Protocolo de actuación

De qué trata este post, de lo que el anterior revelara, de nunca exigir a los demás tanto como a nosotros mismos. Podemos amar sus imperfecciones mientras nos preocupamos de erradicar las nuestras para que nos amen y para gustar a gente que desconocemos, podemos arreglarnos para ponernos la máscara que creemos haber elegido, ocupar nuestro tiempo en preocuparnos de los pensamientos ajenos con la pretensión incluso de construirnos una vida aparente que merecieraser envidiada y deseada…

Autoexigencia

Enterramos la máscara a veces, pero volvemos corriendo a por ella

¿Ejemplos? All days. Una amiga, en particular, acude a un nutricionista. Quiere ponerse en forma para el verano, pero ha aprendido de la mano del profesional que esto no equivale a dejar de comer; sino a cuidar más su alimentación y compaginarla con saludable deporte. Y sin extremas variaciones en su cuerpo, el simple hecho de aprender a cuidarse le está proporcionando la seguridad necesaria que le faltaba en sí misma y… ¡se acabaron esas noches en que ella como organizadora de un evento era la que precisamente se ausentaba porque ante el espejo se decía que no podía salir cuando su cuerpo no cumplía las expectativas exigidas, que eran mucho mayores aún ante el reflejo en que sus ojos proyectaban cientos de reproches! ¡Se acabaron esos días en que se quitaba sus shorts por no querer enseñar las piernas! Desde que arriesga y se atreve a vestir esos conjuntos que rechazara con lágrimas en los ojos, la veo más guapa y optimista, me gusta mucho más.

Second. Salió a conversación el gran lunar que una chica tenía en su mejilla. No creo que merezca el atributo de conversación, fue una breve intervención. Unos afirmaban algo injustamente que se trataba de un rasgo incómodo a la vista; otros que la chica era ciertamente guapa y que qué importaba aquella nimiedad. Quienes establecían lo primero, lejos de toda altanería admitieron que eran los primeros que creían que sus propios defectos eran los mayores; los segundos, me gusta agregar, eran personas genialmente desenfadadas.

Me agregué a este último grupo en primer lugar porque todo rasgo personal que proporcione identidad y particularidad a un rostro me resulta excepcional, y en segundo lugar, en solidaridad con una de mis mejores amigas (bellísima persona) que no desearía dejase de tener un carácter envidiable y se reprochara a si misma unas manchas cutáneas intratables que asoman en su rostro y que intenta disimular con maquillaje y a las que yo, si alguna vez dirigí la mirada hacia ellas en lugar de hacia sus ojos fue discretamente por curiosidad del divertido azaroso trazado que formaran. Ojalá piense como yo, que ha de nutrir su seguridad no en la apariencia sino en su personalidad porque es ciertamente lo importante, es ciertamente por lo que la quiero con locura, por quién es, y ojalá ninguna apariencia ni autoexigencia la prive de esa jovialidad con que motiva a quienes la rodeamos. Y ojalá me aplique siempre esto que deseo para ella a mí misma. Ojalá nos lo apliquemos y tengamos presente más a menudo.

Con esto, quiero aclarar, no deseo dar a entender que descuidemos nuestra apariencia porque hay que mimar nuestro cuerpo y hay que arreglarse en primer lugar solo por el placer de estimarnos.

Por último, comentaros que en relación a este tema leí el otro día un escrito de M.R. Trataba acerca de una estantería púrpura y de piel granular que abandonaba en la cochera porque -juzgaba- nadie querría una estantería como aquella. Mientras lo leía supe que en parte esta representación material se trataba de una analogía. Aquella estantería era tan defectuosa que podía reprochársela, tanto como él era tan imperfecto que podía reprochárselo (¡Eres tan imperfecto!) ¿Si nadie querría una estantería como aquella, quién iba a querer a alguien como él (alguien que apenas sabía apañárselas consigo mismo)? A veces pensé que sostenía la creencia de haberse olvidado de representar el papel que un dios superior le había proveído, que había olvidado el protocolo de actuación.

Aunque lo que yo creo es que tú mismo te echabas la cárcel a las espaldas, que tú mismo te habías atribuido la bucólica y desdeñada imagen del fracaso y en torno a tus teorías ya no te permitías cambiar en pos de un optimismo lejano a tu Kafka favorito. Sé tú siempre, pero atrévete a jugar y experimentar contigo, no dejes que los límites de tu pensamiento sea los límites de tu libertad.

Si vais a infringir la ley, el protocolo de actuación, tirad los papeles ya por tierra y sed vosotros mismos no parcialmente sino completa e ilegalmente. Divertíos también, disfrutad la vida también. ¡Saludos desde Sevilla city!

La Belle Verte (El planeta libre)

Os dejo hoy, fugazmente, un fragmento de La Belle Verte (1996, Coline Serreau). https://www.youtube.com/watch?v=FkZBuTx13cg

“-¿Qué es esto que llevas en el bolso?
-Es una barra de labios.
-¿Y para qué sirve?
– Sirve para ponerlo en los labios, así.
-¿Es un medicamento?
-No, no, no. Es para hacerte más guapa, más sexy. Para gustar.
-¿Para gustar a quién?
-A todo el mundo.
-Eso tiene que ser muy difícil…Es como un medicamento que te lo pones para que lo demás te quieran, ¿no? Y si no te lo pones, nadie te va a querer, ¿no es así?
La humana se queda pensativa, mientras su compañera le pregunta por un papel que hay en su cartera.
-Y eso, ¿qué es?

