Archivo mensual: febrero 2013

Tu belleza no es solo una máscara

Tu belleza no es solo una máscara

Tu belleza no es solo una máscara

Tu belleza no es solo una máscara
Tu belleza no es solo una máscara

me dijo

Hubo un tiempo en que me puse la máscara, caminé entre los Enmascarados.

Había mucho ruido en las calles.

Nadie sabía nada de lo que la máscara ocultaba. Nadie sabía responder a la pregunta prohibida (¿quién soy?).

Tras ella había silencio, penumbra, algo de aire y muchas leyendas urbanas.

Hacía tiempo que sólo se hablaba del dinero, de lo que hacían aquellos con máscara de dictadores y presidentes, de la metrópolis, los rascacielos, de las drogas, el opio de la comodidad y el triunfo.

Hacía tiempo que nadie hablaba de las cosas que había que hablar, como la extinción de las lágrimas y las sonrisas. Pocas quedaban ya en el mundo.

En las tiendas vendían máscaras de todo tipo. Para hombres y mujeres de negocio, para amas de casa, para amantes, gente guapa, para dentistas, emprendedores, bibliotecarios, médicos, artistas o tenderos.

Las había con pocas arrugas, sonrisas alargadas o escuetas, gafas intelectuales o prestigiosas, lentillas azules, verdes, marrones… pelucas de todos los colores, y accesorios.

Había tiendas que las importaban del extranjero y aquellos que tenían una gran fortuna las compraban exclusivamente para jactarse de ellas.

La palabra persona se había anulado de la RAE.

Nadie conocía a nadie, pues todo el mundo cambiaba su máscara según lo requiriese la ocasión: una para el trabajo, otra para el hogar, aquella para las fiestas de gala, esa para las vacaciones…

y en la tele las anunciaban,

como anunciaban las investigaciones acerca de máquinas, de autómatas, de piernas y brazos nuevos, de órganos inclusos, de revestimientos para el cuerpo. Lociones, vásculas, coches, chalets y vacío, mucho vacío del que nadie se percataba porque esta palabra formaba parte de las palabras muertas.

Había leyendas urbanas acerca del alma.

El dolor estaba a punto de erradicarse porque cada vez se fabricaban más pastillas. Cada vez se fabricaba menos amor, creatividad, menos tiempo para la espontaneidad, la generosidad, la imaginación y el cariño.

Estaba prohibido hablar del hemisfério inferior, “Las cloacas” -lo llamaban-, del cual no llegaba ninguna información.

Un día me harté.

Me quité la máscara.

Me quedé sola. Pero no más sóla de lo que ya estaba.

Vi con los ojos el agujero tan grande que ocupaba el pecho de las personas. Ellas no lo podían ver.

(Los crematorios, desde luego, tenían poco trabajo)

Me sentí bien.

Inspeccioné mi rostro con los dedos. Las comisuras (graciosas), los párpados (arrugados), las pestañas (muy finitas), la nariz (puntiaguda), las mejillas (suaves).

Me miré al espejo, sorprendida de encontrarme, de sentir algo, algo que llamé “yo”, “verdad”, no lo recuerdo. Partí inquieta.

Fue entonces cuando conocí a los Encarados, humanos en extinción, personales, interesantes, infinitos.

Me sorprendió que todos respondieran de forma diferente cuando les pregunté quiénes eran.

Les prometí que respondería a su recíproca pregunta y partí de nuevo, a descubrirme.

En el camino me encontré con más Encarados.

Y he aquí este cuento.

Después de mucho caminar uno de ellos me dijo:

“Tu belleza no es sólo una máscara”

Y yo sólo pude responder con lágrimas y sonrisas…

Diálogos extraviados II


La pregunta que me haces es difícil de responder porque cada una/o de nosotras/os somos una complejidad (mente, circunstancias, puntos débiles y fuertes, manías y ritos), pero voy a intentar reconocer las líneas generales, los pasos que creo me fueron determinantes, siendo consciente de que no puedo quedarme en el mero ánimo de un: LUCHA, saca tu determinación, combate (pues en una primera fase de la enfermedad a mí no me importaba demasiado lo que me pudieran aconsejar que era bueno para mí y mi salud)…

Me sentía destrozada por dentro, y al mismo tiempo, incapaz de sentir lo que desde fuera me afectaba. Sólo sentía esa sensación de ruina en mi interior. No quería morirme porque no tenía voluntad alguna para hacer ni esto ni nada, sino que no quería vivir.
La voz infernal de la que hablabas me susurraba todas estas cosas y me aferraba a la adicción de ese falso control con la comida y exigencia física. Mi cabeza daba vueltas todo el día en torno al espejo, las calorías y la comida hasta llegar a un punto en que toda mi vida giraba en torno a ello y se empobrecía, dejaba de nutrirse de las experiencias que había dejado de poder experimentar porque mi castigado cuerpo no me lo permitía.

