Archivo mensual: noviembre 2013

Aliento de esperanza, las páginas de este cuaderno

Hace unas semanas Rosa, nuestra compi de blog, me propuso participar en un proyecto que incluía la participación de blogers aportando su grito de esperanza ante los TCA. No tenía demasiado tiempo para desarrollar una gran idea, pero sí ganas de colaborar, así que se me ocurrió algo sencillo. Pensé en algo particular, en esa libreta que siempre llevo conmigo en la mochila o el bolso, donde anoto pensamientos, experiencias y vivencia. Pensé que si la enfermedad me hubiera consumido o me sumergiera en ella ninguno de estos habría existido, o bien porque no me hubiera concedido tiempo para escribirlos o seguramente porque no los habría experimentado ni mi mente habría estado en condiciones de atención y observación suficiente para haberlos creado, disfrutado o meditado.

De algún modo toda aquella colección de escritos, de recuerdos y memorias, de invención y realidad, conformaban innegablemente la intransferible historia de mi vida.

Si yo no la escribiera, si yo no la viviera, si me hubiera dejado vencer por la enfermedad, nadie escribiría esta historia, reflejo del vacío las páginas de este cuaderno permanecerían eternamente en blanco…

El dolor


Cuando a nuestro alrededor las cosas tiemblan nuestros pies sobre el suelo se tambalean y sentimos esa inseguridad infantil ante el cambio. El último abuelo que me quedaba, quien nos unía a la primera generación, se ha ido. He sobrellevado todo con mucha entereza desde el momento en que mi hermano atravesara la puerta con un llanto a lágrima viva y lo consoláramos. No es que me duela menos, no es que esté ocultando mi tristeza y vaya a explotar de un momento a otro, es que como le dije cuando espetó que la vida era una mierda: “Yo no me siento maldita por haberlos visto morir a todos; yo me siento bendita por haberlos conocido siendo como han sido tan particulares e increíbles cada cual a su modo”. Lo difícil viene ahora, cuando la ausencia hace tan tangible la presencia huida.

Me asusto cada vez que mi madre llora en la cocina o continúa suspirando a menudo profundamente. Una se da cuenta de cómo intentamos llenar ese vacío y mantenerla entretenida. A veces parece un error, que queremos evitar el dolor a toda costa cuando lo mejor es dejarlo escapar.

Una causa similar era la principal que me avocaba a mi y, juzgo, a todos a la enfermedad. Porque de algún modo intentas llenar tu mente de pensamientos que sí, que son insanos y tienen una base material, pero lo ocupan todo de tal modo que te alejan del dolor, que te impiden pensar en lo verdaderamente importante y doloroso.

De ahí procedían las manipulaciones, tus requerimientos de atención, del deseo de que nadie pensara en el dolor, del deseo de que nada fuera dolor, del deseo de que no existiera el dolor. Así, poco a poco, avocada a desaparecer, tragada por el dolor que desde dentro te consumía bajo tu intento de simular que no existía.

Tengo que dejar que llore, tengo que permitirme también yo llorar, porque si el dolor no sale fuera se queda dentro y es indiscutible esta afirmación. No puedo probarlo científicamente, la experiencia me dice que es así…

 Scroll hacia arriba