-Esto son fotografías…De mis padres, mi marido y mis hijos.

-Ah, claro. Es la gente a la que quieres.
-Sí.

-¿Y porqué no se pusieron barra de labios?”

Dando respuesta

Es esta una imagen subida a Facebook por “Me encantan los buenos anuncios”. Demonizo en ella cierto dramatismo y exhibicionismo, pero extraigo la insumisión que muestra aquel que en lugar de quedar impávido ofrece su crítica y firma con cierto humor ácido. Vamos, ustedes como yo, a analizar esta fotografía al alcance de todos pues, tal y como “Alguien muy simpático” ha respondido al cartel publicitario, deberíamos nosotros dejar de lado el papel de meros espectadores ante lo percibido. Porque de ningún modo dejaréis de ver revistas con cuerpos extremadamente delgados que parezcan la promesa del éxito, tampoco dejarán de existir las dietas infernales que muchos se exigen antes del verano o la sección dietética en el supermercado, de seguro escucharéis comentarios superficiales en vuestro entorno próximo o una amiga rechazará mostrar sus piernas a través de unos shorts… La solución no es simular que todo esto no exista, creer que la curación es anular toda la presión procedente de una sociedad de consumo más que capaz de sacrificar su comercio ético; la solución es vivir sin darle mayor trascendencia, eligiendo lo que para ti tiene “valor” y percibiendo el mundo con espíritu crítico, sabiendo siempre cuál es tu proyecto de vida sin dejarte absorber por identidades creadas para ser representadas.

Hay que añadir que el argumento que proporciona el cartel resulta sobradamente una mentira. Gran parte de las fantasías eróticas que soñamos consisten en situaciones inverosímiles, ciertamente improbables e insospechadas o pudorosas; en ocasiones incluyendo a desconocidos que lejos de tener un cuerpo modélico resultan neutralmente atractivos, pero… independientemente de las posibles interpretaciones, lo cierto es que en los sueños, como en la vida, estas fantasías tienen un lugar especial debido a la enorme relevancia biológica, cultural, emocional y química que el sexo tiene entre los seres humanos. Multitud de psicólogos tales como Freud, quien afirma que estas proyecciones oníricas son mecanismos a través de los cuales saciamos nuestros deseos ocultos o reprimidos, y de escritores tales como Gillian Holloway, quien cree que nuestro acompañante representa ciertas características de personalidad que nosotros deseamos incluir en nuestra propia identidad, han debatido este tema intensamente.

No revelaríamos a nadie el contenido de estos sueños a riesgo de que los juzgasen obscenos. En mi opinión, su variedad no es sino una manifestación creativa a la que muchos artistas como Egon Schiele o Kokoschka han dado forma y que los escritores del realismo sucio, desquitándose de prejuicios, o James Joyce, en las lascivas y explícitas cartas que escribiera a su esposa Nora Barnacle, han encerrado tras sus palabras.

Es apabullante percatarse de que la publicidad ha dejado de ser sutilmente ingeniosa y ha hecho de sus mensajes algo superficialmente directo y banal. El mundo esta hecho para la gente guapa en lugar de para la gente humanamente sensible e inteligente- transmite este cartel-. Compra cremas, ropa, cirugía, fragancias, que hagan de tu cuerpo algo bonito, como un objeto más en exhibición, para ser aceptado, admirado y amado-así lo traduciría quien vulnerablemente no cultiva su pensamiento crítico-.

En el margen derecho de Facebook, donde encontramos algunos disparos publicitarios veo un anuncio del Dead or Alive, un videojuego de voley playa para XBOX al que solía jugar de pequeña. Lo comento porque es de esos contenidos por los cuales crees que jamás te dejarías influir, pero que de algún modo se instalan en el contexto cultural que percibes, y que mostraban a mujeres esculturales. Esta foto de una norteamericana que ha querido representar la desproporción que supondría trasladar las medidas de una barbie a la realidad, muestra muy bien lo nocivo que son esos estereotipos irónicamente a la sombra de los juguetes y que bien podrían plasmar a aquellas mujeres que exhibía el Dead or Alive.

Y, de nuevo, retorno a mis anteriores aclaraciones para pronunciarme no en guerra con el contexto histórico-social-cultural que me ha tocado vivir, sino para fomentar la capacidad de elección para saber qué tomar de un mundo en que toda la información cae sobre nosotros en una constante avalancha en que tú decides con qué te quedas y qué dejas fuera, qué te interesa y qué no.

No me gustaría volver a oír que una becada se ha gastado el dinero por el que personas desesperan en unas tetas nuevas.