En este trayecto vas a tener que emplear toda tu persistencia porque yo lo veo del siguiente modo: ya has tomado, sin percatarte ese tren porque ese tren lo toma quien quiere y desea estar mejor, recuperarse, quien se da cuenta de que no está viviendo con calidad y quiere disfrutar de la vida. Ese es el mayor de los pasos pues los pequeños detalles son a menudo grandes cruzadas. De algún modo hoy nos has dejado ver que Ainhoa no está bien, que necesita ayuda, y ese es el primer paso para DEJARSE AYUDAR, un acto mediante el cual relegas algo de ese control férreo a otros. Y aunque da miedo que te arrebaten aquella estaca en la que crees estar segura, al mismo tiempo y en el fondo, sientes un alivio inmenso.

A partir de ahora es muy probable que caigas del tren y no lo digo por cuestionar tu fortaleza y voluntad, sino porque la enfermedad es muy traicionera y a veces nosotros mismos nos ponemos esas trampas que nos hacen caer cuando nos sentimos más débiles, deprimidas y desesperanzadas. Pase lo que pase tendrás que sacar fuerzas de flaqueza, tener el encomiable valor de volver a levantar. Esa es la clave de la recuperación, no basta el deseo, sino la VOLUNTAD vital, el tenaz y brioso arrojo.

Los primeros meses en que trabajé el puro síntoma tapamos los espejos de mi casa para no ver mi cuerpo distorsionado. Me sentaba a comer siempre acompañada aquello que me pusieran. Esto hacía que la comida “no pasara por mí”, que abandonara mis rituales y manías y aunque sentía el miedo atroz a engordar que durante tanto tiempo había dejado ganar terreno como mi mente espetaba injurias a aquellos que me estaban ayudando,  no podía continuar con las riñas constantes que provocaba en mi casa y con la asfixia, el deseo de desaparecer, el daño. Reaprendí a entablar conversación en las comidas, le comunicaba a mi grupo de autoayuda cómo me sentía, los pensamientos que se disparaban en mi cabeza por poca importancia que les concediese, escribía acerca de ello. Hubo berrinches, hubo manipulaciones, pero de algún modo toda esa aflicción, adicción, parálisis, angustia, se iban disipando. Después de haber parado toda mi vida, mis estudios y haber pedido ayuda, cuando comencé a valorar las mejorías y a querer recuperar la LIBERTAD y AUTONOMÍA que ahora sentía desde fuera cohibida, retomé mi vida social, me enfrenté al mundo, me enfrenté a exponerme a los demás tal y cómo era, tal y cómo volvía a ser, Sandra. Me estaba y me estaban rescatando. Volvía al fin a disfrutar de pequeñas cosas, a reflexionar, a sentir la mente limpia, sin confusión, enérgica. Ya vendría después trabajar el cómo había llegado hasta aquel punto, de mi modo de sentir y de ser, de las circunstancias de mi vida.

Hay personas que sin embargo, porque ya estaban independizadas y su gravedad era menor u otras circunstancias, han requerido el compromiso de proporcionarse este factor-cuidado personalmente a pesar de que esto entraña una gran dificultad, pero me reitero: su estado no era tan grave o no contaban con nadie y tuvieron que seriamente repudiar la exigua calidad de vida en que había derivado el gran maltrato que originaba la enfermedad.

Yo, como otras chicas/os tapamos los espejos de nuestras casas debido a la desproporcionada imagen que teníamos de nuestro propio cuerpo. Y, otro punto que resulta ineludible, indispensable, forzoso: ser CLARIDAD y SINCERIDAD.

Tu modo de pensar no va a cambiar de un día para otro, y seguramente tras haber leído que comencé a comer con gente y además lo que me ponían y yo no controlaba, que comencé a dejar de saber cuál era mi peso y mi falsa imagen, estoy segura que te ha dado mucho miedo. La enfermedad hará que para ti yo sea una enemiga porque yo quiero tu bienestar, porque yo quiero echarla a patadas de tu vida. Es por eso que tienes de algún modo que dejarte llevar por quienes te quieren, confía en ellos, desconfiar de ti misma… y despertar la voluntad de vivir tan aletargada, pero que existe.

