Archivo mensual: julio 2013

3,2,1…all ready! Now!

La plenitud es la ausencia de luegos

*

¿Y si olvidamos por un momento el después y el mañana?

¿Y si aplicamos hoy el “quien no arriesga no gana”?

¿Y si ponemos en marcha todo aquello que pensamos y no hacemos?

¿Y si la vida es la constante de enfrentarte a tus miedos?

¿Y si no son los hechos sino la actitud la que determina el rumbo?

¿Y si cuestionas tu mirada hacia el mundo?

¿Y si dejas de creerte incapaz?

¿Y si en el fondo siempre supiste la verdad?

¿Y si la conciencia gana al deseo; el ánimo a la duda?

¿Y si se hace tarde y si  pregunto: ahora o nunca?

¿Y si estar enfermo no vale la pena?

¿y si te curas por dentro; y si te arreglas por fuera?

¿Y si te percatas de que pierdes el tiempo leyendo mis líneas

y escoges no perder un segundo más de tu vida,

y quedas con los amigos

y te ríes y lloras con ellos,

y me dices: aquí te quedas; adiós, hasta luego…?

Take a break

Llevo unas semanas de ausencia por el blog aunque todo ha tenido su buen motivo. La causa: tras las intensas y últimas semanas de exámenes me he ido de viaje a Alemania, concretamente a la región de la Renania Palatina, deteniéndome en los pueblos de cuento que se pierden en la espesura de la selva germana. Necesitaba desaparecer unos días, alejarme del orden que imponemos a las cosas y que los días de la semana dejaran de tener nombre para determinar que el lunes se entra a trabajar y el sábado y domingo se descansa.

Este viaje lo he hecho con mi madre, con quien ya fui a una de las travesías más inolvidables que haya experimentado: Laponia, el círculo polar ártico; con sus compañeras de aventura y con mi hermano mayor. Si cabe enlazar este viaje y contaros esta satisfacción es en parte para animaros a ver el verano como una oportunidad de disfrutar de lo nuevo, de la novedad, de la libertad de hacer planes en lugar de que sea el “espanto del destape, el bronceado y los helados” y de compartir con vosotras/os que en una ocasión en el pasado, cuando estaba mal, recuerdo haber rechazado una proposición de viaje que mi madre me hiciera y que ahora siento como una oportunidad perdida. Fue un año antes de que estallara la primavera árabe, la mejor (y no sé si única) oportunidad que tuviera para ver las pirámides de Egipto, los mausoleos de los faraones y las doradas cleopatras bajo tierra, el bullicio del Cairo, sus mercados y su descontrolado tráfico, sus colores, Luxor, Asuán, El Nilo… y todo ello me lo perdí y lo cambié por quedarme sola en casa, sin que nadie me viese, sin comer día tras día, mirando en una pantalla de ordenador la comida que no ingería pero calmaba mi ansiedad, haciendo ejercicio y repitiendo aquellas falsas palabras en mi cabeza: que cuando la báscula en la que me pesaba a cada hora marcara la cifra X lo dejaría, tomaría el control y podría controlarlo…

Todo era una locura y un caos que yo había comenzado simplemente porque sentía un dolor y una carga a mis espaldas tan grande que deseaba desaparecer para que el dolor desapareciera conmigo…

…y sin embargo las nuevas costumbres que había ido consolidando se habían hecho hábito, férreo esquema del que resultaba no podía escapar entonces por más que me lo propusiera débilmente a veces.

Olvidamos esta etapa inconscientemente. Todas las personas que conocí durante el tratamiento y que ganaron la batalla al TCA, todos aquellos que reaprendimos los buenos hábitos y aceptamos hacia donde conducían los pasados, coincidimos en la presencia de lagunas. No creo que se trate de un mecanismo de la mente, que bloquea aquello que nos causó daño, sino de un no identificar nuestro ser con la realidad en la que nos habíamos transformamos, con la metamorfosis perpetrada por la enfermedad. Pero para ayudaros a aquellos que estáis cercanos a esta experiencia se hace necesario recordar a veces aquello que tanto rechazamos ahora, la locura que vivíamos y que no queremos ahora para nosotros.

A pesar de haberme perdido aquel viaje y seguro otras memorias, me quedo hoy con la satisfacción del cambio, con el actual presente, con el haber disfrutado de la gente, los parajes y -por supuesto- la gastronomía alemana, con la independencia, con los prometedores planes con que he colmado mi “agenda” este verano.

Porque eso es lo que tenéis que desear, porque tenéis que saber que os estáis perdiendo tanto…, que no compensa vivir una vida al servicio de lo que para mí es el gran conflicto de toda persona: la comparación. Vivimos comparándonos constantemente, con un cuerpo, con un ideal de vida, con perfiles de redes sociales, con famosos, con valientes, con despreocupados, ídolos, artistas, talentosos y habilidosos… siempre deseando ser quienes no somos, siempre anulándonos.

Y quiero acabar este post hoy con una palabra, una palabra que pudiera ser un mero trazo a bolígrafo sobre un papel, pero una palabra que contiene tanta fuerza y que un día volvió a mí como esa puerta que marca un nuevo comienzo: la ILUSIÓN. De eso tengo hambre. Hambre de ilusión. Ilusión por ir a Fuengirola y a Cádiz con otros incansables como yo, disfrutar de mi abuelo, entregarle a un músico un retrato con que espontáneamente deseaba agradecerle el deleite de su voz; ilusión por leer, ordenar mis escritos y… el plato fuerte, irme de interrail el 28 de este mes… muchos planes, pero tiempo suficiente para tomármelo con calma y disfrutar de la euforia de cada nueva etapa y de cada nueva sensación. Y si esto despierta vuestra envidia (sana), me sentiré feliz, feliz porque eso significa que deseáis disfrutar, que deseáis todas estas cosas que conciernen a la vida, que os dais cuenta de que el síntoma os está privando de todas ellas…

Siempre recordaré con toda claridad el momento del tratamiento en que sentí que la ilusión había regresado.

Evidentemente sería un proceso progresivo pero hubo un instante preciso en que me sentí consciente de ello.

Era un día como otro. Y entonces, en cosa de un segundo, estallé en lágrimas de alegría (no son muy comunes, lágrimas que te sobrevienen con intensas situaciones).

Tanto y tanto dolor, tanto y tanto D O L O R    y allí estaba, Ella, la Ilusión

h a b í a     v u e l t o,

sin esperarla, de allí, de alguna parte de mi ser.

Y en el fondo, en el silencio, una niña le susurraba:

-N o    v u e l v a s     a      i r t e     j a m á s .

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