Archivo mensual: enero 2013

Mañana lo dejo. Gritos al otro lado del espejo.

No hay nadie en casa. Nadie que pueda verte. Y te sientes tan bien y tan liviana con el estómago vacío… Ni siquiera te molesta el rugido que tus tripas dejan escapar, gruñendo por agarrar algunos nutrientes. Ni si quiera te molesta y aún tienes energía para moverte sin parar o para, en lugar de beber agua, escupir la escasa saliva que te queda en la boca seca y espartada. No hay nadie en casa y tu madre te ha dejado la comida preparada. Vas al baño, la arrojas al váter y tiras de la cisterna mientras sonríes aliviada. Ya está hecho. El timbre no suena, tienes tiempo de ir al fregadero y arrojar el plato junto al cubierto que hendiste en la compota de comida para que todo pareciera normal, para que nadie sospechara nada. Colocas un vaso al lado.

Y te pesas: “más”, enfado; igual que ayer, insatisfacción; menos, buen humor. No importa el resultado, te miras durante horas y horas la barriga, pensando que no es lo suficientemente estrecha. Y mientras, hay días en los que tus ojos escapan y van desde la barriga que tanto te obsesionaba a tus propios ojos, reflejados en el espejo. Entonces sientes el miedo y la paranoia, entonces te quedas como mirando a una extraña, entonces te das cuenta de que no te reconoces, entonces…

Y vuelves asustada a la barriga, y nerviosa te vas a correr y hacer ejercicio, y te acuestas por la noche evitando recordar aquel accidente, el que sufrieron tus ojos al colisionar con su reflejo, el que sentiste cuando ellos te respondieron con dolor, respondieron a tus errores, respondieron ante el modo en que pretendías llenar tu vacío…

Aquellos ojos escapados de tu rostro, aquellas cuencas que te parecieran vacías mientras te recuestas en la cama, aún observándote desde el espejo de tu dormitorio. Te tiendes sobre un lado, aprietas los párpados deseando quedarte dormida para comenzar al día siguiente la acostumbrada rutina, te encoges y ahovillas rodeandote fuertemente el tronco con los brazos, repitiendo en tu cabeza lo orgullosa que estás de poder hundir los dedos en tus costillas, tu delgada cintura y tu pelvis, una curva dura y fina asomada a través de la piel, pero…

aquellos ojos siguen reflejados, mirándote, sabiendo en lo más profundo de la niña que dejaste atrapada al otro lado del espejo, que aquel es el camino equivocado, que aquel es el abismo que te absorbe cada día, que aquello no es lo que deseas para tu vida, que un día te harás tan delgada que seaparacerás y, en definitiva, que aquellas palabras “Mañana lo dejo” son una completa y asquerosa mentira.

Los orígenes del ojo. Daniel Díaz.

Quiero compartir con vosotros/as este post de Ni libre ni ocupado, el blog de un taxista madrileño que escribe para el 20minutos, el blog de un “lector insaciable de espejos a jornada completa”-tal y como él mismo se define-.

“Fíjense bien en esos ojos enmarcados en el espejo retrovisor de mi taxi. Pero fíjense primero en el rostro que alberga esos ojos.

Imaginen el proceso de elaboración: Primero el cráneo, la estructura. Después cabe suponer que un tapizador enfundó la piel, de naturaleza elástica, bien pegada al cráneo. Luego practicó dos cortes simétricos a ambos lados del tabique nasal e insertó a presión los globos oculares (con el iris, en una amplia variedad de colores, hacia fuera).

Las pestañas, dispuestas en los límites de la herida abierta, invitan a creer que el tapizador intentó coser el corte, pero la curiosidad del portador acabó por desgarrar los puntos de sutura. Y no sólo eso; también le dio la autonomía de abrir y cerrar ese fragmento exacto de piel que luego llamaron párpado aunque en realidad, como vemos, no es más que una herida. La herida a través de la cual nos permite ver el mundo que nos rodea.

Por eso mismo despertamos cada mañana. Si cerrásemos los párpados demasiado tiempo, se acabarían suturando para siempre las heridas. Y no nos lo podemos permitir.”

Por eso, no vale cerrar los ojos demasiado tiempo, conformarse con un detesto el mundo que me rodea, encerrarse en la cuevita a esperar que lo que ocurra no tenga nada que ver contigo. No vale vivir de los sueños, dormir eternamente, porque llegará el momento en que no sepas si existe el camino de vuelta, llegará el momento en que ya no seas capaz de ver el mundo que te rodea y querrás abrir los ojos, esas heridas que al fin se suturaron.

