Diálogos extraviados II


La pregunta que me haces es difícil de responder porque cada una/o de nosotras/os somos una complejidad (mente, circunstancias, puntos débiles y fuertes, manías y ritos), pero voy a intentar reconocer las líneas generales, los pasos que creo me fueron determinantes, siendo consciente de que no puedo quedarme en el mero ánimo de un: LUCHA, saca tu determinación, combate (pues en una primera fase de la enfermedad a mí no me importaba demasiado lo que me pudieran aconsejar que era bueno para mí y mi salud)…

Me sentía destrozada por dentro, y al mismo tiempo, incapaz de sentir lo que desde fuera me afectaba. Sólo sentía esa sensación de ruina en mi interior. No quería morirme porque no tenía voluntad alguna para hacer ni esto ni nada, sino que no quería vivir.
La voz infernal de la que hablabas me susurraba todas estas cosas y me aferraba a la adicción de ese falso control con la comida y exigencia física. Mi cabeza daba vueltas todo el día en torno al espejo, las calorías y la comida hasta llegar a un punto en que toda mi vida giraba en torno a ello y se empobrecía, dejaba de nutrirse de las experiencias que había dejado de poder experimentar porque mi castigado cuerpo no me lo permitía.

En este trayecto vas a tener que emplear toda tu persistencia porque yo lo veo del siguiente modo: ya has tomado, sin percatarte ese tren porque ese tren lo toma quien quiere y desea estar mejor, recuperarse, quien se da cuenta de que no está viviendo con calidad y quiere disfrutar de la vida. Ese es el mayor de los pasos pues los pequeños detalles son a menudo grandes cruzadas. De algún modo hoy nos has dejado ver que Ainhoa no está bien, que necesita ayuda, y ese es el primer paso para DEJARSE AYUDAR, un acto mediante el cual relegas algo de ese control férreo a otros. Y aunque da miedo que te arrebaten aquella estaca en la que crees estar segura, al mismo tiempo y en el fondo, sientes un alivio inmenso.

A partir de ahora es muy probable que caigas del tren y no lo digo por cuestionar tu fortaleza y voluntad, sino porque la enfermedad es muy traicionera y a veces nosotros mismos nos ponemos esas trampas que nos hacen caer cuando nos sentimos más débiles, deprimidas y desesperanzadas. Pase lo que pase tendrás que sacar fuerzas de flaqueza, tener el encomiable valor de volver a levantar. Esa es la clave de la recuperación, no basta el deseo, sino la VOLUNTAD vital, el tenaz y brioso arrojo.

Los primeros meses en que trabajé el puro síntoma tapamos los espejos de mi casa para no ver mi cuerpo distorsionado. Me sentaba a comer siempre acompañada aquello que me pusieran. Esto hacía que la comida “no pasara por mí”, que abandonara mis rituales y manías y aunque sentía el miedo atroz a engordar que durante tanto tiempo había dejado ganar terreno como mi mente espetaba injurias a aquellos que me estaban ayudando,  no podía continuar con las riñas constantes que provocaba en mi casa y con la asfixia, el deseo de desaparecer, el daño. Reaprendí a entablar conversación en las comidas, le comunicaba a mi grupo de autoayuda cómo me sentía, los pensamientos que se disparaban en mi cabeza por poca importancia que les concediese, escribía acerca de ello. Hubo berrinches, hubo manipulaciones, pero de algún modo toda esa aflicción, adicción, parálisis, angustia, se iban disipando. Después de haber parado toda mi vida, mis estudios y haber pedido ayuda, cuando comencé a valorar las mejorías y a querer recuperar la LIBERTAD y AUTONOMÍA que ahora sentía desde fuera cohibida, retomé mi vida social, me enfrenté al mundo, me enfrenté a exponerme a los demás tal y cómo era, tal y cómo volvía a ser, Sandra. Me estaba y me estaban rescatando. Volvía al fin a disfrutar de pequeñas cosas, a reflexionar, a sentir la mente limpia, sin confusión, enérgica. Ya vendría después trabajar el cómo había llegado hasta aquel punto, de mi modo de sentir y de ser, de las circunstancias de mi vida.

Hay personas que sin embargo, porque ya estaban independizadas y su gravedad era menor u otras circunstancias, han requerido el compromiso de proporcionarse este factor-cuidado personalmente a pesar de que esto entraña una gran dificultad, pero me reitero: su estado no era tan grave o no contaban con nadie y tuvieron que seriamente repudiar la exigua calidad de vida en que había derivado el gran maltrato que originaba la enfermedad.

Yo, como otras chicas/os tapamos los espejos de nuestras casas debido a la desproporcionada imagen que teníamos de nuestro propio cuerpo. Y, otro punto que resulta ineludible, indispensable, forzoso: ser CLARIDAD y SINCERIDAD.

Tu modo de pensar no va a cambiar de un día para otro, y seguramente tras haber leído que comencé a comer con gente y además lo que me ponían y yo no controlaba, que comencé a dejar de saber cuál era mi peso y mi falsa imagen, estoy segura que te ha dado mucho miedo. La enfermedad hará que para ti yo sea una enemiga porque yo quiero tu bienestar, porque yo quiero echarla a patadas de tu vida. Es por eso que tienes de algún modo que dejarte llevar por quienes te quieren, confía en ellos, desconfiar de ti misma… y despertar la voluntad de vivir tan aletargada, pero que existe.

