Archivo mensual: octubre 2013

La superSandra

Recuerdo algunos de los dibujos que hice durante el tratamiento. Me sorprendía analizarlos junto al grupo de autoayuda y los profesionales. Por ejemplo, uno fácilmente legible, consistía en un camino más o menos recto que se perdía entre dos montañas -el futuro- acompañado de unos arbustos, uno de los cuales era negro y simbolizaba la enfermedad. Estaba en una de las etapas finales del tratamiento trabajando como si el final tuviese la forma del principio en aceptar que aquel episodio había tenido cabida y un lugar en mi vida.

A pesar de que le dije a la terapeuta con sinceridad que aceptaba la horrible etapa que había resquebrajado toda mi vida, hoy me cuestiono si no era yo la astuta que respondía sencillamente la respuesta correcta. Dentro de lo malo -más tarde trabajaría sobre el perfeccionismo-, al inicio del tratamieto, el deseo de ser la paciente perfecta hizo que me pusiera las pilas y no deseara quedarme atrás mientras quienes componían el grupo de autoayuda avanzaban.

Si hoy me pregunto todo esto es porque me siento orgullosa de haber superado la enfermedad habiendo contribuido la experiencia a forjar mi talante, mi aprendizaje, el conocimiento sobre la psicología humana que tengo ahora y que tanto me ayuda en mi día a día; pero una parte de mí se muestra escéptica a que los otros puedan comprenderlo. Soy la que soy en parte por mi pasado (quizá para despertar la potencialidad de ser hube de atravesar la puerta del dolor), pero a veces me siento…

¿avergonzada como si pudieran juzgarme superficialmente?

¿culpable como si aquello hubiese sido exclusiva elección mía?

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Para profundizar en la causa sigo una cadena de razonamientos.

1. Si hoy me pregunto todo esto es también porque C. quiere saberlo todo. Y el día que le diga que tuve anorexia, que dejé de comer, me da pánico pensar que juzgará que aquello se trató de un capricho incomparable al dolor que él atravesara, que traicioné a la Sandra más vital de ahora, que entre la vida y la muerte a la segunda iba de cuajo, que pude jamás conocerle.

2. Si sé realmente que no me juzgará de ese modo, entonces soy yo la que me estoy juzgando, la que me recrimino, la que se da cuenta verdaderamente que el temor es el de destruir el ideal de Sandra, la imagen que en silencio todos construimos, miedo a aceptar mis debilidades.

3. En conclusión una se da cuenta de que jamás exige a los demás tanto como a sí misma. Y ese es el origen de la discordia.

El curso de los días

En la exposición fotográfica Ozymandias de la galería Wabi Sabi me encontré hará unas semanas con una antigua profesora de mi instituto. La vi de lejos admirando unas cajitas xilografiadas de madera y rápidamente también ella me reconoció. Demostró como siempre mientras hablamos su envidiable humor, pero hubo un tiempo en que la atmósfera de liberación que la rodea ahora se apagó y su lugar lo ocupó la negra esfera de su alcoba, la que contenía el lecho en que cada noche una nueva pesadilla le daba la bienvenida bajo la almohada. Se llevó viendo a su hija consumida por un TCA desde los 14 a los 27 años. Decía que cuando al fin su pequeña se recuperó fue ella quien tuvo que ir al psicólogo porque tenía los ojos llenos de enfermedad. Recuerdo cómo esas palabras se quedaron resonando en mi cabeza aquel día. Era como si esas palabras trajeran una brisa helada consigo (“tenía los ojos llenos de enfermedad”, de enfermedad de tantos años acostumbrada a mirar a su hija como a una enferma). Era una brisa tal como la que penetraba en mi casa cuando estábamos levantando una nueva estancia junto al salón y ese invierno de obras por las ventanas y huecos penetraba el viento helado que reflejaba la desolación de cada uno de nosotros, los moradores, los habitantes, por la muerte de mi padre.

Hay que añadir que Milagros Infante había acogido durante un año en su casa a una chica belga que padecía una anorexia exacerbada. Cuando se refería a la joven lo hacía con ternura e inteligencia, pero a la vez horrorizada por las reminiscencias de su hija, por los episodios en que  la dulce francófona se encorvaba hacia adelante o agachaba hacia el suelo dejando ver su completo caparazón óseo bajo la cutánea transparencia de su espalda, un caparazón que más que defensivo parecía horadado por la fragilidad.