Bajo la piel

(Fotografía extraída de la película Stalker, de A. Tarkovski)

Hay días que me sucede, me siento triste sin motivos, melancólica y nostálgica. No sé ser. Me voy quitando piel tras piel. Dejo la invisible piel, la de la persona que seré, en un extremo del sofá, y justo al lado me desquito de la piel visible, de la capa superficial, la del “yo”, esa ficción que cree poder aunar en equilibrio el cúmulo de sustancias inmateriales que me componen, la de la máscara, la del mundo actual, la del universo interior… Más allá del extremo y junto a esta última, dejo la siguiente capa, que se aparece ante los ojos con toda claridad, y aquella otra también conocida y algo parecida a mí, y esa otra de los ocho años pálida y temblorosa, o el pájaro y la flor de los 5…

Así llego al otro extremo del sofá y me he hecho muy, muy pequeñita. Tanto que siento que aún no he nacido. Y como no he nacido aún siento también que no me falta nada. Tampoco conozco aún el dolor o la felicidad, la memoria es un vaso vacío, el amor es un hombre sentado frente a mí con los párpados cerrados y la boca cosida. La angustia o la euforia de existir aún no han agrietado la paz de la nada, la paz de esta matriz gaseosa

Cuando la conciencia me abofetea y los límites de mi pensamiento construyen la jaula de esta libertad vuelvo a la realidad del espacio y del tiempo, a estar sentada en el sofá de mi casa, donde no quedan restos de ningún museo de antiguallas o de estatuas. Vuelvo a la realidad y siento esa presión en el esternón, como si hubieran estrujado, hincado, hundido una llave en dicho punto y la hubieran girado y girado, como si hubieran sacado la llave y la imposible regeneración hubiera dejado un vacío en mi cuerpo.

Me cuesta entonces respirar.

Mi máscara impone la inútil prohibición de llorar las veces  que más lo necesito. Acudo al espejo, intento resquebrajarla y permanece inamovible mientras yo me muerdo las ganas de vaciar mis ojos de esos sentimientos de piedra que se hunden en el río de mi identidad y de mi existencia.

*

Mi piel adolescente se sentía como yo hoy me siento perpetuamente y su pecho estaba plenamente agujereado. Quien fui, quien soy y quien seré, una personalidad que quizá acrecienta mi potencial de reflexión y de poner en crisis mis propias certezas, fomentaba este proceso de huida del dolor hacia  ese estado primigenio de inocencia y de burbuja.

Como adulta, en lugar de pensar que me he corrompido, cavilo y me reafirmo sobre mi voluntad de ser. Conozco ahora el pájaro azul de la felicidad y la yacida golondrina del dolor, conozco la nutritiva risa y el sabio llanto, la rosa y la ceniza, las raíces del árbol y la sombra que su copa vierte y derrama sobre mi frente, atravieso el día y la noche junto al viento que desperdiga y desordena el equilibrio de las formas de la naturaleza, y el amor me mira frente a frente con sus ojos negros y profundos…

Para poder seguir a bordo de esa travesía de reconocimiento del mundo y de descubrimiento de mi identidad, cuido mi salud física y mental, cuido el orden que rige mi desorden, me permito la espontaneidad de que días como los de hoy lleguen y motiven la lectura que hoy hago del modo en que siento o miro hacia ese universo con centro en mí.

…He dicho ya lo que quería decir. He dicho ya lo que quería compartir. A modo de conclusión: permítanse sentir la tristeza o llorar a  pesar de que reconozcan o no el motivo de su atraganto, de su asma; y si por el contrario reconocen que este estado se eterniza, sepan ustedes que han de tomar medidas contra dicha congoja pues si se van vaciando, quitándose la piel y haciéndose cada vez más pequeños corren a su vez el riesgo de olvidar no solo el dolor, sino las cosas por las que merece la pena despertar, abrir los ojos, vivir de nuevo una vez más…

No olvidarme de pensar que debo acordarme de recordar

Hace unas semanas, en la escuela de arquitectura, un profesor muy querido y llamado Félix Pozo, falleció. Yo no le conocía pero lo supe porque me encontré con M. Lo vi desde lejos, sentado en el patio, encorvado hacia el suelo y con los ojos cerrados. Estaba allí, delante de mis ojos, pero parecía estar tan lejos…

“¿Qué pasa, M.? ¿Te encuentras bien?-le pregunté.

Me habló entonces de Félix, aquel hombre que le inculcó el amor por la Arquitectura y que, fui descubriendo, era muy querido por todos en la escuela. Sentada junto a M. pensé en la belleza de aquel día en que el sol refulgía desde todas las cosas y el cielo tan claro sosegaba mi mente, y en lo injusto y desconcertante que podía parecernos después de haber recibido la malhadada noticia. Sólo quedaba pensar en aquel hombre tan querido como uno entre miles que viven de tal forma que logran tener razones para reír antes de marcharse y sentirse entonces obligados a brindar en honor a su vida.

Yo recuerdo los días no por lo que hice o lo que contemplé, sino por lo que sentí. Es por eso que a veces me da miedo olvidar los recuerdos. Algunos, he comprobado, se van a lo más hondo para asombrosamente reaparecer ante un detonante: un olor, un sabor, un deja-vú -cosas muy concretas-. En ocasiones olvido las imágenes de días inminentemente precedentes y me creo amnésica, Sammy Jankis. Aún así, hay cosas que jamás olvido aunque no sepa ya si las imágenes que vislumbro son inventadas por mi mente desde los pensamientos, interpretaciones propias y subjetivas, o si se tratan de fieles momentos capturados, mariposas en el museo de las breves bellezas muertas.

Lo vivido parece que nunca fue vivido y que de algún modo pasa del recuerdo a acomodarse en el sopor del corazón templado y cálido. Y el presente se construye y se derruye.