La recuperación es dura y lenta porque tienes que cambiar hábitos, porque tienes que adquirir nuevas y sanas costumbres, porque te has acostumbrado a girar en torno a esos pensamientos de cuerpo, de comida, y ahora tienes que deshacer el mecanismo para volver a proyectar tu mente hacia la vida, tus actos, tus inquietudes, tu espacio social como tu riqueza interior. Y van a ser estas pequeñas acciones, las de comenzar a descontrolar, a dejarte ayudar por los demás, a arriesgarte, las que comiencen a gestar ese cambio. En el proceso vas a tener sensaciones hacia tu cuerpo, dudas, miedos, arrebatos y decepciones, pero, créeme, merece la pena, porque también habrá mejorías, superación, vida, ESPERANZA, calidad y SALUD, seguridad (AUTOESTIMA)…

La vida no es la realidad que tú estás ahora viviendo. La vida son muchas cosas que ni yo veía ni tú ahora ves. Confía en nosotras/os que hemos recuperado la salud y nos hemos dado la oportunidad de ser quienes somos, de amar, de dejarnos amar, de conocer, de emplear nuestra existencia en llevar a cabo algún humilde y, sin embargo, soñado PROYECTO disfrutando del medio, del proceso, no sólo por y para el fin.

Tú decías al final de tu post, “Espero tus palabras” y yo quiero terminar mi post con un Espero que estas palabras se transformen y conviertan en acciones (porque ahora no son más que palabras y tú tienes el poder de hacer que sean algo más). Si nos lees a mí y a las otras bloggers es que hay un deseo de mejora en ti, es que has lanzado ya ese lazo de empatía hacía nosotras, es que crees en la recuperación al leernos. Yo tiro del lazo que ahora nos comunica pretendiendo que te acerques a mi perspectiva y al camino de la recuperación. Y seguiré tirando mientras tú no sueltes la cuerda. Esa cuerda que es demasiado rígida. Es necesario que camines, que te aproximes, que comiences a venir hacía este lado de la salud. Todo mediante pequeños gestos. Tranquila.

Diálogos extraviados I


Comienzo el post de hoy con uno de mis dibujos. Son los delatores de mi escapismo, aquellos que creo en los momentos de desconexión. He acabado al fin  los examenes y aprobado las asignaturas de este primer cuatrimestre, he respirado también mediante la diversion de estos primeros carnavales gaditanos que experimento, y al fin puedo decir que me toca cuidarme, descansar, dormir más, retornar a alguna liviana lectura antes de que las nuevas materias dejen el tiempo libre únicamente para desconectar la mente y nada más.

Y allá va el post que escribí para el día de hoy después de esta anímica introducción y puesta al día:

En muchas ocasiones los lectores se concentran en leer los post que escribimos. Los comentarios quedan relegados a ser respuestas para una determinada persona. Os animo a hacer de los comentario vuestro propio espacio, lectores, para comunicaros entre vosotros. No obstante, no es este el asunto que ocupa hoy mi reflexión, sino que quiero recuperar algunos comentarios con los que alguna vez respondí a las intervenciones con que participásteis en los post.

Voy a comenzar con algún caso reciente, de mi penúltimo post. Respondiendo al comentario de Carlos me conmoví recordando aquellos momentos en que te sientes derrotada en el tratamiento. Desde el principio Carlos había proyectado su determinación hacia la recuperación a pesar de que yo no pudiera decir lo mismo porque tomar conciencia plena y aceptación de mi enfermedad, me llevó 3 meses. Existían momentos de pureza en que la hostilidad se apagaba para dejarme ver con toda claridad que la vía de escape que había tomado ante aquellas circunstancias que en un tiempo me habían causado dolor había sido la errónea. Se trataba de una huída imposible, de un atajo que recorrer a rastras arañándote todo el cuerpo con el suelo pedregoso desgarrándote y quemándote la piel. Con aquellas lentes nítidas conectabas con tu ansia de vida y temías quedarte atrás en el camino de recuperación por el que avanzaban aquellos compañeros y compañeras que lo transitaban, y reconocías el bucle sintomático en el que te sumergiste día a día, las oportunidades que te estabas perdiendo, allá afuera, en la realidad.

No obstante, existen otros momentos en que la enfermedad vuelve a abrirse paso, se rebela, te derrumba mientras tú te agarras a ella nuevamente, a los pensamientos, de nuevo a los miedos superficiales como el “estoy gorda”, como el “no les gustaré”, que ocultan otros miedos más horribles y profundos, de nuevo a desconfiar… “¡Pero!” tus compañeros/as no piensan permitir que te hundas nuevamente (como decía Sara en una de sus entradas “dispuestas a salir y sostenerla si en algún momento parecía desviarse”)  y te apoyan haciéndote palpable que no puedes defraudarlos/as, que ellos/as luchan tu misma batalla cada día. Y a ellos, y a ellas no puedes negarles eso, no puedes contestarles con la falsedad y el grito de la serpiente, porque llegan a ti del modo más preciso y evidente, porque SON TU ESPEJO a la par que espejo tú eres que los/as refleja…

“El arte de morir bien y el arte del bien vivir son uno”

