Archivo mensual: octubre 2012

¿Ser Real o ser Ideal?

Esta reflexión comenzó con la llamada de Carlos rogando por una conversación coherente. Hablamos de las canciones que nosotros concedíamos a ciertas personas, de Benedetti y Borges, de nuestro modo de ser y de vivir, del miedo y, en particular, de su miedo a que las personas le juzgaran reafirmando su propia condena frente al espejo. Una de las cosas que le dije me han hecho reflexionar y retornar a El autoestima.

“La percepción mutua que nos tenemos ha ido cambiando tanto para ti como para mí, y cada vez nos haremos más reales y menos ideales.”                                                    “Y ¿eso es bueno o malo? Tengo mis dudas.”                                                           “C., bueno o malo es un artificio, una invención. Existimos nosotros que nos sentimos infinitos y efímeros al mismo tiempo, miserables y milagrosos. Esto no es bueno ni malo. Es humano, sin escrúpulos, doloroso y hermoso. No lo puedo sentir por ti.”

Hoy habría añadido: ¿Quién soy yo para exigirte que seas quien no eres, para exigirte que seas el Carlos Ideal, para preferir que seas otra persona que no eres? Y de este mismo modo: ¿Por qué tengo que ser yo quien no soy, ser un yo ideal o pensar que sería mejor si fuese otra persona?

Sin la comparación, la autoexigencia o el reproche corro el riesgo de ser auténtica y verdadera, de valorarme por ser quien soy; corro el riesgo de no torturarme, de alegrarme por no ser quienes los demás desean o quien a mí me gustaría en este momento. Rescato una oración de Bucay: “No hay que ser de ninguna determinada manera para ser valioso. Para serlo verdaderamente, lo primero es ser exacta y exclusivamente como soy.”



Vivir de imitaciones conspira contra mi crecimiento, bienestar y desarrollo como…       desear ser en todo momento eficiente y capaz                                                          tener que o vivir según las normas y valores ajenos                                                  no concederme mi espacio privado u oportunidad de decidir                                  negarme merecedora de lo bueno que me acontece                                                   tasarme en función de mis posesiones materiales e incluso de mis capacidades cuando me avergüenzo de mis discapacidades.

“No hay que ser de ninguna manera determinada para ser valioso. Y menos aún TENER lo que está determinado por el afuera como <<imprescindible>>. Lo único que hace falta es SER, que es muy distinto.” (Así lo leí anteriomente de la mano de Erich Fromm)

Superar un TCA es duro y difícil, pero por ello también posible. Vamos entonces a elegir cambiar, a elegir superarnos, pero no partiendo de un No valgo nada, sino de un Mañana seré mejor, mañana voy a estar bien, voy a adquirir hábitos más sanos y para poder sentir amor por los demás voy a empezar sintiéndolo por mí misma/o, voy a empezar queriéndome. Vamos a elegir cuidarnos, vamos a elegir respetarnos, superarnos, elegir, crecer, valorarnos…

…para cambiar vamos a perdonarnos.

La varita mágica

Muchas personas compran cosas que no necesitan para aparentar ser quienes no son delante de personas que no les importan…

Una ducha. Me miro al espejo tras desnudarme. Mi silueta ante esos ojos algo más lejanos que los míos. Nada de miradas escrutadoras, acuchilladoras o, por el contrario, pretenciosas y narcisistas, sino curiosas e inquietas, pues es esta observada apariencia la que los demás aprecian, materia entre la multitud activa; es este el cuerpo que soporta una profundidad intangible cuyo origen dicen tratarse del cerebro, el alma, la naturaleza…; realidad que sobre el mundo se sostiene a base de gravedad en este carrusel de planetas y me permite comunicar mi existencia, mediante la cual (te) encuentras y adquieres uno de los mayores poderes humanos: el de provocar cambios en quienes interactúan contigo. También ellos son culpables y partícipes de tu azar.

Me miro al espejo. A mí. Materia. Sandra. Yo. Mi reflejo. El espejo escupe la eterna imagen de la espera.

Me gusta el conjunto de mi cuerpo, el todo. Si analizo mi cuerpo como el de una muñeca desmontable identifico piezas vulnerables al reproche e insatisfacción. Sin embargo, no soy el maniquí relleno de espuma al que arrancar un brazo o sustituir un miembro. Si me ofrecieran ahora una VARITA MÁGICA con la que pudiera ejecutar tal reemplazo (posiblemente mi inocencia no ha captado que actualmente esto existe y se llama cirugía estética) no cambiaría nada. Me gusta el todo (¿se llama esto aceptación?), ese todo que no deseo cambiar, con el que me he solidarizado para transmitir muchas y tantas cosas que siento, fragmentos de memoria y personalidad.

