El curso de los días

En la exposición fotográfica Ozymandias de la galería Wabi Sabi me encontré hará unas semanas con una antigua profesora de mi instituto. La vi de lejos admirando unas cajitas xilografiadas de madera y rápidamente también ella me reconoció. Demostró como siempre mientras hablamos su envidiable humor, pero hubo un tiempo en que la atmósfera de liberación que la rodea ahora se apagó y su lugar lo ocupó la negra esfera de su alcoba, la que contenía el lecho en que cada noche una nueva pesadilla le daba la bienvenida bajo la almohada. Se llevó viendo a su hija consumida por un TCA desde los 14 a los 27 años. Decía que cuando al fin su pequeña se recuperó fue ella quien tuvo que ir al psicólogo porque tenía los ojos llenos de enfermedad. Recuerdo cómo esas palabras se quedaron resonando en mi cabeza aquel día. Era como si esas palabras trajeran una brisa helada consigo (“tenía los ojos llenos de enfermedad”, de enfermedad de tantos años acostumbrada a mirar a su hija como a una enferma). Era una brisa tal como la que penetraba en mi casa cuando estábamos levantando una nueva estancia junto al salón y ese invierno de obras por las ventanas y huecos penetraba el viento helado que reflejaba la desolación de cada uno de nosotros, los moradores, los habitantes, por la muerte de mi padre.

Hay que añadir que Milagros Infante había acogido durante un año en su casa a una chica belga que padecía una anorexia exacerbada. Cuando se refería a la joven lo hacía con ternura e inteligencia, pero a la vez horrorizada por las reminiscencias de su hija, por los episodios en que  la dulce francófona se encorvaba hacia adelante o agachaba hacia el suelo dejando ver su completo caparazón óseo bajo la cutánea transparencia de su espalda, un caparazón que más que defensivo parecía horadado por la fragilidad.

Ambas mantienen aún una esporádica correspondencia que le revela a Milagros que la joven no ha mejorado. Es por eso que se ha animado a enviarle un cuento que escribió a ella dirigido y que os traslado:

“Había una vez una joven princesa que vivía en un lugar maravilloso, un pequeño castillo rodeado de árboles, fuentes y ríos situado en una ciudad con su puente romano, sus calles empedradas, con gatos suaves, sus tilos en la plaza al lado del befroi, su biblioteca de las ilusiones, sus hornos de pan y su fábrica de chocolate.

Esta princesa era amiga de un dragón juguetón que tenía poderes especiales y al cual le pidió un deseo inocente. La princesa quiso detener el tiempo y no seguir creciendo; tal vez solo quería pasarse el resto de sus días jugando en el patio del castillo con su mullido dragón que siempre la obedecía en todo. El dragón le concedió el deseo y ella se quedó encerrada en su pequeño cuerpo.

Pasaron las estaciones sobre el paisaje y ella siempre era una princesa adolescente. Conoció a otras doncellas e incluso hizo viajes con ellas y disfrutaba con lo que veía, pero nada la complacía plenamente. Cuando volvía a su castillo al lado del río, se enfadaba y ni ella misma sabía de dónde provenían esos enfados tontos. Se enfadaba tanto que hasta se le olvidaba la existencia del dragón.

Sus padres adoraban el recuerdo de su hija amorosa anterior al hechizo. Estaban orgullosos de la inteligencia de la joven princesa, que cada año empalidecía más, y la enviaron a estudiar a las universidades más prestigiosas con la esperanza de que encontrase la fórmula que restara el efecto.

La vida exterior se desarrollaba según las leyes conocidas, las abadías y colegiatas alzaban afanosamente sus muros, los jardines aromáticos apenas exhalaban olor, los campesinos y pescadores seguían con sus faenas y las lavanderas habían olvidado sus canciones, por todas partes se respiraba una quietud interior, un silencio de espera. El río, el valle, los pájaros, la vida familiar, las nubes se quedaron detenidas esperando el desenlace de esta contienda. Su precioso reino permanecía dentro de una campana de cristal con el aire quieto esperando retornar al movimiento. […] Las gentes del lugar olvidaron la verdadera naturaleza de la princesa , sin embargo los parientes y amigos buscaron y consultaron hasta los magos de las tierras más lejanas buscando un remedio al malestar de su querida niña.

La vida seguía y hasta el patio del castillo llegaban los ecos de otras vidas con sol y alegría. Hasta que un día, en el que ya casi todos habían olvidado, la princesa escuchó primero un murmullo y luego una canción hecha del sonido de los pájaros, de las voces melosas de los gatos que ella acariciaba, una canción que traía el ruido de las hojas que caen en circulo, con el silencio de las noches estrelladas, y el suave susurro de las lenguas extrañas una canción que decía tú puedes, tú puedes, tú puedes…

Y a partir de ese día un nuevo sentimiento se posó en el corazón de la princesa que no quería crecer. Y aunque por fuera no se notaba la diferencia y seguía siendo la princesa de formas delicadas y ojos profundos, la canción ya estaba en su corazón y se sintió capaz de vivir su vida de cualquier manera, sin pensar lo que quería o no quería ….. Solo vivir. De esta forma tan sencilla se deshizo el hechizo y empezó su nueva vida. Se había tomado demasiado en serio sus propios deseos. No pasó nada especial, ni se festejaron torneos de celebración. La fiesta era ella misma que aprendió a mirarse con los ojos de los que la querían.”


Ojalá sea así y este cuento le acerque a la joven su canción, su cuerpo deje de ser una prisión y se de cuenta de que las cosas que más quisimos pudimos olvidarlas, que en el espejo su reflejo intenta desprenderse de la cegadora venda ante sus ojos, pero que sólo a ella responderán sus manos. Que el invierno pase y se libere de la perpetuidad, que la primavera llegue con sus flores aunque deban estas resurgir del polvo, que el otoño rete a la supervivencia enfrentándose a la caída de sus hojas con nacimientos nuevos y nuevamente, cuando el invierno retorne, que seamos las hogueras donde otros se aproximan en busca de cobijo, que en las noches heladas otras hogueras ardan, y que todo siga por siempre su ciclo natural sin que nosotros destruyamos la belleza del curso de los días.

Fotografía tomada de: arriba Wabi Sabi; abajo http://chestchest.tumblr.com
Una respuesta a El curso de los días
  1. Jeannet Responder

    Solo quería decirte que te agradezco mucho todo lo que escribes, para mi leerte ha sido como una chispita que se enciende en la obscuridad, saber que una vida tranquila existe fuera de un transtorno alimenticio me llena de mucha esperanza del futuro, en verdad muchas gracias!!

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