Archivo mensual: febrero 2011

Ridiculizarse y reírse de una misma

Un día, tras una discusión con mi madre, escribí en un cuaderno de anotaciones a modo de crítica las pautas seguidas por la persona adulta. Entre ellas se encontraban: contener el llanto, pensar que se posee más razón que un niño, no tomar de la mano al sexo opuesto a menos que se relacionen sentimentalmente, dejar de jugar o evitar el ridículo.

En su momento el ejercicio resultó eficaz y, un gran remedio como es el humor, hizo que el enfado y esas horribles palabras que golpean nuestra pared bucal para salir sin frenos, se esfumaran. A través de ellas recordé lo bueno que es reírse de una misma, aceptar lo infantil, maniática o ridícula que te encontraste ante una situación. Cuando nos hacemos mayores o maduramos intentamos negar que esto nos pueda suceder, pero tolerar nuestras imperfecciones y aceptar con indulgencia nuestro yo menos agraciado es una genial fuente de autoestima que te ayuda a superar complejos e integrar tus defectos, conocerte.

El qué dirán es una de nuestras mayores presiones porque no vivimos solos, sino en comunidad. Es también uno de los miedos a reconocer un TCA. ¿Qué dirán los que me rodean cuando se enteren de que padezco anorexia, bulimia o un trastorno por atracón? Me catalogarán, me tacharán.

Reírse de las estrecheces y autoexigencias, dejar de reñir las partes de nuestro cuerpo que no “están a la altura”, aceptar la vergüenza, los errores cometidos y las malas puntuaciones puede parecernos difícil, pero a corto plazo te hace más feliz. Cada día puedo vivir la presión y abrumadora atmósfera de la exigencia en el instituto porque existe una gran competencia por entrar en la carrera deseada y el plano del desarrollo de competencias más humanas, sensibles y personales se está dejando de lado pues el horario se está engordando con más y más horas de física, química y matemáticas como si el conocimiento técnico fuese lo único importante en un empleo. Cualidades como la originalidad, creatividad, motivación por el trabajo, toma de elecciones, etc. parecen no importar demasiado.

El piropo y el halago son fáciles, manipulables, agradables al oído. Atreverse a realizar una crítica que siempre es mucho más constructiva y motor de cambio es más complicado por el miedo a disgustar al aludido. Criticarse a uno mismo es aún más comprometido, así como aceptar una crítica.

Es el pudor, la vergüenza, los tabúes que giran en torno al sexo, lo escatológico, la muerte, la religión, etc. y con los que los niños, aún inconscientes, ríen, los que nos van cohibiendo y no nos permiten admitir abiertamente  que, por ejemplo, una chica también puede masturbarse al igual que un hombre; que tu hermano, esta tarde, está por ahí con su novio o que tu hermana es lesbiana; que nos sentimos seguros a costa de los muertos en guerra de Libia porque disponemos de su petróleo; etc. Esta interdicción lingüística evidencia cómo la cultura ha creado la ilusión de una realidad normativa en nosotros. Dejando atrás factores como la religión, tradición, falta de comunicación emocional, estoy segura de que este ostracismo social y lingüístico se debe a que hemos catalogado lo que es NORMAL.

Y, trasladándome a lo anecdótico, recuerdo que en una ocasión llevé una falda de gasa blanca a clase. La falda “nunca me dio problemas” hasta que en clase de matemáticas me levanté para corregir un ejercicio y se transparentó con la radiante luz que las ventanas dejaban traslucir. Un chico tras de mí comenzó a reírse y cuando me percaté de lo que sucedía me giré hacía él y de forma enérgica le solté que era a él, a quien siempre se le veían los calzoncillos (pues una de las modas actuales es la de llevar los pantalones desajustados y a una altura inferior a la pelvis), el menos adecuado para reírse. Cuando pienso en cómo le espeté aquellas palabras y en la vergüenza que sentí, sólo puedo hacer una cosa: reírme a carcajadas.

