Archivo mensual: junio 2011

Mi dibujo, una mirada constante a la vida

Siempre he escrito en el blog, pero en pocas ocasiones he compartido con vosotros/as otro de mis hobbies: el dibujo. Este dibujo que acabo de terminar me recordó las ocasiones en las que os he hablado del lenguaje no verbal, de lo que podemos expresar con una única mirada. Hoy os dejo un nuevo cachito de mí porque en mis propios ojos se hallan todas aquellas miradas que he contemplado de todas aquellas personas que llevo conmigo,  aquellas que guardo en el baúl del recuerdo. Así, yo llego desde otros rumbos y otros cauces, desorientada y reunida. Así, diviso en tus ojos el fugaz vestigio de la soledad colmada de otros mundos, de otros habitantes, de otros que junto a ti peregrinan en ese tu eterno viaje.

La cuerda

                                                                                                  A Edgar Allan Poe

 

Un nuevo día. Me incorporo en la cama y, entre la oscuridad, me levanto como es costumbre para ir al baño. En el intento, me doy cuenta de que algo me retiene y me agarra del brazo izquierdo. Estiro el otro brazo y alcanzo a encender la lamparilla de la mesita de noche. Es entonces cuando me percato de que una cuerda disimulada y fina se ciñe a mi muñeca. Parece fácil de deshacer. Lo intento, lo vuelvo a intentar hasta la saciedad. Nada, la delgada, pero ceñida cuerdecita no cede.

Tras unos minutos ciega y obcecada en romper la testaruda cuerda, y con la expresión del enfado en mi rostro, recorro la cuerda con la mirada. Está sujeta en su otro extremo a un cofre. Ningún cofre puede ser tan pesado para mantenerme atada a esta cuerda-pienso.

Abro el cofre y veo armaduras, barreras  y caretas que alguna vez vestí, veo prejuicios que alguna vez me limitaron y condicionaron, gafas que no me pertenecen, veo mentiras piadosas, opiniones calladas y omitidas,  impulsos oprimidos, luchas contra el miedo postergadas, sonrisas a media mueca, zapatos demasiado grandes y otros demasiado pequeños, bufandas asfixiantes que recibí a cambio de un SÍ por compromiso, veo hipotecas que yo misma he redactado y que poseen el peso de las piedras, veo burbujas de gas intoxicado y, de tal susto agacho la cabeza mientras cierro el cofre de un fuerte y sordo golpe.

La cuerda continúa atada a mi mano, pero parece que se haya prolongado por dentro de mi cuerpo anudándose en mi pecho y ascendiendo entrelazada por mi garganta. Todo demasiado gigante, demasiado cargado y, en fin, demasiado para despojarse de ello. ¿Merece la pena encontrarme? ¿Merece la pena ser yo sin todas estas cosas?

Entre los pensamientos que han ido volando me he quedado dormida y al despertar, sorprendentemente, no he hallado ninguna cuerda atada a mi muñeca. Somnolienta y abrumada me he arrastrado al servicio, me he topado con el espejo al cruzar el lavabo y, por un momento, he sentido el nudo de la cuerda que se paseaba por mi tráquea, que serpenteaba como una culebra cuya ponzoña se extiende y te deforma ante el espejo…

Sigue ahí, no te engañes, sigue ahí, seguirá. Sabes que bajo tu cama laten los artificios apresados en un baúl clamando escapar y, por las noches, los oyes: pum-pum, pum-pum, pum-pum.

-¡Callad!- no se callan. Nadie los oye más que tú.

Los huéspedes de la casa del terror

                                                                           A Susanna Tamaro, que entre todos los cachorros de la perrera supo cual estaba allí para ella: el más infeliz y feo.

He visto hombres al resguardo de las herméticas bocas de los centros comerciales, monstruosamente frías en la penumbra de una noche helada. Hombres barbudos de almas jóvenes y longevas  arrugas fraguadas por el puñal del dolor y la necesidad.  No tienen nada con que aferrarse a esta realidad podrida ni dinero con que eludir el hado de sus vidas lúcidas. No sé si, cansados, todo les repudia y soy yo la que, “carente de nada”, envidio el sencillo y presente deleite del calor que una raída manta les proporciona. De lo que sí tengo certeza es de que sus existencias son más reales que las de todos aquellos que, llegada la luz y la hambrienta apertura de los centros comerciales, se abalanzan insatisfechos a por aquello que les hinche de aire el estómago durante unos días, quizás horas o minutos. El banquete que allí se despliega incluye relucientes y frenéticos relojes, fragancias cuyo perfume enamora, heroicos videojuegos de fantasía, preciosos vestidos que apenas viven una noche, cámaras fotográficas, mantas eléctricas…

Ya no sabemos valernos por nosotros mismos ni conocemos un mañana que acontezca y nos hallemos simplemente con nosotros mismos. Al ver a esos hombres postrados y sumergidos en un sueño en el que parezca anidar la muerte o el recuerdo de una juventud cálida y fácil, un muro emerge ante mí. Lo reconozco, es el miedo a la ausencia de una familia, a no tener un brazo al que acurrucarte en una noche tan gélida. Igual que el miedo a la parálisis que produce ver a una persona con ruedas metálicas  en lugar de piernas o el miedo a la deformidad para aquellas que atesoran y pretenden atrapar su reflejo, su imagen, su apariencia, o, tal vez, el miedo a sentir que no te permite avanzar y jugar tu vida.

