Archivo mensual: julio 2010

Tratado del espejo

Los objetos que nos rodean contienen una historia cargada de siglos de valor. Nosotros los humanos hemos creado unas normas, códigos, doctrinas, formas de arte, etc. producto de nuestra capacidad de desarrollo y socialización. Producto fue en su inició la creación de un núcleo familiar que se asentó en un hogar dirigido a la comodidad y conservación de bienes. Es por ello, que dentro de este hogar integramos todo tipo de objetos y entre ellos uno de extraño valor, aquel que nuestros ojos buscan diariamente, aquel que refleja aquello que enfrenta.

Egipcios, griegos, etruscos y romanos lo elaboraron con metales bruñidos como utensilios de tocador hasta el siglo XIII en que apareció el vidrio, y hasta el siglo XVI en que ocupó su lugar en el hogar.

El valor del espejo es muy variado y pudo comenzar en el conocimiento de la propia muerte. Objeto mitológico y místico, la imagen reflejada se identificó con el espíritu y, es por ello que en el folklore el cuerpo del vampiro sin alma no se reflejaba y que, el espejo satisfizo la  creencia de que un mundo paralelo existía. Otro de los valores y el que desarrollaré, radica en la representación física de nuestra introspección, influenciada por la sociedad e incitada por el propio proceso de identificación de la personalidad.

Durante la 1ª socialización la sociedad se manifiesta pues, entre los agentes que influencian al infante además de la familia y la escuela, se encuentra la televisión. Poco a poco nos enseñan qué es lo bueno y lo malo, y que para sentirnos aceptados y queridos tenemos que ser altos, delgados, heterosexuales y talentosos. Así, las presiones sociales atentan contra el logro de la identidad y nos incitan a prejuiciar a las personas según su religión, política o sexualidad cuando la única opción a tomar es si se desea vivir de acuerdo a uno mismo o a la mayoría.

Vivimos condicionados y necesitados por el saber qué imagen tiene el mundo de nosotros y entre tanto, el mundo se va llenando de reflejos y sombras, de un repertorio de caretas y disfraces. Entre nosotros nace un conflicto entre lo que somos, queremos ser, aparentamos y lo que los demás ven o quieren ver.

El camino del desarrollo personal es infinito porque cambiamos, avanzamos, retrocedemos y nos detenemos en nuestro camino. Ese cambio constante es el que hace que nos miremos al espejo y permanezcamos parados allí, frente a nuestra imagen unos segundos, que nos miremos a los ojos intentando ver más allá y que nos enfrentemos con lo que hay, lo que somos.

Frente al espejo recuerdo los rostros posando ante las cámaras, los rostros mecánicos e inexpresivos de algunas personas que parecen haber adquirido sus “caretas sociales” y me pregunto si no sería mejor que todos los espejos desapareciesen y en lugar de expresar simplemente con la apariencia se dejasen sentir y ser tal y como les emana de dentro.

Cada segundo el presente se hace inexorablemente pasado y el futuro se convierte en nuestro presente, en nuestro ahora, en nuestra circunstancia. Cada segundo me veo impulsada a enfrentar la pérdida del yo anterior y aceptar el yo en que me convierto según mis decisiones y mis actos. Cada segundo me veo aguijoneada por la sociedad a adoptar identidades diferentes, pero me digo a mi misma que he de buscar mi propia identidad y elegir cómo quiero ser y en quién me quiero convertir.

Frente al espejo me pregunto:-¿Quién soy? ¿Por qué soy? ¿Qué dice mi mirada de mí? ¿Qué comunican mis ojos? ¿Qué sentimiento reconozco en ellos? Frente al espejo me encuentro a mí misma y me enfrento a mi propia crítica. Y sé que la mayor dificultad es la de integrar mi cuerpo en mí, la de identificar la imagen devuelta conmigo, conectar mis emociones, mis pensamientos, mis anhelos inquietudes e impulsos, mis temores, mi memoria y la idea que construyo de mí misma con el reflejo que ese lago cristalino y cercado me devuelve al asomarme a él.

