Archivo mensual: septiembre 2011

Cartas desenterradas de un antiguo y oscuro baúl

Hiéreme para que los últimos suspiros que me quedan queden consumidos y espadas de rosas negras y espinas desangren mi alma.

Esta ciudad sin gente no revive presa del gélido hielo y el fuego, si existe, es lejano, remoto. Un verde sol despierta el vaho contaminado de los cuerpos muertos. Quiero que este sea mi lecho de muerte y la luna no sea testigo de la caída de este débil cuerpo. Que mi legado sea el arroyo que sane esta tierra, mis últimas lágrimas de pureza.

Despojos inertes hacen que este cuerpo se sustente apenas para moverse en una noche que, como el vacío, me acompaña. Pienso en la vida y por un hermoso instante abro los ojos. Los luceros cristalinos me arrastraban por el cielo de tal forma que parecía que la helada ciudad se tornase de un rojo abrasador que calentaba mi vacío interior. La ciudad revive encendiendo sus luces. Después, ¡traición!, me conducen a un lugar remoto en el que apenas una débil luz ilumina mi rostro. Mi única esperanza se ha apagado, ojos escarlatas se han cerrado y ante mí han fustigado a una bestia que se derrumba en el suelo y hace vibrar el inmenso silencio sin perturbar vida alguna. Una mirada de hierro se abalanza sobre los recuerdos.

Pocas cosas quedan ya que puedan salvarme y sanar este cuerpo frío y destrozado por fuera y dentro. ¿Vendrá algún príncipe a luchar por este cuerpo inerte, tirado en un lugar tan muerto y frío del calor? Miro a un lado y sin ser consciente mi lánguida mano se mueve y cae sobre mi pecho. Una luz cegadora recorre mi cuerpo, el deseo de un largo viaje me llama. Quiero pensar, recapacitar, encerrarme sola conmigo misma, vencer el miedo, matar el virus que me consume. Voces me atormentan, tengo que huir. No confíes, no lo hagas, no lo pienses. Que complicado. Me he dado cuenta de que amo muchas cosas en la vida, he tenido una vida dura y he perdido a mi irremplazable padre. No se si esto me ha afectado. Algo si se me remueve el alma. Quisiera volver atrás y cambiar muchas cosas. Hay veces que he querido morir.

De tanto llanto el aire se me acababa y por dentro estaba destruida. Es raro, antes sólo me preocupaba portarme bien y rebosar cariño para que me quisieran, pero ahora no dejo de hacer daño a quien me rodea. Este no es el dolor más malo e irreversible que he tenido. Puedo optar por ser muñeca de trapo. Era feliz y ahora tengo miedo de no volver a serlo. Estoy poniendo todo lo que puedo de mi parte. Me siento en una roca y observo la facilidad con que mis amigas son alegras e independientes. Me doy cuenta de que lo más fácil habría sido reaccionar antes, pero ya es tarde, no hay vuelta atrás. Me estoy cansando, no tengo más que decir, no quiero compartir mis problemas con nadie. Esto no es vida. Me duele, no soy capaz de dar amor. Tengo cosas por las que luchar porque si miro atrás veo buenos momentos, hábitos y amor.

Mi madre me amenaza con el tabaco. Hay veces que la he odiado muy vagamente. Necesito desahogarme. Pienso que mejoro y me frustro, pienso en refugiarme en mis dibujos, me planteo demasiadas cosas, prefiero estar sola. A veces, parece que piensan que soy una minusválida. A veces, me siento fría. A veces, habría querido ser la hija perfecta. No quiero que me compadezcan, quiero seguir siendo un apoyo para mi madre, pero sigo triste aunque sienta pequeñas mejorías. Me miro al espejo y veo dolor. Necesito amor para salir de esta pero no me abro a quienes me rodean. Creo que como siga así no voy a ser capaz de descansar. Mis hermanos me inspiran una alegría que me reconforta pero últimamente no quiero estar con mi familia. Soy sensible. No quiero ser débil. Me gustaría quemar estos papeles cuando los acabe. Quiero mirar al frente y tener un corazón cálido. Es una pena perder la sonrisa. Parece que el que más claras tiene las cosas es mi hermano. Siento gran respeto y admiración por él. Voy a pensar en él para seguir un camino recto.       (2007, al mismísimo inicio del tratamiento)

