Archivo mensual: abril 2012

Repartiendo conciencia. Flores sembradas tras estas 1000 ventanas.

No quería que pasase más tiempo sin escribir un breve post para agradecer a quienes me acompañan en este camino su apoyo. Osi, Rebeca, Eci, Irene,… son tan solo algunas de las lindísimas personas a las que me gustaría agradecer su constancia y el vínculo que han formado con nosotros los bloggers.

Estamos tratando una enfermedad que ha supuesto para quienes escribimos ahora desde el optimismo un gran stop en nuestras vidas y un episodio que, si bien nos ha ayudado a crecer y nos ha legado amistades y enriquecimiento, ha conllevado consigo mucha desdicha y dolor. A pesar de ello, escribir aquí desde mi experiencia y para vosotros/as, me ha aportado muchísimas satisfacciones y momentos que no quiero dejar pasar sin compartir con vosotros. Momentos como aquel día cuando al volver de clase y abrir mi correo vi que tenía al menos 30 comentarios de chicos latinoamericanos que me animaban a seguir con esta iniciativa que parecía dejar constancia de sí en su libro de lengua y literatura (quizá en el apartado de comunicación). Situaciones como estas me sugerían a cuántas personas podía llegar la conciencia colectiva que este blog de 1espejos1000ventanas quiere difundir contra los TCA, y me animaba a combatir la inmensa cantidad de redes “hipernocivas” que rondan por Internet sin cautela alguna. Desafortunadamente he hallado incluso padres que, a causa de su desesperación e incomprensión- escriben blog con imágenes esqueléticas, amargas, insoportables y tercermundistas pretendiendo espolear a sus enfermos allegados para que recuperen la salud. Son, en definitiva, millones de páginas las que pueden incitar a la insalubridad con promesas de cuerpos heroicos e irreales y que ante los más vulnerables se antojan promesas de éxito y felicidad, mientras que se trata de una iniciativa pionera la que lleva 1espejo1000ventanas a cabo.

Creemos fervientemente en el paso que ha dado la fundación ABB por incorporarse al mundo internaútico, para implantar un sol entre estos negros muros y parches (las “páginas-basura”) que no lograrán apagarlo.

Innumerables personas son las que me habéis acompañado y me acompañáis, las que formáis este proyecto.  Tengo un compromiso con vosotras: no abandonar nunca. Me siento muy afortunada y agradecida.

Muchísimas gracias.

Las cartas que una vez quemé

En ocasiones a mi memoria llegan las cartas que una vez quemé. Contenían todo aquello de lo que quería desprenderme, de lo que quería despedirme. Ya no recuerdo las sentenciosas y agotadoras horas que pasé sacando de mi interior lo que encerré con la llave de las palabras en aquellas páginas en blanco. Ya no recuerdo la paz que sentí cuando escribí a quienes ya desde mi voz no podían oírme, pero sí lo harían desde el silencio.

Son ahora otras las cosas que dejar partir y otras las cosas que decir, que escupir cuando se trata de gritar y desahogarse; que dialogar cuando se trata de hablar con mis queridísimos fantasmas. Es por ello que no logro evocar esas palabras ya consumidas por el fuego.

No olvidaré, sin embargo, el sentido que para mí tuvieron estos actos. Lo cobraban por sí solos pues sólo en nuestras profundidades y cavernas la plenitud se halla. Era en ellos en los que me oía y me reconocía, me conocía, en los que me olvidaba de toda la sociedad para ahondar en mi persona, en el baúl que en mi ático custodia una niña con mi nombre. Era en ellos cuando buscaba impulsarme, estirarme, crecer, desalojar de mi cuerpo la contaminación y agresión de las artificiales cárceles que implanta la humanidad en la naturaleza.

En aquel baúl estaba toda mi historia deseando que aquella niña lo abriese no para coleccionar un recuerdo, sino para dejar que todo aquel pasado saliese como ansiaba por el propio peso de las leyes físicas y del tiempo, como un cometa, como una galopada, como un haz de luz, despedido hacia el futuro.

No debemos renunciar a dedicarnos, de vez en cuando, un momento como este, a buscar nuestros propios y singulares espacios de meditación donde seamos capaces, por otra parte, de salir de nosotros mismo e incluso sentirnos parte y ser de la naturaleza que siempre hemos subordinado, que siempre hemos creído que estaba allí para satisfacer nuestras necesidades y a la que no solemos mostrar reciprocidad.

El paisaje que observamos nos refleja de un modo u otro, aún cuando no nos demos cuenta. Y desearía despertar cada día y que todo el camaleónico y artificial entorno que me rodea se desdibujase para que existiesen vacíos donde poder extraviarme, para que existiese silencio, para que existiesen aquellos lugares de meditación en los que no existe camino que te guíe, fronteras que te limiten, códigos que te cataloguen.

Capturo el recuerdo de la tarde en que mis letras se calcinaron y serpentearon hacia lo alto, en que sentí que el corazón se me ensanchaba en el pecho y el ocaso se tragaba los resquebrajados y ennegrecidos bordes del papel ya llameante. Nadie me veía, el mundo lidiaba con temas desbordantes, el cielo se cernía sobre todas las cabezas por igual, la vida hablaba con cualquiera que la tomase de la mano y el reloj continuaba su eterno tic-tac. Pareciera que pudiera quedarme completamente a solas un instante, y entonces deshacerme y desvanecerme enteramente, volar con las cenizas que quemé en mis cartas.

Objeto

“Marina Abramovic, la gran dama de la performance” -así presentaba el periódico a la demoledora y singular artista que retorna al Teatro Real de Madrid. No conocía su obra, pero inevitablemente, no pude quedar indiferente tras haber leído no su inmensa, sino intensa trayectoria.

Me embaucaron y atravesaron las líneas acerca de uno de sus primeros trabajos. La artista se dedicó a permanecer INMÓVIL 6 horas en las que el público podría hacer con ella y con los 72 objetos frente a los cuales se hallaba lo que quisiera. Entre estos se contaban: cadenas, plumas, tijeras, pintalabios, rosas con espinas, una pistola y una bala, etc.

“Yo soy el objeto. Asumo toda la responsabilidad de vuestras acciones”-estipuló Abramovic. Lo que entonces sucedió produce espasmos. “El público”-dice la noticia-“, presumiblemente culto, fue perdiendo los papeles. La desnudó de cintura para arriba, la arañó e hizo sangrar, hizo grafitis sobre su vientre, colgó cadenas de su cuello, pegó pétalos de rosa en sus pezones”.

Resistió hierática, solemne a su palabra. “De madrugada, la estatua volvió a la vida. Volvió a ser persona, a mirar a la cara y a pasearse entre el público”. La gente despavorida abandonó la galería, que se quedó desierta en un instante.

“No podían soportar mi presencia como persona, después de todo lo que me habían hecho como objeto”.

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