No voy a renunciar a ser yo misma ni voy a cohibir mis opiniones o puntos de vista porque los demás puedan pensar que son ridículos o inadecuados, pues es el comienzo del extravío entre una multitud transparente y sin sombra, en una imagen, en un espejo sin rostro, en la opinión del otro, el modo en que la sociedad comienza a amueblar tu cabeza.

Reflexiones III

Cuando aconteció la misa que mi abuela había preparado para conmemorar la muerte de mi tía, todo el mundo oraba mirando al suelo y con profunda congoja. Yo, por el contrario, observaba fijamente al cura, quizá algo arrogante, pero viva e inocente, pues mi sufrimiento es el de todo aquel que la vida sobrelleva, mas no una súplica a un Dios que no es común a todos los hombres e intenta aliviar el dolor con la promesa de otra vida. Por ello, así me declaré y, quizá el pobre párroco se sintió intimidado, tal que a veces buscaba mi mirada y tenía que apartarla.

Mientras todos oraban yo miraba a mi madre y pensaba cuánto me gustaría poder aliviarla y cómo mi temor se hace cierto: la vejez y la edad nunca pasan de largo. Entonces, busqué el costado de mi abuelo para hacerle cosquillas y esbozar una sonrisa de juego.

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Mis amigos en la red social de tuenti dicen que los corazones nunca serán prácticos hasta que se hagan irrompibles y yo pienso cuán fuertes son sin descansar si quiera cuando cae la noche, sin dejar de latir ni un solo instante, ni un solo segundo. Millones de cuerpos dormidos en la penumbra de un dormitorio mientras millones de corazones continúan latiendo.

Sé que he de cuidar mi corazón, ese a quien años de constante trabajo le aguardan y, me da escalofríos pensar en cuántas tristezas le he echado por encima y enterrado en aquellos días de nubarrones en el alma entera. Me da escalofríos que hasta me vuelvo científica porque recuerdo la angustiosa sensación que la bajada de peso provoca en los corazones y unas extraviadas palabras que no se sí atribuir a un médico o a mi consciencia: la capa grasa que protege y recubre al corazón se va debilitando.

Sí, hoy han tocado realidades fuertes y difíciles en estas reflexiones, mas no tengo más que un corazón para sentir y me son suficientes una madre y un abuelo a los que besarles las arrugas de los ojos, las mejillas y las manos. Hoy, soy capaz de hacer una lista inmediata de mis mayores dolores, los no y sí diagnosticados, pero sin embargo, hacer una lista de mis satisfacciones, mi amor, mis sueños, mi felicidad y todas aquellas cosas que me encantan y quiero disfrutar en la vida, aprender y compartir, se me antoja inmensa y eterna. No sé por dónde empezar, ¡qué dilema! Creo que lo haré por el principio.

Abrazos.

Reflexiones II

Algunos días después del instituto mi madre y yo salimos a comer fuera porque ella llega muy cansada de trabajar.

En una ocasión me instó a probar un sitio nuevo que apenas había frecuentado algunas ocasiones. El camarero, abierto andaluz, complaciente y amistoso se dispuso a despedirnos hacia el término de nuestro almuerzo, recalcando que no debíamos apresurarnos pues su jefe aún permanecería recogiendo el local un rato, y nos confesó que él tenía una cita con el psicólogo. Ante nuestro interrogante asentimiento añadió que hacía unos años había permanecido sumergido en un coma durante nueve días. Un accidente de moto le había provocado tres derrames cerebrales y dos coágulos. Los médicos veían muy difícil la posibilidad de que despertase, pero despertó, lo hizo.

-Cuando me levanté (lo que él vive como un renacer) estaba muy agresivo-decía-. Con quien más lo pagaba y a quien más daño hacía era a la gente que me quería.

Y yo tristemente pensaba:-Esto sucede siempre, no solo cuando uno despierta de un coma.

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