Archivo mensual: octubre 2008

Relato de una vivencia

El tren se deslizaba con su suave traqueteo entre prados verdes. Aquel invierno, mi madre, mi tía y yo nos habíamos escapado a Asturias, la tierra natal de mi abuelo. Era como una llama gélida, fría, pero con esa atracción cálida que nos incita. era fácil imaginarse a mi abuelo allí, en aquel trenecillo, con su traje de chaqueta mirando por la ventanilla en silencio.
Aquel día, cuando paramos en Ujo, mi madre tenía la intención de dedicarse a buscar a la familia de mi abuelo que con suerte permanecería allí o al menos, su casa. Aquel pueblecillo no era apenas unas 100 casas, una iglesia y atravesándolo las vías y cables del ferrocarril de hierro húmedo. Mi abuelo era ferroviario, uno de los pocos empleos dignos de aquella época en que se vivió la guerra.
Pasé una semana entre pared y escombros con apenas unas migajas de pan para comer-me decía.
No había que pensar, mi madre llamó al portón de madera apolillada de la iglesia y un párroco nos recibió. Mi madre que es muy astuta y amable (y el párroco que fue muy servicial) consiguió que el hombre, que llevaba muchos años allí y reconocía el apellido Alonso de Santocildes nos proporcionase alguna dirección mediante el registro del pueblo. Yo estaba alucinada. Era el aire que se respiraba fresco y húmedo, o tal vez el silencio de aquel paraje resguardado en la naturaleza… estaba en una tierra donde una de las personas a la que más he querido, una de las personas que más me ha enseñado lo que es la vida y cómo afrontarla con una sonrisa, viendo lo que tienes y no lo que te quita, que ha visto irse a su hijo (mi padre) antes que él y eso es muy duro, que lo que ha tenido se lo ha ganado… y ahora yo estaba allí, en sus raíces.
La infancia es la etapa más importante para una persona. Lo sé porque lo he visto en el rostro de la gente, lo sé porque yo misma he ansiado volver y observar la vida de nuevo desde ese reflejo de halo puro, desde la curiosidad y la inocencia, desde el juego y la ignorancia. En todos influye muchísimo nuestra infancia y todos en nuestra esencia somos un niño, aquel niño que fuimos.
Subí por aquellas angostas y altas escaleras y me recibió, a mí, a mi madre y a mi tía una escueta y minúscula mujer. Desgajada por el paso del tiempo. Era Clemente, la esposa del hermano de mi abuelo que ya falleció. Clemente nos habó de otra parte de la familia que vivía en Gijón, de Urbano, su marido, de aquella tranquilidad… Aún la recuerdo con el pelo negro y despeinado, con los ojos claros igual que su bata y aquellas escaleras. Mi tía bajó deprisa y nos sacó una foto con Clemente.
Cuando volvimos a Sevilla justo el día de fin de año mi abuelo no lo creyó. Ese día lo vimos un poco mal. Mi abuelo era enfermo urinario crónico y los médicos no sabían como podía vivir tanto. Yo lo ato a su carácter tan alegre, pero mi madre dice que es por todo el agua que bebía.
El 4 de enero mi abuelo murió. Yo estuve el día anterior con él. Estaba recuperado, tan alegre, con sus mofletes colorados, ¡estaba como siempre! ¡Pidiendo de comer!.
Mi madre me lo dijo:-Me cogía de la mano y me decía “Eres mi madrecita”.
En realidad por dentro la enfermedad urinaria que tenía lo tenía hecho polvo, pero tanto mi madre como yo lo sabemos, mi abuelo murió en paz de que la familia que tanto le quería (mi abuelo vive con nosotros porque mi abuela era esquizofrénica y no cuidaba de su hijo ni de la casa y al poco de yo nacer mis padres se los trajeron a vivir con nosotros) había querido dar con sus raíces. Murió porque todas sus cerillas, las que le quedaban, ardieron intensamente de golpe. Creo que eso fue lo más importante para él antes de morir.
Un hombre con suerte…
Fue duro no escucharle decir:-¡guajina! o que me esperase con su vaso de nueces peladas para mí, a la vuelta del colegio. Pero… el vino a mi vida como un tren de alegría y así se marchó. Cuando recuerdo mi infancia, él está allí, en mi corazón. Hay guardado un sentimiento de amor y ternura para él. Me ha hecho muy feliz, de las personas que más felicidad y fuerza me ha dado. Fue un hombre que luchó toda la vida y, esos son los imprescindibles. No los que luchan un día, un mes, un año… no, sino los que luchan toda la vida.
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