Archivo mensual: marzo 2009

Agresividad, pasividad, asertividad… ¿De qué forma decirte todas estas palabras?

Es importante pararse y verse. Salir por un momento de tu cuerpo y ver cómo actúas y te desenvuelves, como te relacionas con los demás…

¿Has temido pedirle a una amiga algo que le prestaste hace mucho tiempo? ¿Has guardado tu enfado por no herirla o que te juzgue y te has callado las palabras? Siempre tan educada con los demás, siempre tan buena niña-te decían. Pero al fin y al cabo, ¿dónde te quedas tú? ¿Vas a dejar que los demás decidan por ti? Todo se manifiesta en lo bajito que hablas, lo vulnerable que resultas, siempre eres tú la que pides disculpa, no eres capaz de decir un “no” o siempre das rodeos a lo que realmente quieres decir y repites constantemente el “no tiene importancia” Así, los demás, ¿qué te van a hechar en cara? Evidentemente yo lo exagero para transmitir lo que quiero contar, pero a veces podemos sentirnos identificados con algunos de estos puntos.

Eso se llama pasividad. Al igual que tú sacas ventajas de ello por cómo te ven los demás, también tiene sus puntos negativos. Yo siempre he preferido controlarme y no enfadarme, pero eso no quiere decir no decir las cosas de forma clara y abiertamente. Recuerdo que una vez una amiga se enfadó con nosotras y nos habló muy mal. Al rato de irse, volvió riendo y hizo como que nada había sucedido. Entonces yo comencé a poner mala cara para ver si se daba cuenta lo cual yo veía evidente, y al menos pedía disculpas. Me había molestado su reacción, pero por otro parte yo no se lo decía abiertamente. Tal vez para mi era obvio que teníamos mala cara, pero ¿lo tenía que ser para ella? Estaba esperando a que adivinase lo que yo quería en lugar de decirle que su enfado no me había parecido justo.

Tenemos el estilo contrario, la agresividad. Esta tampoco es la solución, más bien es causa de mucha ansiedad y estrés acumulado. Tenemos que valorar a las personas que nos rodean y convivir con ellas respetando sus opiniones aunque no estemos de acuerdo con ellas. La solución para lograr tus deseos no es haciendo que te teman o gritando para que el otro se sienta atacado. Tenemos que dejar expresarse al otro y no atropellar sus palabras porque nos moleste escucharlas. Hay que ser empático.

Yo, que he tenido un carácter más pasivo he pensado que prefería no pelearme cuando realmente alguien con un carácter agresivo se estaba aprovechando de mí, creyéndose dominante e inculcándome que le temiera. Una persona nunca se puede humillar ante otra, si ha cometido un error lo acepta y punto, si cree que no ha hecho nada de lo que se la culpa con tranquilidad explica que ella no es culpable de tal situación… A menudo, estas personas de carácter agresivo se sienten mal y culpables, otras no se paran a ver cómo reaccionan y piensan que los demás están mal, pero ella está bien. En el caso de las personas pasivas deben mirar un poquito por sí mismas. En el caso de las personas agresivas deben mirar un poquito también por los demás. Después, era yo la que me sentía culpable de una situación debido a la manipulación, y no podemos culpar solo al que manipula. Debes responsabilizarte de que tú te dejas manipular.

Había  un estilo de comunicación intermedio y sano que yo no conocía: era la asertividad. Cuando somos asertivos luchamos por nuestros fines, pero respetamos las opiniones de los demás e incluso trabajamos mutuamente en encontrar solución a un conflicto. De igual forma, como he dicho antes, no nos dejamos manipular y somos capaces de comunicar nuestras necesidades abiertamente. La persona asertiva se valora a sí misma y de la misma forma, está abierta a reconocer lo bueno y valioso de los demás y a aprender de ello. A su vez es capaz de aceptar las críticas y aceptar sus defectos. Y finalmente aún sabiendo que esté es el modo de comunicación más agradable, amable y sano para todos, es el que menos utilizamos. No obstante, podemos cambiar y encaminarnos poquito a poco hacía él. Después de todo somos humanos y nos equivocamos y a veces, discutimos o accedemos a lo que nos piden, etc.

