Archivo mensual: enero 2012

La hora del despertar

Ayer volví a ver El piano y me emocionó interna e intensamente. Hubo un tiempo, cuando estaba enferma, que ya nada me emocionaba. Me sentía vacía como una muñeca de trapo de corazón deshilachado, dispuesta a abandonar y dejar que la traviesa mano de una niña me arrojase a través de la ventana de su casita de juguetes y dispuesta a sumergirme en un lento suicidio, en el dolor que pesaba tanto como para atrofiarte todos los huesos, que subyugaba demasiado como para poder soportarlo. Me sentía tan perdida que la muerte no parecía ese horrible espantajo al que los terrícolas temiesen. Egoísta era dejar tras de mí devastación, desolación y la alegría muerta que antaño había retado al más radiante haz de luz, pero me sentía en un plano de ausencia absoluta, un extraño planeta helado y remoto, descomponiéndome, desgajándome, deshaciéndome, arrancándome la piel como los sueños, la carne como la ilusión.

Desde hace ya mucho tiempo, me percato de cuán viva estoy, desde el momento en que soy capaz de emocionarme y de emocionar. Mi universitario compañero de tren me entregó un poema. Decía que los días no amanecían hasta que yo no aparecía por la estación. Releyéndolo de vuelta a casa lloré de alegría porque alguien me viese de ese modo, por ser capaz de encender con calidez inconsciente un pedacito de felicidad y ser un motivo, de entre muchos otros, de la razón de existir de otra persona. Es algo inmenso, difícil, inexorablemente duro pues sientes las consecuencias de tu existencia, pero real, consciente y espeluznantemente hermoso.

Un día de navidad y mágica niebla visité Cádiz. Frente al gran reloj de Santa Justa aguardé la anunciación del andén que conduciría a mi destino. Allí continuaba, abierta la cafetería donde a veces había desayunado con mi padre. Me permití conmoverme y dejé que el corazón se estremeciera y latiera más a prisa cuando recuerdos de una pequeña niña que también amó mucho y aún ama mucho llamaron en estampida a las puertas de mi memoria y me mostraron el fiel álbum de mi infancia, el rostro de mi padre, el olor dulce de la mantequilla de los croissants recién horneados, las ascendentes escaleras hacia su oficina y el suelo de pizarra negra, el pasillo acristalado asomado al tránsito de viajeros y tráfico de maletas, el surtidor de agua a la entrada del despacho y la gran mesa corrida en la que me sentaba a jugar mientras mi padre trabajaba, el dorso de su arrugada camisa a cuadros que escondía su tierno cuerpo, curvado como una espiga de sol, delgado y afable…

Y entonces el reloj de la estación precisó mi andén y supe que era la hora de partir del reino de los recuerdos.

Me sentí muy feliz de estar viva por mi irrefutable voluntad, por quienes me aman y me amaron, por poder sentir, por poder llorar, por poder recordar y aceptar esos desafíos a los que la propia vida me empujaba. Esa mañana discerní algo con toda lucidez. Ese algo estaba allí, en la cafetería de la estación:

-La vida no me había arrebatado a quienes más quería, la vida me los había concedido.

Conforme barrí los escombros y cenizas de mi destrucción, la hitleriana anorexia fue perdiendo el control de su deshumanizado imperio para que Gernika recuperase al fin su color y las purpúreas nubes de horror y azufre dejaran paso a la regeneración interna y a la recuperación de mi cuerpo,… Conforme comencé a sonreír y a desear, conforme comencé a disfrutar de la comida (relegada a un plano secundario mas, con su debida importancia), conforme recuperé mi autoestima, y me preocupó que un abrazo transparentara la fragilidad de mi figura, conformé tomé valor para mostrar aquello que en mi interior me apabullaba, quise dar el paso que me separaba del cambio y tuve la certeza de que la felicidad no era un saco roto que se hubiera vaciado para siempre.

No quiero llevarme nada conmigo, quiero deshacerme, mas no a manos del vacío que mueva títeres, sino dejando en los rincones en los que me diluyo un resquicio de mí, y en los corazones a los que alcanzo a tocar con mi dedo una porción del mío. Querido corazón, podré decir entonces que será un placer extraviarte y sentir como tú viajas a todas esas vidas de las que sólo contigo podría ser. A mí me ha tocado un solo cuerpo y una sola de ellas- que ya es mucho decir- y me sentiré feliz si tu lugar lo ocupa un parcheado órgano vital, aquel compuesto de retazos y remiendos de aquellos otros corazones que jamás mueren en el olvido y viven en ti, y viajan en ti.

Bon voyage, mon coeur!

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