Archivo mensual: mayo 2011

Reflexiones IV o notas de la vida cotidiana

Suena el despertador, la televisión, la lavadora, las ambulancias y los coches en su eterno vociferio, el gemido de un perro, la música y mi hermano cantando en la ducha, el agobio de mi madre que no encuentra las llaves. Aprieto los ojos. Ni aún durmiendo, ni un minuto, ni un segundo, puedo abrazar el silencio.

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Me detuve en los espejos de la calle del Gato, convexos y cóncavos te disfrazaban de un Botero o te estiran como a un Quijote. Pero yo estaba lejos de la deformación de aquellos espejos, riéndome mientras unos niños hacían burlas a mi lado, acercándose, alejándose, lanzándose por el aire en cabriolas para ridiculizar sus deformes retratos.

Continuando mi camino me pregunté cuántos de esos espejos había yo inventado para mí, que a todos reflejasen nítidamente, mientras mi silueta fuere a ellos vulnerable. ¿Cuántos? Tendida a lo extremo, a la transgresión de mi cuerpo…

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¿Qué me sucedía? Si busco el resquicio y el recuerdo de aquellos pensamientos me hallo perdida entre la niebla. Pero mi cuerpo sí recuerda el dolor, el esqueleto que atenaza y rasga en la piel, el grito acallado y sin escucha, el constante tropiezo, la eterna trampa… Nunca recordarlo nuevamente quiero. Nunca perdida quiero nuevamente sentirme, caminar entre los espejos de mi antagónica sombra.

Constantemente me desoriento cuando se trata de perseguir una idea, un futuro que requiere tomar difíciles decisiones, una vida sin demora pero, no puedo extraviarme y abandonarme porque no camino sola, porque no puedo arrastrar a otros conmigo, porque no es lo que para mí ansío, obstaculiza mis proyectos, mi valorarme, mi crecer, reír, conocerme, sentir, pensar y hasta respirar esa bocanada de aire fresco del día que te llama a gritos, a pisar la calle, a ser una más entre las personas, apoyarlas y apoyarte en ellas.

(Imagen: Óleo de Antonio Gallero “Curvoexpresionismo”)

El escaparate de la identidad

Aún no he visto a un multimillonario disfrazado de mendigo, pero sí a muchas mentes pobres disfrazadas de opulencia.

 Perennes los objetos sobrevivían a la generación de los hombres y, ahora, somos nosotros los observadores que los vemos emerger, desplegarse y extinguirse. Con ellos sobreviene la decadencia de la autenticidad en pos del consumismo, que se ha transformado en una forma de realización personal y colectiva, marcando indeleblemente nuestra cultura, homogeneizando pautas de comportamiento y estereotipos, atrofiando la singularidad de los usuarios y poseedores que ausentes de mentalidad crítica constructiva, dejan que sus bienes les “signifiquen”. La sociedad se estructura entonces en un contexto simbólico material en el que la identidad no se define, sino bajo los criterios de personalidad admirados y aceptados. Hablo hoy del auge del valor y el precio en función de la imagen, de la moda como modo moderno de esclavitud social, de la contaminación de la economía, la religión, el poder y la salud bajo el influjo de esta moda,  de la necesidad insaciable de renovación que instaura e invita a vivir la época de lo efímero y acelerado, la época que, temerosa de la vejez natural, asiste a la celebración de la inmortalidad. La oposición entre la vida y la muerte se traduce: exceso y vacío. La vida es lo copioso y repleto, la prisa, el olvido del pensar y del dolor, mientras que la muerte simboliza penuria y carencia. La compra es el producto que gratifica a los ansiosos consumidores, pero cuyo valor es instantáneo. Para adquirir una real gratificación debemos vaciarnos de nuestras pertenencias, decidir cuáles son esenciales nos permiten avanzar y llevar con nosotros, tal como para salir de una anorexia, bulimia o, en general, cualquier otro tipo de trastorno, se ha de ahondar primariamente en las circunstancias que condujeron a él para aprender a utilizar una serie de herramientas.

