Archivo mensual: marzo 2011

“La camisa del hombre feliz” de León Tolstoi

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países.

Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.

El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:

—Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.

Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos.

Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:

—¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?

Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:

—Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!

En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.

Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:

—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!

—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz no tiene camisa.

¿Ser muy mujer?

¿Qué es “ser muy hombre”? Parece que todo el mundo lo tiene claro. Ser vigoroso, valiente, autónomo en tus decisiones, decidido, duro… ¿No se puede “ser muy hombre” siendo delicado y tierno, o si eres un mal conductor y prefieres relegar tu liderazgo? ¿No puede ser un homosexual “muy hombre”? Y, ¿qué es entonces “ser muy mujer”? ¿Sólo es ser femenina, seductora o una gran ama de casa con epicentro en la cocina? ¿También comprende atributos como la valentía, independencia o inteligencia?

Es asombroso observar cómo estos prejuicios se hacen patentes en el lenguaje, cómo los elogios y peyorativas se han vuelto sexistas. Un hombre fuerte es un machote y uno débil, una nenaza. Para insultar podemos oír un “maricón” o “calzonazos” que viene a significar: te estás comportando como una mujer.

Desde pequeño nos visten con ropa sexuada, la extensión del catolicismo te inculca que lo normal es el matrimonio entre hombres y mujeres, esos padres que, inconscientemente, no sonríen o alientan a su hijo a jugar con muñecas, van transmitiendo al infante lo que es convencionalmente correcto y lo que es prohibido e inadecuado. Desde pequeño vemos millones de anuncios de limpieza y maquillaje en los que aparecen mujeres. Ayer mismo, en uno de ellos un padre se quedaba con sus hijos y al volver la madre del trabajo pregunta:-¿No ibais a preparar la cena? E, inocentemente, el padre corre a la cocina y “elabora” una sopa preparada (la cual, según el anuncio, es tan deliciosa como aquella, cocinada por uno mismo).

En resumen, el sexismo halla su naturaleza en tres componentes: cognoscitivo (confundir las diferencias sociales y psicológicas existente entre géneros con las diferencias biológicas), afectivo (se construye la identidad asociando a la fémina la debilidad y sumisión, y al varón, la fuerza, el control absoluto, la dureza emocional o el empleo de la violencia) y conductual. Hay que remarcar que con la renuncia de los valores del otro género se obliga al individuo a identificarse con la mitad de los problemas de su género. Superar la dualidad implica que ambos sexos puedan aspirar a todos los valores, pues antes que mujeres u hombres, somos personas.

Antaño quizá los roles estaban más definidos, pero hemos de agradecer que estamos desdibujando este límite de sexos y existe un gran trasvase de inmigrantes cualidades y capacidades en torno a los dominios del género masculino y del femenino. No obstante, hemos legitimado los estereotipos y el machismo desde los entornos más cotidianos en los que nos vemos inmersos y los cuales movilizamos. Aún quedan vestigios de conductas machistas de las cuales hoy hablo debido al acceso del hombre al cuerpo de la mujer, relacionado con el valor que el cuerpo ha adquirido en calidad de posesión y, de éxito y belleza tratándose de la extrema e insalubre delgadez, así como al papel preservador de la mujer como activista de esta conducta.

Mi propia madre, promotora de la igualdad en casa y, claro, en todos los campos, posee conductas machistas inducidas. Volvió a toda prisa un día y me pidió con agilidad que, por favor, le leyese la cartelera del cine. A su vez, yo, que estaba estudiando, relegué y señalé a mi hermano, el cual veía un partido de fútbol (por X razones mi madre no se lo pidió). Media hora estuve esperándola para ir a comprar unos zapatos y se despertó mi hermano. No quedaba leche con lo que mi madre fue a por ella. (¿No tiene ya 24 años para ir solito a por leche? ¿Temes que te espete que en las casas de sus amigos siempre hay de todo en el frigorífico? ¿Cuántas han sido las malas caras que has soportado por obstaculizar la visión de la televisión mientras limpiabas la pantalla? ¿Cuántas las veces que hemos tirado la basura frente a los miembros masculinos de la casa o las insistencias para que reciclasen y diferenciasen las bolsas de plásticos, vidrios y papeles?).

¿Son culpables los hombres de no colaborar en la limpieza y el orden? Quizá tanto como las mujeres herederas de estas aptitudes. ¿Son culpables los hombres de mirar a las chicas atractivas o decir cuánto les importa el físico? A lo primero respondo con una negativa porque se trata de algo tan natural como la mirada de una chica a un chico atractivo. Respecto a lo segundo, todos valoramos el físico, pero darle prioridad o dejarse influir respecto de tu cuerpo y poniendo en juego tu dignidad y tu persona, eso, es responsabilidad tuya pues, del no-cambio todos participamos, todos somos igual de culpables.

Artífices porque nos agota corregir la conducta de ese amigo que te llame pelmazo, porque ignoramos el poder de la palabra y el mecanismo capaz de accionar un solo brazo, porque nos levantamos para vivir la sentenciada rutina, sin creer que el mundo dependa de nosotros y, el mundo, no está sino en cada rincón de la más mísera y humilde de las personas. Mi ego humano rectifica: de las vidas. ¿Hemos dejado de creer en nosotros? ¿Oí que estamos faltos de genios? A mí también me basta con sentirme feliz a veces, pero, ¿puedo soportar el temor de un mañana sin haber defendido lo que más amo? ¿Puedo atar las esperanzadas alas de la lucha, creer en mi debilidad más que en mi arrojo? ¿Puedo reconocerme habiéndome rendido? Por lo que amo. Por cada vida. Por cada futuro aunque no me pertenezca. Por cada sueño nunca vivido y cada vida soñada para siempre. Yo, yo no puedo.

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