Creemos que nos es lejana la mendicidad, la soledad, el accidente, el malestar, la carencia de física beldad… pero, ni lo son ni las valoramos lo suficiente hasta el momento en que ya no podemos disfrutarlas. Aquella chica que sólo valora su cuerpo, ¿a qué es lo que más teme? ¿A la vejez? Qué diferente del pobre y que parecido puñal forja en su piel la herida de la edad: el dolor, la necesidad (de gustar, de ser aceptado/a, perfecto/a, controlar, huir, aferrarte a, expresar lo escondido…).

Con miedo difícilmente se puede vivir liberados, pero con miseria y fealdad sí, porque incluso en el más crudo despertar de estos trágicos personajes soy capaz de hallar la más pura belleza fuera de todo canon y soy capaz de integrarlos en mi ser pues sé que parte de ellos vive en mí en forma de temor, de tumor, como una tenía o un parásito que nace en ti y sobre ti dirige sus embates y depredaciones.

Después de todo, podría haber menos miseria en el alma de aquel mendigo que en la mía, menos parálisis en el del paralítico o menos belleza que en el desfigurado. Por eso, ante el espejo, miro más allá de mi cuerpo. Para reconocerme siempre y no asustarme un día de estos.

El tiempo y el sueño del amor

No hay amor en mi vida, pensé hace unos días. Y segundos después me parecieron horribles aquellas palabras porque, aún sin pareja, hay mucho amor en mi vida. No únicamente familiar, amor propio o amistad…

                       Cada día me siento enamorada de todo, de la vida.

Ayer,

 por la calle, me enamoré de un violinista. Caminando hacía clases me enamoré de una mirada fugitiva, del sol radiante y de sus delirantes rayos, deseando verterse por mis párpados y conjurar en mí una ensoñación. Me enamoré de mis piernas pues con escasa conciencia de ellas, cada día, me llevan de un lugar a otro. Me enamoré también de lo más humano de aquellos en quienes alguna vez vi maldad, y hallé compasión. Me enamoré de unos versos, del tiempo que gané al detenerme, de sentarme frente al portátil una tarde entera y escribir tranquilamente e incluso, durante unos minutos me enamoré de la tristeza. Me enamoré del desorden que jamás podemos desprenderle a la vida, de las puertas abiertas que creí cerradas, de un desconocido en el autobús, de una disfrutada canción que más tarde no supe recordar.

    Me enamoré de todo, de la vida. De aquello de lo que me había desenamorado.

                                            _________________

De repente, el amor se está volviendo un artificio. Es por ello que a veces me “autoengaña el sentimiento”. Parece decirme: si no tienes – lo siento, a veces el lenguaje de las posesiones me juega una mala pasada, rectifico-, si no estás acompañada de una persona, tienes que sentir soledad. Una y otra vez  me repito  que he de dejarme sentir, atravesar mi momento, un momento diferente para cada persona, no-programable ni sintonizable.

¿Por qué digo que el amor se está volviendo un artificio? Porque, aunque es fruto de una relación con el “tú”, con “el otro” y, por ello, social, se está viendo afectado por el ámbito al que podemos reducir toda guerra humana: la economía. La felicidad y el éxito se muestran desde pequeños en las películas y a través de las relaciones sentimentales. Pocas son las ocasiones en las que la soledad se deja ver como algo positivo. La felicidad es “ganar a la chica” o “tener tu beso de princesa” y, lejos del placer sexual y la atracción “biológica” a la que el ser humano tiende para generar un núcleo familiar, sentirse equilibrado o ganar bienestar y salud, hemos aprendido que estar acompañado por una pareja es un elemento más hacía alcanzar la plenitud. ¿Es esto erróneo o negativo? Sí si condenamos el estar “solo” a la negatividad y el “vacío”. 

El amor es mundialmente empleado para  la publicidad porque casarse, formar una familia, estar “perfecto” para tu pareja- es algo en lo que hay que invertir mucho dinero. Nada se hace altruistamente, no existen anuncios que sencillamente digan “Sé tú mismo“. Entonces, ¿no le conviene realmente a la sociedad que tengamos pareja?

Y, ¿que tenía que ver esto conmigo? Rodeada de parejas, sometida al dictamen de lo que significa la normalidad, yo me pregunto cuántos son aquellos que conocen lo que es el verdadero amor. Pues, aunque temeraria me muestro sin quizá ni haberlo sentido, aunque el amor no sea elitista y anide en los hechos más banales y cotidianos, entiendo que desprenderse del egoísmo es algo realmente difícil. Un ego primitivo de supervivencia ha viajado a lo largo de la historia sin agudas mutaciones. El egoísmo sigue existiendo, yo misma lo soy al alegrarme de la suerte de haber nacido en un país como es España y en una familia de clase media. Y, el verdadero amor, disfrutar con el crecimiento del “otro”, desear su felicidad sin esperar nada a cambio, ha de ser seguro tan difícil como sentir dolor ante las tragedias que emiten en la televisión y a las que, lentamente, están inmunizándonos.

(Fotografía de Cristina García Rodero)

 Scroll hacia arriba