Cuando maltrato una parte de mi cuerpo, maltrato al todo. Cuando mimo al todo, cuido cada una de sus partes (partículas, girones, alas, pulmones y corazón, costillas y arterias, vientre y piernas, y piel, centellas tras los párpados, crin, poros, células y átomos).

Caminamos un grupo de amigas. Un hombre grita un halago borde o dulce ¿a ti, a tu amiga? Si influye a favor o en detrimento de tu autoestima, estás siendo víctima de la comparación, del juicio de un desconocido. (¡Cuidado! No estoy en contra de los agasajos superficiales bien pronunciados, sino de la propensión social a la vida desperdiciada en imitaciones, analogías, exámenes, justificaciones.) Enfoquemos nuestras energías en ser nuestro mejor y diferente “yo” en lugar del estereotipo del mercado que constantemente muta y trastorna a su emulador.

¿Las personas a las que amaste te han, afortunadamente, amado y aceptado? Agradece el más valioso tesoro que parecemos olvidar ante la inseguridad, la comparación, la lacra que jubilar para ser inimaginablemente más libres de lo que lo hemos sido. Toda la vida portando una invisible armadura de hierro que no te permitía mostrar tu verdad, tu perspectiva y tus capacidades, contagiar tu seguridad y disfrutar de la luz, que pesaba demasiado y te apega al mal humor, el yelmo que oscurece tu sonrisa y devuelve el eco de tu voz que apenas débil llega al exterior.

Mi cuerpo envejecerá mientras mi espíritu seguirá siendo el de una niña, careceré de la esbeltez o las curvas con las que un amigo piropeaba: “¡Ay qué curvas, y yo sin frenos!”, y toda comparación por la que pagamos un precio parecerá tan fútil… que… yo no anhelo vivir siendo otra persona. Algunas VARITAS MÁGICAS acaban en el vertedero.

Otras, con forma humana, cambian el mundo.

(Escuchad, suena el crujido de una armadura que se está quebrando).

Fotografía: Chispum

La recaída. Zapatos deslizantes o suelas adherentes.

No controlamos la caída: un resbalón en las aceras mojadas, un inconsciente traspié, un escalón que maldecir… Es cierto, la caída es ineludible, vamos directos hacia ella sin saberlo o preverlo, creyéndonos resguardados de todo mal en nuestro paseo por las calles cuando, de pronto: BbAtaCaFF! Vemos en los últimos segundos nuestro cuerpo cayendo, precipitándose hacia el suelo, pero ya es demasiado tarde y sólo nos queda levantarnos, tal vez con alguna postilla o herida que antes no existía, pero espabilar y levantar, betadine, agua oxigenada y no dejarse amedrentar.

Sin embargo, la recaída lleva un prefijo: RE- proveniente de RESPONSABILIDAD. Ya habiendo tropezado prestamos atención (¡ojo avizor!) en no desplomarnos nuevamente. Sabemos que se trata de un tramo propicio a los obstáculos, agudizamos nuestros sentidos, maximizamos la precaución y esquivamos, y evitamos el peligro, el dolor, porque ya sabemos, ya conocemos, estamos al corriente de lo que nos espera.

No somos responsables de nuestra caída, pero sí lo somos de nuestra recaída.

Sabemos que cruzando esa calle corremos un riesgo. Y nos aventuramos al sentirnos fuertes y salir airosos observando aquel obstáculo superado. ¿Osadía ante la debilidad, zapatos deslizantes? Tú sabes a dónde va esa calle. Tú sabes si te puedes permitir atravesarla o caminas consciente a arrojarte por la pendiente. Identificas las señales de precaución en tu cabeza, y no obstante quieres rebasarlas, quieres probarte.

Nació este texto hace unos días, yo sólo soy el utensilio esgrimido por su padre, la tinta dormida en las palabras de un hombre que ha superado la alcoholemia y tras 30 años de abstemia, y tras una recaída, me dijo:

“Yo no tengo la culpa de mi enfermedad porque no sabía lo que hacía (¡y casi muero!), pero si tengo la culpa de mi recaída porque conocía y actué sabiendo”



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