La recuperación es dura y lenta porque tienes que cambiar hábitos, porque tienes que adquirir nuevas y sanas costumbres, porque te has acostumbrado a girar en torno a esos pensamientos de cuerpo, de comida, y ahora tienes que deshacer el mecanismo para volver a proyectar tu mente hacia la vida, tus actos, tus inquietudes, tu espacio social como tu riqueza interior. Y van a ser estas pequeñas acciones, las de comenzar a descontrolar, a dejarte ayudar por los demás, a arriesgarte, las que comiencen a gestar ese cambio. En el proceso vas a tener sensaciones hacia tu cuerpo, dudas, miedos, arrebatos y decepciones, pero, créeme, merece la pena, porque también habrá mejorías, superación, vida, ESPERANZA, calidad y SALUD, seguridad (AUTOESTIMA)…

La vida no es la realidad que tú estás ahora viviendo. La vida son muchas cosas que ni yo veía ni tú ahora ves. Confía en nosotras/os que hemos recuperado la salud y nos hemos dado la oportunidad de ser quienes somos, de amar, de dejarnos amar, de conocer, de emplear nuestra existencia en llevar a cabo algún humilde y, sin embargo, soñado PROYECTO disfrutando del medio, del proceso, no sólo por y para el fin.

Tú decías al final de tu post, “Espero tus palabras” y yo quiero terminar mi post con un Espero que estas palabras se transformen y conviertan en acciones (porque ahora no son más que palabras y tú tienes el poder de hacer que sean algo más). Si nos lees a mí y a las otras bloggers es que hay un deseo de mejora en ti, es que has lanzado ya ese lazo de empatía hacía nosotras, es que crees en la recuperación al leernos. Yo tiro del lazo que ahora nos comunica pretendiendo que te acerques a mi perspectiva y al camino de la recuperación. Y seguiré tirando mientras tú no sueltes la cuerda. Esa cuerda que es demasiado rígida. Es necesario que camines, que te aproximes, que comiences a venir hacía este lado de la salud. Todo mediante pequeños gestos. Tranquila.

Diálogos extraviados I


Comienzo el post de hoy con uno de mis dibujos. Son los delatores de mi escapismo, aquellos que creo en los momentos de desconexión. He acabado al fin  los examenes y aprobado las asignaturas de este primer cuatrimestre, he respirado también mediante la diversion de estos primeros carnavales gaditanos que experimento, y al fin puedo decir que me toca cuidarme, descansar, dormir más, retornar a alguna liviana lectura antes de que las nuevas materias dejen el tiempo libre únicamente para desconectar la mente y nada más.

Y allá va el post que escribí para el día de hoy después de esta anímica introducción y puesta al día:

En muchas ocasiones los lectores se concentran en leer los post que escribimos. Los comentarios quedan relegados a ser respuestas para una determinada persona. Os animo a hacer de los comentario vuestro propio espacio, lectores, para comunicaros entre vosotros. No obstante, no es este el asunto que ocupa hoy mi reflexión, sino que quiero recuperar algunos comentarios con los que alguna vez respondí a las intervenciones con que participásteis en los post.

Voy a comenzar con algún caso reciente, de mi penúltimo post. Respondiendo al comentario de Carlos me conmoví recordando aquellos momentos en que te sientes derrotada en el tratamiento. Desde el principio Carlos había proyectado su determinación hacia la recuperación a pesar de que yo no pudiera decir lo mismo porque tomar conciencia plena y aceptación de mi enfermedad, me llevó 3 meses. Existían momentos de pureza en que la hostilidad se apagaba para dejarme ver con toda claridad que la vía de escape que había tomado ante aquellas circunstancias que en un tiempo me habían causado dolor había sido la errónea. Se trataba de una huída imposible, de un atajo que recorrer a rastras arañándote todo el cuerpo con el suelo pedregoso desgarrándote y quemándote la piel. Con aquellas lentes nítidas conectabas con tu ansia de vida y temías quedarte atrás en el camino de recuperación por el que avanzaban aquellos compañeros y compañeras que lo transitaban, y reconocías el bucle sintomático en el que te sumergiste día a día, las oportunidades que te estabas perdiendo, allá afuera, en la realidad.

No obstante, existen otros momentos en que la enfermedad vuelve a abrirse paso, se rebela, te derrumba mientras tú te agarras a ella nuevamente, a los pensamientos, de nuevo a los miedos superficiales como el “estoy gorda”, como el “no les gustaré”, que ocultan otros miedos más horribles y profundos, de nuevo a desconfiar… “¡Pero!” tus compañeros/as no piensan permitir que te hundas nuevamente (como decía Sara en una de sus entradas “dispuestas a salir y sostenerla si en algún momento parecía desviarse”)  y te apoyan haciéndote palpable que no puedes defraudarlos/as, que ellos/as luchan tu misma batalla cada día. Y a ellos, y a ellas no puedes negarles eso, no puedes contestarles con la falsedad y el grito de la serpiente, porque llegan a ti del modo más preciso y evidente, porque SON TU ESPEJO a la par que espejo tú eres que los/as refleja…

“El arte de morir bien y el arte del bien vivir son uno”

