Archivo mensual: febrero 2012

18/02/2012 02:00

Eran las 02:00 de la madrugada del sábado tanto en Sevilla como en Barcelona, pero cada instante marca cada una de las millones de vidas que transcurrimos en este planeta. Yo, por ejemplo, dormía en una suite en pleno centro de la ciudad condal mientras una hemorragia cerebral daba la opción a mi abuela de morir o sufrir las consecuencias de una grave parálisis.

Estaría hoy hablando desde el dolor en lugar desde el amor si dijese que la vida es aquella mano cruel que arruga y envejece tu pañuelo hasta que finalmente y sin piedad lo aprieta y estrangula atrozmente en su férreo puño. La impotencia no ha dejado de generar este sentimiento mientras me culpaba de mi propia infelicidad. Cuán difícil no deja de serme aceptar la naturaleza.

En el fondo llevo temiendo este momento mucho tiempo y, si hubiese acontecido cuando la anorexia aún hacía estragos en mi vida, de seguro hubiera gritado un “¡no quiero comer!” o cualquier calamidad para captar la atención y pretender evitar el ineludible sufrimiento de aquellos que me rodeaban. Ya ni siento la necesidad ni querría emplear esta artimaña. La angustia y el miedo van a seguir existiendo mientras no las encare a pesar de que aún me crea dentro de una intratable pantomima, de un sueño irreal del que desearía despertar, una quimera, una fantasía, heladas horas en el tiempo de otra dimensión que, sin embargo, se trata de una realidad tan cierta como difícil de asumir.

Además de la pérdida de mi abuela, la alegría de la fiesta y pilar que nos unía a todos, mi temor se alimenta y devora otras cavilaciones. Imaginar que la pérdida que mi madre ha sufrido y por la que estaba devastada a pesar de la fuerza que ha demostrado la vaya a sufrir yo en un lejano -así quiero creerlo- futuro, a menos que una desgracia me sucediera, es sino insoportable, abominable. Quiero creer con todas mis fuerzas en el camino que me espera hacía adelante, sabiendo que este será el último favor que mi madre haya de hacerme: el de dejarme partir, dejarme volar sin hacer de nuestro amor incondicional el sepulcro de las aves, la cárcel de una criatura cuya esencia sirve a la libertad. Hemos sido tantísimo la una para la otra que una parte de mí sabe desde el ahogado llanto que no podría seguir sin ella. Ella que ha tomado el papel de madre y de padre, ella con la que he pasado noches en vela conversando acerca de la vida, nocturnos viajes en coche hacía la playa en los que siempre me mantenía despierta para que platicásemos juntas, ella a quien he leído por primera vez todos y cada uno de mis poemas, ella que me ha querido como nadie, me ha apoyado como nadie, me ha mirado y observado como nadie, ella que se deleita en la alegría de sus seres queridos y se dedica con el mayor amor que yo haya conocido y vislumbrado a su trabajo, ella que me ha enseñado a ser humana y me ha dado la oportunidad de la vida y ella que me parte el corazón cuando imagino cuánto ha soportado…

Hemos perdido a una persona que nos ha dado tanto y que vamos a recordar desde tantas ausencias que nos deja que, incluso conociendo la fortaleza de mi madre, necesito que me diga que aún puede ser feliz.

No puedo sentir únicamente mi dolor. Mi dolor es también aquel causado por la tristeza de la gente a la que más amo, mi familia. Saber que no puedo protegerles me produce una bárbara e inconsumible ansiedad y, aunque sé que es primordial que yo esté bien para ayudarles y que cuenten conmigo, así como para dejarme apoyar por ellos, no puedo dejar en estos momentos de sentirme una mierda, a sabiendas de que el malestar se irá atenuando.

Toda mi vida ha sido una lucha entre el dolor y el amor.

Terminamos todos llorando juntos y sintiéndonos muy afortunados de tenernos los unos a los otros para enfrentar este duelo. Este dolor que sentimos no es algo que podamos apagar, no es algo de lo que nos podamos desconectar, eso significa la consecuencia de sentir. En muchos momentos de la enfermedad he pretendido erradicar el atrofiador martillo de los sentimientos mas, en vano, pues aquello que enterramos vuelve antes o después y de algún modo emerge y retorna. En muchos momentos quise desaparecer con el dolor, borrar el pesar con injurias y descabellados pensamientos de cuerpo y de comida que me arrojaron a la insalubridad. Esta es una verdadera lección de vida, aquella que te deja la pérdida de una persona capaz de hacer con un humor y vivacidad espontáneos felices a quienes la rodeaban. Fue en honor a mi abuela que el día termino con risas, en memoria de la que fue la suya.

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