Independencia

Me apetecía escribir, ordenarme un poco, aclararme, desnublarme. Me apetecía desencapotarme, desprenderme de mi maleta y tenderme sobre un vasto prado de hierba verde. Me apetecía desasfixiarme, abrirme, que el aire frío de una madrugada golpease mi cara y me encendiese las mejillas. Me apetecía desenvolverme, desatarme y desleírme, descifrarme y descontaminarme.

Hoy he leído en el diccionario lo que significa la palabra independencia. Y tras haberlo hecho me he percatado de que llevo mucho tiempo utilizando de mal modo esta palabra. Voy a tener que omitir los QUIERO SER INDEPENDIENTE que he dicho.          En el diccionario la palabra independencia se define como la capacidad de lograr hacer las cosas por ti mismo y, añade, hacer todo solo, SOLO, SOLO, SOLO….

Quizá yo misma me he cargado de piedras sin percatarme. Quizá y de forma muy bajita me he ido diciendo que estaba caminando hacía la soledad. Que tendría que irme despegando de una etapa que aún deseo disfrutar. En el secreto deseo que toda adolescente tiene de hacerse mayor y alcanzar sus 18 años hay algo de tristeza.

Crear un nuevo grupo en el que no incluyas a personas que antes te eran imprescindibles y que antes eran pilares de tu mundo, no significa que debas abandonarlas, que debas olvidarte de su apoyo, que debas continuar tu sola. Y al mismo tiempo, es humanamente ley de vida hacer nuevos grupos de amigos que te acompañen y desligarte poco a poco de un yo más infantil, de un yo que ya no se me parece tanto, de un yo que ya no desea las mismas cosas, de un yo que soy capaz de integrar pero del que no dependo. Es ley de vida querer hacer tu propio “plan”, querer tener tu propio “espacio”, hacerte cargo de tus “responsabilidades”, pero también es ley de vida compartir tus “sueños”, tus “pesares”, tus “disconformidades”.

Si algo implica la independencia es el tomar tus propias decisiones y el hacerte cargo de tus responsabilidades. Eso es ser una persona adulta. Y cuando me refiero a adulta no quiero decir una persona seria, cuadriculada y sin capacidad de juego (el juego es una de las cosas más importantes que  creo deben mantenerse de la infancia).

La independencia solo ha hecho que me comunique con los demás mediante la comida para que se diesen cuenta de que me daba miedo abandonarlos y seguir sola, para que viesen que aún necesitaba y necesito de su apoyo.

¿Alguien me puede decir quién escribió que la independencia es hacer las cosas SOLOS? !Qué pánico¡ Esa si que debía ser una persona realmente seria. Y en el fondo, sin duda, un tanto melancólica.

¿Apoyo incondicional? No, gracias.

Límites, que palabra más curiosa. En ocasiones tendemos a imaginar una línea infinita que no debemos atravesar, pero a veces un límite puede abarcar un espacio determinado y a veces un límite puede ser necesario de crear por una misma para su propio cuidado.

Hoy quiero contaros un poquito más de mí y de los límites que no supe poner y que me hubiesen aliviado de mucha carga. No voy a hablar de los límites que en su momento debí poner a la enfermedad porque en realidad, son los mismos. Lo que nos sucede está ligado a la comida de la siguiente y sencilla forma: cuando comenzamos a sentirnos mal con nosotros mismos o con nuestro alrededor debido a un problema personal recurrimos a comunicarnos mediante la comida y a decir mediante la misma: estoy mal. Esa es la única diferencia entre una persona con un trastorno alimenticio a una que no lo tiene, pudiendo ambas llegar a experimentar el mismo problema.

