Archivo mensual: diciembre 2011

El ojo a través de la ventana y la mirilla

La temprana mañana clarea a través del cristal de la ventana de mi habitación y espacio. Oigo cómo se abre la cancela vecina y un hombre alto y corpulento la atraviesa pertrechado con ropa deportiva y botines acostumbrados a su altura y gran zancada. También hoy lleva un balón de baloncesto y también regresa  cuando ya ha oscurecido. Siempre es así la jornada de este joven  que padece vigorexia, obsesión por el deporte y la sana alimentación. Los TCAs no son sólo enfermedades de féminas mas, el hombre tiende a ocultarla y vivirla en silencio, a cerrar su hermético caparazón a la sociedad porque así la considera, una enfermedad de mujeres.

Desde la antigua Grecia junto al Hermes de Praxíteles hasta el David de un tremendista Michelangelo, se ha dado gran valor al cultivo del cuerpo mediante cánones que consideraron la carne femenina una debilidad de la naturaleza aún cuando en el ciclo de la completa mujer se hallan la poética de la vida y la muerte.

El cuerpo, víctima de comparación, es entidad material de toda persona, no es una partición, no es independiente del “yo”, sino que es uno de los componentes del “yo”. El cuerpo es el medio por el que puedo expresar mi ámbito emocional y reflexivo, por el que me comunico socialmente (gestual y estéticamente). No es posible desligarlo de nosotros como si fuese un mero objeto pues no es posesión sino integridad.

El padre de este vecino padece la misma enfermedad. No creo que los TCAs sean hereditarios porque las experiencias que vives, tus relaciones sociales y familiares, tu modo de ser y actuar, la mediática presión, la cultura, etc. son desencadenantes, diferentes entre padres e hijos. Recuerdo en especial, el caso de una compañera de grupo en ABB a la que le habían trasplantado un pecho y esa zona de su cuerpo le repudiaba, inusual situación que propiciaba su falta de aceptación y autoestima y que no hubo por qué vivirla su madre. No obstante,  es cierto que mi madre vivió en su adolescencia un breve periodo de anorexia del que sólo conserva el malestar que sintió cuando entre sus manos comenzaron a desprendérsele mechones y mechones de cabello, y he conocido madres de pacientes que así lo relatan. Ninguna reminiscencia de anorexia veo en ella, para quien comer es todo un deleite y en cuyos platos asciende el delicioso aroma del amor y el esmero, emergiendo su faceta más innovadora e imaginativa mas, evidencia el total desconocimiento que en aquella época existía respecto a estos trastornos.

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Sonó el timbre, yo estudiaba en el salón, mi madre abrió la puerta a una vecina.  De su boca emergía apenas el hilo de un susurro, pero atisbé durante la conversación un ambiente de preocupación. Conocía a esa encantadora aledaña desde hacía muchos años por lo que, presa de la curiosidad, interrogué a mi madre. La mujer deseaba consejo, veía en su hija designios de una anorexia. Mi madre le proporcionó el teléfono del centro ABB, pero jamás lo utilizaría. Hoy por hoy, su hija sigue igual de delgada. No es una situación extrema, pero sí estancada en la permanencia de unos malos hábitos que temo condicionarán su vida muchos años. Lo que me entristece más aún que saber que junto a mi casa hay una chica cuyos pensamientos vuelan hacia un plato de comida o hacía una báscula, es cruzarme con esa madre que, habiendo visto mi recuperación, siempre se detiene conmigo y me regala unas amables palabras o un piropo, esa madre que se muestra ante todos con una sonrisa abierta mientras tras las cuatro paredes de su casa, quizá no todo sea así como nos deja imaginar. Lo que me entristece es pensar que junto a mi hogar hay una puerta, precedida de un precioso jardín regado de primorosas flores, tras la que se oculta la infelicidad. Una puerta cerrada a las ventanas ajenas de pulida madera quizá en su interior carcomida por la soledad, la penumbra, el hostil silencio que esconde la sonrisa artificiosa y prieta… Si una mira atentamente la enfrentada puerta podrá verla, a aquella lágrima que por la mirilla se derrama, aquella que  divaga transparente e invisible.

Poética de una cruda enfermedad

Y te recuesta tu madre como si ya no fueses a despertar. Es de noche y un beso se deshoja en tu mejilla. Y le parece que sus manos te fuesen a enterrar, que sus manos cubriesen tus ojos con un velo de arcilla, que sus dedos sobre tus párpados vertieran tierra limpia, que un fino hilo sostuviese al día, al sol que quizá retorne a su guarida, al rayo que quizá no amanezca y se despida.

No concilia el sueño en su habitación y escucha desde lejos el vano rumor de tu respiración, el hálito efímero que exhala tu corazón, como un reloj que le marcase horas de desesperación.

Es de noche y ella no puede descansar sabiendo que sueña tu figura de cristal, sabiendo que tus caderas asoman al trasluz de una sábana libia, pobre y tenue haz azul, de una capa algodonada que apenas te diese algo de calor. Desea abrazarte pero, inhalado el temor,  su corazón se encoge y esboza una mueca de dolor.

Cada día resucitas para ella, quien nunca quiere sospechar encontrar tu cuerpo inmóvil sin ninguna sonrisa que de él descuajar. Cada día resucitas para ella que no quiere en la devoradora noche varar.  Así un día y otro siente que te le vas, que te entierra y cuando abres los ojos la vida, ¿de dónde vendrá? Las horas cuenta en la penumbra de un infinito lar. Así un día y otro, sin que caiga el telón. En el lecho te tumba, sepulcro sin oración, y espera la próxima e incierta resurrección.

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