Hoy sin embargo, quiero hacer el esfuerzo de recordar, recordar por ejemplo el rostro de mi padre que tan indeleblemente ha persistido en mi memoria, el rostro de un niño blanco al que el mar cubre las rodillas, quien me mira y pacifica desde lejos. ¡Cuánto me hubiese gustado haberle mostrado la persona que soy! La parcela que él sembrara en mi jardín de ocasos es tan subjetiva como el tiempo transcurrido en dicha región de mi universo interior… y es por eso que mi mano infantil conserva cercenadas flores que de él tomara por el capricho de tenerlas en mi jardín secreto.

Esta ficción, mi invención que continúa pareciéndome algo puro y que no procede de la corrompida sociedad que nos transforma, proviene del reino de mi infancia, a veces idílico, pero siempre perspicaz. Aunque me haya complejizado con el tiempo y me haya llenado de dudas e inquietud, en ocasiones me simplifico, en ocasiones como esta en la que estoy sentada junto a M. sin poder pronunciar palabra alguna, pensando que somos nosotros quienes nos quedamos en la vida con el presente reto de no dejarla pasar de largo.

Aquí estaremos, disfrutando todo lo que podamos, ofreciéndonos a los demás hasta que llegue la hora de darle paso a otros que ojalá comprendan lo que nosotros comprendimos y ojalá sean tan felices como lo fuimos nosotros.


*

Madre, te toca el turno y no sé por dónde empezar ni como abarcar lo que te tengo reservado, el final de este post, el cierre de oro que eres tú por ti misma. Hemos sufrido tanto y nos hemos hecho tanto daño como nos hemos demostrado tanto amor…  ¡Qué dolor tan grande motivaba la atrocidad y cómo la atrocidad engendraba más dolor! … y cómo el silencio se hacia grito; el abrazo,estrangulamiento; el bosque, incendio; la libertad, soga; la lágrima, vacío; la fuerza, inanición…

He saldado mi gratitud mostrándote quién soy y tendiéndote las lentes con las que yo viera el mundo. ¿Te habrías sentido más afortunada habiendo compartido tu vida con otras personas? Nunca lo sabremos, quizá un día te lo pregunte a pesar de que preveo que juzgarás con severidad mi desconfianza y mis cuestionamientos que parecieran obstinados e infantiles. De lo que tengo la certeza es del despertar que has provocado en mí y de que los mismos momentos horribles que atravesamos merecen ser recordados porque son la muestra del infinito muro que escalamos y que nos dejó estás heridas ya suturadas. Ayudarme a dejarlo atrás nunca fue tu obligación. Sin ti, madre, jamás lo hubiera logrado. Gracias por tu generosidad.

*

Lectores frente a la pantalla, disculpad la introspección con que escribo hoy y… lo dicho, ¡qué la vida no pase de largo! “¡Qué el fin del mundo nos pille bailando!”

Volviendo al pasado con los ojos del presente

La cabalgada de la feliz bicicleta

que despertó mi primera valentía

y que voló conmigo.

(Nadie veía nuestras alas,

nuestro último tacto despidiendo al suelo).

Ya volvemos a estar lejos de todo

como en aquellas tardes junto a la playa.

Esta arena… ¿acaso sea la misma?

Y este mar… ¿acaso bate en mi casa?

El sol descuaja en mis mejillas

caricias de espuma blanca.

Oh sol que recuerdas nuestras sombras

¿es este reino tuyo el de mi infancia?

Después de estas tres semanas sin escribir pienso que esta ausencia no ha sido más que un poema, que este poema que escribí hace un par de años al recordar mis primeros pedaleos sobre mi primera bicicleta. Mi madre sujetaba e impulsaba la bicicleta por detrás mientras yo, tambaleándome insegura, le rogaba que no me soltara. Y un día, cuando la confianza en la rutina se instaló, yo pedaleaba feliz hacia adelante, casi con los ojos cerrados, sin darme cuenta que mi madre había dejado de agarrar la bicicleta y era apenas una figura diminuta cuando torné el rostro segundos antes de caerme.

Todos estos pequeños actos que se podrían medir en apenas una secuencia de escasos minutos no eran simples actos, ahora lo comprendo. Lo comprendo porque mi madre aferraba con sus manos mi libertad, mi independencia, la falsa confianza que el polluelo tiene de permanecer eternamente en el nido, en su refugio protegido; lo comprendo porque imagino su rostro emocionado cuando me soltó sabiendo que estaba disfrutando de mi libertad, pero que en algún momento debería caer para aprender que la libertad era algo que debía ganar; lo comprendo porque cuando giré la cara y la vi tan lejos, y me caí al suelo, y me raspé la piel, y las piedritas de los adoquines se clavaron en mis manos…  una parte de mí se sintió inmensamente feliz por el placer del vuelo y otra supo que si había caído era porque siempre había creído que ella me sujetaría y, sin embargo, ella no estaba allí. El miedo de caer se derramó sobre mí sólo porque yo lo había permitido al proveerme de un valor motivado desde fuera.

Sí, a veces la naturaleza de la vida se repite aunque tenga formas y apariencias diferentes. Creo que durante estas semanas en que necesitaba tomar todo mi valor para afrontar las entregas en la universidad y mis retos personales, en que necesitaba distanciarme y disfrutar de mi propio vuelo de pájaro, hemos tenido la oportunidad de iniciar una primera lección a lomos de la bicicleta imaginaria que en lugar de llamarse PEDALEAR se llama CUIDARSE.