El principio del final

Mi penúltimo post terminó hablando de aquellas tres palabras y el día que por vez primera fui a ABB. He olvidado etapas del tratamiento, pero no ese día, el primero de todos. Me negué a subir y mi madre se sentó en el bar de la planta baja. No se movería de allí hasta que yo no subiese. Estaba desesperada, la enfermedad la martilleaba constantemente, le robaba los años, y ella seguía sacando su mayor fuerza, seguía teniendo esperanzas en la que yo fui, de la que quedaba apenas un resquicio acurrucado bajo aquella máscara. La enfermedad la miraba con odio desde mis ojos, reprochando con mi boca sus amenazas verbales. Di vueltas por la calle inmersa en mi enojo, mi propio y caótico laberinto, mi ofuscación y ostracismo,  sin percatarme de las personas que a mi alrededor pasaban y se quedaban mirándome, pues por aquel entonces mi mundo ya se había reducido a mí, ya no me importaban nada las personas, vivía sin ilusión, con apatía, desde el dolor, desde aquellos manidos y dañinos pensamientos que eran lo único mediante lo que me agarraba a la realidad más superficial para no ahogarme en el lodoso pantano de mi destructiva agonía y miedo.

Recuerdo con certeza mis pies rojos, las venas prominentes y marcadas de unos pies que me seguían sosteniendo. Aún en aquel momento no podía dejar de pensar que dando vueltas por allí, de pie, al sol y sudando, me merecería la comida que jamás llegaría a ingerir después. Y es duro decirlo porque justo al lado mío una mujer a la que había amado con todo mi corazón más que a nadie en el mundo se debatía por salvarme o darme por perdida mientras mi cabeza seguía dando vueltas como un torbellino en otra dirección.

Jamás hubiera subido, podríamos habernos quedado allí hasta la noche o quizá haber desesperado y nunca más vuelto. Quién sabe qué persona estaría escribiendo este blog hoy por mí. Sin embargo, no sucedió así, sino que bajaron dos pacientes, me sentí acorralada, me apoyé en la pared, empezaron a hablarme, me retiraron el pelo de la cara, sentí el contacto de su mano en mi brazo, y luego la ira se apagó para dejar discurrir como una lágrima diminuta pero existente la empatía, la comprensión, la pena en sus rostros al ver a una niña de 13 años así…

Sentí el alivio de que aquellas palabras no fueran un: estás asquerosa, estás muy delgada, come ya, me vas a matar, déjanos vivir en paz a los demás… Sentí el alivio de un “estamos aquí para ayudarte” ante el que me sentí ciega pero esperanzada, el alivio de oír sus testimonios, la extraña confianza que fueron ganándose porque intentaron comprender aquello que sucedía tras aquel hermético caparazón. (Y no es que mi madre o mis hermanos lo hubiesen intentado con menos fuerza o me hubieran negado la ayuda en que se volcaron, sino que en aquel momento sólo ellas, que entendían como nadie lo que era mi vida entonces, podían abrir la puerta hacia un posible intento de supervivencia). Me abrazaron cuando me derrumbé y comencé a llorar cuando les descubrí la muerte de mi saga paterna. Dejaron el cuerpo y la comida de lado porque ellas sabían que en el fondo yo era una niña rota, que el puñal de la enfermedad se había hendido en la sepultada carga que escondía mi camaleónica y antigua sonrisa para todos y que cuando fuera desclavando poco a poco la enfermedad de mi cuerpo, aquello, el profundo pesar, el miedo de que mi madre no respirara por las noches (las contradicciones de una enfermedad que se la llevaba por delante), el temor de que ya no quedara enfermedad con que captar su atención para evitar que pensara en otros dolores, el pavor de no ser amada, etc. todo aquello bulliría y habría que enfrentarlo en un duelo mucho mayor que aquel que se manifestaba en mi cuerpo y que a pesar de ejercer un mortal ataque se hallaba en la capa más superficial de mi caparazón.

Siempre hay varios factores que conducen a quien padece un TCA a abandonarse al trastorno. Es por ello que el blog es una herramienta de apoyo y no de curación, porque la última instancia la tenéis vosotros y vuestra circunstancia.

De nada sirve solventar únicamente el desorden físico y mental relativo al cuerpo y a la comida si no llegas a comprender qué te llevó a abandonarte y aferrarte al trastorno, si no buscas qué te condujo a creer que vivir de aquel modo merecía la pena. Si no escarbas con uñas y dientes la tumba de tu dolor, de tu miedo, de tu inseguridad y tu exigencia… es posible que reacciones ante una futura encrucijada o altercado del mismo modo y que el síntoma reaparezca. La curación requiere pues llegar a la raíz de las cosas y, aunque al comienzo se os antoje imposible desapegarse del síntoma, del control de la comida y de la obsesión de lupa con tu cuerpo, os lo aseguro, es mucho más duro y temible asomarse al pozo, al interior, donde se abren profundamente las heridas que no sabes si cicatrizan un día o perduran para siempre…

Pintura: Ania Swiatlowska

Quiero crear tendencia. Estilo: una sonrisa radiante.

