban y estremecían, y unas casas más allá sonaba el tintineo de un móvil de cascabeles. La vorágine de nubes -pensaba- es más empática que la claridad de los días despejados de sol. Porque estamos siempre en mitad de la confusión. Porque caminamos siempre entre la niebla. Nunca hay tanta verdad como para ser azules. El haz de luz puede cavar sendas entre la niebla, la ventisca puede despejar la nebulosa, son las formas en que nuestros actos y nuestro temperamento transforman a ciertas personas y situaciones en guías. Pero siempre vagamos errantes a la espera de aferrarnos a alguna deliciosa determinación de duración indefinida, quizá días, meses, años… Si sigo escribiendo quizá sea alentada por la posibilidad de que mis palabras sean haz de luz para los otros como lo fueran para mí un día.

Divertirse

¡He vuelto!

Tras un verano de travesía he regresado y mi espíritu cansado amanece de nuevo. No estoy aquí para poneros los dientes largos. Siempre he defendido las muchas formas de viajes que existen. Tomar una silla (con alas), cerrar los ojos (muy fuerte) y trasladarse a otro punto de ese mundo sumido en la enormidad de tu imaginación. Siempre he valorado por igual las cosas comunes. Me gustan las cosas comunes, y me gusta más aún que otros me hablen de las cosas comunes, conocerlas a través de ellos.

¿Qué aprende uno cuando viaja?

En primer lugar -hay que decir- uno se divierte. Es súper importante divertirse para nuestro bienestar emocional, disfrutar de las pequeñas cosas y en nuestro día a día buscar los pequeños placeres que nos alejen de la rutina. Divertirse no es propio de personas irresponsables, sino de personas inteligentes. Y es debido a la rigidez y el perfeccionismo, el hábito de estar preocupados constantemente por todo (preocupados también por las obligaciones y responsabilidades), no motivar nuestra capacidad de asombro y creatividad, vigilar sin descanso nuestra imagen, creerse víctima en la vida, que no nos divertimos o hacemos actividades que no nos divierten.

Y si en lugar de pensar que una persona es más valiosa cuanto más tiene  pensamos que es más valiosa cuanto más sabe divertirse, es decir, cuanto mas sabe disfrutar del proceso y no del resultado, cuanto más sabe buscar los pequeños placeres ocultos tras la rutina y no espera a que el sentido de su vida aparezca de la nada sino que persigue su rumbo a sabiendas de que siempre deberá revisarlo, replanteárselo, reemplazarlo, pero nunca se detendrá… si pensáramos así… estaríamos cuidando más nuestra salud y bienestar, estaríamos más cerca de sentirnos satisfechos, mejoraría nuestra autoestima, seríamos mejores jugadores, mejores niños, mejores adultos. ¡Vaya, unos inteligentes disfrutones de cuidado!

En segundo lugar, cuando viajas descubres, conoces y aprendes; te sabes uno más de todos aquellos que trazan su camino y que se embarcan con valor en estas cruzadas que desafían tu propia capacidad para desenvolverte en diversas situaciones.

Pero por encima de todo, el sentirte una más entre tantos emprendedores y el conocer tantas maravillas por las que merece la pena pasearse una vez en la vida  hace de tus problemas un mal menor, algo insignificante y nimio. Porque si todo eso y más te espera ahí fuera y quieres vivir de forma sencilla, ¿merece la pena amargar el sabor de esta oportunidad en la que amontonamos nuestros problemas con solución? Mientras haya una solución el único problema es aún conociéndola no ejecutarla. Así que no esperes a que el túnel se ilumine, a que alguien venga a tirarte del brazo o a que te den un sentido por el cuál vivir. Todas estas incógnitas debe planteárselas cada humano, todas estas piezas enigmáticas están en la mente de cada uno.

Incluso en el ajetreo de trenes de este viaje he hallado remansos de paz a los que huir durante unos minutos. Os dejo uno de los dibujos que hice en el trayecto Stuttgart-Freiburg.

Un abrazo. ¡A divertirse y a resolver!