El stress de New York y la desfiguración

Una nueva exasperación. No soporto las prisas de mi madre, corriendo de aquí para allá, sin escuchar nada a su alrededor, demandando jadeante y constantemente una cosa nueva o algo que no encuentra y posiblemente este en su bolso. En una de nuestras conversaciones en el coche la reprendo y le increpo por qué va siempre con prisa y qué es lo que con ello gana. Se justifica quizá y termina por apelar a su intrínseco modo de ser, a un impulso irrefrenable y a una actitud ineludible propia de su carácter. No me basta, hoy no me basta. Dice que las prisas le hacen aprovechar más el tiempo, ganar tiempo, inteligente palabra tratándose de lo único cierto que no podemos comprar. Pero… ¿más tiempo para qué? Para disfrutar. Entonces, disfruta despertando cada día como un nuevo día, con tus primeros pensamientos o recuerdos acerca de lo soñado, disfruta de un buen desayuno, de un paseo hacia el trabajo atisbando cada detalle que te rodea porque, finalmente estás desperdiciando un tiempo precioso en exasperarte a cada momento para ahorrar un tiempo que siempre estuvo al alcance de tus manos. Acepta mi crítica pero no la escucha, porque ella, aún no ha remediado nada de esto.

Quizá esta sólo sea la perspectiva más “filosófica” del asunto porque, después de todo, en una familia monoparental como la mía, demasiados deberes y responsabilidades recaen sobre el pilar y miembro familiar del núcleo. Cuando veo a mi madre de este modo sólo puedo reconocer el mérito que tiene ser madre, lo luchadora que se muestra ante mis ojos y lo agradecida que me siento de contar con ella, pero ello no evita que sienta deseos de reprender lo incomprensible para mí o pretenda ayudarla.

Es difícil definir a una persona y, a pesar de su constante urgencia y presteza, puedo decir que mi madre es una persona contemplativa, pero el estrés es lo único que conocemos. De vuelta de un viaje a la naturaleza en bruto de la Laponia, una cae en la cuenta de lo diferente que es el frenético modus vivendi de la ciudad que halla su ideal cosmopolita en Nueva York. No nos damos tiempo a disfrutar del recorrido ansiando únicamente el fin y el objetivo. Nos sentimos derrotados si no alcanzamos la meta porque nos preocupa más que lo aprendido en el camino.

El estrés se relaciona íntimamente con la frustración y los bloqueos en nuestros intereses, con el cansancio y la pérdida del apetito y peso, así como con la presión grupal pues encajar también atosiga y abruma. Son varios los motivos causantes de que deteste la prensa rosa . No le concedo más importancia a las vidas de la gran pantalla porque para mí toda persona tiene su valor, el cual significa mucho más que fama y talento, e igual me es Michael Jackson frente a una minera boliviana (siendo esta mi opinión, precedida del respeto que me hace escuchar otras).  Eso me hace pensar a su vez en algo que me limitaré a lanzar. ¿Cómo seríamos sin los talentos por los que nos damos a valer? ¿Cómo sería exprimir, en lugar de estas competencias y aptitudes, el talento de ser humanos?

Por otro lado, además del morbo, con horror descubro en esta clase de revistas la búsqueda de una deshumana perfección pues la solución a la crítica del mínimo detalle reprochable la focalizan y canalizan como esclavitud de la cirugía estética, donde tengo la certeza que no cesarían de reprobar alguna que otra desavenencia. ¿Es capaz de rellenarse de silicona hasta el vacío interior, dolor u obsesiones? Un comentario acerca de S. Y. Parker, la actriz de Sexo en Nueva York que ya tiene sus añitos y unas manos cubiertas de lo que a mí me resultan HERMOSAS arrugas, me resultó detestable y cruel por considerar que a sus hijas debía producirles pavor que su madre las cogiese en brazos.

En la vida hay tantas desfiguraciones, tantos títeres grotescos y fantoches de la sociedad que hay quienes buscan imitarlos (a los ídolos rotos, tullidos, mutilados por la insalubridad que entraña ser idolatrado como a un Dios, el extravío de la noción de ser persona con intimidad y el poder de destrucción que ostenta el dinero) y quienes, como yo, ven en ellos modelos, experimentos, tentativas inevitablemente necesarias para dilucidar y prevenir el extremismo, lo radical de la creación humana, una perniciosa y falsa creencia de bienestar y un abandonarse a tendencias impersonales.

