Archivo mensual: junio 2010

Autobiográfica

Cuando sostengo en mis manos un poema de los que guardabas en ese cuaderno viejo y aterciopelado siento que tú también te detuviste a leer lentamente las delicadas palabras en un momento y en un tiempo ya perdidos, ya olvidados. Cuando veo las fotografías en que tú no aparecías y siento el temor de que te desvanecieras, también en la memoria, me detengo a observar esos ojillos felices que a la cámara miraban y pienso en como eran todos esos paisajes, el foco y el espejo de tus ojos que miraban amablemente al mundo.

Cuando me lavo las manos me las acaricio tal y como tú hacías debido, quizás a la costumbre y al afecto hacía tal gesto. Me las acaricia rodeándomelas y apretándomelas con las palmas de las manos, como enlazándolas unas a otras para después deshacerlas.

Cuando me caliento en la chimenea observo las llamas azules y volátiles que ya hace mucho que no contemplamos juntos, pero no me entristecen. Me calientan como tú me calentabas. Y, a la mañana siguiente, muy temprano, me levanto y camino al salón. Me mantengo enroscada en el mullido sofá que permanecerá frío hasta que transcurran unos segundos. Tomo y remuevo con el palo de forja las cenicientas cenizas y aún unos prendidos corazones ardiente de madera viva se consumen entre ellas. Eso me hace pensar que aún ya extinto, bajo el peso de las cenizas de tu vida, una parte de ti permanece encendida e incitando a la vida a aquellos que dejas atrás. O al menos así pretendo creerlo. Yo, no te he olvidado. Lo que se me hace más difícil es pensar en tus palabras. En que no exista ya tu mente elocuente e inteligente. En el hecho de que no permanezcan como un susurro en el aire, aún ya dichas y pronunciadas, las palabras. ¡Oh, las terribles palabras! No soy capaz de darlas por perdidas. A veces, las busco.

Una noche, ya lejana, soñé que alguien me llamaba desde lo más profundo y oscuro del sótano. Era una palabra la única que ascendía por las escaleras y, esta se ha quedado grabada en mi mente. Soy incapaz de compartirla, la he hecho cómplice de mí, pero es una vana ilusión apegarse a tal cosa, mas por mucho que intento compartirla, discúlpenme, no puedo. No sin antes deciros que siento que los sueños son amigos de la muerte pues nunca forman parte de la realidad, pero nos permiten fantasear y sentir aquello que a veces, nos es imposible e inalcanzable. Nos lo dan todo y a la vez nos privan de ello.

Si pienso en ese sueño, aquel que tuve aquella noche ya lejana, debí sentir el miedo, pero, en los sueños, todos pretendemos hallar la verdad con una curiosidad abierta e inocente.

Esa palabra, la que os digo, tiembla en mi labio, pasea hiriente como una llaga y dulce como un beso, pero no soy capaz de compartirla con nadie. Supongo que en el fondo, siento vergüenza porque cada uno escucharía una palabra diferente. Prefiero dejar que la primera que escuchéis os invada. Porque cuando permanecéis en silencio, la primera palabra que arriba a vuestra mente no penséis que es carente de significado. Por vana que sea, quiere deciros algo.

Que misterio es aquel de la palabra, que fuerza es aquella que posee y contiene eternamente. La palabra es parecida a los sueños. Con solo pronunciar un susurro de la misma, con solo escucharla solitaria en el aire, ya nos hace imaginar aquello que ella quiere. El secreto es, que permanezca contigo.

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