Archivo mensual: diciembre 2010

Siendo sólo niños sumergidos en el mundo

Han venido a mi mente recuerdos de hace dos años.

En el murmullo de una inagotable discusión en clase de tutoría, apoyada junto al húmedo y frío cristal de la ventana que el otoño empañaba, veía como en el patio del colegio anexo los niños saltaban vallas de colores mientras los rayos del sol asomaban entre las nubes de un cielo grisáceo. Lanzaban pelotas al aire dejándolas resbalar entre sus dedos y en una vertiginosa caída las recuperaban. Y durante unos segundos saboreé la inocencia de aquellos niños que jugaban sin preocupaciones y para los que el mundo aún era fácil y sencillo. Y con toda certeza supe que somos nosotros los que complicamos al mundo, los que caminamos con velos en los ojos, los que cuidamos que aquello que nuestro cuerpo quiera expresar pase antes por revisión para ver si es adecuado y, si no lo es, reprimirlo y enterrarlo.

Apoyada en el cristal pensaba en la ausencia de uno de mis compañeros. Hacía una semana que no venía a clases y no podía dejar de imaginarle en el hospital, frente a una camilla en la que, regada por luces artificiales y amarillentas, se encontraba su madre muriéndose de cáncer. Imaginaba la imagen de su madre recostada y reflejada en sus ojos, la dura imagen del saber lo mucho que ansías seguir viviendo y no poder hacer nada para que esa vida no te sea arrebatada. Lo imagino, me balbucea el labio, me asciende el calor por todos los músculos.

Sufriendo por el me pregunté cuánto daño le habría yo causado durante el período en el que estuve enferma. Habría pasado junto a mi casa preguntándose acerca de mi desaparición, la habría asociado a mi extrema delgadez. ¿Acaso le habría dolido tanto como veces me preguntó si comía bien, si me pasaba algo, si necesitaba ayuda? ¿Tantas veces como tras preguntarme me había sonreído cálidamente e incitado a avanzar por otro camino menos tortuoso? ¿Tantas veces como tras un “te veo más delgada” yo me había justificado en invenciones o evadido el tema?

Pensando junto a la ventana intentaba deshacer mi compasión para que no la percatase en mi mirada la siguiente vez que nos viéramos. Sabes que la vida le ha puesto una dura prueba por delante a tu compañero, una prueba que tiene que superar y que le hará más fuerte, que de ella deberá aprender a levantarse aún con los huesos rotos, a disfrutar aún más de cada segundo, a aceptar la ley de la vida porque él continúa su camino. Y por ello, con toda certeza supe que una de las cosas más tristes de un TCA es que, a diferencia de un corazón vacío y desgajado, sabes que una sonrisa no bastará para sanarlo ni el tiempo sin tomar medidas irá cerrando poco a poco las heridas.

Unos meses antes, un lo siento quería suplir las palabras que nunca le había dicho, pero la situación era tan incómoda que decidí que los gestos valían más que las palabras. Hacía seis años que nos conocíamos y habíamos compartido clases de marquetería junto con otro chico. Nuestro profesor nos estuvo esperando durante todo el último día de un quinto de primaría para que recogiésemos el que fue nuestro último trabajo, pero él no acudió. Insistí al profesor en cuánto empeño le había puesto y en ser yo la que se lo entregase, pero él, dándome una de las lecciones más básicas de la vida, me dijo que si era tanto el esfuerzo y cariño que le había puesto, se presentaría y se llevaría su helicóptero de madera. Y aún sin refutar sus palabras, decidí que seis años de separación y confinamiento para un helicóptero de madera eran suficientes. Localicé a mi viejo profesor y me presenté en una clase llena de niños atentos y curiosos, posando sus miradas en mí, recordándome mi infancia, para recoger el paquete que en mis manos no dejaba de parecerme un pequeño tesoro. Entonces suceden estas cosas que una no es capaz de expresar, sucede que te sientes realmente feliz, que tienes luz propia, que puedes escuchar más allá del ruido de una ciudad en tránsito. Así es como me sentí, sumamente desdichada y con un juguete en las manos que era la sencilla forma de un tesoro, sin poder dejar de sonreír como una tonta a todo el que se cruzaba conmigo.

Así fue como cuando entre sus manos lo sostuvo, el niño de aquel quinto de primaria asomó entre sus ojillos y, como un lo siento se pronunció por sí solo.

Tu carta de presentación

No quiero que mi carta de presentación sea una sola apariencia. No quiero que un chico esté conmigo solo por mi físico, quiero que esté conmigo entre otras cosas porque me respete al ver mi dignidad.

Hoy una chica no dejaba de mirarme en el baño del instituto. Fue una mirada escrutadora de arriba a abajo y pude notar cómo se comparaba conmigo. ¿Qué por qué lo sé? Porque yo también me he comparado. Quizás más veces de las que desearía poder decir. No llegan ni por asomo a contarse con los dedos de las manos y los pies.

Hoy, al salir del instituto y volver a casa con una amiga, esperando a que el semáforo se pusiera en verde  y nos cediera el paso, ella ha girado la cabeza mirando a una chica de unos veintidós años que llevaba unos vaqueros ajustados y unos tacones altos que la hacían alta y esbelta. Entonces le he hablado para que me mirase a mí y volviese en sí, pero yo sé que se ha comparado con ella y que en el fondo las imágenes de chicas provocativas y delgadas la presionan.

Hoy, me siento intransigente con todo ello porque he ocupado ambos papeles y siempre, siempre van a existir ambos roles pues, por lo que se ve, la apariencia va a ser lo primero que juzguen de ti, lo primero que aprecien de ti.

Cuando me comparo siento que no me he defendido, que me he tratado como un mero cuerpo, que me he quedado desnuda, sin nada, sin las cualidades que me definan. Y entonces ya no soy nadie, me desdibujo, me pierdo, me abandono. Así es como me siento, indefinida e inexpresiva. Cuando me comparo, dejo de defenderme a mí y a mi dignidad, me hago más pequeña y entro en el juego de las insatisfacciones. Ese juego en el que, aquello que parece inalcanzable te derriba como lo hace un jaque mate. Ese en el que si ganas, habrás de sacrificar a tus peones, así como poco a poco te vas perdiendo. Vas quedándote más pequeñita.

Realmente, ¿qué apuestas? ¿Crees que te van a aceptar más y a querer más si gustas? ¿Eres tan exigente que vas a sacrificarte y estamparte una mueca de tristeza o malhumor? ¿Qué has pasado a ser: peor? ¿Dónde ha quedado tu ansia de vida, es acaso ese escombro abandonado?

 Las personas realmente atractivas son las que tienen un gran mundo interior y es en ellas donde puedes ver el rostro de esa felicidad deseada, son ellas las que te atrapan en su órbita y de las que te preguntas ¿cuál es el secreto? Pues, también tienen sus días grises, sus pelos encrespados y ojeras matutinas que intentan disimular, sus riñas de pareja que las dejan más agotadas, los dolores que ha todos nos envejecen pero, más allá de los sinsabores y satisfacciones de nuestro camino, estoy segura que, ante todo, son personas que, se acepten o no, se gusten más o se gusten menos, se respetan a sí mismas. Es por ello que siempre dejan algo de sí con nosotros y lo que nos dan y ofrecen tiene el valor de ser parte de ellas.

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