Siento la prolongada ausencia. Tenéis total libertad para comentar. Contad conmigo ya sea para hablar de vuestros obstáculos durante el verano, de cómo os encontráis, si perdidas o en el camino, si sumidas en el caos o si observando los pequeños logros. Aquí no nos asustamos de nada, ni si quiera de lo que uno se le pasa por la cabeza porque por en ese mismo lugar hemos estado, pensando que la boca del mundo se nos tragaba y solo desaparecer nos haría descansar. Pero no era así, repito, si estás leyendo esto soy la respuesta a tu duda: -Sí hay solución para ti. De esta se sale.

¿Qué necesitas? GANAS.

¿No las tienes? Arriesga, ¿qué puedes perder cuando crees que nada te queda?

Si crees que te queda algo entonces que ese algo te de esas ganas que te hacen falta.

¡Vamos!

3,2,1…all ready! Now!

La plenitud es la ausencia de luegos

*

¿Y si olvidamos por un momento el después y el mañana?

¿Y si aplicamos hoy el “quien no arriesga no gana”?

¿Y si ponemos en marcha todo aquello que pensamos y no hacemos?

¿Y si la vida es la constante de enfrentarte a tus miedos?

¿Y si no son los hechos sino la actitud la que determina el rumbo?

¿Y si cuestionas tu mirada hacia el mundo?

¿Y si dejas de creerte incapaz?

¿Y si en el fondo siempre supiste la verdad?

¿Y si la conciencia gana al deseo; el ánimo a la duda?

¿Y si se hace tarde y si  pregunto: ahora o nunca?

¿Y si estar enfermo no vale la pena?

¿y si te curas por dentro; y si te arreglas por fuera?

¿Y si te percatas de que pierdes el tiempo leyendo mis líneas

y escoges no perder un segundo más de tu vida,

y quedas con los amigos

y te ríes y lloras con ellos,

y me dices: aquí te quedas; adiós, hasta luego…?

Take a break

Llevo unas semanas de ausencia por el blog aunque todo ha tenido su buen motivo. La causa: tras las intensas y últimas semanas de exámenes me he ido de viaje a Alemania, concretamente a la región de la Renania Palatina, deteniéndome en los pueblos de cuento que se pierden en la espesura de la selva germana. Necesitaba desaparecer unos días, alejarme del orden que imponemos a las cosas y que los días de la semana dejaran de tener nombre para determinar que el lunes se entra a trabajar y el sábado y domingo se descansa.

Este viaje lo he hecho con mi madre, con quien ya fui a una de las travesías más inolvidables que haya experimentado: Laponia, el círculo polar ártico; con sus compañeras de aventura y con mi hermano mayor. Si cabe enlazar este viaje y contaros esta satisfacción es en parte para animaros a ver el verano como una oportunidad de disfrutar de lo nuevo, de la novedad, de la libertad de hacer planes en lugar de que sea el “espanto del destape, el bronceado y los helados” y de compartir con vosotras/os que en una ocasión en el pasado, cuando estaba mal, recuerdo haber rechazado una proposición de viaje que mi madre me hiciera y que ahora siento como una oportunidad perdida. Fue un año antes de que estallara la primavera árabe, la mejor (y no sé si única) oportunidad que tuviera para ver las pirámides de Egipto, los mausoleos de los faraones y las doradas cleopatras bajo tierra, el bullicio del Cairo, sus mercados y su descontrolado tráfico, sus colores, Luxor, Asuán, El Nilo… y todo ello me lo perdí y lo cambié por quedarme sola en casa, sin que nadie me viese, sin comer día tras día, mirando en una pantalla de ordenador la comida que no ingería pero calmaba mi ansiedad, haciendo ejercicio y repitiendo aquellas falsas palabras en mi cabeza: que cuando la báscula en la que me pesaba a cada hora marcara la cifra X lo dejaría, tomaría el control y podría controlarlo…

Todo era una locura y un caos que yo había comenzado simplemente porque sentía un dolor y una carga a mis espaldas tan grande que deseaba desaparecer para que el dolor desapareciera conmigo…

…y sin embargo las nuevas costumbres que había ido consolidando se habían hecho hábito, férreo esquema del que resultaba no podía escapar entonces por más que me lo propusiera débilmente a veces.

