Archivo mensual: octubre 2011

El cristal al que los humores asoman

S. me confió haber tenido una pelea con una amiga, revelando lo mucho que se había cargado pues, desde hacía tiempo su compañera sólo la hacía sentir mal. Nunca tuviste que aguantar más– le digo-, pero lo hiciste porque quisiste, porque lo decidiste, quizá porque tuviste la esperanza de que ella, tu compañera, cambiase. Me hizo saber que le daba miedo que la juzgara cuando reconoció haber llamado a su amiga vil y cobarde.

No me sorprendieron las palabras que le espetó. Todos somos, aunque sea en menor parte, cobardes y viles, porque somos humanos. Cobardes porque a veces nos dejamos vencer por el miedo y, viles, porque hagamos acciones buenas o malas, ante una acción injusta, no reaccionamos, no intervenimos, no nos inmiscuimos, y dejamos al vil seguir siendo como es. Para mí eso es ser vil también. En cualquier caso S. le había mostrado a su amiga cómo se sentía y ahora ella tenía dos opciones: reflexionar e intentar cambiar o quedarse de brazos cruzados, rechazar lo que S. le había dicho y no comprometerse. “¿No es mejor que hayas explotado ya para no cargarte más, estar a disgusto y ayudarla antes a ella?”

Despotricar y quejarnos de nuestras desgracias va consumiendo nuestra energía, aquella que podemos emplear en impulsos creativos o en combatir y lidiar con nuestros problemas diarios, complicaciones que retamos nosotros mismos o dificultades que son la propia vida, tormenta que nos tambalea, pero también activa. Puede que seamos esclavos de nuestras necesidades, pero también somo amos de nuestras portencialidades.

Esporádicamente necesito llorar por algo doloroso, por algo que me oprime el pecho, sabia intuición de mi cuerpo, pero ello no ha de significar que deje de sonreír porque, si no lo consientes, nadie puede llevarse tu alegría. Tu alegría nace de ti y sigue contigo mientras tú quieras que siga siendo tu compañera, la pluma con que escribes tu cuaderno de bitácoras.

Entonces me doy cuenta de que el color del cristal desde el cual observo los hechos es fundamental para construir mi perspectiva y puede ser también el distorsionador de mi panorámica. La risa tiñe de un tono cálido y vivo mi circunstancia, mientras que la tristeza y seriedad prefieren y se amistan con las gamas más oscuras de colores. Mis problemas me parecen insuperables el día que despierto de la mano del desánimo, pero muy livianos aquel otro en que soy amante del júbilo y la dicha. Desgraciadamente no siempre me siento con fuerzas de, aquellos días que la tristeza me abraza, chasquear los dedos y hacer que desaparezca, pero sé que si cierro los ojos, dejo la mente en blanco y pienso en lo maravilloso que podría ser el día que se me ofrece y que estoy preparada y dispuesta a frustrar, soy capaz de buscar más de una razón para sonreír.

¿Por qué  si hoy lo ves todo gris y fatal no te das ese ratito para cerrar los ojos y volver a mirar con otra luz al mundo?

(Fotos de mi viaje a Laponia)

Escapando a la cordura

No hay problemas, hay soluciones -mi profesor de geografía e historia de 3º ESO siempre repetía esta sabia frase-, porque –me digo- siempre hay un mañana posible. Las situaciones que más me aprehendían y costaba enfrentar de pequeña me enseñaron que el mundo no se acabaría al día siguiente. Para qué es nuestra vida puede ser una pregunta comprometida porque requiere mirar hacía nuestras profundidades, pero un “hacer felices a los demás”, aunque no colme la respuesta a ella, puede ser muy gratificante. Hacer reír a quienes me rodean es una buena dosis de medicina para mis problemas y tristezas pasajeras e incluso para la escéptica opinión que tengo hacia mi humor. Nuevamente, la risa me ha abierto los ojos y me ha prevenido de mi rigidez y estricto orden. Lo necesito, huir de la cordura por unos instantes, de la coherencia, burlarme de la banalidad de mi enfado, el dramatismo de mi ego, mi intencionadamente oculta ridiculez y enfrentar mis problemas con una carcajada, dispuesta a ponerles esa solución que, aún estando a mi alcance, no decido.

También en mi infancia aprendí lo que era bueno y malo, lo que era y no lícito. A veces necesito mover mi cuerpo del modo en que lo siento por dentro, abstraerme como harían, supongo, los chamanes, cantar palabras sin significado, alejarme de lo racional. Lo hago en soledad porque no conozco a nadie con quien compartirlo, porque ojos desorbitados se quedarían contemplándome confusamente y porque me han enseñado a avergonzarme, temer que me juzguen y tachar ciertas acciones de demenciales. Cómplices de este juego macabro de juicios, tengo la certeza de que toda persona reflexiva necesita, en algún momento, destapar “la olla a presión”.

Un día haciendo reír a mi madre y fotografiando las extravagantes y diferentes expresiones que somos capaces de poner; cantidad que siempre nos asombra y que a pesar de la horrenda deformación ella siempre califica de hermosas pues, es cierto, hay una serie de datos que todos conocemos para nombrar a algo de hermoso y, qué sucedería si no fuesen esos datos que hemos aprendido los estrictamente válidos porque… ¿quién los ha marcado? ¿Hay un patrón en todos los cerebros por ser todos humanos? Ella amaba en nuestras distintas expresiones la genialidad de la alucinante capacidad que teníamos en nuestras manos para trasmitir tantísimas cosas diferentes y se decía para sí lo poco que jugamos con nuestra comunicación facial. Queremos recordar más y más particularidades, cifras, datos, llenar nuestro cerebro de conocimientos, comprensiones, colmar nuestra memoria de recuerdos y…, sin embargo, corremos una carrera contracorriente. Corremos contra la memoria porque, mientras crecemos, olvidamos lo que, como niños, defendimos con uñas y dientes por ser para nosotros (in)visiblemente esencial. Olvidamos, relegamos y dejamos de lado la imaginación, nuestras más profundas potencialidades, la pureza, la felicidad incondicionada que hallamos en los gestos más banales de los que aprendimos a querer y amar, etc.

En  un momento dado de nuestro juego, mi madre se rió de un modo que hasta me asustó. Era una risa loca y frenética que hasta me sobrecogió y cuando volvió, a los pocos segundos, en sí, me sentí satisfactoria y tiernamente comprendida. Sólo dos causas había para este arrebato. Ella había adoptado un rol que la liberaba de la cotidianeidad y al cual acceder para liberadoramente dejarse llevar sin tapujos o, lo que es muy similar, tuvo ese impulso que yo he precisado y exijo periódicamente para huir del corset social que me enjutaron bajo la piel siendo sólo una niña.

Espero que nadie crea que tenga una madre loca. Yo hablo de ello hoy porque me siento en total confianza en calidad de persona de trasmitir cómo me siento y quizá, tender la mano a quienes su propia liberación crean una actitud incomprendida que ha de reprimirse, lo cual sería un verdadero error.

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