Ambas mantienen aún una esporádica correspondencia que le revela a Milagros que la joven no ha mejorado. Es por eso que se ha animado a enviarle un cuento que escribió a ella dirigido y que os traslado:

“Había una vez una joven princesa que vivía en un lugar maravilloso, un pequeño castillo rodeado de árboles, fuentes y ríos situado en una ciudad con su puente romano, sus calles empedradas, con gatos suaves, sus tilos en la plaza al lado del befroi, su biblioteca de las ilusiones, sus hornos de pan y su fábrica de chocolate.

Esta princesa era amiga de un dragón juguetón que tenía poderes especiales y al cual le pidió un deseo inocente. La princesa quiso detener el tiempo y no seguir creciendo; tal vez solo quería pasarse el resto de sus días jugando en el patio del castillo con su mullido dragón que siempre la obedecía en todo. El dragón le concedió el deseo y ella se quedó encerrada en su pequeño cuerpo.

Pasaron las estaciones sobre el paisaje y ella siempre era una princesa adolescente. Conoció a otras doncellas e incluso hizo viajes con ellas y disfrutaba con lo que veía, pero nada la complacía plenamente. Cuando volvía a su castillo al lado del río, se enfadaba y ni ella misma sabía de dónde provenían esos enfados tontos. Se enfadaba tanto que hasta se le olvidaba la existencia del dragón.

Sus padres adoraban el recuerdo de su hija amorosa anterior al hechizo. Estaban orgullosos de la inteligencia de la joven princesa, que cada año empalidecía más, y la enviaron a estudiar a las universidades más prestigiosas con la esperanza de que encontrase la fórmula que restara el efecto.

La vida exterior se desarrollaba según las leyes conocidas, las abadías y colegiatas alzaban afanosamente sus muros, los jardines aromáticos apenas exhalaban olor, los campesinos y pescadores seguían con sus faenas y las lavanderas habían olvidado sus canciones, por todas partes se respiraba una quietud interior, un silencio de espera. El río, el valle, los pájaros, la vida familiar, las nubes se quedaron detenidas esperando el desenlace de esta contienda. Su precioso reino permanecía dentro de una campana de cristal con el aire quieto esperando retornar al movimiento. […] Las gentes del lugar olvidaron la verdadera naturaleza de la princesa , sin embargo los parientes y amigos buscaron y consultaron hasta los magos de las tierras más lejanas buscando un remedio al malestar de su querida niña.

La vida seguía y hasta el patio del castillo llegaban los ecos de otras vidas con sol y alegría. Hasta que un día, en el que ya casi todos habían olvidado, la princesa escuchó primero un murmullo y luego una canción hecha del sonido de los pájaros, de las voces melosas de los gatos que ella acariciaba, una canción que traía el ruido de las hojas que caen en circulo, con el silencio de las noches estrelladas, y el suave susurro de las lenguas extrañas una canción que decía tú puedes, tú puedes, tú puedes…

Y a partir de ese día un nuevo sentimiento se posó en el corazón de la princesa que no quería crecer. Y aunque por fuera no se notaba la diferencia y seguía siendo la princesa de formas delicadas y ojos profundos, la canción ya estaba en su corazón y se sintió capaz de vivir su vida de cualquier manera, sin pensar lo que quería o no quería ….. Solo vivir. De esta forma tan sencilla se deshizo el hechizo y empezó su nueva vida. Se había tomado demasiado en serio sus propios deseos. No pasó nada especial, ni se festejaron torneos de celebración. La fiesta era ella misma que aprendió a mirarse con los ojos de los que la querían.”


Ojalá sea así y este cuento le acerque a la joven su canción, su cuerpo deje de ser una prisión y se de cuenta de que las cosas que más quisimos pudimos olvidarlas, que en el espejo su reflejo intenta desprenderse de la cegadora venda ante sus ojos, pero que sólo a ella responderán sus manos. Que el invierno pase y se libere de la perpetuidad, que la primavera llegue con sus flores aunque deban estas resurgir del polvo, que el otoño rete a la supervivencia enfrentándose a la caída de sus hojas con nacimientos nuevos y nuevamente, cuando el invierno retorne, que seamos las hogueras donde otros se aproximan en busca de cobijo, que en las noches heladas otras hogueras ardan, y que todo siga por siempre su ciclo natural sin que nosotros destruyamos la belleza del curso de los días.