Cuando me escribís un comentario diciéndome: Este post me ha llegado en el momento justo, en el momento en que estaba en crisis, y me ha animado y me ha reforzado; me siento un poco esa madre o ese padre asiendo fuertemente el metal en torno al cual habrá de desasir sus manos para dejar que batáis vuestros retos personales y corráis el riesgo de educar vuestra mente, porque la mayor escuela donde aprenderéis será del pensamiento que nazca de las ideas sin prejuicios libres de miedo. (Y un gran porcentaje de lo que damos por aprendido desde fuera y desde que somos pequeños viene cargado de miedo, pero eso es otra historia y por tanto, debe ser contada en otra ocasión).

Habrá un momento en que ya no podré ayudaros, en que ya no estaré cuando volváis el rostro. No, no me refiero a que no ande por aquí, pesada de mí, haciendo lo que tanto placer me provoca (escribir) y buscando la humilde consecuencia de repercutir positivamente en vuestras vidas, que forman parte de la vida que tanto amo; me refiero a que, en el fondo, mi mayor deseo es que aprendáis a pedalear, a volar, a cuidaros, a disfrutar de vuestra propia libertad, hasta el punto en que ya no me necesitéis y comencéis a buscar no fuera sino dentro, dentro de vosotros mismos, de vuestro pensamiento, de vuestra efervescencia, vuestra vitalidad, vuestra pasión, vuestra vocación…

No quedará la bicicleta, habrá sanado la herida y vuestra sonrisa me devolverá el recuerdo de esta primera lección que puede que no olvidéis porque estará presente en el momento en que arriesguéis, que dejéis de alimentar al miedo, que persigáis esos sueños que no caen de la nada, sino que se construyen de tal forma que en el momento exacto en que dejamos de desearlos pasamos a ser conscientes de que los hemos ganado.

¡100 entradas luchando por dar esperanza!

Cuando comencé a escribir en 1espejo1000ventanas escuché que éramos una iniciativa pionera que combatía los tantos blogs pro-ana y pro-mía, y a pesar de tener una noción vaga de lo que eran estos blogs, nunca me informé realmente sobre ellos. Sin embargo ayer sufrí un desencanto profundo e impactante, un pesar carente incluso de impotencia (esta vendría después) cuando navegando en la web y saltando de link en link me tomé por vez primera con uno de estos blogs.

Jamás había accedido a uno de ellos, donde la persona en cuestión previene de no desear ser la causante de la enfermedad de nadie porque ella emplee ese medio para descargarse; una contradicción puesto que el afán de publicar lo que escribe en Internet en lugar de reservarlo a su ámbito personal y exclusivo sólo puede venir motivado por el afán de crear una comunidad que comparta sus ideas -así lo entiendo o así se desprende de lo que escribe-.

Hay atroces e irónicas metáforas que muestran la insalubridad y la confusión en que se halla sumida su mente (refiriéndose a la comunidad como “princesas” y a las barbies como “reinas” de las cuales ellas son vacas esclavas. Todo me parece tan demencial y surrealista que llego a preguntarme si estando yo mal habría sido capaz de engancharme a un blog dirigido por unas ideas tales, pero lo que si que tengo muy claro es lo que difiere nuestra iniciativa en salud y en calidad humana y vital de blog de este tipo que instan a los lectores a no comer y a castigarse por sucumbir al apetito.

Y a pesar de todo esto, no puedo condenar finalmente a la persona que escribe este blog inconsciente de la repercusión y el mal que puede causar en personas que están empezando a padecer los síntomas de la enfermedad, personas vulnerables o aquellas que, por el contrario, están a un paso de decidir cambiar su detrimente forma de vida para intentar recuperarla… y con impotencia ahora anuncio que no puedo por la sencilla razón de  identificar ese proceso de derrumbe que una vez yo experimentara en frases como: “Estoy muerta por dentro”, “estoy demasiado mal para seguir viviendo”, “no tengo ganas de vivir”…

Pero a pesar de esta especie de clarividencia última acerca de la nula calidad de su estado la chica vuelve a consolarse en “ana y mía” como si fueran las única que la comprendieran. También yo creí que todos estaban en mi contra y en mi mente se proyectaba la enfermedad como una suerte de álter ego que me consolaba y me ataba al síntoma.

Tuve tentaciones de escribirle primero echándole una reprimenda y luego, en un tono más distante, juzgando su blog e instándola a que descubriera iniciativas como la que 1espejo1000ventanas lleva a cabo. Temo pensar que he dejado a una persona varada y que determiné que no habría salida para alguien tan sumido cuando yo pasé por un gran caos mental y despersonalización en la enfermedad; pero no pude escribirle, me dolió leer todas aquellas palabras enemistadas con nuestra vital propuesta de esperanza, y sentí la necesidad de salir de aquel blog inmediatamente por lo extravagante del universo y la perversa locura a la que se sustentaban todas aquellas letras oscuras que escarbaban más y más, desgarrándose las uñas en el hoyo.

Y la causa de que relate esto es informaros de que parte de nuestra labor consiste también en hacerle frente a este tipo de blogs, porque existen, en Internet, donde tú y todos navegamos diariamente, donde te prevengo para que si un día te topas con uno de estos blogs pro-ana y pro-mía lo evites y no te veas perjudicado/a por leer algo de lo que en el haya escrito.