Bueno, volviendo a los límites. Empezaré por la infancia. Siendo niño inocente no es difícil apoyar a tu familia. Lo haces inconscientemente y te das cuenta cuando eres mayor porque, debido a esa alegría innata que solemos tener los niños, debido al juego en el que hacemos partícipe al mundo entero, debido a esa viveza de ansia de descubrir, de provocar reacciones en nuestro exterior, de pedir cariño y de sonreír constantemente, debido a ello logramos aliviar la angustia de los mayores que nos rodean. Solemos decir que:- les damos vida.

Para mí, el daño propio comenzó con la pérdida de mi padre. Al carecer de rol paterno, mi madre, en vez de compartir y descargar sus angustias con su compañero y cómplice, comenzó a hacerlo muy humanamente con la persona que más tiempo pasaba con ella. El proceso fue lento e inconsciente. Al principio los comentarios eran inocentes e ingenuos. Me contaba cosas sobre sus amigas. Las compartía y las comentaba conmigo. Luego fueron desahogos justificados en la promesa de prepararme para la vida. Desahogos de problemas cotidianos. Y finalmente, fueron asuntos familiares demasiado grandes para una niña, desbordantes y discordantes para el momento que yo estaba viviendo.

Yo, que debido a muchos factores crecí muy rápido y me vi impulsada a una etapa que no me correspondía, creía poder soportar todo ello. Quería proteger a los que amaba y realmente, estaba cargándome de muchísimas bolas enormes y sepultándolas dentro de mí. Poco a poco, fui acostumbrándome a esta tendencia que mi madre tenía para conmigo y, sin engañarme a mi misma, al fin y al cabo fui un poco “autodestructiva” conmigo (no, Sandra, no te engañes. Un poco no. Autodestructiva. Absorbente, dolorosa y ruinosa).

Cuando entré en la adolescencia… Bueno, aún hay en mí mucha energía y carácter propio de la adolescencia, mucho de querer hacer mi vida propia, alcanzar mis sueños y no perder tiempo. Mucho de perseguir una falsa independencia. Una independencia que no se logra ni siendo adulta porque siempre necesitamos del cariño de nuestra familia y nuestro nuevo plan de vida siempre tendrá cabida para ella a pesar de crear nuevos vínculos. Pues bien, en esta etapa de adolescencia es cuando finalmente me di cuenta de que necesitaba urgentemente unos límites.

Me volví irascible a que mi madre me lo contase y confiase todo porque estaba cansada y el peso a mis espaldas era demasiado grande. Cuando comenzaba a contarme algo de ello mi ánimo de escucha se agotaba. Le decía que no continuase y la conversación desembocaba en enfado. Sacaba la parte más horrible de mí, la que alzaba la voz y gritaba. Pero, era necesario porque nuestra relación se iba a volver cansancio y recelo. Y yo ya no podría darle lo mejor, comenzaría a ser para ella una persona diferente.

Cuando una persona te pide tu apoyo y tu ayuda sobre un problema en el que puedes ayudarla, ¡qué satisfacción! Has acudido a mí, has pensado en mí, has encontrado un remanso de paz en mí. Ven, aquí me tienes, dispuesta a ayudarte y a escucharte sin tiempo que dicte final.

Pero no, no vengas a mí con un problema que no me corresponde. Con un problema que no soy capaz de resolver y que tan solo logra herirme. Con un problema demasiado grande y difícil para mí. Porque entonces será cuando me estés cargando con parte de ese problema que me influye y me une a tu angustia. Con parte de ese problema que no se irá y que, al estar juntas, permanecerá cargado a mis espaldas y me hará sentir más agotada y triste cuando esté contigo.

Yo no puedo ser tu apoyo incondicional. Existen un momento para mí y mis circunstancias. Un momento separado de ti por 32 años. Un momento al que por mucho que corra en una marcha hiriente y sangrante, por mucho que corra queriendo salvarte y envejeciendo, por mucho que corra no alcanzo y me hiere. Necesito que te des cuenta, que comprendas mis palabras, que respetes mi momento y, aún a pesar de todo, sigas contando conmigo.

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