Hoy comienzo mi post con esta frase de Epicuro. Quiero tocar ese tema del que ya he hablado en otras ocasiones: la felicidad. Para los escépticos, que crean que la felicidad no existe, podré parecer una idealista insistiéndo en este tema. Yo creo, sin embargo, que deben hacer el esfuerzo de preguntarse a sí mismos si esa aptitud ha nacido de su propia reflexión o si ha sido tomada de tantos que afirman “la felicidad no existe” y, si aún después de preguntarse esto piensan que esta opinión les pertenece y corresponde, creo que deben indagar en la naturaleza humana porque todos de un modo u otro, creamos en la felicidad o no, buscamos y perseguimos el objetivo de ser felices. Como queráis llamarlo, puede tratarse de otras palabras: bienestar, paz, equilibrio, salud…

Si bien, no lo llaméis placer, porque muchos placeres son efímeros o alegría, porque la felicidad no consiste en reír o estar alegre, sino que trata del “ser”.

Quiero retomar hoy este tema algo delicado por tres cuestiones, o dos quizá, todo está relacionado. La primera de ellas es que se puede ser feliz antes de sentirse una o uno plenamente curado, pues la felicidad no consiste en que tu vida carezca de desgracias, sino de percatarse que incluso durante malos momentos, la integridad de tu vida y tu completa circunstancía puede capacitarte para ser feliz. Incluso yo, que por el origen de algunas de mis reflexiones o indagaciones poéticas puedo tender a entristecerme, siento que esta tristeza está englobada en ese conjunto circunstancial que me hace feliz.

La segunda de las razones es que algunos podéis pensar que la felicidad depende en gran medida de ese exterior y esa circunstancia de la que hablábamos, en particular porque nos sentimos agradecidos con aquellos que nos han impulsado a la recuperación. Sentimos un poco la obligación de agradecerles ese gesto. Aunque cueste aceptarlo, nada logrará que eludamos la personal e intransferible elección de ser o no ser felices. Sería mucho más sencillo dejar nuestra felicidad o infelicidad en manos de otros, pero, lo siento, esto es imposible. La felicidad depende única y exclusivamente de vosotros. Podéis pensar entonces: soy feliz, en parte, porque estoy rodeada de gente que me ama tal y como buscaste ese amor o aceptación deseando tener una bella apariencia. Y aunque pueda sonar egoísta, sigue sin embargo siendo sólo tuya la determinación de ser feliz porque incluso el más miserable mendigo puede ser feliz mientras que aquel que posee el amor de muchos puede no serlo. La razón: busca en tu interior, quizá una gran cantidad de expectativas anulara tu propia y verdadera realidad, y las espectativas vienen motivadas por la comparación, por la creencia de que aquellos que gozan de éxito son felices.

Creo que para amar bien hay que tener esta clarividencia. Porque cuando pierdas a alguien, si dependías de esa persona para ser feliz, lo que te dolerá será su ausencia (te dolerá por ti, porque su ausencia te hará infeliz) mientras que si eres consciente y responsable de tu felicidad, te dolerá la muerte de dicha persona (por ella, porque ya no esté disfrutando de lo que tanto gustaba y de su existencia). Podrás, ante el duelo ser desgraciado o agraciado, pero todo dependerá de ti, de si te deprimes o celebras la culminación de una vida, de si a pesar de que te duela la muerte de un ser querido, ese hecho en tu vida puede integrar un conjunto circunstancial que posibilita tu felicidad, o sin embargo DECIDES que este suceso lo anula todo, toda posibilidad de felicidad.

Soy consciente de que el asunto a tratar es complejo, pero creí importante transmitiros mi reflexión, sobre todo en esta sociedad en que priman las posesiones (todo se puede comprar), los celos (todo lo puedo poseer), las envidias (deseo lo que no tengo), y la muchas de las parejas que observo mantienen relaciones de dependencia. Delegan toda su felicidad en su compañero/a, cuando la realidad es que una puede decidir compartir lo que tiene, realizar actos por generosidad hacia el otro, compartir también sus instantes de mayor placer y bienestar, pero ha de aceptar que nunca podrá hacer feliz a su compañero o compañera porque esa decisión, la de ser feliz, se trata de un trayecto personal e intransferible, último, definitivo, solitario, de cada cual. Podremos iniciar un proceso de mutuo apoyo y aportación, de ternura, de inquietud, de proyectos… sentirnos afortunados de ser elegidos como de ser correspondidos por aquel que elegimos. De cualquier modo, tu felicidad siempre recaerá en ti. Y es fantástico, aunque pueda sonar horrible por la tradición cultural que nos han inculcado que dos personas que eligen ser felices compartan su mundo interior y la proyección de este a su exterior, es fantástico que reserven una región de privacidad mientras comparten la noción de su intimidad, es fantástico que borren las fronteras y los límites, y prueben, y juegen y, en definitiva, se amen, sin cadenas.

Fotografía: retrato de José Hierro

Mañana lo dejo. Gritos al otro lado del espejo.

No hay nadie en casa. Nadie que pueda verte. Y te sientes tan bien y tan liviana con el estómago vacío… Ni siquiera te molesta el rugido que tus tripas dejan escapar, gruñendo por agarrar algunos nutrientes. Ni si quiera te molesta y aún tienes energía para moverte sin parar o para, en lugar de beber agua, escupir la escasa saliva que te queda en la boca seca y espartada. No hay nadie en casa y tu madre te ha dejado la comida preparada. Vas al baño, la arrojas al váter y tiras de la cisterna mientras sonríes aliviada. Ya está hecho. El timbre no suena, tienes tiempo de ir al fregadero y arrojar el plato junto al cubierto que hendiste en la compota de comida para que todo pareciera normal, para que nadie sospechara nada. Colocas un vaso al lado.

