Archivo mensual: marzo 2012

Las cartas que me escribías tú

En épocas de sequía, aquellas en las que trabajo tanto que en los momentos de descanso no puedo pensar ni escribir nada, recurro a compartir con vosotros/as antiguas y desgajadas hojas carcomidas por el TCA para empatizar y haceros visible que también yo, que hablo ahora desde la salud, he atravesado aquellos bosques de desolación, derrumbada, arrastrándome en busca del valle y la vaguada que desciendan suave y llanamente. Escuchándome y sabiendo del descanso que preciso estos días, he decidido recurrir a este remedio mas, en esta ocasión, con uno de los escritos que me dirigió mi madre cuando la pesadilla de este trastorno quedaba ya relegada al pasado:

“Ayer estabas preciosa. Enfadada y con sentido del humor que anulaba el enfado. Espero que esta semana te encante. Con un encanto como tú, seguro. Encantada estoy yo de que el miércoles me invites a ese maravilloso hotel mudéjar.” (El Alfonso XIII, hotel que a ella adora y donde la convidé a un café).

“Yo, por mi parte, voy dejando atrás la sombra de cuando estabas (estábamos) mal. Has tardado en demostrarte una serie de cosas a ti misma. Yo lo he visto y he respirado, viviendo mejor. Ya sabía que esta normalizada situación iba a llegar en la medida que tu atención fuera desviada a otros asuntos que te van llegando (la vida…).  Te has normalizado  y ahora me vas a cuidar a mí, que en vez de tanto cansarme en estos años de insistirte, me voy a dejar hacer y llevar por ti. Te lo prometo.”

“Sigue siendo tan Sandra como eres. Yo disfruto mucho, muchísimo tu esencia, y muchas más personas a las que envuelves. Yo vivo envuelta en ese halo tuyo que me cubre.”

“HOY HE LEÍDO EN EL AUTOBÚS UNA FRASE QUE ME HA CALADO: <<Las grandes personas ponen gran voluntad. Las personas débiles solo desean>>. Voy a dormirme ya que son las 03:30. TÚ ME HACES GRANDE A MÍ.”


Gracias, mamá. La voluntad que nace en ti no es fruto de mi halo, sino de tu férrea determinación, aquella que una vez derrochaste desde cada uno de los poros de tu piel cuando, estando yo enferma, no me abandonaste y sintiéndote tú desorientada, confundida y desconocedora de aquello que debías hacer, actuaste, convocaste el cambio, la ayuda que yo necesitaba. Me he dado la oportunidad de ser quien soy y de proyectar mi futuro en parte gracias a ti.

Desde mi espíritu yo constantemente te insto a la vida; desde mi espíritu maltrecho por los azotes y tormentas, despierto con un deseo aún más fuerte de vida; busco la poesía y magia oculta tras un velo de frenesí y  humo, parálisis, posesiones, apariencia, y a veces ignorante reconozco la cárcel de condicionamientos que me rodea; desde mi espíritu que busca la libertad, siente, sufre y ama, vibran cada una de las vidas que me acompañan y es la tuya, mi dialogadora favorita, aquella a quien cada uno de mis versos recité por vez primera , mi incondicional apoyo, tú, hija del mar, la que vibras con más fuerza en mi interior. Eres una de mis razones, eres una de mis felicidades.

Mis palabras son eco de tu silencio. Mis versos, eco de tu corazón.

Gracias de nuevo, madre. Y a vosotros, lectores, perseverad, perseguid y provocad esa gran voluntad, sin quedaros en el mero deseo de recuperación. Tomad conciencia del aletargado poder de actuar que albergáis, de esa voluntad que tras unas letras, pasajeras de autobús, mi madre quiso descifrar.

Un abrazo.

Irónica relatividad

La música de un saxofón sonaba en la avenida desde el interior del instrumento de viento como inminentemente despierta y evocadora de su recién abandonado sueño. Unos segundos antes de continuar mi camino a oírla me detuve, tras una ciclista por igual embelesada y con una mirada reflexiva y ensimismada en la invisible melodía que en el aire fluctuaba.