Olvidamos esta etapa inconscientemente. Todas las personas que conocí durante el tratamiento y que ganaron la batalla al TCA, todos aquellos que reaprendimos los buenos hábitos y aceptamos hacia donde conducían los pasados, coincidimos en la presencia de lagunas. No creo que se trate de un mecanismo de la mente, que bloquea aquello que nos causó daño, sino de un no identificar nuestro ser con la realidad en la que nos habíamos transformamos, con la metamorfosis perpetrada por la enfermedad. Pero para ayudaros a aquellos que estáis cercanos a esta experiencia se hace necesario recordar a veces aquello que tanto rechazamos ahora, la locura que vivíamos y que no queremos ahora para nosotros.

A pesar de haberme perdido aquel viaje y seguro otras memorias, me quedo hoy con la satisfacción del cambio, con el actual presente, con el haber disfrutado de la gente, los parajes y -por supuesto- la gastronomía alemana, con la independencia, con los prometedores planes con que he colmado mi “agenda” este verano.

Porque eso es lo que tenéis que desear, porque tenéis que saber que os estáis perdiendo tanto…, que no compensa vivir una vida al servicio de lo que para mí es el gran conflicto de toda persona: la comparación. Vivimos comparándonos constantemente, con un cuerpo, con un ideal de vida, con perfiles de redes sociales, con famosos, con valientes, con despreocupados, ídolos, artistas, talentosos y habilidosos… siempre deseando ser quienes no somos, siempre anulándonos.

Y quiero acabar este post hoy con una palabra, una palabra que pudiera ser un mero trazo a bolígrafo sobre un papel, pero una palabra que contiene tanta fuerza y que un día volvió a mí como esa puerta que marca un nuevo comienzo: la ILUSIÓN. De eso tengo hambre. Hambre de ilusión. Ilusión por ir a Fuengirola y a Cádiz con otros incansables como yo, disfrutar de mi abuelo, entregarle a un músico un retrato con que espontáneamente deseaba agradecerle el deleite de su voz; ilusión por leer, ordenar mis escritos y… el plato fuerte, irme de interrail el 28 de este mes… muchos planes, pero tiempo suficiente para tomármelo con calma y disfrutar de la euforia de cada nueva etapa y de cada nueva sensación. Y si esto despierta vuestra envidia (sana), me sentiré feliz, feliz porque eso significa que deseáis disfrutar, que deseáis todas estas cosas que conciernen a la vida, que os dais cuenta de que el síntoma os está privando de todas ellas…

Siempre recordaré con toda claridad el momento del tratamiento en que sentí que la ilusión había regresado.

Evidentemente sería un proceso progresivo pero hubo un instante preciso en que me sentí consciente de ello.

Era un día como otro. Y entonces, en cosa de un segundo, estallé en lágrimas de alegría (no son muy comunes, lágrimas que te sobrevienen con intensas situaciones).

Tanto y tanto dolor, tanto y tanto D O L O R    y allí estaba, Ella, la Ilusión

h a b í a     v u e l t o,

sin esperarla, de allí, de alguna parte de mi ser.

Y en el fondo, en el silencio, una niña le susurraba:

-N o    v u e l v a s     a      i r t e     j a m á s .

…y poder contarlo. El don de la elección.

A veces no soy consciente de que quienes llegan a leer mis post y los de las/os otras/os bloggers son quienes aún tienen ese “don” de la elección, o familiares, amigos, profesionales, interesados que buscan apoyo o información. Me aterra pensar que un porcentaje de quienes no nos leen son chicas y chicos a los que no les dio tiempo a acudir, porque el parásito de la enfermedad les consumía y no quisieron o porque no pudieron pedir la ayuda que necesitaban; chicas y chicos que no pueden contar hoy la entrada ni la salida de esta terrible vivencia que a pesar de todo te brinda algunas enseñanzas una vez retornas al pensamiento sano y en el proceso de recuperación. RECUPERAR: tu vida, tus proyectos, tus relaciones, tus sueños, tus hobbies…

