Archivo mensual: agosto 2011

Dialogando pensamientos

¿Por qué no nos enriquecemos y aprovechamos nuestra realidad emocional para sentirnos más conectados con los demás y sentirnos más seguros con nosotros mismos? La primacía del intelecto viajó desde la Grecia de Platón hasta el positivismo racionalista como nao y, aún en nuestros días, la grieta del macizo caparazón de este viviente naufragio de mentes, es apenas una diminuta abertura para la luz del sentir. Aún en nuestros días la razón y el corazón de las Parábolas de Machado se retan.

Llegamos cansados de una dura jornada de trabajo o estudios y nos son habituales, comunes y fáciles frases que alcanzan a parecernos asumidas. “Estoy cansado, he tenido un día muy duro”. Pero, no comunicamos cómo nos sentimos, dialogamos pensamientos. Abandonamos él: “Estoy muy cansada, pero me he reído mucho en el trabajo”, “Hoy he tenido un encuentro con X que me ha hecho sentir dolida” y, abandonando, nos abandonamos a la emoción inmediata, al enfado, a la ira o sarcasmo, la culpa, la conmoción, el odio, los celos o al “todo está bien”, sin darnos cuenta de que, más allá, sentimos rechazo, soledad, miedo, inseguridad, desconocimiento, amor, esperanza,…

Si le pregunto a un compañero cómo está y siempre me responde el convencional bien, pienso que debe de estar inmunizado a la humanidad y no me ha transmitido nada de sí. Pienso que aunque me acompañe, se trata de un perfecto desconocido en quien adivinar sombras o sutiles y delatadores ademanes de superficial climatología: alegría en su sonrisa o tristeza en su decaída mueca, abertura con su comunicación o hermetismo en su ensimismamiento… ¿Creerá que espero el perfecto ” muy bien” que susurra cómo todos tenemos nuestros problemas? ¿Creerá que pregunto por mera educación, pero no porque me apetezca escucharle o compartir mis sentimientos con él? “Contigo”… No, no es así como me siento. No es así como te siento. Se trata de un “Sin ti”.

¿Desearíamos que existiese aquel mood organ (máquina de estado de ánimo) para programar nuestras emociones y sentimientos? ¿Se halla nuestro absentismo emocional en un deseado aislamiento o, más bien, se trata del no descubrir qué nos sucede? ¿Es este un olvido frenético, adictivo y viciado?

La comunicación de sentimientos no ha de traducirse como debilidad. La persona más fuerte no es aquella que sabe guardarse para sí el dolor, sino aquella que sabe compartirlo, apoyarse y prestar su hombro a otro brazo desvalido. La frialdad o el reprimir estos sentimientos solo pueden desencadenar portazos, gritos, tensión o lágrimas. Mirar hacia dentro, ver más allá de los gestos y miradas, reflexionar acerca de lo vivido o lo experimentado nos ayudan sin embargo a conocernos, conocer a nuestros compañeros de viajes y enriquecer la monotonía en que caemos algunos días para conectar los unos con los otros.