Y el alma de la música –en la que quizá los adultos demasiado serios no crean- se adentró en mi laberinto interior y alcanzó a abrir una pequeña abertura en la puerta de la percepción. El sonido de unas pisadas, un muchacho de piel parda y gafas chocando en su skate, una ráfaga de luz procedente de un suéter color fucsia, bares, más zapatos dispares, el tranvía a lo lejos, morenos mechones y un cráneo sin cabello, risas, obstáculos, congregaciones, luces artificiales, voces agudas y graves, más gente, caras que quizá la naturaleza haya de repetir en la superficie del mundo, más palabras, más vendedores en la propia calle, más azul sobre nuestras miradas, más piedra bajo la suela de nuestro calzado, y más tierra y más penumbra bajo la piedra, ráfagas de labios, dientes, mejillas mentones, colonias, orejas, y miles de corazones latiendo en una sinfonía de la que nadie parece percatarse, humeantes cafés en la tarde que parece comenzar a desgajar naranjas, arcaicos edificios de hace siglos frente a paredes recién emergidas, invisibles transeúntes que en un tiempo atravesaron las calles, aquellos con los que nadie parece temer chocar, más y más de ellos, el rumor de los barrios periféricos y de nuevo una voz ronca y cercana, un cirro de tabaco que asciende al cielo, periódicos anticapitalistas, lenguas extranjeras, el diario juego del escondite que oculta cientos de detalles, hormigas laboriosas, millones de pensamientos en esta sola avenida que somos incapaces de leer y que sin embargo se dibujan en cada frente, el timbre, cuerpos vestidos, disfrazados para los cromañones y neandertales, neón, carteles estridentes, un joven amor de manos enlazadas, diapositivas de la primitiva avenida que mi memoria proyectase, escaparates con unidades asépticas y artificiales, pantalones para piernas largas y cortas, gigantes arbotantes en la catedral, palmeras con forma de bastón y palomas de ciudad, niñas cantando una canción infantil, miradas originales y atrevidas, perspectivas, angustia, placer, paz, incomodidad, una mariposa llamada casualidad que desearía atrapar, ceguera, lucidez y ternura, punzadas y alegría, ventanas desde las cuales alguien otea, nostalgia, miles de experiencias y sensaciones que transcurren en escasos segundos a una velocidad vertiginosa y hasta dolorosa, intensa y penetrante, a veces imposible.

Entonces al fin, ya puedes descansar, me digo. La artificiosidad ha vuelto a cerrar la inquebrantable y plomiza puerta de los sentidos. La artificiosidad ha vuelto a arrojar la llave de la mente abierta al profundo lago y ha tomado el velo con el que nos cubrirá los ojos. Respiraré de nuevo, me olvidaré de todas aquellas angustiosas preguntas que jamás hallan una respuesta si no es procedente de nuestra pasajera estancia a través de y con la vida.

Quizá sea demasiado tarde. Quizá el ser humano jamás pueda volver a ser hijo de la naturaleza. Miles y miles de cajas con vidriadas aberturas, habitadas por miles de vidas que jamás llegaré a conocer y cuyas huellas coleccionarán una historia. Cajas y más cajas. Otras más pequeñas y luminosas, otras que echan humo.

Lo que es cierto es que mañana saldrá otro sol, que no el mismo, y mi mente tendrá otros pensamientos que devorar y quizá las cosas que creímos en el mismo sitio se hayan movido unos centímetros como el Big Ban se inclina casi desapercibido.

Quizá esta sea más una reflexión propia que aquella destinada a los lectores de este blog de TCA, pero es tanta la artificiosidad que alimenta a la enfermedad, es tanto el mundo de sensaciones que existe más allá del y gracias al cuerpo, es tanto lo que la enfermedad llega a ensimismarnos y ha ahogarnos en nuestro propio mundo, aquel que hemos plagado de penumbras, y son tantas las vanas apreciaciones que escuchareis de la apariencia y que temo os influencie y asimiléis como la única y posible conducta, que hoy quería compartir esta reflexión con vosotros/as, porque es el quehacer de la vida lo más misterioso y fascinante que no desearía os perdieseis.

Un fuerte abrazo, Sandra.  (Fotografía: Erik Johansson)

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