ESPERANZA, SALUD, VIDA, AUTONOMÍA. Eso es por lo que apostamos quienes participamos en esta iniciativa, quienes sabemos lo que es estar atrapado en … y sin embargo, hemos salido de ello. Y de nuevo te recuerdo, lector, amigo, cómplice, si yo logré recuperarme, salvarme, recuperar mi vida, retomar mis proyectos con nueva ilusión; si hubo esperanza para mí; también la habrá, también la hay, para ti, para tu compañero/a, para tu  hijo/a, para tu hermano/a… ¡”No tiréis jamás la toalla”!

Tu sexualidad. ¿Placer o angustia?

Creo que en pocas ocasiones hemos hablado las bloggers de esta imprescindible reflexión que debemos llevar a cabo juntos por tratarse de un ámbito donde claramente emergen nuestras inquietudes e inseguridades y el cual repercute directamente en nuestro bienestar manifestando nuestro modo de actuar y de sentir. Quizá con 15 o 16 años, cuando comencé a participar en esta iniciativa, no estaba preparada para hablaros de este tema. La enfermedad hizo que detuviera todas mis relaciones sociales, que levantara un insondable insondable muro, una inmensurable barrera que separaba el mundo exterior de mi universo interior (en ostracismo). No tenía el suficiente equilibrio emocional para amar a otra persona cuando no podía siquiera amarme a mí misma, o amarme en la vida, en lugar de en la apatía y desconsuelo ante la vida y el dolor que me infligía pensar en la misma y en lo que había sido mi trayecto por ella.

Pero el no poder hablaros entonces de la sexualidad y sentirme con la suficiente confianza y seguridad como para hacerlo ahora me sirve para mostraros cómo ha participado en mi cambio y conducta el modo en que me he desenvuelto en esta índole. El sexo era un universo desconocido que me producía mucha inseguridad por mi inexperiencia e incertidumbre, pero sobre todo por ser algo que escapaba a mi control y que temía fuese mi asignatura suspensa cuando para ser deseada debías ser tan buena en ello como creías que eran las mujeres exitosas. Observaba y envidiaba a las chicas que trataban el tema con mucha naturalidad cuando a mí se me hacía algo inmenso que creía nunca afrontaría.

El haber pensado siempre que antes de estar con otra persona debía desarrollarme y preocuparme por ser yo la persona correcta, al tiempo que mi capacidad contemplativa me hacía disfrutar de la creatividad y la soledad, me llevaron a plantarme en los 18 sin haber vivido una relación de pareja. Ansiaba mi libertad, huía de las posesiones. Y también, sin darme cuenta y en la orilla paralela a mi desarrollo, existía una gran exigencia propia que estaba proyectando hacia un Él ideal e inexistente. Pero como toda persona, una vez logré ordenar mis ideas y dilucidar quien era (algo de lo que permanece en quien soy), una vez entré en la universidad conocer a personas particulares y diferentes me determinó a disfrutar de quien yo era como de las nuevas e interesantes relaciones que estaba forjando, despertó en mí la curiosidad por el sexo y en mi primera experiencia me asombré de dejarme llevar y de disfrutar, porque esto último, disfrutar y sentir placer, era lo que menos se me pasaba por la cabeza cuando pensaba en el sexo.

De algún modo me sentí más completa y liberada porque había logrado difuminar los límites que yo misma me imponía y aquella cosa inmensa que era el sexo se había vuelto algo más de la vida misma, un universo por descubrir para mi mente inquieta. El haber “sentido tanto” ya no consistía sólo en experimentar un gran dolor sino en “sentir tanto” desde todas las sensaciones vitales que despertaban en mi piel y en mi mente porque el sexo no es nada si se trata de dos cuerpos vacíos, pero es una pieza esencial a indagar si se trata de dos cuerpos y dos mentes pues la imaginación, la abstracción, el deseo y el amor se abrazan de un modo exclusivo e íntimo en cada humano que vive su sexualidad.

Pero con estas primeras experiencias llegaron también nuevas inseguridades que antes no me preocupaban del mismo modo. Alguna vez había rechazado una oportunidad con una persona que me estimulaba no sólo física sino intelectualmente por no sentirme ese día cómoda con mi cuerpo. A la luz la otra persona podía ver completamente mi anatomía desnuda y yo desconfiaba de si lo que viese le gustase o no, lo que no podía proceder sino de la inseguridad propia: ¿me gustaba a mí mi cuerpo desnudo frente al espejo? Si pensaba de este modo, yo no merecía estar con un chico de gran físico, yo estaba valorando sólo a un hombre por su físico, y yo le estaba dando la razón a aquellos que pensaban que una chica algo más rellenita no podía estar con un chico guapo y delgado si no era por otras consideraciones, y viceversa. No, yo no pensaba nada de esto en absoluto, pero es lo que se podría derivar implícitamente de mi inseguridad. Detestaba esa derivación a pesar de que sabía que nacía de mis propios titubeos, las dudas y la desconfianza ante el nuevo mundo que estaba aprendiendo, ante el nuevo lenguaje que estaba expresando a través de mi cuerpo, porque no se trataba ya de sexo con placer por fin, se trataba ahora de sexo por amor y ser rechazada por alguien por quien no sentía nada a pesar de ser algo que pudiera agredir mi autoestima no importaba demasiado, pero ser rechazada por alguien a quien amaba me producía un atroz pavor.