La lucha por la esperanza

Estamos cayendo precipitadamente a un nivel vertiginoso y arrastrando con nosotros al mundo. Hoy escribo acerca del compromiso social que todos tenemos pues  cada día de desastres continuados que se suceden en el mundo siento que he de vivir por más personas. La masacre transcurrida durante dos agonizantes horas en Utoya me ha helado la sangre y abierto la piel. Alrededor de 90 jóvenes, entre los cuales podríamos hallarnos o contar a alguno de nuestros hermanos, primos y familiares, han perdido impunemente la posibilidad de continuar y realizar sus vidas. Sepultadas rosas se hunden desde hace pocos días en las silenciosas aguas de un fiordo junto a una amordazada procesión. Esta crueldad de quien no merece ser nombrado ha mermado en la conciencia de uno de los países al que se galardonaba de pacífico, pero el bien como el mal se encuentra en todos los rincones y rostros más insospechados. No obstante, yo deposito toda mi esperanza en la generación que vivo porque, aunque lo horrendo pueda impactarnos, no es lo que prevalece ni abunda, por mucho que lo dudemos. Cada día conozco a más personas “geniales” que me aportan ansias de superación y lucha, deseos de compartir e intercambiar con ellas. A partir de este desastre, junto con las explosiones nucleares de Fukushima, las guerras orientales de un pueblo teñido de verde contra tres dictadores (Gadafi, Mubarak y Saleh), los atentados terroristas, el hambre que siempre ha existido pero ahora se acrecienta en Somalia, las enfermedades a las que en España no estamos expuesto y muchos otros conflictos armados y penurias que los pilares de la historia han soportado y que al paso que la contaminación nos acompaña quizá no hayan de soportar mucho más… a partir de estas catástrofes, siento que he de vivir por aquellas personas cuyas vidas han sido sesgadas, quienes se han sacrificado, caído en manipulaciones o arrojados a una suerte más nefasta impuesta ya desde sus propias cunas. Siento que tengo un compromiso con esas personas de las que se dice seguirán viviendo mientras alguien las recuerde. Necesitamos tener héroes y modelos a seguir, sí, eso dicen. Yo no creo que deba estimar a un individuo frente a un anónimo colectivo enfrentado a la realidad de las armas, los muros emparedados y el miedo a a perder el derecho a conservar la propia existencia.

¿Seguimos siendo tan egoístas como nuestros primitivos, como aquel que asesina al vecino para hacerse con una piel mejor para pasar el crudo invierno? ¿Nos limitamos a rezar mientras la religión es la principal fuente contraria a la igualdad, ostento de riquezas mientras la pobreza es continua y siempre ha existido? ¿Dejamos que la mediática y manipulada información que circula por la red nos socave? ¿Por qué no les proporcionamos medios para que se desarrollen en lugar de prolongar su hambre? Porque a los gobiernos que explotan su oro negro, minas de coltán, recursos naturales, etc. no les interesa.

¿Hasta cuánto sabemos y quieren que sepamos? ¿Hasta cuánto ni siquiera llegamos a imaginar? Hará una semana, leí en los periódicos que el ejército de Gadafi es engañado por el único canal televisivo que les permiten ver y que perfila a su propio pueblo, al que están matando y atacando, como agentes de Al-Qaeda. Ahora que recuerdo esta noticia, miro mi cuerpo y me alegro de seguir aún entera. No me falta ningún miembro, no temo que una bomba se halle escondida en las escaleras, los gritos se escuchan lejos de nuestras gargantas y, aquí, en un hogar, todo parece más seguro que la realidad exterior, así podemos sentirnos estúpidamente felices de estar seguros, así podemos conformarnos, así podemos callarnos y hundirnos en nuestro confortable sofá a ver las noticias, sencillamente no hacer nada, ¿me seguís?

Yo sé que comprometerse socialmente no es fácil y sé que el conflicto interno que puede provocar un TCA no es solventable porque os relate estas impresiones acerca de noticias de las que ya seréis conocedores/as, sé que, aunque nos sintamos afortunados/as hay pensamientos, vicios, frenesí, ritos, etc. anclados en nuestro mecanismo, pero creo que tampoco debemos abandonar este compromiso social que consiste en vivir por todos aquellos que aún deseándolo, no pueden y, ante nuestra infelicidad e insatisfacción, nos espetarían unas cuantas verdades. Antes que ser condicionadamente feliz, prefiero ser desgraciada, pero lo que no lograría jamás sería eludir y evadirme de estas injusticias que roban la infancia a inocentes e intactas imaginaciones y conciencias infantiles, al niño que siempre llevamos dentro, y que se detonan como las armas arrojando en la tierra casquillos sin alma y sin recuerdo.

Cada día que despierto, a pesar del dolor que me provoca pensar en aquellos que no abrirán esa mañana sus párpados, en lo más hondo de mi corazón deseo vivir y combatir con la fuerza que no me hizo empuñar una bélica guerra aquello que me lo impida, mi propio conflicto individual.

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