Y te pesas: “más”, enfado; igual que ayer, insatisfacción; menos, buen humor. No importa el resultado, te miras durante horas y horas la barriga, pensando que no es lo suficientemente estrecha. Y mientras, hay días en los que tus ojos escapan y van desde la barriga que tanto te obsesionaba a tus propios ojos, reflejados en el espejo. Entonces sientes el miedo y la paranoia, entonces te quedas como mirando a una extraña, entonces te das cuenta de que no te reconoces, entonces…

Y vuelves asustada a la barriga, y nerviosa te vas a correr y hacer ejercicio, y te acuestas por la noche evitando recordar aquel accidente, el que sufrieron tus ojos al colisionar con su reflejo, el que sentiste cuando ellos te respondieron con dolor, respondieron a tus errores, respondieron ante el modo en que pretendías llenar tu vacío…

Aquellos ojos escapados de tu rostro, aquellas cuencas que te parecieran vacías mientras te recuestas en la cama, aún observándote desde el espejo de tu dormitorio. Te tiendes sobre un lado, aprietas los párpados deseando quedarte dormida para comenzar al día siguiente la acostumbrada rutina, te encoges y ahovillas rodeandote fuertemente el tronco con los brazos, repitiendo en tu cabeza lo orgullosa que estás de poder hundir los dedos en tus costillas, tu delgada cintura y tu pelvis, una curva dura y fina asomada a través de la piel, pero…

aquellos ojos siguen reflejados, mirándote, sabiendo en lo más profundo de la niña que dejaste atrapada al otro lado del espejo, que aquel es el camino equivocado, que aquel es el abismo que te absorbe cada día, que aquello no es lo que deseas para tu vida, que un día te harás tan delgada que seaparacerás y, en definitiva, que aquellas palabras “Mañana lo dejo” son una completa y asquerosa mentira.

Los orígenes del ojo. Daniel Díaz.

Quiero compartir con vosotros/as este post de Ni libre ni ocupado, el blog de un taxista madrileño que escribe para el 20minutos, el blog de un “lector insaciable de espejos a jornada completa”-tal y como él mismo se define-.

“Fíjense bien en esos ojos enmarcados en el espejo retrovisor de mi taxi. Pero fíjense primero en el rostro que alberga esos ojos.

Imaginen el proceso de elaboración: Primero el cráneo, la estructura. Después cabe suponer que un tapizador enfundó la piel, de naturaleza elástica, bien pegada al cráneo. Luego practicó dos cortes simétricos a ambos lados del tabique nasal e insertó a presión los globos oculares (con el iris, en una amplia variedad de colores, hacia fuera).

Las pestañas, dispuestas en los límites de la herida abierta, invitan a creer que el tapizador intentó coser el corte, pero la curiosidad del portador acabó por desgarrar los puntos de sutura. Y no sólo eso; también le dio la autonomía de abrir y cerrar ese fragmento exacto de piel que luego llamaron párpado aunque en realidad, como vemos, no es más que una herida. La herida a través de la cual nos permite ver el mundo que nos rodea.

Por eso mismo despertamos cada mañana. Si cerrásemos los párpados demasiado tiempo, se acabarían suturando para siempre las heridas. Y no nos lo podemos permitir.”

Por eso, no vale cerrar los ojos demasiado tiempo, conformarse con un detesto el mundo que me rodea, encerrarse en la cuevita a esperar que lo que ocurra no tenga nada que ver contigo. No vale vivir de los sueños, dormir eternamente, porque llegará el momento en que no sepas si existe el camino de vuelta, llegará el momento en que ya no seas capaz de ver el mundo que te rodea y querrás abrir los ojos, esas heridas que al fin se suturaron.

El principio del final

Mi penúltimo post terminó hablando de aquellas tres palabras y el día que por vez primera fui a ABB. He olvidado etapas del tratamiento, pero no ese día, el primero de todos. Me negué a subir y mi madre se sentó en el bar de la planta baja. No se movería de allí hasta que yo no subiese. Estaba desesperada, la enfermedad la martilleaba constantemente, le robaba los años, y ella seguía sacando su mayor fuerza, seguía teniendo esperanzas en la que yo fui, de la que quedaba apenas un resquicio acurrucado bajo aquella máscara. La enfermedad la miraba con odio desde mis ojos, reprochando con mi boca sus amenazas verbales. Di vueltas por la calle inmersa en mi enojo, mi propio y caótico laberinto, mi ofuscación y ostracismo,  sin percatarme de las personas que a mi alrededor pasaban y se quedaban mirándome, pues por aquel entonces mi mundo ya se había reducido a mí, ya no me importaban nada las personas, vivía sin ilusión, con apatía, desde el dolor, desde aquellos manidos y dañinos pensamientos que eran lo único mediante lo que me agarraba a la realidad más superficial para no ahogarme en el lodoso pantano de mi destructiva agonía y miedo.

