Archivo mensual: abril 2013

Volviendo al pasado con los ojos del presente

La cabalgada de la feliz bicicleta

que despertó mi primera valentía

y que voló conmigo.

(Nadie veía nuestras alas,

nuestro último tacto despidiendo al suelo).

Ya volvemos a estar lejos de todo

como en aquellas tardes junto a la playa.

Esta arena… ¿acaso sea la misma?

Y este mar… ¿acaso bate en mi casa?

El sol descuaja en mis mejillas

caricias de espuma blanca.

Oh sol que recuerdas nuestras sombras

¿es este reino tuyo el de mi infancia?

Después de estas tres semanas sin escribir pienso que esta ausencia no ha sido más que un poema, que este poema que escribí hace un par de años al recordar mis primeros pedaleos sobre mi primera bicicleta. Mi madre sujetaba e impulsaba la bicicleta por detrás mientras yo, tambaleándome insegura, le rogaba que no me soltara. Y un día, cuando la confianza en la rutina se instaló, yo pedaleaba feliz hacia adelante, casi con los ojos cerrados, sin darme cuenta que mi madre había dejado de agarrar la bicicleta y era apenas una figura diminuta cuando torné el rostro segundos antes de caerme.

Todos estos pequeños actos que se podrían medir en apenas una secuencia de escasos minutos no eran simples actos, ahora lo comprendo. Lo comprendo porque mi madre aferraba con sus manos mi libertad, mi independencia, la falsa confianza que el polluelo tiene de permanecer eternamente en el nido, en su refugio protegido; lo comprendo porque imagino su rostro emocionado cuando me soltó sabiendo que estaba disfrutando de mi libertad, pero que en algún momento debería caer para aprender que la libertad era algo que debía ganar; lo comprendo porque cuando giré la cara y la vi tan lejos, y me caí al suelo, y me raspé la piel, y las piedritas de los adoquines se clavaron en mis manos…  una parte de mí se sintió inmensamente feliz por el placer del vuelo y otra supo que si había caído era porque siempre había creído que ella me sujetaría y, sin embargo, ella no estaba allí. El miedo de caer se derramó sobre mí sólo porque yo lo había permitido al proveerme de un valor motivado desde fuera.

Sí, a veces la naturaleza de la vida se repite aunque tenga formas y apariencias diferentes. Creo que durante estas semanas en que necesitaba tomar todo mi valor para afrontar las entregas en la universidad y mis retos personales, en que necesitaba distanciarme y disfrutar de mi propio vuelo de pájaro, hemos tenido la oportunidad de iniciar una primera lección a lomos de la bicicleta imaginaria que en lugar de llamarse PEDALEAR se llama CUIDARSE.

Cuando me escribís un comentario diciéndome: Este post me ha llegado en el momento justo, en el momento en que estaba en crisis, y me ha animado y me ha reforzado; me siento un poco esa madre o ese padre asiendo fuertemente el metal en torno al cual habrá de desasir sus manos para dejar que batáis vuestros retos personales y corráis el riesgo de educar vuestra mente, porque la mayor escuela donde aprenderéis será del pensamiento que nazca de las ideas sin prejuicios libres de miedo. (Y un gran porcentaje de lo que damos por aprendido desde fuera y desde que somos pequeños viene cargado de miedo, pero eso es otra historia y por tanto, debe ser contada en otra ocasión).

Habrá un momento en que ya no podré ayudaros, en que ya no estaré cuando volváis el rostro. No, no me refiero a que no ande por aquí, pesada de mí, haciendo lo que tanto placer me provoca (escribir) y buscando la humilde consecuencia de repercutir positivamente en vuestras vidas, que forman parte de la vida que tanto amo; me refiero a que, en el fondo, mi mayor deseo es que aprendáis a pedalear, a volar, a cuidaros, a disfrutar de vuestra propia libertad, hasta el punto en que ya no me necesitéis y comencéis a buscar no fuera sino dentro, dentro de vosotros mismos, de vuestro pensamiento, de vuestra efervescencia, vuestra vitalidad, vuestra pasión, vuestra vocación…

No quedará la bicicleta, habrá sanado la herida y vuestra sonrisa me devolverá el recuerdo de esta primera lección que puede que no olvidéis porque estará presente en el momento en que arriesguéis, que dejéis de alimentar al miedo, que persigáis esos sueños que no caen de la nada, sino que se construyen de tal forma que en el momento exacto en que dejamos de desearlos pasamos a ser conscientes de que los hemos ganado.

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