¡Y qué puedo decir más que reincidir en el arriesgar y dejarse llevar para cabezas como la mía que acostumbramos demasiado a darle mil vueltas a todo…! Yo deseaba que la persona a la que amaba sintiese todo el placer posible. Y me determiné a dejar de temer crear un lazo más íntimo por miedo a que se fuese a romper y ello me causara dolor. De algún modo este era un efecto causado por la muerte de mi padre cuando yo era niña. Lo había perdido y no podía soportarlo y me daba miedo amar, amar por si un día perdía a la persona que amaba, amar porque esto me causara dolor en el futuro.

Cualquiera se ha sentido inseguro, hasta esa persona que idealizamos y creemos que es imposible que se acompleje por su físico y desparpajo. Hasta esas personas tienen más inseguridades de las que imaginamos porque no se trata de tener o no tener, sino de aceptarse o no aceptarse. Eso es lo que marca la diferencia y la seguridad entre unos y otros. La seguridad que trasmitimos no se basa en tener un cuerpo 10 idealizado, sino en expresar a los demás nuestra aceptación, nuestro estima y la mirada de desparpajo y curiosidad con que sensiblemente observamos y profundizamos en lo que nos rodea.
Cuando conozco a un chico que me gusta emerge la duda “¿le gustará mi físico?”. Y es normal, nos pasa a todos. No es enfermo pensarlo porque es importante para nosotros el amor y la compenetración con nuestro compañero/a y hacer el amor con tu pareja es algo con connotaciones no sólo psíquicas sino carnales, que implican una atracción y requiere de confianza a varios niveles. Por experiencia puedo decir que lo mejor es que te dejes llevar y que arriesgues, que en el fondo todo no es más que un juego y que te sorprenderás a ti mismo/a al poder disfrutarlo sin tensiones cuando te des la oportunidad.

¡Ánimo! ¡Yo misma sigo investigando y mi autoestima, y mi aceptación, se han desarrollado gracias a la liberación que ha supuesto para mí vivir mi sexualidad con naturalidad y creatividad!

Un fuerte abrazo.

¿Cómo estáis?

Hace ya unos días que no escribía y quería contaros cómo me va al tiempo que incluir alguna reflexión que os mantuviera en acción, en ese proceso de cuestionarse uno así mismo y de preguntarse por quien uno es y no por qué tiene que cambiar el mundo para que yo pueda ser quien soy. Y en el título quería expresar mi segundo objetivo: en lugar de preguntarme cómo estoy, preguntaros como estáis vosotros/as.

Yo por mi parte muy liada con la universidad aunque siempre disfrutando de cualquier rato de descanso conversando y tomando algo con mis amigos. Este domingo cumplí 20 años (el mejor regalo: la fiesta sorpresa que me dieron mis amigas y una carta que me escribió mi madre, una de las personas que más me conoce, y que me emocionó mucho por su profundidad. Siempre auguré que esta devoradora de libros debiera escribir un día) y aunque parece impensable si me detengo un momento a escucharme me siento profundamente feliz de estar rodeada de menos cosas y de más personas a las que aprecio, de decidir que no vale cargarse piedras de más a las espaldas y creerse mayor como tampoco refugiarse en la infancia y perder el sentido de las responsabilidades, pues cada vez mi vida va forjándose en base a las decisiones que tomo yo y no a lo que me viene dado desde la familia o desde mi entorno.  Y en parte la paz y claridad con que puedo hablar de esto la he logrado gracias a haber creado esos nuevos vínculos exteriores a la familia, que forman ahora la que es mi segunda familia, la de las amistades verdaderas, la de los conversadores, la de los colegas para echar un rato, etc.

Eso me entusiasma a la vez que me inquieta. Entonces vuelvo en mí y me digo: estás en los 20, es lo que toca, vívelos, eso es lo que importa.  A veces siento miedo, miedo al paso del tiempo y a la muerte. Soy humana, soy sensible, a veces me siento loable, a veces me siento patética; lo bueno del asunto es que no quiero ser más que quien soy- y este es uno de mis mayores logros que me ha costado mucho conquistar y que me ha cambiado y aportado tanto más.

Hace unos días en el 20 minutos observaba yo el reportaje titulado “En mi piel” que una fotógrafa, Michelle Sank, realizaba a menores de 25 años que se sentían incómodos con su imagen, su cuerpo o partes de él. Entiendo que la cirugía estética y otros métodos proporcionen más calidad a aquellos que padecen trastornos dismórficos corporales e incluso que mejore el autoestima de quien cae en depresión porque tenga un gran complejo, pero me resulta frustrante que este negocio ascienda a la velocidad que lo hace -con aumento de labios, de pecho, con bótox, con rinoplastias, etc.- que llevan a los individuos sumidos en la vorágine de la artificialidad, la apariencia y la insatisfacción a correr el riesgo de entrar en la sala de operaciones, mientras que no se motiva el aceptarse tal y como uno, mientras una adolescente empapela su cuarto con pósters de cuerpos modélicos preguntándose si encajará en la sociedad en base a su físico (¿es tu cuarto tu refugio o cárcel?), mientras muchos desean mimetizarse con sus ídolos, mientras algunos humanos llegan a tal degeneración y suma de operaciones quirúrgicas que se deshumanizan y acaban teniendo rostros estirados e inexpresivos, estáticos (¿ken en el gim o barbie de shopping?). Me resulta frustrante que la primera opción de ocio de muchos sea salir de tiendas, a comprar más y más accesorios para el cuerpo que nos tapen, que no nos desnuden ante los demás, que construyan nuestra imagen y que hablen por nosotros.

