Archivo mensual: mayo 2012

Flexibilidad y memoria de la comida. Episodios junto a mi abuelo.

Mil veces me repite la misma pregunta y mil veces yo le respondo con ternura. Cada vez es más real la respuesta, doy más detalles para no repetir la respuesta ya olvidada en su memoria. Jamás le reprocho cuántas veces ha repetido la misma pregunta, jamás querría herirle de ese modo.

Con él me he dado cuenta perfectamente del orden sano que adquirieron mis prioridades. La comida ha quedado relegada a un segundo plano y se ha transformado en algo flexible. Cuando le acompañé a desayunar a la peña de su barrio no logré que tomara nada. Ha perdido el apetito, pero no la sed de cerveza y es importante para poder saciarla que coma bien. Sabiendo lo que le gustan los cereales, una completa novedad para él que jamás en su infancia saboreó, me detengo en la tienda astutamente a comprarlos y vuelvo a desayunar con tal de que los comparta conmigo. Se los come de poquito a poquito, disfrutando como un niño pequeño.

Esto no quiere decir que recuperar la salud sea “hartarse se comer”. Esto quiere decir que la comida se vuelve, cuando redecoras tu lista de preferencias, en algo flexible, inexacto, natural, y no en algo rígido, artificial e inamovible. La salud de mi abuelo está escalones más arriba que mi apetitiva elección.

Sé que cuando enfermé repetir una comida se me hubiese antojado un abismo de horror. Ahora ya no puedo comprenderlo porque me he nutrido en el proceso de mi tratamiento de una serie de hábitos saludables, es decir, para mí, por mí, que cuidan mi bienestar. Pero quiero animaros a romper vuestros tabúes y ritos alimenticios, a romper ese “estoy gorda”, a romper ese “no gustaré y no me aceptarán”, esas miradas de reproche al espejo, transgresiones e insultos a vuestro cuerpo y a vosotros/as mismos/as. Quiero animaros a romper ese obstáculo, ese profundo abismo que crece con la insatisfacción y el castigo. A mí me ha llevado mucho tiempo recuperar la naturalidad, ser capaz de acudir a la despensa en cualquier momento y degustar un capricho sin que me costase nada, un día de enojo o restricción.

Uff. Después de escribir esta palabra: “restricción” no soy capaz de insensibilizarme. No sé como mi cuerpo fue capaz de resistir el modo en que me traté, el modo en que me descuidé, el modo en que me hice daño. No sé cómo fui capaz de resistir. Ahora ya no puedo comprenderlo. Pero sí, trabajé en comprenderlo durante mi tratamiento porque antes, para mí, aquella rutina componía la “normalidad”.

Con la naturalidad he recuperado también antiguos recuerdos de infancia que sólo la comida sabe aproximarme. El pan caliente y crujiente que tostábamos todos en torno a la chimenea en los días de invierno, las nueces que mi abuelo siempre me pelaba en un vaso para cuando yo volvía de la escuela, la mojama que rogaba a mi madre me comprase cuando el aroma a salitre del mar rociaba la plaza de la Cruz del Mar, o la base de la hoja de las alcachofas que roía cada vez que mi madre preparaba una receta con ellas y yo me quedaba allí, escuchándola mientras ella me contaba las historias de todos los libros que había leído.

También con vosotros quiero compartir una frase de un film que vimos con mi abuelo. Sabíamos que olvidaría la película en 5 minutos, pero no íbamos a renunciar a ir al cine con él, quien parecía estar atento en todo momento a la pantalla y quien estaba rodeado por nosotras (mi madre, mi tía y yo), quienes le arropábamos.

“Al final todo sale bien y si no sale bien es que no es el final”.

Tomad la fuerza que esta frase contiene para enfrentar los baches y si no sois capaces de compartir vuestros más espinosos pensamientos con nadie, sacadlos de vuestra cabeza escribiéndolos. Ayuda mucho.

Yo ahora puedo volver a cantar: “Abuelito dime tú por qué yo soy tan feliz” mientras le tomo la rugosa mano y le acucio e insisto en que sea mi príncipe para el vals final.

Notas pasajeras de mi cuaderno de bitácora

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No es tarde. He dejado de contar el tiempo, los segundos, los años cumplidos y las eras del humo, los giros alrededor del sol. He dejado de contar por temporadas de moda, noticias y desastres, guerras, concilios, adquisiciones. Por el contrario, ahora me pregunto: ¿Cuántos amaneceres? ¿Cuántas primaveras? ¿Cuántos poemas y llantos, determinaciones, felicidades, incondicionadas decisiones? ¿Cuántas veces desde entonces hablando con Amor, Soledad, Esperanza, Generosidad…? Sí, hace un siglo de besos, innumerables pensamientos y eternidades que me consumen que dejé de contar el tiempo. Entonces aprendí que soy niña, mujer y anciana.

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Cuántas más cosas tengo, menos siento que soy; cuánto más intensamente siento, desquitándome de las creencias, prejuicios y condicionamientos, preguntándome por aquello que quiero potenciar, más auténtica soy, me parezco mas a mí.

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Puedo sentirme un día muy profunda. Puedo sentirme también la más ridícula.

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Me sentí insegura. ¿Le gustaría mi cuerpo? -informulada pregunta que él no respondería. No dijo nada, se quedó en silencio, me miró mientras besaba cada resquicio de mi piel.

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La ropa, a pesar de las épocas capitalistas que vivimos, no es algo que despreciar, pues mediante el vestir el ser humano ha expresado y expresa cómo se siente. La moda como fenómeno social es, sin embargo, un proceso de imitación ante la novedad y lo efímero en el cual, si nos sumergimos, hemos de cuidar nuestra identidad y no meramente nuestra apariencia.

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Es día de sol y en su vientre oscurece la cerrada operación. 50 años, sonrisa en los ojos y en la boca, estatura media, ancho espíritu. La alegría de su cuerpo caído y cosido me enseñó donde se hallaba la verdadera belleza. Porque aquella mujer era, entre todos, ese día la más bella.

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