Archivo mensual: enero 2011

Inteligencia emocional y lenguaje no verbal (II)

Rodeados de etiquetas y maniquíes en esta época poco se oye hablar del interior, pero nuestro bienestar no depende de un icono ni nuestro amor de la firmeza de la carne. Buscando y buscando, ¿no será que lo que indagamos se encuentra dentro y no en el exterior?

Nuestro cuerpo también habla y escucharle es de suma importancia. Su estado afecta a nuestras emociones y nuestras emociones le afectan a él. En él se manifiestan nuestros problemas, si nos encontramos deprimidos, relajados, ansiosos, nerviosos, abiertos… La comunicación es un acto creativo en el que dos personas cambian con la acción, interaccionan y reaccionan, y más allá de lo que se exprese con palabras en dicho acto, nuestro cuerpo adopta un mensaje, dictado en parte por la sociedad, por la herencia cultural, por nuestra aptitud, etc., al que acompañan la expresión de los ojos, el espacio que nos damos para hablar y que determina el grado de confianza que nos profesamos, pues nuestro yo integro no se encuentra limitado por la piel; el ritmo y la entonación, nuestro modo de gesticular, el ángulo formado el otro hablante (enfrentados para competir y al lado del otro para cooperar), etc.

Nuestro cuerpo dice mucho de nosotros. Recuerdo el primer día que experimente una terapia en grupo. Cerrada a mostrar mis sentimientos permanecía a la defensiva, con los brazos cruzados sobre mi pecho, con las piernas de igual modo entrelazadas. Cuando logré sentirme cómoda y confiada, abierta y receptiva, fui deshaciendo mi barrera. Este y muchos otros ejemplos son prueba de que tomando consciencia de nuestra expresión externa, tomamos también un contacto más íntimo con nuestros sentimientos.

La mirada, espejo del alma, se fija en el objeto de nuestra atención, pero no aporta indicios de nuestras pretensiones. Cuando nuestros ojos se encuentran con los del otro nos sentimos expuestos a que conozcan cómo nos sentimos, vulnerables, observados. Decidimos retirar la mirada o expresar nuestro ánimo.

Hace algunos días me llamó la atención el modo en que nuestra cultura puede programar cómo conducimos nuestra propia mirada. En “Extranjeros en España”, una estadounidense hablaba de la atracción que le producía poder mirar directamente y con abierta curiosidad a personas anónimas, mientras en su país era algo “prohibido”, descortés. ¡Hurra!, soy amante y observadora de los desconocidos, para mí este es un aspecto progresista que no considero viole la intimidad de la otra persona. Basta si el extraño nos mira desconcertado con esbozar una amistosa con un ingrediente de complicidad. Sin embargo, he observado otros aspectos que a pesar de comprender siguen llamando mi atención. Se trata de cómo al sentarme en el extremo de un banco público, la persona que llega ocupa el otro extremo en lugar del centro o el modo en el que al buscar asiento en un autobús, realizamos un primer y rápido sondeo en busca de los pares de asientos libres y, sin hallar alguno, nos dirigimos hacía los compartidos con otro individuo.

El tacto y la piel, también importantes, nos mantienen en inmediato contacto con el otro y con el mundo exterior. Y también el olfato posee su papel en la comunicación, pero actualmente, en una sociedad “superdesodorizada” y temerosa al mal aliento y olor corporal, tendemos a reemplazar los olores naturales por los perfumes elaborados.

Así, la excesiva delgadez u obesidad del cuerpo es signo de que algo en nuestras emociones no va bien, y predominan aquellas que son negativas: el estrés, la ansiedad, la tristeza, la irritación. Es entonces cuando se rompe el contacto ocular con el otro agachando la mirada, evitando el contacto físico. Si comprendemos que nuestro cuerpo induce un mensaje, si logramos discernir qué deseamos que manifieste de nosotros, la belleza tomará otro cariz. Conocerte a ti mismo implica conocer tu cuerpo, cuidarte significa mimar tu cuerpo; sonreír, sonreír con tu cuerpo; llorar, llorar con tu cuerpo.

Historia de una alcóholica, un pequeño Elvis y un gigante

La chica que da gran importancia a su físico y viste grandes escotes y prendas ajustadas o provocativas, envuelta de hombres, no exige nada de sus compañeros más que se le procure atención. Cuando era niña probablemente dicha chica fue condescendiente, indulgente, atenta, cuyo papel consideraría el de complacer a los demás que se jactaban al hablar de ella. La niña pudo aprender que a menudo las personas se tratan como posesiones y, cuando se hizo mujer y comenzaron a abordarla hombres que valoraban su compañía en tanto que acrecentaba su masculinidad, se transformó en una mujer vulnerable e insegura.