Recuerdo con certeza mis pies rojos, las venas prominentes y marcadas de unos pies que me seguían sosteniendo. Aún en aquel momento no podía dejar de pensar que dando vueltas por allí, de pie, al sol y sudando, me merecería la comida que jamás llegaría a ingerir después. Y es duro decirlo porque justo al lado mío una mujer a la que había amado con todo mi corazón más que a nadie en el mundo se debatía por salvarme o darme por perdida mientras mi cabeza seguía dando vueltas como un torbellino en otra dirección.

Jamás hubiera subido, podríamos habernos quedado allí hasta la noche o quizá haber desesperado y nunca más vuelto. Quién sabe qué persona estaría escribiendo este blog hoy por mí. Sin embargo, no sucedió así, sino que bajaron dos pacientes, me sentí acorralada, me apoyé en la pared, empezaron a hablarme, me retiraron el pelo de la cara, sentí el contacto de su mano en mi brazo, y luego la ira se apagó para dejar discurrir como una lágrima diminuta pero existente la empatía, la comprensión, la pena en sus rostros al ver a una niña de 13 años así…

Sentí el alivio de que aquellas palabras no fueran un: estás asquerosa, estás muy delgada, come ya, me vas a matar, déjanos vivir en paz a los demás… Sentí el alivio de un “estamos aquí para ayudarte” ante el que me sentí ciega pero esperanzada, el alivio de oír sus testimonios, la extraña confianza que fueron ganándose porque intentaron comprender aquello que sucedía tras aquel hermético caparazón. (Y no es que mi madre o mis hermanos lo hubiesen intentado con menos fuerza o me hubieran negado la ayuda en que se volcaron, sino que en aquel momento sólo ellas, que entendían como nadie lo que era mi vida entonces, podían abrir la puerta hacia un posible intento de supervivencia). Me abrazaron cuando me derrumbé y comencé a llorar cuando les descubrí la muerte de mi saga paterna. Dejaron el cuerpo y la comida de lado porque ellas sabían que en el fondo yo era una niña rota, que el puñal de la enfermedad se había hendido en la sepultada carga que escondía mi camaleónica y antigua sonrisa para todos y que cuando fuera desclavando poco a poco la enfermedad de mi cuerpo, aquello, el profundo pesar, el miedo de que mi madre no respirara por las noches (las contradicciones de una enfermedad que se la llevaba por delante), el temor de que ya no quedara enfermedad con que captar su atención para evitar que pensara en otros dolores, el pavor de no ser amada, etc. todo aquello bulliría y habría que enfrentarlo en un duelo mucho mayor que aquel que se manifestaba en mi cuerpo y que a pesar de ejercer un mortal ataque se hallaba en la capa más superficial de mi caparazón.

Siempre hay varios factores que conducen a quien padece un TCA a abandonarse al trastorno. Es por ello que el blog es una herramienta de apoyo y no de curación, porque la última instancia la tenéis vosotros y vuestra circunstancia.

De nada sirve solventar únicamente el desorden físico y mental relativo al cuerpo y a la comida si no llegas a comprender qué te llevó a abandonarte y aferrarte al trastorno, si no buscas qué te condujo a creer que vivir de aquel modo merecía la pena. Si no escarbas con uñas y dientes la tumba de tu dolor, de tu miedo, de tu inseguridad y tu exigencia… es posible que reacciones ante una futura encrucijada o altercado del mismo modo y que el síntoma reaparezca. La curación requiere pues llegar a la raíz de las cosas y, aunque al comienzo se os antoje imposible desapegarse del síntoma, del control de la comida y de la obsesión de lupa con tu cuerpo, os lo aseguro, es mucho más duro y temible asomarse al pozo, al interior, donde se abren profundamente las heridas que no sabes si cicatrizan un día o perduran para siempre…

Pintura: Ania Swiatlowska

Quiero crear tendencia. Estilo: una sonrisa radiante.

¡Feliz 2013! Tenía que deseárolos, tenía que… Y estas 7 palabras son el resultado de 15 minutos pensando en cómo desearos un feliz año dejando claro que no siento especial afabilidad por los tópicos, que como mucho puedo desearos que el 2013 os depare suerte, encuentros, buenas coincidencias, pero que nada va a cambiar después de comernos la última uva si no somos nosotros los que día a día activamos los cambios. No vamos a ser más felices si día a día no hemos regado nuestro amor, no nos hemos encargado de nuestras responsabilidades, no hemos participado de la vida… Y de este modo acabo por reírme de mí misma. Siempre tengo que darle vueltas a las cosas, buscar el sentido de las cosas. Debo ser un poco cansina, ¿no? ¡Podéis decírmelo! Estamos en total confianza. “Sandra, eres una marisabidilla. Sandra, le buscas los tres pies al gato. Sandra, te apuesto lo que sea a que no eres capaz de hacer un post de 5 líneas”.

Acabo con una sonrisa siempre después de las autocríticas. Las recomiendo. Otro de los ejercicios que hago al menos cada semana (casi inconscientemente) es preguntarme cómo estoy con la premisa de no responder con un “bien” y derivados.