Hoy comienzo mi post con esta frase de Epicuro. Quiero tocar ese tema del que ya he hablado en otras ocasiones: la felicidad. Para los escépticos, que crean que la felicidad no existe, podré parecer una idealista insistiéndo en este tema. Yo creo, sin embargo, que deben hacer el esfuerzo de preguntarse a sí mismos si esa aptitud ha nacido de su propia reflexión o si ha sido tomada de tantos que afirman “la felicidad no existe” y, si aún después de preguntarse esto piensan que esta opinión les pertenece y corresponde, creo que deben indagar en la naturaleza humana porque todos de un modo u otro, creamos en la felicidad o no, buscamos y perseguimos el objetivo de ser felices. Como queráis llamarlo, puede tratarse de otras palabras: bienestar, paz, equilibrio, salud…

Si bien, no lo llaméis placer, porque muchos placeres son efímeros o alegría, porque la felicidad no consiste en reír o estar alegre, sino que trata del “ser”.

Quiero retomar hoy este tema algo delicado por tres cuestiones, o dos quizá, todo está relacionado. La primera de ellas es que se puede ser feliz antes de sentirse una o uno plenamente curado, pues la felicidad no consiste en que tu vida carezca de desgracias, sino de percatarse que incluso durante malos momentos, la integridad de tu vida y tu completa circunstancía puede capacitarte para ser feliz. Incluso yo, que por el origen de algunas de mis reflexiones o indagaciones poéticas puedo tender a entristecerme, siento que esta tristeza está englobada en ese conjunto circunstancial que me hace feliz.

La segunda de las razones es que algunos podéis pensar que la felicidad depende en gran medida de ese exterior y esa circunstancia de la que hablábamos, en particular porque nos sentimos agradecidos con aquellos que nos han impulsado a la recuperación. Sentimos un poco la obligación de agradecerles ese gesto. Aunque cueste aceptarlo, nada logrará que eludamos la personal e intransferible elección de ser o no ser felices. Sería mucho más sencillo dejar nuestra felicidad o infelicidad en manos de otros, pero, lo siento, esto es imposible. La felicidad depende única y exclusivamente de vosotros. Podéis pensar entonces: soy feliz, en parte, porque estoy rodeada de gente que me ama tal y como buscaste ese amor o aceptación deseando tener una bella apariencia. Y aunque pueda sonar egoísta, sigue sin embargo siendo sólo tuya la determinación de ser feliz porque incluso el más miserable mendigo puede ser feliz mientras que aquel que posee el amor de muchos puede no serlo. La razón: busca en tu interior, quizá una gran cantidad de expectativas anulara tu propia y verdadera realidad, y las espectativas vienen motivadas por la comparación, por la creencia de que aquellos que gozan de éxito son felices.

Creo que para amar bien hay que tener esta clarividencia. Porque cuando pierdas a alguien, si dependías de esa persona para ser feliz, lo que te dolerá será su ausencia (te dolerá por ti, porque su ausencia te hará infeliz) mientras que si eres consciente y responsable de tu felicidad, te dolerá la muerte de dicha persona (por ella, porque ya no esté disfrutando de lo que tanto gustaba y de su existencia). Podrás, ante el duelo ser desgraciado o agraciado, pero todo dependerá de ti, de si te deprimes o celebras la culminación de una vida, de si a pesar de que te duela la muerte de un ser querido, ese hecho en tu vida puede integrar un conjunto circunstancial que posibilita tu felicidad, o sin embargo DECIDES que este suceso lo anula todo, toda posibilidad de felicidad.

Soy consciente de que el asunto a tratar es complejo, pero creí importante transmitiros mi reflexión, sobre todo en esta sociedad en que priman las posesiones (todo se puede comprar), los celos (todo lo puedo poseer), las envidias (deseo lo que no tengo), y la muchas de las parejas que observo mantienen relaciones de dependencia. Delegan toda su felicidad en su compañero/a, cuando la realidad es que una puede decidir compartir lo que tiene, realizar actos por generosidad hacia el otro, compartir también sus instantes de mayor placer y bienestar, pero ha de aceptar que nunca podrá hacer feliz a su compañero o compañera porque esa decisión, la de ser feliz, se trata de un trayecto personal e intransferible, último, definitivo, solitario, de cada cual. Podremos iniciar un proceso de mutuo apoyo y aportación, de ternura, de inquietud, de proyectos… sentirnos afortunados de ser elegidos como de ser correspondidos por aquel que elegimos. De cualquier modo, tu felicidad siempre recaerá en ti. Y es fantástico, aunque pueda sonar horrible por la tradición cultural que nos han inculcado que dos personas que eligen ser felices compartan su mundo interior y la proyección de este a su exterior, es fantástico que reserven una región de privacidad mientras comparten la noción de su intimidad, es fantástico que borren las fronteras y los límites, y prueben, y juegen y, en definitiva, se amen, sin cadenas.

Fotografía: retrato de José Hierro

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