Fotografía tomada de: arriba Wabi Sabi; abajo http://chestchest.tumblr.com

Frente a la desesperación

Hay muchas historias tristes y desoladoras en el mundo. A veces tenemos que callar. Una no puede ser la heroína y salvadora universal, pero al menos intentas tratar el tema sin arrogancia alguna, con la humildad de la fortuna no ganada sino concedida.

En mitad de toda vida hay desesperación. Siempre están quienes la alimentan en silencio o quienes piensan que cargarla a sus espaldas en soledad sin involucrar a nadie es meritorio, medalla de fuertes y de valientes. Luego te enteras de que un joven amigo se ha suicidado. La noticia es monstruosamente desesperanzadora. Te embarga un sentimiento de pérdida de esperanza en la vida a la vez que un sentimiento de supervivencia ante la seguridad de aún conservar la propia.

Recuerdo ahora una leyenda india que me leyeron una vez: Un viejo Cherokee estaba hablándole a su nieto sobre la vida.

“Hay una batalla teniendo lugar en mi interior… es una pelea terrible entre dos lobos. Un lobo representa el miedo, la ira, la envidia, la pena, el arrepentimiento, la avaricia, la arrogancia, la culpa, el resentimiento, la inferioridad… El otro lobo es la alegría, la paz, el amor, la esperanza, generosidad y serenidad, la humildad, la benevolencia, la amistad, la verdad y la fe.”

“Esa misma lucha tiene lugar en el interior de toda persona como en tu corazón”

Y el nieto preguntó: “¿Y cual de los dos lobos ganará?”

Y el anciano Cherokee respondió: “Aquel al que alimentes”


El reto en cada individuo es escoger la actitud que no le enferme, le permita relacionarse con los demás, vivir. En mi caso, por ejemplo, siempre fui una persona muy dada a la introspección y gracias a que fomenté mis capacidades sociales fui capaz de evolucionar de un modo estable y equilibrado ambas dimensiones de mi vida. Si nos pertrechamos de optimismo e ilusión, no solo nos beneficiaremos, sino que todos aquellos que nos rodean se dejarán arrastrar por ese ánimo que vistamos. El duelo humano es elegir cada día, lo que equivale a renunciar a aquello que no se elige.

Regresando al tabú que rodea al suicidio lo más aterrador de todo resulta el silencio, la absoluta necedad e ignorancia ante el estado de este compañero que jamás aparentó tener ningún problema, y que si tenía ansiedad, depresión o adicciones, estos tres elementos motivadores de conductas suicidas, pensamos que era en magnitud proporcional a las nuestras ante las desalentadoras perspectivas laborales como existenciales con las que cada cual lidia.

Siempre hay una salida, es lo que hay que tener en cuenta ante los momentos de mayor debilidad. La vida es lo más valioso que tenemos, un regalo que no podemos comprar y hay que emplear cada segundo de ese reloj que grabado en nuestras nucas no vemos en realizar el proyecto personal que hemos escogido renunciando, como dije, a otros muchos proyectos porque la sabiduría reside en saber y ser capaces de elegir, y entonces emplear nuestra energía en descubrir hacia donde nos conduce dicha elección y sus subsiguientes, qué podemos aprender, conocer, ofrecer…

La semana pasada predominaron los días grises que lejos de entristecerme me relajaron. Las hojas del limonero se agitaban y estremecían, y unas casas más allá sonaba el tintineo de un móvil de cascabeles. La vorágine de nubes -pensaba- es más empática que la claridad de los días despejados de sol. Porque estamos siempre en mitad de la confusión. Porque caminamos siempre entre la niebla. Nunca hay tanta verdad como para ser azules. El haz de luz puede cavar sendas entre la niebla, la ventisca puede despejar la nebulosa, son las formas en que nuestros actos y nuestro temperamento transforman a ciertas personas y situaciones en guías. Pero siempre vagamos errantes a la espera de aferrarnos a alguna deliciosa determinación de duración indefinida, quizá días, meses, años… Si sigo escribiendo quizá sea alentada por la posibilidad de que mis palabras sean haz de luz para los otros como lo fueran para mí un día.

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