Realmente el sentimiento más globalizador de estos últimos días es la tranquilidad. Quizá porque estoy con mi familia o porque he recuperado sueño y fuerzas. El día 30 despedí el año haciendo puenting con mis hermanos. Fue un día memorable de diversión extrema y prueba de valor. El 31  hicimos una celebración mucho más humilde (las primeras navidades que pasamos sin mi abuela). Hubo tristeza como felicidad. Y mi hermano no cesa de pregonar su alegría ahora que al fin le han entregado su VPO. Está entusiasmado por irse a vivir solo, tener su propio espacio. Ese es el trasfondo de lo anecdótico: verle disfrutar de su momento sin que ningún problema de salud ajeno eclipse su buena nueva, su buena vida, su vida nueva.

Y también hay, tras ese “ahora tendré el armario para mi sola”, miedo a los cambios de etapa, al transcurrir del tiempo, etc. Sin embargo, es por esos miedos que me hacen humana o por esa tristeza del día 31 que enfrentamos juntos con la satisfacción de disfrutarnos los unos a los otros el tiempo que podamos, que vale la pena sonreír. La felicidad no vale nada si tras de tu sonrisa se esconde el vacío (así es fácil sonreír), pero sí tiene sentido como producto de toda tu circustancia, tanto afortunada como dolorosa; si gracias y a pesar de ello tienes la fuerza y el henchido espíritu como para sonreír.

Amo existir. Me duele existir. Sonrío para dentro y para afuera. Y gracias a todo, y a pesar de todo, y en consecuencia de todo, y por y para todos, sonrío, con valor. Sonrío con la valentía de dar lo mejor de mí aun cuando por dentro no sólo haya felicidad, sino también pesar, confusión, dudas que parecen infinitas… Recibo sonrisas que están colmadas trás de sí de mucha desfortuna…

Así que, ¿por qué no dejamos a un lado el consumismo y el materialismo para llenar el vacío y creamos una nueva moda? Una nueva moda que haga sentirse bien a todos, satisfechos. ¿Por qué no al mirarnos al espejo miramos más al fondo de la piel? ¿De qué hemos colmado nuestro interior que nos refleja? ¿Por qué no sonreímos hoy a pesar de que la inocencia hace tiempo huyó, la ignorancia era un pez tragado por el WC; a pesar de que existe el duelo, la crueldad, desesperación y angustia, o las crisis no sólo políticas y económicas, sino emocionales, intelectuales, humanas…? Si todos a pesar de nuestras carencias hacemos este último ejercicio: sonreír, creo que vamos a darnos cuenta de lo mucho que nos habíamos abandonado, lo mucho que teníamos que ofrecer, el bastón que puede llegar a ser la generosidad.

Sonreír para sentirnos un poquito más vivos, un poquito más reales, un poquito más fuertes, esperanzados, ilusionados… Sonreír para sentirnos un poco más personas, un poco más en este camino que cada uno dibujamos en ese papel en que nuestros trazos de colores se intersecan y cruzan con otros trazos de manos extrañas y desconocidas o, por el contrario, familiares.

No sé qué ofertarán las rebajas de este año, pero hay algo totalmente gratuito. Ese algo es mi nueva moda.

Aún no he recibido devoluciones ni reclamaciones.

Alguna vez la encuentro en el mundo
y pasa junto a mí;
y pasa sonriéndose, y yo digo:
“¿Cómo puede reír?”
Luego asoma a mi labio otra sonrisa,
máscara del dolor,
y entonces pienso: “¡Acaso ella se ríe
como me río yo!”
Bécquer

Reflexiones VI o Cuestiones de conciencia

Hace unos días salí de noche a un pub de la Alameda, el Fun Club. La mejor música de todos los garitos en que bailar. Un chico me alzó en brazos y resbalé de entre ellos. Caí de una altura de dos metro sobre mi cadera. Mis amigos me rodearon instantáneamente con múltiples expresiones en sus rostros, desconcierto, preocupación, irascibilidad… Me levanté riendo y todos se destensaron. El chico no dejaba de cerciorarse de que yo estaba bien. Lo tranquilicé, pero cuando llegué a mi casa pensé con horror en el anecdótico accidente:-Pude haberme desnucado o acabado sobre dos ruedas.

Hay cosas que por suerte pueden arreglarse, que eres capaz de identificarlas, pero otras son por siempre irreversibles y no se ven venir. Creo que merece la pena echarle ganas a los cambios y a las mejorías, espolear y avivar nuestra voluntad porque por suerte esos son los pequeños milagros que podremos perpetrar. Siempre habrá para ellos solución, una camino de salida (EXIT!), una puerta que dibujar.

*

“He decidido ser feliz porque es bueno para mi salud” (Voltaire)

*

Tengo muchos planes estas navidades: quedar con amigos que hace tiempo no veía, ir con R. al cine, hacer un trabajo para la asignatura de Proyectos, disfrutar de una noche de música en La bicicletería, hacer puenting el 30 de este mes…

Cuando dejaba que la anorexia me ganase la batalla mi vida se había reducido al absoluto plan de no comer nada y mantenerme hiperactiva. No sólo era estresante, enfermizo, destructivo o insostenible, sino que era lo único que rondaba mi mente 24 horas. Si lo llevaba a cabo, me acostaría ese día “feliz”, aunque con algo menos de vida (qué importaba). Así día tras día. Noches despertando para hacer flexiones y llevar a cabo rocambolescas manías a las que la enfermedad me ataba y hacía adicta.