Confesiones del huérfano egoísmo y la generosa risa

Los últimos días de playa son para mi madre la hora de dejarlo todo en orden y arreglar los desperfectos. Ayudo a mi abuelo a colocar unas bisagras y ventanas y, acabada la faena, voy a devolverle a Petra, una vecina, unas tenazas que nos ha prestado. Presente en su puerta bromeo mientras abro y cierro la herramienta diciendo que he ido a remediar la picadura de su muela. También hablamos, entre otras cosas, del mar. Ya sabíamos que era imposible que aquel encuentro durase los cinco segundos pertinentes que dura una devolución convencional porque con Petra, si eres una persona abierta, congenias indudablemente. Francesa de nacimiento con pelo a lo garçon y juvenil mujer sexagenaria, vitalidad, ternura y gran humor le brotan de forma espontánea. Por ella se siente ese sentimiento entrañable que nace por las personas que sólo te dejan fuerzas con las que agarrarte a la natural y fluctuante vida. Con gran desparpajo un día nos ofreció una deliciosa pimentada y capaz fue de confeccionarse un despampanante traje de gitana. Os cuento todo esto porque es necesario para que intuyáis la sinceridad con la que me confesó al final de nuestra extendida y agradable conversación la pena que le daba en los primeros años en que habitó el edificio verme. Yo era entonces una adolescente esquilmada, empobrecida, arrasada y corroída peligrosamente por la anorexia, un espectro esquelético indigerible a la vista. Duele sólo decirlo, no soy capaz de conectar con aquellos tiempos, pero es necesario dejar constancia de la terrible y espasmódica gravedad de un TCA, trastorno imposible de controlar como alguna vez idealizamos. Ha sido difícil para mí pronunciar estas palabras que se pasean por las lagunas de una época escabrosa que, aun aceptada gracias a su superación, me es imposible recordar. Hay una neblina de aquellos años de crisis. La confesión de Petra ya no es tan dolorosa gracias a que, ahora, somos capaces de dar y recibir la una de la otra. Es increíble cuan absorta y absorbida me mantuvo la enfermedad y cuan egoísta te hace. Ya no puedo decir que el pasado me persiga. He aprendido, sin embargo, de él. Es asombrosa cuan descomunal es la distorsión que produce una anorexia, el egoísmo tan cruel que ella entraña. Miro atrás desde la objetividad y os cuento lo que sólo se experimenta tras haber despertado de esa ciénaga en la que te vas hundiendo más profundamente, que va condicionando a todos lo que permanecen junto a ti, a tu alrededor, arrastrándoles también a ellos, tragándose toda la luz de la alegría.

¿Cómo se sintieron aquellos que vieron mi cadavérica sombra? ¿Fui acaso capaz de concebirlos como meros rostros sin contenido que ante mí desfilaban o me sentí ya atrapada en una telaraña o en un zulo insonorizado quizá? Tomo conciencia de lo duros y reales que fueron aquellos días y de cómo sufrió quien me rodeó. La enfermedad fue como una maldición de infelicidad, de egoísmo y de abstracción. No logro imaginar que pudiese hallar satisfacción y compensación alguna por su parte mientras las puertas de la muerte se abrían para mí. Pero, ciega ante mi autoinmolación, lo hice y es de ello de lo que  busco preveniros, asiros a la vida con todo mi deseo y fuerza.

Desde dentro dejo que retumbe por todas mis arterias y nervios la gratitud que siento por mi familia, que luchó junto a mí con tesón, sin abandonarse a mis desvaídas manipulaciones; por mis amigos, quienes no me dieron la espalda; por quienes constantes, duros y tiernos se implicaron o tuvieron para mí unas palabras; por el gran grupo de autoayuda que me acompañó en mi despertar. Encuentro en mi propio desarrollo y en el viaje que emprendo a muchos y sé que soy la concurrencia de estas vidas esenciales, que soy encuentro e intercambio del que no queda constancia material sino un enriquecimiento mutuo. Me alegro de poder disfrutar de la risa de esta mujer, de Petra, y me parece gratificantemente hermoso ser yo la que la haga reír. Las personas que me sonrieron o sonríen en mi camino son las que más iniciativa e ilusión, aliento y coraje, esperanza e inspiración, me aportan y, ahora, yo también quiero ser una de esas personas para hacer que otros se sientan así y puedan experimentar esos momentos en que todo toma sentido por si sólo y avanzas pisando fuerte y sintiéndote aún más viva.

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