Por último, os dejo una cosita que no he escrito yo, la he sacado de Internet, pero que quería añadir a esto que os cuento.             Todos tenemos:

Derecho a ser tratado con respeto y dignidad. En ocasiones, derecho a ser el primero. Derecho a equivocarse y a hacerse responsable de sus propios errores. A tener sus propios valores, opiniones y creencias, sus propias necesidades y que éstas sean tan importantes como las de los demás. Derecho a experimentar y a expresar los propios sentimientos y emociones, haciéndonos responsables de ellos. A cambiar de opinión, idea o línea de acción, a protestar cuando se es tratado de una manera injusta, a cambiar lo que no nos es satisfactorio… Derecho a detenerse y pensar antes de actuar, a pedir lo que se quiere y ser independiente. Derecho a superarse, aun superando a los demás, a decidir qué hacer con el propio cuerpo, tiempo y propiedades, a hacer menos de lo que humanamente se es capaz de hacer. Derecho a ignorar los consejos de los demás (pues bien algunos podemos aprovecharlos y los que no creamos convenientes rechazarlos). Derecho a rechazar peticiones sin sentirse culpable o egoísta, a estar solo aun cuando otras personas deseen nuestra compañía, a no justificarse ante los demás, a decidir si uno quiere o no responsabilizarse de los problemas de otros. A no anticiparse a las necesidades y deseos de los demás. Derecho a no estar pendiente de la buena voluntad de los demás. A elegir entre responder o no hacerlo, a sentir y expresar el dolor, a hablar sobre un problema con la persona implicada y, en los casos límite en los que los derechos de cada uno no están del todo claros, llegar a un compromiso viable. Derecho a no comportarse de forma socialmente hábil. A hacer cualquier cosa mientras no se violen los derechos de otra persona. Derecho a tener derechos, y finalmente, a renunciar o hacer uso de ellos.

Cuento del picapedrero

En una ocasión, un picapedrero trabajaba en la dura pared de una cantera, picando y picando aquella resistente superficie. El sonido del mazo y del cincel resonaba constantemente en sus oídos: ¡bang, bang, bang!

Su trabajo era lento y arduo. En verano, el calor del sol se reflejaba en las rocas, convirtiendo su lugar de trabajo en un auténtico horno. En invierno no había posibilidad de refugiarse de la lluvia o del frío, y la cantera era un verdadero glaciar. Mientras picaba la piedra, continuamente imaginaba una vida mejor, anhelando poder cambiar sus circunstancias. Fantaseaba con que se encontraba en lugares de ensueño, pero sabía que sus fantasías nunca se harían realidad, o al menos eso suponía. Una noche, ya tarde, cuando volvía a casa arrastrándose por el cansancio, pasó junto a una espléndida mansión de un noble. Mirando hacia el interior vio las ricas ropas del acaudalado hombre, la belleza de su mujer, la abundancia de manjares en su mesa, y pensó para sí:- si pudiera ser un noble, sería rico y poderoso. Podría evitar todos los problemas e incomodidades de la vida del picapedrero. ¡Cómo desearía ser un noble!

El picapedrero se quedó asustado y sorprendido, ya que inmediatamente después de haber formulado su deseo se encontró sentado en la cabecera de aquella ansiada mesa. Se había convertido en el hombre noble que había estado observando: vestido de forma rica, con una hermosa mujer a su lado y con toda la comida que podía imaginar sobre la mesa. Disfrutaba de su nueva vida, de prosperidad y poder. Podía dar órdenes a sus sirvientes, a sus empleados y a su esposa. Se sentía complacido con su autoridad y alardeaba con altivez de cuanto poseía; sin embargo, las cosas cambiarían. Cierto día el rey acudió a visitar la ciudad del cierto noble. Debido al estatus que tenía estaba obligado a formar parte de la guardia de honor. Tenía que mostrar sumisión a su rey. En el momento de realizar la reverencia al monarca, de nuevo empezó a ansiar algo más. Y pensó para sí:-el rey tiene más influencia y poder que un noble. ¡Desearía ser un rey! En el mismo momento que ese deseo pasó por su cabeza se vio subido encima del caballo del rey, vestido con los atuendos regios y flanqueado por las tropas reales. Por todo el itinerario que recorría había vasallos que se postraban ante su presencia, incluyendo el noble hombre que hasta ese momento él había sido. De regreso a su palacio, se sentó en el elevado y autocrático trono, mientras los miembros de la corte se estaban ante él, mostrándole reverencia y ofreciéndole presentes. Esto era vida. Ser gobernante era magnífico. Estaba seguro de que disfrutaría de este estilo de vida. Indudablemente era mejor que ser un picapedrero. Alardeó al máximo de su posición. Viajó a los lugares más lejanos de sus dominios. Amaba el poder que obligaba a todo el mundo (campesinos, clérigos, eruditos y nobles) a postrarse frente a él. En uno de sus viajes de verano, un intenso e implacable sol dejó exhausto al rey. Sus regias vestiduras lo sofocaban. Su real persona sudaba incesantemente. Era algo que no podía controlar, y tuvo que abandonar su majestuoso porte en busca de una sombra. Allí, resguardado en la sombra, de nuevo aparecieron sus envidiosos deseos. “El sol”, caviló, “tiene un gran poder”. Es incluso más poderoso que el rey. -Desearía ser el sol.