No puedo renegar de esa mutación que sufrí durante año y medio intensivamente porque me sucedió, a mí, a la que ahora os habla, pero muchas veces me he echado en cara cúanto me perdí. Lo peor es que la culpa no sirve de nada. Soy quien soy ahora como producto también de esta vivencia que en su mejor cara de la moneda (si la tiene) me ha hecho crecer, reflexionar sobre este episodio y ansiar el disfrute de lo que ahora es la verdadera totalidad de mi vida.

Ayer despedí a mis amigos de universidad que retornan a sus pueblos. Mi mejor amigo me obsequió con un libro: “40 grandes artistas retratan a sus amantes” (Ed. Blume). Me encantó el sugerente título y la empatía de la que disfrutamos. No puedo imaginarme perdiendo estos momentos juntos a ellos; momentos que antes eran un futuro borroso, incierto y realmente oscuro; momentos que ahora, sin embargo, va coleccionando un fantástico álbum de recuerdos, un pasado que avanza segundo a segundo, pero que ya no es merecedor del miedo o la incertidumbre de mi integridad.

*

“Una parte importante de la curación consiste en querer ser curado” (Séneca)

Recuerdo el informe resultado del diagnóstico a mi inicio en ABB: Anorexia nerviosa purgativa. ¿Qué era aquel nombre tan feo? Desde luego -pensé- aquello le podría suceder a muchos otros, pero ¿a mí? A mí no me sucedía nada de eso, todo era una gran bola que se “había montado” mi madre, nadie me dejaba vivir tranquila, se habían confabulado en mi contra y querían ponerme muy gorda porque eso era la normalidad para ellos cuando mi cuerpo estaba perfectamente y todos aquellos gritos que sonaban en mi casa y todos aquellos sinvivires eran fruto de las obsesiones fijadas en mí de quienes me rodeaban.

Me llevó tres meses aceptar el hecho de que estaba enferma. Lo bueno es que luego, cuando me percaté de que no era libre, quise recuperar las riendas de mi vida y todo fue subir peldaño a peldaño las escaleras que hacia la devastación había estado descendiendo y, en relativo escaso tiempo ya había retomado mis estudios y mis amistades. Cambios abismales se producían día a día con cada ápice nuevo de conciencia sin que yo me percatara.

Y pensar en lo horrible que me sonaron aquellas tres palabras… Estaba segura -pensaba-, me querían meter junto a los locos.

(Fotografía: 1. Inscripción grabada en un puente de la ciudad de Gante que atraviesa el río Scheldt. 2. Una de las fotografías del libro citado. Máscara de Camille Claudel, h. 1884 Yeso. Musée Rodin, París.)


Buscando huequitos para escribir

La vida son etapas y en esta etapa de mi vida soy prácticamente una ocupa en la universidad. Para aprovechar al máximo el tiempo y la concentración me quedo la jornada completa con los compañeros de turno. Mentiríamos si negásemos que no nos lo pasamos bien. El trabajo juntos se hace menos cuesta arriba y cada cierto tiempo hacemos un descanso, desconectamos y charlamos. Las necesidades pasan completamente a un segundo plano a pesar de no quedar desatendidas y disfruto más que nunca de compartir la hora de la comida con ellos. Hacer vida independiente sin dejar de conceder a  mi madre esos ratos en que disfrutamos juntas porque estamos bien  me ha ayudado en gran parte a regular mis hábitos y sentirme en equilibrio, como a ella a atender sus planes y relajarse, confiar.

Al final, el equilibrio es el que habla de tu salud, opino. Ahora que comer se ha vuelto una costumbre que asocio al disfrute siento que mi cuerpo me lo agradece, así como que jerarquice mis prioridades y mi cuidado esté siempre un escalafón por encima de mis estudios. Porque si no me cuido llegará un momento en el que no pueda hacer las cosas que amo o me propongo realizar. El equilibrio puso fin a las subidas y bajadas de peso pronunciadas. Mi sabio cuerpo se mantiene (como mi mente) y esto es algo que siempre, incluso aunque me concedieran el alta, me costaba asumir porque en época de exámenes el estrés y los nervios me jugaban malas pasadas de las que yo me posicionaba errónea e irresponsablemente ajena.

Ahora, sin embargo, salgo una noche que te trastoca todos los horarios de comidas como me levanto, abro el frigorífico y tomo lo que me apetezca, soy capaz de no dejarme influir por comentarios de dietas y cuerpos porque me conozco, a mí, a mi cuerpo, mi autoestima y sé que la unica persecución que he de hacer es la de la estabilidad, la tranquilidad, la salud.

Pero, este post no quiere ser un alegato de lo bien que ahora pueda yo encontrarme, ni tampoco ha querido caer en el tópico del post navideño ante vuestros peores temores. Este post, sin embargo, quiere transmitiros:

También yo he dependido de las simples miguitas que se quedaban en el plato o de la servilleta con restos de comida.

También yo me he llevado días enteros pensando en calorías y pesándome decenas de veces, tirando comida, hiperactiva o ansiosa.

También yo me he visto delgada un día y al día o momento después gorda.

También yo me he exigido ser la chica ideal y perfecta, asociando la delgadez a este calificativo.

También yo me he excusado para no salir y perderme un festín, aún habiendo no comido nada en horas e incluso días.

También yo me he comparado sintiéndome bien cuando salía ganando y deprimida cuando salía perdiendo según mi escaso juicio, a pesar de que continuaria reprochándome que no era suficientemente buena, delgada, bonita…

También yo he mentido y manipulado.

