Inteligencia emocional y lenguaje no verbal (II)

Rodeados de etiquetas y maniquíes en esta época poco se oye hablar del interior, pero nuestro bienestar no depende de un icono ni nuestro amor de la firmeza de la carne. Buscando y buscando, ¿no será que lo que indagamos se encuentra dentro y no en el exterior?

Nuestro cuerpo también habla y escucharle es de suma importancia. Su estado afecta a nuestras emociones y nuestras emociones le afectan a él. En él se manifiestan nuestros problemas, si nos encontramos deprimidos, relajados, ansiosos, nerviosos, abiertos… La comunicación es un acto creativo en el que dos personas cambian con la acción, interaccionan y reaccionan, y más allá de lo que se exprese con palabras en dicho acto, nuestro cuerpo adopta un mensaje, dictado en parte por la sociedad, por la herencia cultural, por nuestra aptitud, etc., al que acompañan la expresión de los ojos, el espacio que nos damos para hablar y que determina el grado de confianza que nos profesamos, pues nuestro yo integro no se encuentra limitado por la piel; el ritmo y la entonación, nuestro modo de gesticular, el ángulo formado el otro hablante (enfrentados para competir y al lado del otro para cooperar), etc.

Nuestro cuerpo dice mucho de nosotros. Recuerdo el primer día que experimente una terapia en grupo. Cerrada a mostrar mis sentimientos permanecía a la defensiva, con los brazos cruzados sobre mi pecho, con las piernas de igual modo entrelazadas. Cuando logré sentirme cómoda y confiada, abierta y receptiva, fui deshaciendo mi barrera. Este y muchos otros ejemplos son prueba de que tomando consciencia de nuestra expresión externa, tomamos también un contacto más íntimo con nuestros sentimientos.

La mirada, espejo del alma, se fija en el objeto de nuestra atención, pero no aporta indicios de nuestras pretensiones. Cuando nuestros ojos se encuentran con los del otro nos sentimos expuestos a que conozcan cómo nos sentimos, vulnerables, observados. Decidimos retirar la mirada o expresar nuestro ánimo.

Hace algunos días me llamó la atención el modo en que nuestra cultura puede programar cómo conducimos nuestra propia mirada. En “Extranjeros en España”, una estadounidense hablaba de la atracción que le producía poder mirar directamente y con abierta curiosidad a personas anónimas, mientras en su país era algo “prohibido”, descortés. ¡Hurra!, soy amante y observadora de los desconocidos, para mí este es un aspecto progresista que no considero viole la intimidad de la otra persona. Basta si el extraño nos mira desconcertado con esbozar una amistosa con un ingrediente de complicidad. Sin embargo, he observado otros aspectos que a pesar de comprender siguen llamando mi atención. Se trata de cómo al sentarme en el extremo de un banco público, la persona que llega ocupa el otro extremo en lugar del centro o el modo en el que al buscar asiento en un autobús, realizamos un primer y rápido sondeo en busca de los pares de asientos libres y, sin hallar alguno, nos dirigimos hacía los compartidos con otro individuo.

El tacto y la piel, también importantes, nos mantienen en inmediato contacto con el otro y con el mundo exterior. Y también el olfato posee su papel en la comunicación, pero actualmente, en una sociedad “superdesodorizada” y temerosa al mal aliento y olor corporal, tendemos a reemplazar los olores naturales por los perfumes elaborados.

Así, la excesiva delgadez u obesidad del cuerpo es signo de que algo en nuestras emociones no va bien, y predominan aquellas que son negativas: el estrés, la ansiedad, la tristeza, la irritación. Es entonces cuando se rompe el contacto ocular con el otro agachando la mirada, evitando el contacto físico. Si comprendemos que nuestro cuerpo induce un mensaje, si logramos discernir qué deseamos que manifieste de nosotros, la belleza tomará otro cariz. Conocerte a ti mismo implica conocer tu cuerpo, cuidarte significa mimar tu cuerpo; sonreír, sonreír con tu cuerpo; llorar, llorar con tu cuerpo.

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