La magia que en otras ocasiones lo había transformado volvió a manifestarse. Se encontró a sí mismo brillando en el cielo, esparciendo su luz en el mundo, iluminando a reyes y emperadores, quemando a bañistas y provocándoles cáncer. Podía forzar a la gente a que buscara refugio para resguardarse del calor que emitía, o a que por la tarde hicieran la siesta aún a regañadientes. Esto era lo más grande. Estaba saboreando el poder… hasta que un día una nube apareció en el cielo y obstaculizó su luz. Al principio se sintió molesto, pero a continuación comenzó a pensar:- la nube es lo suficientemente fuerte para detener el calor y la luz del sol. Por lo tanto, la nube es más poderosa que el sol. Desearía ser una nube.- Al momento, se volvió a transformar. Flotaba en lo alto del cielo, convertido en una alta y gruesa nube. Podía provocar la lluvia sobre los terrícolas y obligarlos a correr para resguardarse o para conseguir un paraguas. Podía impedir que el calor del sol llegara a su destino y crear así un ambiente frío. Tenía el poder para que los ríos se salieran de sus cauces y que las presas se desbordaran. Podía causar inundaciones que arrasaran los hogares de las personas y arruinaran sus vidas. Sí, definitivamente la nube tenía poder. Ésta era la forma como siempre había deseado que fuera la vida… hasta que un día un viento repentino sopló en el cielo, arrastrando consigo a la nube. Era menos poderosa que el viento. Frente a él la nube no tenía fuerza y carecía de rumbo. “El viento”, pensó la nube, “ahí es donde radica el poder”. El viento es más poderoso que la nube. Desearía ser el viento. En otro acto de transformación mágica, la nube instantáneamente se convirtió en viento. Soplando sobre los árboles, corriendo sobre el llano, arrojando tierra sobre los campos, girando los paraguas del revés, arrancando los tejados de las casas y deshaciendo pajares, el picapedrero disfrutaba convertido en viento. “Esto es vida”, pensó, “El viento tiene un poder ilimitado.” Sopló ferozmente sobre todo el globo terráqueo, agitó los mares, hundió los barcos, provocó inmensas olas que asolaban las pequeñas islas. Nunca había disfrutado tanto… hasta que un día uno de los soplidos quedó detenido. Frente a él se alzaba un alto acantilado que permanecía inamovible. Lo volvió a intentar de nuevo, pero fue incapaz de doblegar o de mover el poderoso acantilado. “El acantilado”, pensó el viento, “puede detener mis soplidos más virulentos. Obviamente, es más poderoso que el viento. Desearía convertirme en acantilado”. Instantáneamente quedó convertido en acantilado. Alto y fuerte, podía hacer frente a los peores huracanes que el viento podía causar. La gente acudía a admirar su grandeza y a alabar su belleza natural. Merendaban a sus pies o trataban de medir sus fuerzas escalando sus vertientes. Su presencia dominaba todo el entorno. “¡Sí! ¡Esto es…!”, pensó. “Por fin lo he encontrado. Finalmente soy poderoso. Soy un acantilado.”

Estaba regodeándose en ese pensamiento cuando de repente, a sus pies, oyó un sordo “bang, bang, bang…”

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