También yo…

Y mira donde estoy ahora: haciendo desde hace 4 años la vida natural que jamás creí que recuperaría, deseando que lleguen las fiestas con los míos, la noche en que celebre con mis amigos una temporal despedida navideña y vista el traje que me he comprado para la ocasión. No puedo entender ahora cómo caí tan profundo, pero si puedo entender que si yo he salido (y mira que yo me iba a morir), tú también puedes, que si a mí me han ayudado, a ti también te ayudarán, que si yo ahora me doy la oportunidad de que disfruten conmigo como me siento merecedora del amor que recibo, también tú eres capaz.

Yo he sido todos esos también y muchos otros,

hasta que “vuelta a la vida” (como se titula, por cierto, una fantástica canción de Roque Baños), no perder ni un segundo más, al ahora y no al ayer.

Yo he sido todos esos también. Yo he sido tú. Ahora soy yo. Es hora de que te des la oportunidad de ser una persona auténtica, de que dejes de ponerte frenos y trabas en el viaje, de que la bulimia o la anorexia te teman más de lo que jamás tú las temerás a ellas porque… tampoco yo creí que hubiese una salida. Ya lo dije en mi primer post, al inicio de esta iniciativa-blogger: A veces no hay que golpear la puerta con fuerza porque la puerta, realmente se abre hacia adentro.

(Fotografía: tomada del blog Pensamientos 2 Pi)

Reflexiones V

*

Quiero que existan las personas que amo, ya sea junto a mí o en la otra punta de este resquicio del universo, de este planeta con estrella. Es decir: las amo no por el privilegio de que ellas me amen o porque espere nada a cambio, sino que las amo porque deseo que existan, deseo que sean, y ese pensamiento-sentimiento es algo que “me pertenece”. Soy libre de amar como de colmar mi existencia de odio o resentimiento.

¿Por qué puedes amarlos tú y, sin embargo, ellos sólo te pueden amar porque seas guapo/a, perfecto/a, aparente, inteligente…?

Creerás un día que se apartaron de tu lado o se volvieron hoscos porque no eras ninguna de estas cosas cuando realmente se alejaron porque no les dejabas que te dieran el amor que ellos reservaban para ti.

¿Por qué no dejas que te amen como tú los amas?

*

Me viene la regla y es un alivio ahora que me siento bien y sana porque poco me importó cuando mi cuerpo inteligentemente prescindía de ella. He aquí otros de los síntomas que puede ayudar a identificar el TCA. La ausencia menstrual puede estar ligada a problemas hormonales, no es necesariamente sintomática, pero puede evidenciar una falta nutricional.

*

No sé de qué modo llegamos a aquella conversación, pero M. me dijo algo así: -Para protegerme del mundo fui levantando barrotes a mi alrededor. Ante las cosas que me dolían, un barrote; luego, un nuevo barrote… Hasta que al final me di cuenta: a mi alrededor, uno a uno, habían formado mi jaula y lo que había dentro era mucho peor… Si lo conocierais comprobaríais que os halláis ante una persona más que espontánea y alegre , lo que demuestra que todos lidiamos con nuestros propios miedos.

M. se encaprichó del formato de libreta en que dibujo como escribo lo que pienso: un A6. En la portada de mi libreta se lee “I am an artist”. Llevo una veintena de páginas rellenas, pero se la di. Sí, se la di porque M. es una persona que aprecio, como un niño incluso y no por ello menos responsable (de hecho, forma parte de la delegación de mi universidad). Se la di por el propio placer de dársela, por el placer también de que la hiciera parte de su “vida material” (y quien sabe si algo más por su contenido) y, pensé: de qué me sirven las cosas que tengo si me atan, si no puedo hacer con ellas lo que quiero o no puedo dárselas a las personas que quiero.

Hay que comenzar a quitar esos barrotes que nos aíslan del mundo que nos afecta empezando por lo que hay dentro de la prisión construida.

*

Cuántos habrán reparado en la cicatriz que tengo en la rodilla, una gruesa y alargada cicatriz que la atraviesa completamente y apareció una mañana de mi infancia en que yo saltaba en los corrales de la playa cuando resbalé a causa del musgo y me abrí el labio. Mi labio guarda una cicatriz imperceptible mas, en mi rodilla la marca se aprecia claramente. La verdad: siempre me ha gustado porque es la señal de un hermoso recuerdo, de mi carácter osado y aventurero. Seguramente si la caída hubiera sido más dramática no estaría relatando esto. La historia, afortanadamente, ya está escrita.

Cuando me preguntan por la cicatriz siempre cuento la anécdota y añado lo mucho que me gusta. Entonces, mi receptor me mira un poco excéntrico, pero luego mira la cicatriz

… y sonríe.

*

Además de las palabras la música tiene un gran poder curativo y de influencia. Cuando conecto con una canción alegre me siento muy optimista y cuando la música es más triste, interiorizo y demando algo de privacidad.

Hoy acabo mi post con dos de mis canciones favoritas. Escuchadlas cuando os lo pida el momento. La más alegre: “Little Talks” de Of Monsters and Men; la más lírica: “Soft back stars” de Antony & the Johnsons.

1 2 3 4 5 12  Scroll hacia arriba