Hace unos días me llegó un comentario en un post del 2008 “Días de playa”. Me escribía de forma anónima una persona dejando constancia de que una compañera suya durante el proceso de tratamiento había fallecido por un tumor cerebral, mas encomiaba y aplaudía la increíble mujer de la que se trataba y lo mucho que luchó hasta atravesar las primeras etapas del tratamiento. La enfermedad no le ganó la batalla, pero por desgracia hay enfermedades que no te dan la opción de elegir si entras o si sales, se imponen, sin distinción, a los soñadores, a los maestros, a los asesinos, a los mezquinos como a los benévolos, a los geniales como a los terribles, sacan de ti el mayor deseo de supervivencia porque si algo existe es esta vida que es apenas un viaje para escribirlo…

¡19 años! Qué de experiencias extraviadas en un libro al que de repente han arrancado las páginas y cuánto aún por conocer. Página en blanco que ha llorado sus letras de tinta. Mancha de tinta en el suelo, flor de tinta, primavera de tinta. Pájaros con alas.

¡Cómo te hace la pérdida mirar hacia aquellas cosas que cobran súbitamente importancia! Porque sólo nos queda aferrarnos con garras a su enseñanza. No quiero pensar en ella y llenarme de dolor. Voy a intentar pensar en ella como esa “persona increíble que luchó hasta el último momento”. Ojalá haya prendido la llama de muchas otras recuperaciones y que quienes la conocieran hayan empleado toda la fuerza que les transmitiera, ese último ejemplo, para salir hacia adelante, sacar de esa cajita que guardamos recelosos todos los miedos de ese mundo en que no dejamos que nadie penetre, al que escapamos, al que huimos; introducir en esa cajita nuevas palabras para nuestra historia…

…y poder contarlo hoy. Y poder sorprenderme ante el misterio de las páginas que se escriben en este preciso instante.

Si estás leyendo esto también tú puedes. ¿Tendrás siempre esta elección en tus manos?

Ojalá no sea demasiado tarde

no sea demasiado tarde

demasiado tarde

tarde

e

.

.ojepse la esrarim a opmeit ad sanepa Y .asap adiv al euqroP

ardnaS : odF

Escribo para vivir

Si hubiera sabido que hoy iba a morir

me habría detenido a mirar las cosas más de cerca

habría dicho ese último te quiero a las personas que amo

gastado todo mi dinero en invitar a un brindis a mis amigos

les hubiera ofrecido mi última lección

dicho las cosas que por temor no dije

pero también

habría huido al monte,

a contemplar el sol cayendo sobre todas las cosas,

sobre todas las cabezas,

mientras la nube de la noche reptaba lentamente sesgando las flores.

Si hubiera sabido que iba a morir hoy,

habría cerrado los ojos para viajar una vez más,

y habría concedido unos minutos a mi memoria

recordado los momentos más intensos de mi vida,

para despedirme así de la alegría y del dolor,

riendo, llorando

Habría dado por placer,

escogido un poema al azar con la esperanza aún de sorprenderme

reparado en mis juicios de menor benevolencia

hasta, quizá, intentar solucionar los problemas del vecino.

pero no quedaba tiempo

y yo no lo sabía

no pude dar gracias

decir te quiero,

cerrar los ojos para volver a abrirlos,

correr, besarte de un modo inimaginado

bailar en cada esquina,

oír atentamente,

dejado que en mi mente

resonaran las voces

del silencio.

No quedaba tiempo

tampoco para nosotros.

-nunca dije estas palabras con la severidad que implican-

Los papeles no estaban arreglados,

-habría hecho una última llamada-,

el reloj y su alarma permanecían programados,

como las cartas aguardaban en la penumbra del buzón.

Tengo menos de lo que mi dominada codicia exige

y no he visto lo suficiente como me gustaría

porque aproveché mis días mejor o peor, pero


cada día abrí los ojos como el primer día

y eso es lo que marcó la diferencia.

30/05/2013

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