El tema es ACEPTARSE como HALLAR el punto medio.

Cuando salgo de noche a una discoteca con mis amigas y me arreglo quiero y deseo estar guapa para gustarme a mí como para gustar a los demás. A veces me cambio varias ocasiones de ropa hasta dar con un conjunto con el que me veo realmente favorecida. ¿Es esto enfermo? En absoluto me lo parece. Lo enfermo sería que ningún conjunto cumpliera tus expectativas y por ello dejaras de salir y te encerraras en casa.

Bueno, hoy toca post rapidillo y dejar en el tintero ese “¿Cómo lo lleváis?” ¡Yo he cogido con muchas ganas los 20! Y he decidido aparcar arquitectura (cuánto he aprendido) para hacer el año que viene un año de arte (me apasiona). A todos ha sorprendido la elección, pero no he dejado que nadie me haga dudar porque la vida sólo se vive una vez y es lo que me apetece hacer como lo que demanda mi naturaleza. No quiero hacer oídos sordos, sino escucharme. ¡Puedes hacer lo que te propongas! VALOR, ENERGÍA, GANAS. Elígelo.

(Fotografía: Bailando rock and roll a orillas del Sena. Autor desconocido)

Tu belleza no es solo una máscara

Tu belleza no es solo una máscara

Tu belleza no es solo una máscara

Tu belleza no es solo una máscara
Tu belleza no es solo una máscara

me dijo

Hubo un tiempo en que me puse la máscara, caminé entre los Enmascarados.

Había mucho ruido en las calles.

Nadie sabía nada de lo que la máscara ocultaba. Nadie sabía responder a la pregunta prohibida (¿quién soy?).

Tras ella había silencio, penumbra, algo de aire y muchas leyendas urbanas.

Hacía tiempo que sólo se hablaba del dinero, de lo que hacían aquellos con máscara de dictadores y presidentes, de la metrópolis, los rascacielos, de las drogas, el opio de la comodidad y el triunfo.

Hacía tiempo que nadie hablaba de las cosas que había que hablar, como la extinción de las lágrimas y las sonrisas. Pocas quedaban ya en el mundo.

En las tiendas vendían máscaras de todo tipo. Para hombres y mujeres de negocio, para amas de casa, para amantes, gente guapa, para dentistas, emprendedores, bibliotecarios, médicos, artistas o tenderos.

Las había con pocas arrugas, sonrisas alargadas o escuetas, gafas intelectuales o prestigiosas, lentillas azules, verdes, marrones… pelucas de todos los colores, y accesorios.

Había tiendas que las importaban del extranjero y aquellos que tenían una gran fortuna las compraban exclusivamente para jactarse de ellas.

La palabra persona se había anulado de la RAE.

Nadie conocía a nadie, pues todo el mundo cambiaba su máscara según lo requiriese la ocasión: una para el trabajo, otra para el hogar, aquella para las fiestas de gala, esa para las vacaciones…

y en la tele las anunciaban,

como anunciaban las investigaciones acerca de máquinas, de autómatas, de piernas y brazos nuevos, de órganos inclusos, de revestimientos para el cuerpo. Lociones, vásculas, coches, chalets y vacío, mucho vacío del que nadie se percataba porque esta palabra formaba parte de las palabras muertas.

Había leyendas urbanas acerca del alma.

El dolor estaba a punto de erradicarse porque cada vez se fabricaban más pastillas. Cada vez se fabricaba menos amor, creatividad, menos tiempo para la espontaneidad, la generosidad, la imaginación y el cariño.

Estaba prohibido hablar del hemisfério inferior, “Las cloacas” -lo llamaban-, del cual no llegaba ninguna información.

Un día me harté.

Me quité la máscara.

Me quedé sola. Pero no más sóla de lo que ya estaba.

Vi con los ojos el agujero tan grande que ocupaba el pecho de las personas. Ellas no lo podían ver.

(Los crematorios, desde luego, tenían poco trabajo)

Me sentí bien.

Inspeccioné mi rostro con los dedos. Las comisuras (graciosas), los párpados (arrugados), las pestañas (muy finitas), la nariz (puntiaguda), las mejillas (suaves).

Me miré al espejo, sorprendida de encontrarme, de sentir algo, algo que llamé “yo”, “verdad”, no lo recuerdo. Partí inquieta.

Fue entonces cuando conocí a los Encarados, humanos en extinción, personales, interesantes, infinitos.

Me sorprendió que todos respondieran de forma diferente cuando les pregunté quiénes eran.

Les prometí que respondería a su recíproca pregunta y partí de nuevo, a descubrirme.

En el camino me encontré con más Encarados.

Y he aquí este cuento.

Después de mucho caminar uno de ellos me dijo:

“Tu belleza no es sólo una máscara”

Y yo sólo pude responder con lágrimas y sonrisas…

1 2 3 4 12  Scroll hacia arriba