Archivo mensual: noviembre 2011

…y Alicia salió de la madriguera

La anorexia es una enfermedad porque agrede a tu salud. Es una enfermedad psicológica pues para sanarla hace falta sentarte a conversar con tu mente y modificar falsas estructuras que ella ha creado. Una pequeña Alicia que cada vez se hace aún más diminuta, anclada en la niñez, ha de sentarse frente a esa parte de ella que, personificada en su imaginación, se llama Sombrerero Loco para ordenar el desbarajuste que esconde bajo su sombrero.

Desde que fui pequeña mis abuelos vivían conmigo, mis hermanos y mis padres a causa de la esquizofrenia que mi abuela padecía y que le impedía cuidar de sí y de su familia. Cuando miro sus fotos de juventud veo a una mujer preciosa de tez de porcelana y ojos rutilantes, aún sin acerbo de dolencia. Sin embargo, en la realidad lejana de las fotografías sólo alcancé a ver sus ojos envejecidos y menguados, su frente clara en la que una mano invisible trazaba surcos y quimeras con su dedo, su cabello descolorido y apagado, sus labios que alguna vez hablaron solos… Recuerdo desde la infantil inocencia rehusar besarle el rostro marchito y ajado que oculta la carne viva y al aproximarse a mi cama para darme las buenas noches esconderme y oír sus llamadas como gemidos. Cuando mis amigas llamaban a la puerta la recuerdo también diciéndoles que yo no estaba, entonces, descender precipitadamente las escaleras y detenerlas para que no se fuesen. Aún a pesar de este gesto que pudiera parecer malicioso, yo siempre lo interpreté como un modo de expresar el tiempo que le hubiese gustado pasar conmigo…

No eres anoréxica porque seas anorexia, lo eres porque una maraña bajo la copa de tu sombrero no te deja ser quien eres. Tú eres la responsable de las perjudiciales acciones que cometes, tienes que aceptar que eres tú el paciente afectado internamente y no tu exterior el que está enfermo.  No eres anorexia, eres extravío de la senda hacía quien eres, la única para la cual existe esperanza de ser feliz. Y esa persona mermada por la anorexia se parece en algo a esa otra que desgraciadamente tiene que aprender a tener el mayor bienestar posible junto a la crónica esquizofrenia. Yo privé a mi madre de muchos días de “juego” con sus amigas. Ella permaneció junto a mí encerrada en casa cuando despedí a sus amigas en la puerta. Ella no bajó las escaleras apresuradamente porque abajo le esperaba un duelo con aquel plato no rebañado de migas desperdigadas y escondida servilleta con comida, un silencio hostil y una mirada negra de reproches y rencor, la frialdad de un pozo infinito, paseos frenéticos y nocturnos, excitantes calorías, el espejo al que Munch se asomaría a dibujar su grito y en el que te ves como una gigante Alicia que hubiese engrandecido siendo, sin embargo, diminuta y frágil…

La enfermedad nos avoca al egoísmo, ata a los que más amas con una soga, tapia con altos muros la libertad, provoca una sensación de control aun siendo tú la arrastrada por el torrente de infortunio que trae consigo. Convaleciente soñé que combatía contra mí misma, pero no es ese el camino de la curación que requiere desmantelar esas estructuras fuertemente asidas a tu mente. El camino de la recuperación es aprender nuevos hábitos y rescatarte (con ayuda mas tú, única persona que puede hacerlo pues yace en el suelo el atavío del príncipe azul que sólo tú puedas vestir). Da miedo porque los problemas que quisiste anestesiar a base de restricciones y ansiedad van a esperarte y despertarás fuera de la madriguera del país de los sueños, y te encontrarás con todos ello, y aún sintiéndote más segura en la penumbra, aún queriendo acurrucarte en ese agujero, aún arrastrada por tal nefasto vórtice, ya no querrás volver y lo observarás asustada imaginando cuán extensión cubrió bajo tus pies ahora que tú, junto con todas las manos manchadas de lágrimas y amor, lo habéis dominado y comprimido.

Así es la enfermedad, un agujero pequeño que busca absorberme cuando me siento más vulnerable y desnuda, la brecha a la que acudo con esas cientos de manos de llanto y ternura.

Adiós querido Sombrerero Loco.

Falsa fotogenia

Tuenti, facebook, twitter,… redes sociales que pueden servir para compartir y comunicarte con los amigos, reunir a un gran colectivo para clamar  ideas, derechos o pretendidos propósitos, contactar  instantáneamente, etc. Redes sociales en las que, por otro lado, colgamos nuestras fotografías de inventada fotogenia, despampanante encanto y exuberantes sonrisas de fiesta. Juzgo que la tan obsesiva necesidad de atraer  atañe al auge del sexo y del éxito, del minucioso cuidado que recae en la estética, la arraigada intención que en nuestras mentes pueriles ahonda en cuanto a huir de la soledad, la precaria estructuración de tu vida en torno a la pareja en lugar de promover y cuidar anticipadamente, que no exclusivamente, el desarrollo propio, crecimiento personal que nos convierta en apropiados acompañantes.

Yo he disfrutado de divertidas noches junto a los amigos, de bailes que hacen vibrar cada resquicio de tu piel, de nuevos encuentros y conversaciones, pero también he estado en aquellas otras en las que reina el aburrimiento y una cara bonita al grito de “¡Pa-ta-ta!” bastan para aparentar una noche de absoluta diversión social. La era de la fotografía requiere de unas cuantas meditadas y artificiales posturas y poses preconcebidas pues el éxito atañe a las cámaras. A veces, no todo es tan maravilloso y deseable como nos hacen creer ambicionadas y apetecibles fotografías. -Seré más feliz, más atrevido, estaré menos condicionado, ganaré más dinero, independencia, poder… cuando alcance esta posición, este rol, este logro- pensamos, pero, llegados a ese enaltecido cénit, la cumbre escalada desde la que otearlo todo, las expectativas que teníamos se ven frustradas pues la adrenalina dura poco y la vida tal y como ha sido, si no eres tú el que ha cambiado,  no deja de verse del mismo modo. Ninguna tentativa produce en nosotros un cambio de lentes desde las que ver el mundo, sin contar el azar con el que la vida nos obsequia, capaz de derribar muros y ventanas o hacernos chocar contra ellos.

Buscamos la felicidad en nuestro exterior, este es el verdadero problema. Buscamos la felicidad en las cosas que tenemos, en nuestra imagen, las incontrolables circunstancias, la fortuita y azarosa ausencia de males, cuando deberíamos mirar hacia dentro, al modo en que actuamos y nos vemos afectados, a un enfrentar nuestros problemas sabia y prudentemente, un conocernos, no perder nunca el buen humor, tener salud. Ser feliz no es una providencia del sino ni una predestinación del hado, es tornarse actor de la leyenda individual, aprender de los tropiezos y de los encuentros, descubrir altruistamente lo que sabes a otros, reflexionar acerca de la tristeza, poder hablar de uno/a mismo/a, aceptar una crítica, aceptarte con tu cuerpo (que no “aceptar tu cuerpo” cosificándolo, sino aceptarte a ti, armonía de entidad psíquica y física, sin que esta última condicione cuánto te amen)… ser feliz es poseer madurez para reconocer una equivocación y disculparte, la madurez para pronunciar un “no”, la madurez para amar.

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