¡Feliz 2013! Tenía que deseárolos, tenía que… Y estas 7 palabras son el resultado de 15 minutos pensando en cómo desearos un feliz año dejando claro que no siento especial afabilidad por los tópicos, que como mucho puedo desearos que el 2013 os depare suerte, encuentros, buenas coincidencias, pero que nada va a cambiar después de comernos la última uva si no somos nosotros los que día a día activamos los cambios. No vamos a ser más felices si día a día no hemos regado nuestro amor, no nos hemos encargado de nuestras responsabilidades, no hemos participado de la vida… Y de este modo acabo por reírme de mí misma. Siempre tengo que darle vueltas a las cosas, buscar el sentido de las cosas. Debo ser un poco cansina, ¿no? ¡Podéis decírmelo! Estamos en total confianza. “Sandra, eres una marisabidilla. Sandra, le buscas los tres pies al gato. Sandra, te apuesto lo que sea a que no eres capaz de hacer un post de 5 líneas”.

Acabo con una sonrisa siempre después de las autocríticas. Las recomiendo. Otro de los ejercicios que hago al menos cada semana (casi inconscientemente) es preguntarme cómo estoy con la premisa de no responder con un “bien” y derivados.

Realmente el sentimiento más globalizador de estos últimos días es la tranquilidad. Quizá porque estoy con mi familia o porque he recuperado sueño y fuerzas. El día 30 despedí el año haciendo puenting con mis hermanos. Fue un día memorable de diversión extrema y prueba de valor. El 31  hicimos una celebración mucho más humilde (las primeras navidades que pasamos sin mi abuela). Hubo tristeza como felicidad. Y mi hermano no cesa de pregonar su alegría ahora que al fin le han entregado su VPO. Está entusiasmado por irse a vivir solo, tener su propio espacio. Ese es el trasfondo de lo anecdótico: verle disfrutar de su momento sin que ningún problema de salud ajeno eclipse su buena nueva, su buena vida, su vida nueva.

Y también hay, tras ese “ahora tendré el armario para mi sola”, miedo a los cambios de etapa, al transcurrir del tiempo, etc. Sin embargo, es por esos miedos que me hacen humana o por esa tristeza del día 31 que enfrentamos juntos con la satisfacción de disfrutarnos los unos a los otros el tiempo que podamos, que vale la pena sonreír. La felicidad no vale nada si tras de tu sonrisa se esconde el vacío (así es fácil sonreír), pero sí tiene sentido como producto de toda tu circustancia, tanto afortunada como dolorosa; si gracias y a pesar de ello tienes la fuerza y el henchido espíritu como para sonreír.

Amo existir. Me duele existir. Sonrío para dentro y para afuera. Y gracias a todo, y a pesar de todo, y en consecuencia de todo, y por y para todos, sonrío, con valor. Sonrío con la valentía de dar lo mejor de mí aun cuando por dentro no sólo haya felicidad, sino también pesar, confusión, dudas que parecen infinitas… Recibo sonrisas que están colmadas trás de sí de mucha desfortuna…

Así que, ¿por qué no dejamos a un lado el consumismo y el materialismo para llenar el vacío y creamos una nueva moda? Una nueva moda que haga sentirse bien a todos, satisfechos. ¿Por qué no al mirarnos al espejo miramos más al fondo de la piel? ¿De qué hemos colmado nuestro interior que nos refleja? ¿Por qué no sonreímos hoy a pesar de que la inocencia hace tiempo huyó, la ignorancia era un pez tragado por el WC; a pesar de que existe el duelo, la crueldad, desesperación y angustia, o las crisis no sólo políticas y económicas, sino emocionales, intelectuales, humanas…? Si todos a pesar de nuestras carencias hacemos este último ejercicio: sonreír, creo que vamos a darnos cuenta de lo mucho que nos habíamos abandonado, lo mucho que teníamos que ofrecer, el bastón que puede llegar a ser la generosidad.

Sonreír para sentirnos un poquito más vivos, un poquito más reales, un poquito más fuertes, esperanzados, ilusionados… Sonreír para sentirnos un poco más personas, un poco más en este camino que cada uno dibujamos en ese papel en que nuestros trazos de colores se intersecan y cruzan con otros trazos de manos extrañas y desconocidas o, por el contrario, familiares.

No sé qué ofertarán las rebajas de este año, pero hay algo totalmente gratuito. Ese algo es mi nueva moda.

Aún no he recibido devoluciones ni reclamaciones.

Alguna vez la encuentro en el mundo
y pasa junto a mí;
y pasa sonriéndose, y yo digo:
“¿Cómo puede reír?”
Luego asoma a mi labio otra sonrisa,
máscara del dolor,
y entonces pienso: “¡Acaso ella se ríe
como me río yo!”
Bécquer
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