Puede que esta mujer se justificase con un “A los hombres únicamente les importa el sexo…”, pero en el fondo, era ella la que poco podía ofrecer de sí misma más que su cuerpo. No deja de beber alcohol en la discoteca, comienza a moverse torpemente subida a unos vertiginosos tacones, a caer lánguidamente sobre su acompañante, cuya mirada se encuentra abstraía en otras mujeres enjutas en trajes preciosos.

¿Le preocupará a esta mujer envejecer junto a alguien? ¿Será el alcohol el licor que extasia su desdicha? Pobre figura trágica, desorientada y sin luna que hallar entre las fuertes luces de la discoteca.        _______________________

Un niño de unos nueve años de edad camina delante de su hermano adolescente y, siendo una réplica exacta del mismo, imita su forma de vestir. Estilo Elvis, un pelo engominado y peinado hacia atrás luce con el sol, una chaqueta de cuero negro le envuelve y unas gafas de oscuros cristales denotan una mirada indiferente y de una sutil prepotencia tras de sí.

Ha sido algo chocante ver a un niño tan pequeño y sin embargo, tan tempranamente sumergido en la burbuja social de las apariencias, las marcas y la imitación de los iconos del mundo televisivo, vestido de dinero y de popularidad.

Cuando yo tenía 9 años todos los niños eran iguales para mí y éramos felices con un balón ya estuviésemos finamente compuestos o de forma zarrapastrosa. Compartir y reír era el objeto de nuestra felicidad. Pero ese prematuro adulto, febril niño aún tierno, mantenía una seriedad en los labios impuesta por su interpretado papel. Cuando sea adolescente, probablemente dicho chico seguirá siguiendo pasos marcados por su hermano mayor.

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En mi barrio hay una mujer que tiene tres hijos, pero esta mujer vive para uno de ellos. Jamás ha dejado de quererle ha pesar del fatigoso y agotador esfuerzo que supone cuidarle porque quien dedica su vida a alguien lo hace por amor.

Ese hijo suyo tiene cuerpo de gigante, pero es tonto. Aunque quizá menos tonto que otros que no están enfermos. Lo peor son las mañanas en que se pone nervioso y mientras deambula no deja de gritar como un loco. Pero tiene demasiadas cosas en su interior que no puede decir con su torpe lengua y lánguidos labios que acompaña como un molino por ágiles aspavientos con los brazos.

Mente elocuente y cuerpo

El ser humano es un animal con peculiaridades. Tiene, a diferencia de los otros animales, la capacidad de imaginar. Pero en tanto que animal, también tiene un instinto de supervivencia. Antes de dar rienda suelta a su imaginación, antes de abrir la jaula que encierra un ave libertador, antes de ello, el ser humano debe salvaguadar lo terrenal, aquello que le permite la movilidad y el batir de sus alas, aquello que le permite poner en pleno funcionamiento su mente. Si el ser humano no se alimenta, si no busca salvar sus primeros instintos biológicos, de nada sirve todo aquello que imagine pues acabará pereciendo en su cuna, en la barca de Caronte que un río de almas atraviesa.

Creo que una de las mayores felicidades que me haya podido aportar la vida es la de verme reconocida por otro en calidad de persona. El intercambio de esos detalles invisibles que se dan por el mero placer de dar sin esperar nada a cambio y que tan solo conocéis tú y aquel que ha recibido. Creo que no hay pozo sin fondo que recaude tal cosa, creo que es cierto aquello que dicen de quien siembra recoge, a pesar de que en este mundo haya quienes birlan el fruto que proviene del sudor de otros.

En muchas de las entradas que he escrito hasta ahora he manifestado lo importante que consideraba hallar la seguridad en nosotros mismos, pero toda persona de a pie piensa en qué partes de su cuerpo cambiaría. La diferencia es que entre la balanza que alberga el ansia de cambiar su cuerpo y, aquella otra que contiene los momentos disfrutados y las satisfacciones que le proporciona su entorno emocional, existe un equilibrio. La salud no consiste únicamente en la ausencia de enfermedad, sino en esta integridad mente-cuerpo-entorno y estabilidad o equilibrio.

Bueno, de esta pequeña reflexión que he escrito hoy creo que lo más importante es: En los momentos en que te encuentres mal con el cuerpo, piensa si te merece la pena sacrificar tanto.

Hoy yo te pregunto:-¿Por qué no te das la oportunidad de vivir?

Quizá para aquellos/as que estés pasando peores momentos o etapas más críticas del TCA sea imposible, pero si lográis sanar poco a poco, llegará el momento en que encontréis esos pequeños placeres terrenales que somos capaces de gustar gracias a nuestra identidad física.

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