La publicidad es un canto adormecedor al que nos hemos acostumbrado, el totalizador universo de las marcas nos introduce en un determinado estrato social, lo deseado se aleja de lo real y en los esquemas corporales atenaza el esqueleto de la delgadez. Estos esquemas se imponen de tal forma que incluso en un país tercermundista del África, la chica que anuncia un gel que deja la tez  blanca es la misma rubia despampanante con ojos azules que lo divulga en Nueva York. Por todo ello, necesitamos potenciar nuestro espíritu crítico y, ante la pantalla que ilumina la penumbra de nuestro salón con su mediática programación, enfrentar nuestros valores de ciudadanos con los de esos moradores ideales y modélicos que nos exhiben. Cada anuncio es un viaje a nosotros mismo de cuya confrontación emanará una transfigurada actitud social. En esta caja mágica, se exponen la vida privada, el trabajo y el ocio manipulados y orientados hacía necesidades programadas. La pequeña pantalla se ocupa de todo: qué comer, con qué amueblar tu cabeza, qué conciencia vestir, cómo decorar tu cuerpo o, como fuerte factor ideológico que es, qué camino transitar con tus relucientes zapatos. Lo ficticio se torna accesible, el espectáculo se confunde con la información y, de manera perniciosa, insana, perjudicial y engañosa, el ocio se convierte en la obligación de consumir, en el modo más cómodo de digerir el aburrimiento. San Valentín, el día de la madre, navidades, etc. no son sólo celebraciones, sino excusas de consumo. El tabaco y el alcohol, no son sólo elementos de relación social, sino de seguridad, para olvidarse de los problemas, celebrar o premiar el fin de semana, en una sociedad en la que el estrés y la ansiedad son una constante.

La publicidad se sirve de nuestro “querer”, proyectado en la mercancía; de nuestro “deber”, dictando cómo ser o actuar;  y de nuestro “poder”, jerarquizando el escalón social en el que nos posicionamos y nuestra capacidad de adquisición. Sus funciones principales son la motivación, repetición y persuasión.  Intercalada en la parrillada de demenciales programas de venta de intimidad, la publicidad comercializa conciencia y apariencia. Así como la imagen es comercializable, el cuerpo se ha cosificado, los objetos nos han hecho vulnerables al mundo exterior y se han transformado en extensiones de la mente y el cuerpo. Las princesas actuales, a imitación de las barbies, se han adaptado a la moda: llevar plástico en el cuerpo. Quizá, incluso en un futuro podamos escucharlas dialogar en los jardines de sus castillos enzarzados:- ¿Cuánto te ha costado ese cuerpo que llevas? ¿Dices que te han regalado un corazón de repuesto? ¿Qué sucedió con la inteligencia del corazón y la mente? ¿Qué pasó con el amor? Chica, ¿no te has enterado? ¡Sexo! ¿Qué ocurrió con las riquezas? ¡Posesión! ¿Dónde se halla el agua? ¡Seca! ¿Dónde quedaron las creencias? ¡Vendidas! ¿Ha quedado al menos algo en pie del extraño pasado del que parezco provenir? Sí, algo queda, la confusión.

 Bien, la confusión. Imaginadla, miradla de frente. La confusión es aquello que todos temen porque nos hace sentirnos desorientados y, sin embargo, posee el carácter utópico del cambio, la reflexión a la que cada vez nos da más pereza acudir. La confusión es un buen indicio, tan sana como desconocer qué te sucede, experimentar, probarte, jugar la vida.

 Finalmente, acerca de esta indigente y vertiginosa cantidad de residuos que está generando la sociedad de consumo, utilizando una de las cuestiones que más nos inquietan y asombran: ¿cómo nos ven los demás “desde fuera”?, quiero compartir lo que vendría a ser una anécdota. En una emisión televisiva una etnia africana es introducida en nuestra sociedad. Pasa de vivir en chozas y dormir prácticamente a ras del suelo a vivir en familias de clase media con equipados hogares. En uno de los diálogos el jefe de la tribu, un poco consternado, le confesaba al que para él era el “patriarca” la pena que sentía hacía este pues, no poseía ganado con que alimentar a su familia mas, no obstante, había sabido tirar hacia delante. Me sorprendió realmente cómo lo que para mí era una inserción de una tribu en un medio de riqueza y comodidad para ellos, debido a factores culturales y vitales, era un mundo de pobreza en el que desconocer el origen de lo ingerido es tan extraño e interrogante como para nosotros pueda serlo pintarse el cuerpo con ocre y bailar bajo el cielo estrellado en torno a una hoguera al son de los dioses de la lluvia.

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