Archivo mensual: diciembre 2008

El elefante encadenado. Jorge Bucay

Cuando era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de ellos eran los animales. Como a otros – luego lo supe – me llamaba la atención el elefante.
Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal… pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Se trataba de un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?.
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a maestros, padres y tíos por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado… ¿Por qué lo encadenan?. No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca… y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
“El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño”.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que seguía… Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Este elefante enorme y poderoso no escapa porque CREE QUE NO PUEDE.
El tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que se siente poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar ni a poner a prueba su fuerza otra vez.
Cada uno de nosotros somos un poco como ese elefante: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de cosas “no podemos” simplemente porque alguna vez probamos y no pudimos. Grabamos en nuestro recuerdo: No puedo… No puedo y nunca podré. Muchos de nosotros crecimos portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar. La única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento TODO TU CORAZÓN.

P.D. Aunque algunos ya lo habreís leido espero que este cuento os remueva un poquito y os de fuerzas para intentar vencer la enfermedad. Si os ha gustado podeís leer también “la ciudad de los pozos”. Feliz Navidad. Intentad disfrutar con la familia y dejad a un lado la comida que en esta época suele costar mucho (ya sea por las comidas de Noche Buena y Noche Vieja, como por alimentos como pueden ser el turrón o los mantecados). Podeís escribirme en los comentarios si quereís los miedos que teneís que os intentaré aconsejar según mi experiencia. No dejeís de luchar, de sentiros vivas/os y llenas/os de ilusiones. Regalaos a vosotras/os mismas/os una sonrisa cada día, porque esa es el mayor arma. ¡Luchemos la guerra!

Cuando el cuerpo no acompaña a la persona

Es en cualquier poema, en cualquier canción, en cualquier persona que puedas cruzarte, o ya sea en el mítico cuento, pero la sociedad está adoptando la imagen de Peter Pan, y si tanto sale debe ser porque muchas personas piensan en ello.

Yo, no os voy a hablar de esta imagen. Es cierto que también conozco a gente que no quiere crecer y que la anorexia les ayuda a ello, a necesitar a alguien a su lado que esté pendiente de la niña/o enfermo, a tener a sus padres cerca, a acaparar las atenciones que le prestan a su hermano pequeño, etc. Pero yo hoy os quiero hablar la otra cara de la moneda que espero que ayude a otras personas.

En mi caso, me sucedía todo lo contrario. La enfermedad para mí fue una forma de aislarme y rezagarme en un pasado que me estaba consumiendo, pero iba muy acompañado de exigencias hacía mi misma. Siempre me dijeron lo responsable y buena que era, y a mí no me importaba ceder ante los demás para hacer las cosas más fáciles. Siempre me dijeron que parecía mayor de lo que era, que era una chica muy madura, que acaba muy buenas notas y no daba ruido. Por ello cuando murió mi padre también quise llevar mi dolor sola. En mi familia nunca se negó el sentimiento de dolor, pero yo no lo compartí. Prefería llevar las cosas sola para que los demás- siempre los demás-  no sufriesen. Seguro que alguna vez os ha pasado que os habeís mirado a un espejo y han caido vuestras lágrimas. Les ha pasado a muchas personas, independientemente de que padezcan una enfermedad (bien puede ser una enfermedad del alma). Yo tengo una teoría que seguro muchos ya han sopesado. Yo creo que los espejos nos muestran en nuestra totalidad y nos hacen ver de frente los miedos a los que no queremos plantarles cara, la infancia que se ha ido y, lo que más detestamos de nosotros mismos.

Con mis estudios nunca ha hecho falta que mi madre estuviese encima mía porque yo siempre sacaba unas notas ejemplares (no presumía de ellas, pero mi madre siempre daba una apariencia mía delante de los vecinos y amigos). Es cierto que ahora me gusta llevar mis estudios de forma independiente, porque me creo un espacio, pero antes me exigía muchísimo más. Antes mi objetivo era sacar dieces (se ampliaba más allá de los estudios), ahora es cierto que me gusta esforzarme y sacar buenas notas, pero ya no es una exigencia sino un propósito de aprender con el que disfruto que me hace a su vez disfrutar más de mi tiempo libre. Porque cuando una se siente satisfecha con su trabajo eso la hace feliz. Es importante disfrutar aprendiendo o disfrutar con tu trabajo y el de los demás. Pero no quiere decir que no acepte mis errores. El viernes tuve un examen de matemáticas que no me salió nada bien. Antes me hubiere excusado en que a toda la clase le salió mal, pero en esta ocasión me dije que no pasaba nada si al final de la evaluación sacaba una nota un poco más baja. Cuando te exiges mucho una nota baja no es un suspenso, ¡es un 8 como mínimo! Cuando te exiges mucho los trabajos en equipo te irritan porque siempre piensas que das más que los demás. Cuando te exiges mucho… Cuando te exiges y vuelve el invierno del rostro humano. Te exiges y ya no te dejas ser tu misma, eso es muy duro. No dejar estar tu existencia… Vivir para los demás y no llegar a intimar contigo misma… Que a nadie se le ocurra. La felicidad es algo tan relativo, realmente no la buscamos. La felicidad existe gracias a que existe el dolor, sino no exitiría. Nosotros existimos gracias a que existen los demás, sino no existiriamos porque para ser nosotros mismos necesitamos estar con otros, necesitamos saber que nos quieren, que somos importantes, que existimos, que somos personas, que tenemos una dignidad. De igual forma no estoy hablando de la pareja, puesto que es importante también estar solo para poder realizarnos, para querernos y porque, actualmente las parejas crean muchos lazos de independencia y se ven a todas horas para decirse lo mucho que se tiene (-eres mía/o) el uno al otro. La pareja es un acompañante en la vida que nos da mucho amor, pero principalmente debemos saber cubrir nuestras necesidades de afecto propio. He tenido amigas que solo se valoraban cuando tenían una pareja de forma que eran muy dependientes y se limitaban muchisimo. Aunque bueno, que sabré yo que aún no la he tenido, pero… ¿quién no ha estado enamorado alguna vez?

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